Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: La mano que no retiro
No lo dije en voz alta.
Ni siquiera lo pensé con palabras claras. Fue una certeza que se formó despacio, como todo lo que había crecido entre nosotros desde el principio.
Quiero probar.
No más que eso.
No todo.
Solo… probar.
Estábamos de nuevo en el jardín cubierto. No porque lo hubiéramos acordado, sino porque ese lugar se había convertido, sin darnos cuenta, en un punto donde ninguno sentía la necesidad de tensarse. El sonido del agua era constante, amable. La luz de la tarde caía oblicua, tibia.
Caminábamos despacio, uno al lado del otro, sin tocarnos.
El vínculo estaba ahí, estable, atento. No empujaba. No reclamaba. Esperaba.
Me detuve primero.
No de golpe. No como una interrupción brusca. Simplemente dejé de caminar, como si algo en mí hubiera decidido que ese era el lugar exacto donde debía quedarme.
Él se detuvo también.
No preguntó por qué.
Giré el cuerpo apenas para mirarlo. No había prisa en su expresión. No había expectativa tensa. Solo esa atención firme que ya había aprendido a reconocer como cuidado.
Mi respiración se hizo más profunda.
—Quiero… —empecé.
Me detuve.
Las palabras no eran fáciles. No porque no supiera lo que sentía, sino porque quería decirlo sin traicionarme.
—Quiero intentar algo pequeño —continué—.
—Y si en cualquier momento no puedo… me detengo.
No era una advertencia.
Era una condición.
Él asintió sin dudar.
—Está bien —dijo—.
—Yo no voy a avanzar si tú no lo haces.
El vínculo respondió con una estabilidad tan clara que casi me mareó. No por intensidad, sino por lo correcto que se sentía.
Levanté la mano despacio.
No hacia él todavía.
Hacia el espacio entre nosotros.
Mi pulso se aceleró apenas, pero no tembló. Observé mi propia mano con una atención nueva, como si ese gesto mínimo contuviera más significado del que estaba listo para aceptar.
—Solo… la mano —dije.
Él no se movió.
Esperó.
Di el último paso yo.
Mis dedos rozaron los suyos primero, igual que antes… pero esta vez no fue un accidente. Fue una elección consciente. El contacto fue leve, contenido, apenas suficiente para que la piel reconociera a la piel.
No retiré la mano.
Mi cuerpo respondió de inmediato, con una oleada tibia que se extendió despacio, sin sobresaltos. No fue un salto al vacío. Fue un anclaje.
Respiré hondo.
—¿Así está bien? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Sus dedos se cerraron apenas alrededor de los míos. No apretaron. No reclamaron. Solo sostuvieron, como si confirmaran que el contacto existía… y que podía detenerse en cualquier momento.
El vínculo se alineó con una claridad que me dejó sin palabras. No se expandió más de lo que yo ofrecía. No pidió más.
Se quedó ahí.
Me di cuenta entonces de que no estaba contando los segundos. No estaba esperando que terminara. Tampoco deseaba que avanzara más rápido.
Estaba presente.
—No siento miedo —admití en voz baja.
Él no respondió de inmediato. Ajustó apenas el pulgar sobre mi mano, un gesto mínimo, casi imperceptible.
—Yo tampoco —dijo al fin—.
—Y eso… es importante.
Nos quedamos así un rato. No sé cuánto. El tiempo dejó de sentirse lineal, como si hubiera decidido moverse a otro ritmo para acompañarnos.
Cuando finalmente retiré la mano, no fue abrupto. Fue despacio, con cuidado, asegurándome de que el gesto no se sintiera como un rechazo.
Él no intentó retenerme.
Eso me hizo sonreír, apenas.
—Gracias —dije.
No era una cortesía vacía.
Era reconocimiento.
—Cuando quieras volver a intentarlo —respondió—, estaré aquí.
No era una promesa eterna.
Era una presencia disponible.
Seguimos caminando, con un poco más de distancia que antes, pero no más fría. El recuerdo del contacto seguía vivo en mi piel, no como una urgencia, sino como una certeza suave.
Había cruzado algo.
No una frontera peligrosa.
Una puerta que podía volver a cerrar… o volver a abrir.
Y por primera vez, supe con claridad que el deseo no me estaba empujando a perderme.
Me estaba enseñando a elegirme.