Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El origen del Enclave
El Corazón de los Helechos parecía vibrar con cada palabra de Aeryn. En ese rincón del bosque, donde la realidad se doblaba sobre sí misma, el tiempo humano carecía de importancia; los minutos se estiraban como ámbar líquido. Sentados junto al arroyo que fluía hacia atrás, desafiando la gravedad con un murmullo cristalino, la atmósfera se sentía cargada de una intimidad casi sagrada.
Adrian mantenía una postura relajada, su cuaderno de "investigación" apoyado en las rodillas, simulando tomar notas sobre la flora local. Pero sus ojos estaban fijos en ella, procesando cada detalle de su confesión con una precisión que Aeryn interpretaba como fascinación, cuando en realidad era el análisis de un cartógrafo trazando territorio enemigo.
—Kaelen dice que soy demasiado abierta —comenzó Aeryn, jugando distraídamente con una hoja que brillaba con luz propia—. Dice que la confianza es un lujo que nuestro linaje no puede permitirse. Pero es difícil explicar lo que somos sin explicar de dónde venimos. No puedes entender la flor sin conocer la raíz, y mi raíz... es un milagro nacido del dolor.
—Háblame del Enclave —pidió Adrian, con voz suave—. Mencionaste que es un refugio. ¿Cómo empezó todo realmente?
Aeryn asintió, mirando hacia las copas de los árboles que se entrelazaban como dedos protectores.
—El Enclave es el último bastión de la Luna Azul, pero su origen no fue un tratado político, sino el encuentro de dos almas exiliadas. Mi padre, Elyan, es un Ancestral. Un vampiro de los tiempos antiguos que decidió alejarse de los suyos hace siglos. Después de que su pareja destinada muriera, él se hundió en una soledad absoluta, viviendo como un ermitaño, desconectado de un mundo que solo conocía la guerra.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió más tierna al mencionar a su madre.
—Y luego está Lyra, mi madre. Ella es una loba, una Omega en su antigua manada. Su pareja destinada la rechazó, un dolor que suele quebrar a los de nuestra especie. Pero en lugar de rendirse, ella se marchó. Se mudó al mundo humano y allí lo encontró. Un vampiro que lo había perdido todo y una loba que había sido descartada.
Adrian escuchaba en silencio. El concepto de "parejas destinadas" y "vampiros ancestrales" era algo que Helix trataba como anomalías biológicas, pero en la voz de Aeryn, sonaba a una verdad ineludible.
—Ellos no debían estar juntos —continuó ella—. Sus especies se odiaban, y sus propios pasados los empujaban al aislamiento. Tras pasar por varias pruebas vencieron a quienes querían separarlos y entonces reunieron a todas las especies en el Enclave.
—¿Y tú? —preguntó Adrian, sintiendo un pinchazo de frialdad al pensar en su propia familia, los cazadores—. Dijiste que eres una híbrida. Eso te hace... el resultado directo de ese equilibrio.
—Mi nacimiento fue el cumplimiento de una profecía que los ancianos todavía temen —explicó ella, y un rastro de tristeza nubló sus ojos—. "La hija de dos sangres será el sol que ilumine la noche, el fuego que consuma el mundo". Dicen que soy la garantía de que la paz durará, pero también el blanco más grande para quienes quieren que volvamos a la era de las masacres. Por eso Kaelen es tan protector. Él no solo me cuida a mí; cuida la esperanza de que nuestro mundo siga intacto.
Adrian la observó en silencio. La información era oro puro para HELIX: Aeryn era el pilar místico y genético del Enclave. Si ella caía, la estructura misma del refugio se desmoronaría. Sin embargo, al verla allí, tan vulnerable y desesperadamente confiada, Adrian experimentó una calidez incómoda. Un deseo impulsivo de decirle que se callara, que dejara de entregarle sus secretos, que se protegiera de él.
—Parece una carga pesada para una sola persona —dijo Adrian, y por un segundo, su voz no fue la del infiltrado, sino la de un joven conmovido por la soledad de la mujer frente a él.
Aeryn sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de él, suspirando con un alivio que le dolió a Adrian más que cualquier golpe.
—Lo es. Pero cuando estoy contigo, esa profecía parece algo lejano. Contigo me siento como Aeryn, la chica de la universidad, no como la guardiana de una estirpe. Me haces sentir... que puedo elegir quién ser.
A pocos metros, oculto tras la densa cortina de helechos, Kaelen apretaba los puños hasta que sus nudillos crujían. Su oído captaba cada susurro. Escuchar a Aeryn revelar el secreto de Elyan y Lyra al humano era como verla caminar hacia un precipicio con los ojos vendados.
Kaelen se movió, una sombra rápida que no dejó rastro, situándose en un ángulo diferente. Su instinto le decía que atacara, pero la paz en el rostro de Aeryn lo detenía. Era la primera vez en años que la veía reír de esa manera.
—Te daré tu oportunidad, humano —gruñó Kaelen para sí mismo, su voz un murmullo que se perdió en el aire—. Pero si usas la historia de sus padres contra ella, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte de mi rastro.
Adrian, sintiendo la mirada de Kaelen aunque no pudiera localizarlo, rodeó a Aeryn con el brazo, atrayéndola hacia él. Fue un gesto de consuelo, pero para el sistema HELIX, fue el momento de máxima proximidad. El sensor de su reloj terminó de escanear la firma biométrica de la "Hija de dos sangres".
—No dejaré que nada te pase —mintió Adrian, mientras en su pantalla interna se leía: Análisis de ADN completado. Localización de núcleos de poder: Identificados.
La complicidad crecía entre ellos como una flor hermosa en un suelo envenenado. Aeryn creía estar construyendo un puente; Adrian sabía que solo estaba terminando de diseñar la jaula.