Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 8
Isolda siempre decía que el siglo XXI era un reino extraño, pero esa mañana lo comprobó con creces.
Salieron a caminar sin rumbo: Tomás con su cámara al hombro —trabajaba en diseño, hacía fotos de referencia—, y ella con una bufanda suya, porque insistía en que “una dama nunca debe exponerse al viento sin dignidad”.
—No entiendo por qué las mujeres de este tiempo usan menos tela que las cortinas de mi alcoba —comentó mientras pasaban frente a un café.
—Porque pueden —respondió él, sonriendo.
—Y tú las miras, ¿verdad?
—Solo a las que cruzan portales mágicos.
Ella le lanzó una mirada que mezclaba advertencia y diversión.
Doblaron por una calle donde un grupo de jóvenes preparaba una sesión de fotos: luces, cámaras, risas.
Una mujer con auriculares los detuvo.
—¡Perdón! ¿Ella es parte del casting?
Tomás iba a decir que no, pero Isolda habló antes:
—Depende de qué sea un casting.
—Para una campaña de moda urbana —explicó la mujer—. Buscamos rostros naturales.
—¿Rostros? —repitió Isolda, confundida—. Los míos son todos naturales.
La fotógrafa sonrió, encantada.
—Perfecto. Quédate un momento, por favor.
Tomás trató de intervenir.
—Oye, espera, creo que hay un malentendido…
—No —lo interrumpió la mujer—, tu amiga tiene un look impresionante. Auténtico. ¿Podemos probar unas fotos?
Isolda lo miró, intrigada.
—¿De qué se trata exactamente?
—De posar —dijo Tomás, resignado—. De quedarte quieta mientras te toman retratos.
—Ah. Como en los retratos oficiales. Puedo hacerlo.
Y lo hizo.
Pero lo hizo como una reina.
El equipo quedó hipnotizado. No sabían que aquella mujer, con su postura perfecta y mirada serena, no estaba fingiendo nobleza: la traía de nacimiento.
—Increíble —susurró la fotógrafa—. ¡Tienes una expresión imposible! Entre curiosa y poderosa.
—Es mi cara —dijo Isolda, sin entender el cumplido.
Tomás, desde un lado, la observaba con una mezcla de orgullo y desconcierto.
Era un poco absurdo: la reina caída en desgracia convertida en modelo accidental.
Y, claro, cada vez que uno de los asistentes se le acercaba demasiado para ajustar algo, a Tomás le temblaba la mandíbula.
Cuando terminaron, la fotógrafa le entregó una tarjeta.
—Nos encantaría que vuelvas. Pagamos por sesión.
Isolda parpadeó.
—¿Pagan por estar quieta?
—Bastante bien, de hecho.
Ella miró a Tomás, confundida.
—¿Me están ofreciendo un puesto de trabajo?
—Sí, majestad —dijo él con una sonrisa torcida—. Bienvenida al capitalismo.
Volvieron riendo.
—Así que ahora soy… modelo —dijo ella, saboreando la palabra.
—Modelo accidental —corrigió él—. Pero sí, básicamente te pagan por existir.
—Qué sistema tan práctico. En mi época, tenías que casarte para eso.
Tomás casi se atraganta con la risa.
Esa noche, mientras él revisaba planos en su computadora, Isolda fingía leer una revista. En realidad, escuchaba.
Tomás hablaba por teléfono con su hermana.
—Sí, necesito un poco más de presupuesto —decía él en voz baja—. Si logro terminar la remodelación antes del invierno, el proyecto del castillo podría pasar al directorio central. Sería… un salto enorme para mí.
Pausa.
—No, no pienso pedirle a mamá otra vez. Me las arreglaré.
Isolda lo observó sin que él la viera.
Un hombre del futuro, tan diferente a los de su corte, pero con los mismos ojos de quien carga un reino invisible sobre los hombros.
Cuando él colgó, ella fingió distraerse con la revista.
—¿Todo bien? —preguntó Tomás.
—Perfectamente —respondió, con una sonrisa serena—. Solo pensaba que quizá debería… colaborar.
—¿Colaborar? ¿Cómo?
—Bueno —dijo, como quien revela un secreto real—, he sido convocada nuevamente por los retratistas.
Él frunció el ceño, desconcertado.
—¿Vas a aceptar?
—Por supuesto. Si en este siglo los retratos se pagan, sería una descortesía rechazar el tributo.
—¿Tributo? —repitió él, divertido.
—Además —añadió ella, muy seria—, no deseo que un proyecto tan noble como tu castillo se vea detenido por falta de monedas.
Tomás quiso protestar, pero se rindió. No había manera de ganarle una discusión a una reina.
El siguiente día, regresó al estudio bajo un nombre falso: Isla Doren.
El fotógrafo estaba encantado. La nueva modelo tenía una elegancia imposible de fingir, una mezcla de misterio y ternura que capturaba la cámara de un modo casi mágico.
Y, sin que nadie lo planeara, sus fotos empezaron a circular.
Las redes se llenaron de comentarios:
“¿Quién es ella?”
“La modelo del tiempo detenido.”
“Parece salida de otra era.”
Un par de días después, un sobre llegó a su nombre. Dentro había dinero.
Isolda lo examinó con cuidado, contándolo billete por billete.
—¿Esto es… una compensación? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Un pago —corrigió Tomás—. Por el trabajo.
Ella lo observó con los ojos muy abiertos.
—¿Por posar unas horas? ¡En mi época eso no habría dado ni para una libra de oro!
Tomás rió y encendió la calculadora del celular.
—Bueno, en tu época tampoco existía el internet, los impuestos ni los influencers.
—¿In… qué?
—Nada, olvídalo —sonrió él—. Mira, esto equivale más o menos a… —le mostró la pantalla— …una semana de comida, transporte y un par de cosas más.
Isolda lo miró como si acabara de anunciarle que el reino había sido reconquistado.
—¡Una semana de comida por posar con joyas! —repitió, maravillada—. Tomás, creo que acabo de descubrir la profesión más sensata del futuro.
—¿Sensata? —rió él—. Algunos no estarían tan de acuerdo.
—Bah, ellos no han sido coronados ni fotografiados con tanta gracia.
Tomás no pudo evitarlo: la abrazó.
—Eres imposible.
—Y tú, un excelente traductor de civilizaciones —replicó ella, divertida.
Él la miró con ternura.
—¿Y qué vas a hacer con tu primer pago?
—Comprarme una diadema —respondió muy seria.
—¿En serio?
—O una pizza. Aún no decido cuál suena más realista.
Rieron los dos, y el eco de sus risas llenó el pequeño apartamento como si, por un instante, el tiempo se hubiera detenido… o al menos se hubiera rendido ante ellos.