Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
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BANCO CENTRAL
—¿Y bien? —preguntó Víctor, acomodándose con calma las mangas de su camisa—. ¿Me dirás de dónde lo sacaste?
Adán tragó saliva. Sus manos descansaban sobre sus piernas, pero temblaban ligeramente.
—No es mío —respondió al fin—. Lo encontré en mi antigua casa. Antes de irme busqué alguna prueba que vinculara el accidente de mi papá con el maldito de Mateo… —hizo una breve pausa—. En lugar de evidencia, eso fue lo que encontré.
Víctor lo observó con atención, como si tratara de leer algo más allá de sus palabras.
—Hmm… ya veo —murmuró.
Se acercó al escritorio y tomó uno de los billetes.
—Mira, no es para que tengas miedo de mí —dijo con un tono más bajo—, pero este dinero que ves aquí… no es real.
Adán alzó la vista de golpe.
—¿Espera… cómo? —preguntó, agachando de nuevo la cabeza, apenado y confundido.
—A simple vista parece auténtico —explicó Víctor—, pero si pasas una moneda por encima con suficiente fuerza, se marca una línea. ¿Ves?
Adán observó el billete con atención, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza.
—Desconozco quién sea su creador —continuó Víctor—, pero la policía lleva años intentando atraparlo.
—Pero… yo le juro que no sé de dónde lo sacó mi papá —dijo Adán, con la voz temblorosa—. Solo sé que estaba dentro de una caja, junto con varios cuadernos azules que me llevé.
—¿Hablas de estos? —preguntó Víctor, señalando los diarios que reposaban sobre el escritorio—. Parece ser que no había nada más, así que ordené a uno de mis hombres que los trajera.
Adán levantó la cabeza lentamente, sorprendido.
—¿Por qué? —preguntó sin pensar.
—¿Por qué qué? —respondió Víctor, girándose hacia él.
—¿Por qué me sacó de ese lugar? —la voz de Adán comenzó a quebrarse—. ¿Por qué pidió que trajeran mis cosas? ¿Por qué estoy aquí?
Sus ojos se llenaron de lágrimas que ya no pudo contener.
Víctor apretó la mandíbula. La paciencia que había mantenido hasta ese momento se desmoronó.
—Porque por culpa del animal de ese beta tuve que comprarte en una subasta —soltó con furia—. Créelo o no, me vale un comino, pero a partir de ahora eres de mi propiedad.
Las palabras cayeron como un golpe directo al pecho de Adán.
—Sal —ordenó Víctor, dándose la vuelta—. De ahora en adelante trabajas para mí. Dile a Danilo que te lleve a tu habitación.
Adán no respondió.
Salió de la oficina con las lágrimas corriéndole por el rostro, sintiendo que algo dentro de él se había roto.
Víctor, en cambio, se quedó de pie, con los puños cerrados, enojado consigo mismo por no haber podido decirle la verdad.
Momentos antes de que Adán llegara a su oficina, Víctor había tomado uno de los diarios. Parecía ser el último. Dentro encontró una carta dirigida a él.
...“Víctor....
...Si estás leyendo esto, lo más seguro es que Mateo haya decidido pedirte dinero y no devolvértelo....
...Lo más probable es que Adán se quede solo si ya he muerto....
...Tal vez no recuerdes quién soy ni dónde me conociste. Durante tu vida en el este de la ciudad, tu familia y la mía se ayudaron mucho. Debido a eso, Adán, mi hijo, y tú formaron un lazo de amistad....
...Aunque ustedes dejaron de verse, tu madre y yo jamás cortamos comunicación. Ella me comentó que te has convertido en un hombre de bien....
...Aunque eso ahora no importa. Debo ser breve....
...Mi nombre no es James Wilson. Dejé de usar mi nombre real hace tiempo....
...Necesito de tu ayuda. Te lo suplico con el corazón: NO DEJES SOLO A ADÁN....
...Puede parecerte una estupidez, pero necesito que esté seguro. Si lo has encontrado, cuídalo....
...Si necesitas más información, ve al Banco Central. Dile al oficinista del último cubículo que vas en nombre de Jason del Valle....
...Dile que te entregue todo… y por favor, que no lo vea Adán. Busca lo que tenga tu nombre. En ello te explico lo que está pasando.”...
Víctor cerró los ojos al terminar de leer.
Lo que James no sabía era que Víctor era muy malo mintiendo. No había logrado controlar sus impulsos y, sin querer, había herido al muchacho que debía proteger.
El sol comenzaba a salir. Sin más fuerzas, decidió descansar el poco tiempo que tenía, intentando conciliar el sueño.
Por otro lado, Danilo llevó a Adán a una habitación en el piso superior y le dio explicaciones breves… demasiado breves.
—El cuarto del fondo es la habitación del señor Víctor. Esta será la suya —dijo al abrir la puerta—. Me retiro.
—Gracias —respondió Adán.
Entró, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama.
Las palabras de Víctor seguían resonando en su cabeza.
Mi propiedad.
Se sentía aliviado por estar a salvo, pero el miedo a lo que vendría después lo consumía. Sin darse cuenta, se quedó dormido mientras sollozaba.
Horas más tarde, Víctor pidió que le prepararan un auto. Bajaba las escaleras cuando Adán lo vio pasar.
—Buenos días —saludó Lili, la chica que lo había ayudado con sus heridas la noche anterior.
—Bue… buenos días —respondió Adán, tímido—. ¿A dónde va?
Señaló la puerta por donde había salido Víctor.
—El señor salió a tratar algunos asuntos —respondió Lili con una sonrisa—. ¿Gusta desayunar?
No fue necesaria una respuesta. El estómago de Adán gruñó en el momento justo.
—Venga conmigo —dijo ella, divertida.
Adán asintió, avergonzado.
Mientras tanto, Víctor observaba desde las cámaras de seguridad lo que ocurría en la mansión, específicamente a Adán. El camino al Banco Central fue tranquilo.
—Señor, hemos llegado —avisó el chófer.
—Ve a desayunar. Te llamo cuando termine.
—Sí, señor.
Al entrar, sus pasos resonaron en la amplia entrada, dirigiéndose al último cubículo.
—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó el hombre trajeado. En su gafete se leía Paul.
—Vengo a tratar un asunto a nombre de Jason del Valle.
Paul se levantó de inmediato.
—Mis más sinceras condolencias.
—¿Disculpe?
—El señor Jason dejó instrucciones de que alguien vendría a su nombre si fallecia—explicó—. ¿Es usted su…?
—Su yerno —respondió Víctor sin titubear, siendo mentira.
Paul asintió con respeto.
—Debe haber ganado mucha confianza de su suegro. Supongo que le dio instrucciones.
—Así es —dijo Víctor, mostrando la carta.
Paul lo condujo hasta una puerta metálica apartada.
—La contraseña es 130613 —indicó al abrir la puerta metálica —. Este cuarto fue diseñado exclusivamente para el señor del Valle.
Dentro había ocho cajas de acero.
—Ni yo, siendo presidente de SalvatoreCorp, tengo algo así —murmuró Víctor.
Al abrirlas encontró documentos, fotografías, dinero, lingotes de oro y casetes.
Muchos llevaban el nombre de Adán.
—Esto sí que es de locos…
Salio buscando al chófer ordenándole subir todo al auto.
Antes de irse, Paul lo detuvo.
—¿Conoce a Adán Wilson?
—¿Ocurre algo con él?
—No —respondió—. El señor del Valle lo incluyó como beneficiario en un seguro de vida, bajo su nombre falso. Esta carta es para él.
Víctor la tomó con cuidado.
—Hablaré con él.
—Entonces eso sería todo— dijo Paul despidiéndose.
Víctor subió al coche.
—Vámonos a casa —ordenó.
Y sin saberlo aún, aquella promesa comenzaba a atarlo irremediablemente a Adán.