TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 8
El canto de las aves me despertó.
Abrí los ojos lentamente.
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas.
Parpadeé un par de veces… aún adormilada.
Entonces giré la mirada hacia el sillón.
Vacío.
Cassian no estaba.
Fruncí ligeramente el ceño y miré alrededor de la habitación.
Nada.
Se había ido.
Me incorporé con lentitud…
y en ese momento lo sentí.
Mi cuerpo…
era distinto.
Más ligero.
Más ágil.
Más… vivo.
Pero no era solo eso.
Había algo más.
Algo que me recorrió de golpe.
Una sed.
Intensa.
Abrumadora.
Mi garganta ardía.
—…
Sangre.
Quería sangre.
La necesidad apareció de forma brutal, instintiva.
Primaria.
Me llevé una mano al cuello, respirando con dificultad.
Y entonces…
un pensamiento cruzó mi mente.
Mis hijos.
Mis cachorros.
Mi cuerpo se tensó.
Un paso hacia adelante.
Luego otro.
Mis manos temblaron.
No.
Antes de que ese impulso tomara el control—
tomé lo primero que encontré.
Un jarrón.
Y sin dudarlo…
lo estrellé contra mi propia cabeza.
El golpe resonó en la habitación.
El dolor fue seco.
Fuerte.
Pero suficiente.
Mi respiración se detuvo por un segundo.
Y luego…
regresó.
Mis pensamientos se aclararon.
El impulso retrocedió.
—…tch…
Cerré los ojos con fuerza.
Había estado a punto de perderme.
De verdad.
En ese instante…
las puertas se abrieron de golpe.
Las sirvientas entraron.
Se detuvieron al verme.
Pero algo era distinto.
Antes…
sus miradas estaban cargadas de deseo por mi sangre.
Hambre.
Oscura.
Ahora…
era otra cosa.
Brillo.
Respeto.
¿Alegría?
—Mi señora…
Sus voces eran más suaves.
Más cálidas.
Se acercaron sin dudar.
Con cuidado.
Con una atención que no había visto antes.
Me ayudaron a asearme.
A arreglarme.
Sus movimientos eran delicados.
Casi reverentes.
—El duque la espera.
Asentí levemente.
Antes de salir…
mis ojos se desviaron hacia un pequeño espejo.
Me acerqué.
Y me miré.
Mi piel…
más pálida.
Suave.
Casi luminosa.
Mi cabello rosa caía con delicadeza sobre mis hombros.
Pero no fue eso lo que me detuvo.
Entre abrí los labios.
Y los vi.
Colmillos.
Afilados.
Elegantes.
Inconfundibles.
Un suspiro escapó de mis labios.
—…
Ya no había duda.
Me incorporé.
Y dejé que me guiaran.
Salimos de la habitación.
Los pasillos del castillo se extendían silenciosos.
Elegantes.
Bajé las escaleras con paso firme.
Cada movimiento se sentía… diferente.
Más seguro.
Más natural.
Al final de las escaleras, cerca de la entrada principal…
él estaba ahí.
Cassian.
De pie.
Hablando con el mayordomo.
Su postura impecable.
Imponente.
Como siempre.
Entonces…
se giró.
Y me vio.
No dijo nada.
Ni una sola palabra.
Pero su expresión…
lo dijo todo.
Sus ojos grises se fijaron en mí.
Intensos.
Profundos.
Y por primera vez…
sin ocultarlo.
Cautivado.
Completamente cautivado.
Por mí.
Llegué hasta él.
Sin detenerme.
Y con una sonrisa burlona… pasé suavemente mi dedo por su mentón.
—Si no cierras la boca… se te va a caer la baba.
Sonreí, divertida.
Cassian reaccionó de inmediato.
Se llevó la mano a la boca, carraspeó con discreción…
y aunque sus orejas seguían ligeramente rojas,
recuperó su expresión fría de siempre.
Impecable.
Controlada.
Como si nada hubiera pasado.
—Saldremos a la ciudad —dijo con naturalidad.
Parpadeé, confundida.
—¿Para qué?
Ni siquiera habíamos desayunado.
Él me sostuvo la mirada un instante.
—Te lo explicaré en el carruaje.
No insistí.
Caminamos juntos hasta la entrada.
El carruaje ya nos esperaba.
No había caballos.
Era una estructura elegante de metal oscuro y cristal, con finos detalles mecánicos y un leve zumbido constante que delataba su motor interno. Vapor tenue escapaba por pequeñas ranuras laterales, dándole ese aire sofisticado y moderno propio del imperio.
El conductor ya estaba en su puesto.
Listo.
Cassian extendió su mano hacia mí.
La tomé.
Sus dedos estaban firmes… fríos.
Me ayudó a subir con cuidado.
Después, subió él.
La puerta se cerró con un sonido suave.
Y sin necesidad de riendas ni caballos…
el carruaje arrancó.
Avanzando con precisión por las calles del imperio.
.
.
.
Con el carruaje en movimiento…
él estaba frente a mí.
Sentado en el asiento opuesto.
Mirándome.
Fijamente.
Como si quisiera memorizar cada detalle de mi rostro… como si estuviera grabando mi imagen en su mente.
No apartaba la mirada.
Ni un segundo.
El leve zumbido del motor llenaba el silencio entre nosotros.
Hasta que habló.
—Necesitamos que corran rumores.
Su voz fue firme.
Controlada.
—De que me he enamorado… de una vampira plebeya.
Mis ojos se entrecerraron apenas, pero no dije nada.
Él continuó.
—No debe haber ninguna falla.
Hizo una breve pausa.
—Ni sospecha alguna… de cara a nuestra boda.
El mensaje era claro.
Todo esto…
era una estrategia.
Una máscara.
Una historia que el imperio debía creer.
Lo miré unos segundos más.
Luego…
asentí.
—Entiendo.
Mi tono fue tranquilo.
Pero dentro de mí…
sabía que ese juego…
apenas comenzaba.
.
.
.
Pasó un rato…
ni corto ni largo.
El tiempo suficiente para que el silencio entre nosotros se volviera… habitual.
Hasta que el carruaje se detuvo.
El leve zumbido del motor se apagó.
La puerta se abrió desde fuera.
El conductor descendió primero y, con movimientos precisos, abrió la puerta.
Cassian bajó.
Como siempre.
Elegante.
Impecable.
Luego, extendió su mano hacia mí.
Sin decir nada.
La tomé.
Y descendí con su ayuda.
Mis pies tocaron el suelo con suavidad.
Entonces…
alcé la mirada.
Frente a nosotros se alzaba un enorme restaurante de estilo victoriano.
Majestuoso.
Las paredes oscuras, los ventanales altos y las decoraciones en hierro forjado le daban un aire sofisticado… casi intimidante.
Luces cálidas brillaban desde el interior, contrastando con la sobriedad del exterior.
Era un lugar exclusivo.
Refinado.
Y claramente…
frecuentado por la élite del imperio.
Una leve sonrisa se dibujó en mis labios.
—Vaya…
Murmuré.
—Así que este es tu plan.
Y sin esperar respuesta…
di un paso hacia adelante.
Al entrar junto a él, entrelacé mi brazo con el suyo con naturalidad.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Como si realmente fuéramos…
una pareja.
Las puertas se cerraron tras nosotros.
Y entonces lo vi.
El interior del restaurante era aún más impresionante que su fachada.
Un espacio amplio, elegante, con altos ventanales por donde entraba la luz tenue del exterior. Las paredes estaban decoradas con tonos oscuros y detalles dorados, mientras arreglos florales en tonos rosados y rojos llenaban el lugar con una belleza casi irreal.
Mesas finamente dispuestas.
Sillas tapizadas en terciopelo.
Lámparas colgantes que emitían una luz cálida.
Todo tenía ese aire victoriano… refinado… íntimo.
Pero no era solo eso.
Las miradas.
Pude sentirlas de inmediato.
Discretas.
Curiosas.
Celosas.
Algunas sorprendidas.
Otras… cargadas de interés.
No era para menos.
El duque Cassian Bloodthorn… acompañado.
Y no por una noble.
Sino por una plebeya.
Apreté ligeramente mi agarre en su brazo, sin dejar de sonreír.
Jugando el papel.
Sin fisuras.
Nos guiaron hasta una mesa cerca de la ventana.
La luz caía justo sobre nosotros.
Perfecto para ser vistos.
Perfecto para que hablaran.
Cassian apartó la silla para mí con elegancia.
Esperó a que me sentara.
Y luego tomó su lugar frente a mí.
El escenario estaba listo.
Y la actuación…
acababa de comenzar.