Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 9
-Es para ti -respondió él, y le ofreció la copa.
Ella la miró con cautela. ¿Debería beber? ¿No sería mejor intentar huir?
Pero la hermosa mujer del príncipe nunca había sido una cobarde. Incluso cuando lo abandonó un año atrás lo hizo con coraje.
-Gracias -tomó la copa y se la llevó a los labios, sin saber que él había rozado el borde con los suyos.
La vio dar un sorbo y ahogar un suspiro, y la vio mirarlo directamente a los ojos. Entonces se dio cuenta de que era la primera vez que lo miraba desde que se quitó el saco. Incluso semanas antes de dejar Jezaen había dejado de mirarlo. Él mismo tuvo que reprimir un suspiro al sentir cómo se le endurecían los músculos, sacudidos por el deseo de agarrarla y obligarla a poner los ojos en él.
Pero no era ese el momento para jugar a ser el marido dominante, ya que con toda seguridad lo rechazaría igual que había hecho tantas veces un año atrás.
-¿La fiesta en el yate de Petronades era una trampa? -preguntó ella de repente.
Hassan esbozó una sonrisa. Había creído que Geisa estaba tan absorta con su presencia física como él con la suya. Pero no; su mente siempre conseguía sorprenderlo.
-La fiesta era auténtica -le respondió-. Pero no el motivo por el que tu padre no ha podido acudir a tiempo.
La sinceridad le sirvió al menos para atraer su mirada a los ojos, aunque fuera solo por un breve instante y con el ceño fruncido.
-Pero acabas de decirme que...
-Lo sé -la interrumpió-. Hay muchas razones por las cuales estás aquí ahora conmigo, querida -le susurró con amabilidad-. y casi todas pueden esperar para ser explicadas.
-Quiero saberlo ahora -insistió ella. La idea de que su propio padre pudiera formar parte del complot le ensombreció el rostro.
Hassan negó con la cabeza.
-Ahora me toca a mí. Me toca gozar de tu regreso al lugar al que perteneces.
-¿Secuestrada? -preguntó ella alzando el mentón-. ¿Negándole a una mujer el derecho a decidir por sí misma?
-Somos gente romántica -se excusó él-. Nos encanta el drama, la poesía y las historias de amantes unidos por las estrellas que atraviesan el infierno para encontrarse de nuevo.
Al ver sus lágrimas se dio cuenta de que había dicho demasiado. Alargó un brazo y agarró la copa antes de que ella la dejara caer involuntariamente.
-Nuestro matrimonio fue un drama.
-No -negó él-. Eres tú quien se empeña en convertirlo en un drama.
-¡Porque detesto tus ideas!
-Pero no a mí -añadió, sin mostrarse afectado por la declaración.
-Te dejé, ¿recuerdas? -empezó a retroceder, asustada por el brillo de sus ojos.
-Y me mandaste cartas periódicamente para asegurarte de que no te olvidara.
-¡Cartas en las que te pedía el divorcio! -gritó ella.
-El contenido de las cartas es secundario respecto a su verdadero propósito -dijo con una sonrisa-. En realidad, han sido muy reconfortantes durante los dos últimos meses.
-Por Dios, eres tan vanidoso que me extraña que no te hayas casado contigo mismo
-Qué dura llegas a ser -soltó un suspiro.
-¿Dejarás de acecharme como si fuera tu presa?
-Deja de esconderte como si lo fueras.
-No quiero seguir casada contigo -declaró.
-Pues yo no estoy preparado para dejarte marchar, así que parece que estamos en un callejón sin salida. ¿Quién crees que dará su brazo a torcer?
Al verlo frente a ella, tan orgulloso y arrogante, Geisa supo cuál de los dos daría su brazo a torcer. Por eso se había mantenido lo más lejos posible de él. Podría enamorarla en cuestión de segundos, ya que todo su odio se convertía en adoración nada más mirarlo.
Hassan alzó una mano y le rozó los labios con la punta de los dedos. Ella se estremeció de arriba abajo, y él aprovechó para sujetarla por la nuca.
-Para -dijo ella, y le puso la mano en el pecho. Tras el algodón azul percibió el tacto de un cuerpo musculoso y suave, lleno de calor y fuerza masculina. Se le hizo un nudo en la garganta y le costó respirar. Indefensa, levantó la vista y se encontró con sus ojos.
-Mirándome ahora, ¿eh? -se burló él-. Mirando a este hombre en cuyos ojos te gustaría ahogarte, cuya nariz puede parecerte espantosa pero que tan difícil te resulta no tocarla... Sin olvidar su boca, de la que te mueres por tomar posesión con la tuya.
-¡No te atrevas! -le advirtió, temerosa de que Hassan pudiera descubrir lo cobarde y débil que era.
-¿Por qué no? -replicó él, y empezó a inclinar la cabeza.
-Antes dime una cosa -la desesperación la hizo hablar a toda prisa-. ¿Tienes algún otro yate en otra parte en el que tu segunda esposa espera su turno?
En el agobiante silencio que siguió a la pregunta, Geisa contuvo la respiración al ver cómo el rostro de Hassan palidecía. Para un árabe era la peor ofensa posible, y aunque Hassan nunca había descargado en ella su ira, en esos momentos parecía más amenazante y peligroso que nunca.
Pero lo único que hizo fue dar un paso atrás, frío y distante.
-¿Te atreves a acusarme de no tratar con igualdad a mis esposas?
Geisa se quedó inmóvil, sintiendo cómo sus defensas se resquebrajaban.
-Te fuiste... y te casaste de nuevo -murmuró, y entonces sus emociones estallaron en mil pedazos.
Hassan tendría que haberlo supuesto, pero el enfado solo le había permitido centrarse en su orgullo. Así que, cuando Geisa se dio la vuelta y echó a correr llorando hacia la puerta, lo pilló desprevenido.
Oyó que Rafiq gritaba, y luego el chillido de Geisa al caer, no a las oscuras aguas del Mediterráneo, sino la alta escalinata que bajaba al vestíbulo principal…