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Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Primer intento

—¡Déjame salir!

El grito de Santiago se quedó pegado al portón mucho después de que su garganta empezó a doler.

León no abrió.

Tampoco lo tocó de inmediato. Eso habría sido más fácil de odiar. Se quedó a unos pasos, respirando con dificultad, mirándolo como si el mundo entero se hubiera reducido a esa reja y a las manos rojas de Santiago apretadas contra el metal.

—Vas a lastimarte más —dijo.

Santiago soltó una risa seca.

—Qué considerado.

—Santi...

—Te dije que no me llames así.

León cerró la boca.

Por primera vez, obedeció demasiado tarde.

Don Tomás apareció en el jardín con una manta sobre el brazo. No corrió. Nadie en esa casa corría. Todo se hacía con una calma que volvía la situación más irreal.

—Joven Santiago —dijo—, hace frío.

—No me diga joven como si esto fuera normal.

El hombre mayor bajó la mirada.

—No puedo abrir el portón.

—Sí puede. No quiere.

Don Tomás no respondió.

Santiago entendió que la casa estaba llena de personas capaces de sentir lástima sin mover un dedo.

Al final no lo llevaron a rastras. No hizo falta. El frío, las manos adoloridas y el portón inmóvil hicieron el trabajo. Santiago volvió a entrar con la espalda rígida, sin aceptar la manta, sin mirar a León. Subió las escaleras detrás de Don Tomás hasta una habitación preparada con una cama enorme, ropa que no era suya acomodada en el clóset y su mochila sobre un sillón.

Ver sus cosas allí le dio más miedo que las cerraduras.

Alguien había entrado a su cuarto. Alguien había tocado sus libros, sus camisas, su cepillo de dientes, sus apuntes. Su vida había sido doblada y trasladada como si él no tuviera derecho a opinar.

—Puede descansar aquí —dijo Don Tomás desde la puerta.

Santiago caminó directo a la mochila.

Su celular estaba adentro.

Sin señal.

El mensaje a Diego seguía sin enviarse.

—Hay internet —dijo Santiago.

Don Tomás no contestó.

—Necesito la contraseña.

—El señor Villanueva hablará con usted mañana.

—No le pregunté al señor Villanueva.

La mandíbula del hombre se tensó apenas.

—Lo siento.

Santiago se acercó a la puerta.

—Entonces déjeme salir de la habitación.

—La puerta no estará cerrada por dentro.

—Qué generoso.

Don Tomás sostuvo su mirada un segundo. Parecía cansado. No cruel. Eso no lo absolvía.

—Si necesita algo, toque el timbre junto a la cama.

—Necesito irme.

Don Tomás bajó la vista otra vez y cerró la puerta.

Santiago esperó el clic.

No sonó.

La puerta, como había dicho, no estaba cerrada.

Eso fue lo primero que aprendió.

La segunda cosa la aprendió diez minutos después, cuando bajó con el celular escondido en la manga y encontró a un guardia en la escalera. No lo detuvo con violencia. Solo se puso de pie y dijo:

—El señor pidió que descansara, joven.

Santiago regresó a la habitación sin responder.

No lloró.

Llorar habría ocupado demasiado aire, y necesitaba aire para pensar.

Pasó la noche sentado junto a la ventana, observando el jardín. La habitación estaba en la segunda planta. Debajo había un tramo de techo plano que conectaba con una terraza lateral. Más allá, un árbol grande crecía cerca del muro. No lo bastante cerca para saltar hasta la calle, pero quizá sí para bajar sin romperse algo.

La ventana tenía seguro.

No barrotes.

Tercera cosa aprendida.

Al amanecer, León llamó a la puerta.

Santiago no respondió.

Entró de todos modos.

Llevaba la misma ropa del día anterior, arrugada por primera vez desde que Santiago lo conocía. Tenía ojeras, la mandíbula sin afeitar y una charola con café, pan dulce y fruta.

—Tienes que comer.

Santiago estaba sentado en el suelo, la espalda contra la cama.

—Tengo que irme.

León dejó la charola sobre la mesa.

—No puedo dejarte ir.

—Sí puedes. No quieres.

La frase era la misma que le había dicho a Don Tomás. En León dolió más.

—Ayer estabas asustado.

Santiago levantó la vista.

—Ayer me secuestraste.

—No uses esa palabra.

—Es la palabra correcta.

León se acercó un paso. Santiago no se movió, pero todo su cuerpo se preparó para hacerlo.

León lo notó y se detuvo.

—No voy a tocarte.

—Ya me quitaste todo lo demás. Qué detalle.

El golpe le cruzó la cara a León. Se quedó callado tanto tiempo que Santiago pensó que por fin iba a entender.

—Cuando te calmes, hablaremos —dijo al fin.

—Estoy perfectamente calmado.

—No estás pensando con claridad.

Santiago sonrió sin humor.

—Claro. Porque querer salir de una casa donde me tienen encerrado es irracional.

León apretó los dedos contra el borde de la mesa.

—Tengo una junta. Volveré al mediodía.

—No vuelvas.

León lo miró como si esa frase le hubiera abierto una herida.

—Come algo.

Salió.

Santiago esperó.

No se movió cuando escuchó pasos en el pasillo. No se movió cuando Don Tomás entró más tarde para retirar la charola intacta. No se movió cuando la casa se fue quedando en un silencio más amplio, distinto.

A las diez y cuarto, oyó la camioneta salir.

Contó hasta quinientos.

Luego se levantó.

La ventana cedió al tercer intento. No estaba diseñada para una fuga; estaba diseñada para que nadie pensara que hacía falta escapar. Santiago metió los dedos por el borde, empujó con el hombro y el seguro interno soltó un chasquido pequeño.

El aire frío le pegó en la cara.

Por primera vez desde el día anterior, respiró algo que no venía de la casa.

Se subió al marco con cuidado. El techo plano estaba a poco más de un metro abajo. Si calculaba mal, podía torcerse un tobillo. Si no saltaba, se quedaba.

Saltó.

El impacto le subió por las rodillas y tuvo que morderse la lengua para no hacer ruido. Se agachó, esperó. Ninguna alarma. Ningún grito.

El corazón se le llenó de una esperanza tan violenta que casi dolió.

Avanzó por el techo lateral, pegado a la pared. Desde ahí vio una cámara bajo el alero. Se quedó inmóvil. La cámara giraba lento, de izquierda a derecha. Esperó a que pasara y corrió en el ángulo muerto hasta la terraza.

Cuarta cosa aprendida: las cámaras tenían ritmo.

Bajó por una columna cubierta de enredaderas hasta el jardín. La palma derecha se le raspó contra la piedra. No importó. Cruzó agachado entre arbustos, siguiendo el borde del muro hacia la parte trasera de la casa.

Allí debía haber una puerta de servicio.

Todas las casas grandes tenían una.

La encontró junto a una zona de lavandería exterior: una puerta metálica pequeña, con cerradura electrónica y un sensor rojo encima.

Santiago casi se rió de alivio.

El sensor no estaba conectado al muro principal, sino a una caja lateral. Si lograba forzarlo...

Buscó algo en el suelo. Una varilla, una piedra, lo que fuera.

Encontró una herramienta olvidada junto a unas macetas. La metió en la ranura de la puerta y empujó.

El sensor parpadeó.

Una vez.

Dos.

Santiago dejó de respirar.

La alarma estalló.

No fue suave como la del portón. Esta vez sí llenó el jardín, aguda, insoportable. Santiago soltó la herramienta y corrió hacia el muro, pero los guardias aparecieron antes de que alcanzara tres metros.

—¡No me toquen! —gritó.

Uno se detuvo. El otro levantó las manos.

—Joven, por favor.

—¡No me digan joven!

Don Tomás llegó pálido, con el celular en la mano.

—Apaguen la alarma.

—¡Abra la puerta! —Santiago señaló la salida de servicio—. ¡Ábrala!

—No puedo.

Santiago intentó pasar entre ellos. Esta vez sí lo sujetaron.

No lo golpearon. No tuvieron que hacerlo. Dos manos en sus brazos, firmes, profesionales, bastaron para recordarle la diferencia de fuerza. Santiago se retorció hasta que la palma raspada le ardió y el tobillo derecho le dio una punzada.

—¡Suéltenme!

—Santiago.

La voz de León cortó la alarma mejor que cualquier botón.

Estaba en la entrada del jardín, sin saco, con el rostro desencajado. No debía haber llegado tan rápido. O tal vez nunca se había ido tan lejos.

Santiago dejó de luchar un segundo, solo para mirarlo con odio.

—Dijiste que tenías una junta.

León caminó hacia él.

—Y tú prometiste que no harías esto difícil.

—Yo no prometí nada.

—Pudiste haberte roto el cuello.

—Eso te preocupa más que tenerme encerrado.

León hizo una seña y los guardias lo soltaron.

Santiago retrocedió, pero el tobillo le falló. León lo sostuvo antes de que cayera.

—¡No me toques!

León no lo soltó de inmediato.

—Estás herido.

—Me herí tratando de escapar de ti.

La frase lo golpeó, pero esta vez no retrocedió.

—A partir de ahora no sales de la habitación sin Don Tomás o conmigo.

Santiago se quedó helado.

—¿Me estás castigando por intentar huir?

—Te estoy impidiendo que te mates.

—No te atrevas a disfrazarlo.

León lo cargó.

Santiago forcejeó, pero el dolor del tobillo lo traicionó. Don Tomás apartó la mirada cuando pasaron junto a él. Eso ardió casi tanto como el golpe contra la piedra.

En la habitación, León lo sentó en la cama y cerró la puerta.

El clic del seguro sonó esta vez.

Santiago levantó la vista.

—Dijiste que no estaba cerrada.

—Eso fue antes de que saltaras por una ventana.

León fue al baño, regresó con un botiquín y se arrodilló frente a él.

—Dame la mano.

—No.

—Santiago.

—No.

León respiró hondo, tomó su muñeca con cuidado y revisó la palma raspada. Santiago intentó retirarla, pero el agarre se mantuvo firme.

—Te dije que no.

—Está sucia. Puede infectarse.

—Me importa un carajo.

León se quedó quieto.

—A mí no.

Limpió la herida con una delicadeza que habría sido conmovedora en otro mundo. En ese, solo era otra forma de control. Santiago miró el techo mientras el ardor le subía por el brazo. No iba a darle el gusto de verlo llorar.

Cuando León terminó con la mano, revisó el tobillo. No parecía roto, solo torcido. Lo vendó con precisión.

—Voy a pedir que traigan un médico.

—Quiero a Diego.

León levantó la vista.

La ternura desapareció.

—No.

—Entonces no quiero nada de ti.

León cerró el botiquín con demasiada fuerza.

—Descansa.

—Vete.

Se quedó un segundo más, como si quisiera decir algo. Al final se levantó y caminó hacia la puerta.

—No vuelvas a intentar escapar.

Santiago lo miró por primera vez desde que empezó a curarlo.

—Voy a intentarlo todas las veces que haga falta.

León salió y cerró con llave.

Santiago esperó a que sus pasos desaparecieran. Luego bajó la vista a la venda blanca en su mano, al tobillo inmovilizado, a la ventana que seguramente no volvería a abrirse.

Había fallado.

Pero ahora sabía que las cámaras giraban, que la puerta de servicio tenía sensor y que León mentía incluso cuando decía que se iba.

Se recostó sin cerrar los ojos.

La primera fuga no había funcionado.

La segunda tendría que ser mejor.

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
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