Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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El precio de un desliz
El martes por la tarde, Elena trajo un paquete de libros usados que había comprado por indicación de Gino. Los puso sobre la mesa de la biblioteca y se retiró sin decir nada, como siempre. Yo estaba tan absorta hojeando las portadas que no escuché los pasos hasta que su voz sonó justo detrás de mi espalda, tan cerca que me dio un respingo violento.
—¿Te gusta leer o solo finges para parecer menos inútil de lo que eres?
Me giré de golpe, el corazón golpeándome contra las costillas. Gino estaba allí, con los brazos cruzados, una media sonrisa burlona dibujada en los labios.
—Me gusta leer —dije, bajando la mirada al instante—. Gracias por los libros.
—No son un regalo. Son para que no te pudras de aburrimiento y empieces a imaginar historias absurdas sobre huidas y libertad. Si tienes la cabeza ocupada con cuentos tontos, se te olvida mirar las puertas. Así que no me des las gracias. Lo hago por tranquilidad mía, no por ti. Ahora, ven aquí. Tengo que salir en unos minutos y quiero que sepas qué esperar si decides desobedecer hoy.
Me acerqué despacio, con las manos entrelazadas frente a mí. Se sentó en el borde del escritorio y me señaló el espacio entre nosotros.
—Esta tarde vendrá alguien a entregar unos documentos. Un hombre llamado Damián. No le abras la puerta. No le hables más de lo estrictamente necesario. Abre solo lo justo para recibir lo que traiga, cierra y echa el cerrojo. No le digas cómo estás, no le cuentes nada, no hagas amistad. Es una orden clara. ¿Entendido? Y si se te ocurre decirle algo sobre mí, sobre esta casa, sobre cómo vives aquí… —hizo una pausa y me miró a los ojos— entonces te llevaré a un lugar donde no haya ventanas. Y no te lo digo asustándote por decir. Lo haré. Puedes creerlo.
—No diré nada —aseguré—. No tengo nada que decirle.
—Mejor así. Y otra cosa: cuando yo no estoy, no salgas de esta ala de la casa. Si necesitas algo, llamas a Elena. No recorras los pasillos como si fueras la dueña. No lo eres. Nunca lo serás. Eres una invitada con fecha de caducidad, ¿comprendido? No te confundas con las comodidades. Un sofá cómodo no te convierte en dueña de la casa. Es solo parte de la jaula. Acostúmbrate a ello.
Se marchó poco después y yo me quedé sola, repasando cada palabra suya como si fueran instrucciones de supervivencia. Pasé el resto de la tarde en mi habitación, leyendo, intentando no pensar, intentando no escuchar cada ruido que venía de fuera. Pero cuando el timbre de la puerta principal sonó, me quedé helada un momento antes de bajar. Sabía que no debía abrir. Sabía que debía esperar a Elena. Sin embargo, la curiosidad me venció. Me dije que sería rápido, que solo tomaría el sobre y cerraría enseguida, que no pasaría nada. Bajé las escaleras, crucé el vestíbulo y abrí la puerta.
El hombre que estaba allí era bajo y corpulento, con cicatrices visibles en las manos y una expresión que me recorrió de arriba abajo con demasiada lentitud. Sentí un escalofrío de asco y miedo, pero intenté mantener la calma.
—El sobre, por favor —dije, extendiendo la mano.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, mirando hacia el interior de la casa como buscando algo—. Nunca te había visto aquí. ¿Vives con el señor Esparza? Qué joven eres para estar encerrada aquí sola.
—Deme lo que trae, por favor —repetí, sin levantar la voz, pero retrocediendo un paso.
—Qué prisa —sonrió, y esa sonrisa me dio náuseas—. No muerdas la mano que te abre la puerta, niña. El señor Esparza no te tiene aquí escondida por algo, ¿verdad? A lo mejor debería entrar y asegurarme de que estás bien.
En ese instante, un coche entró por la verja y se detuvo bruscamente frente a la escalinata. El hombre se apartó de la puerta al instante, pero ya era demasiado tarde. Gino bajó del vehículo con una rapidez que casi no parecía humana. No me miró. Ni siquiera pareció verme al principio. Caminó directo hacia Damián, le arrebató el sobre de un manotazo y le habló con una voz tan baja y tan peligrosa que yo apenas escuché las palabras.
—Lárgate. Y si alguna vez vuelves a hablarle a ella, te arranco la lengua con mis propias manos. ¿Entendido? Ahora corre. Antes de que cambie de opinión sobre dejarte ir caminando.
Damián se marchó atropelladamente y Gino cerró la puerta con un golpe que hizo vibrar las paredes. Entonces se giró hacia mí. Su rostro estaba pálido de rabia, sus ojos oscuros parecían dos pozos sin fondo. Se acercó caminando lento, como un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene escapatoria. Yo retrocedí hasta que mis espaldas chocaron contra la pared del vestíbulo.
—¿Te dije que abrieras? —preguntó, cada palabra cortada como un golpe—. ¿Te dije que le hablaras? ¿O te crees tan lista que sabes mejor que yo lo que es seguro para ti?
—Yo solo… pensé que era rápido… solo quería recibir el sobre —balbuceé, las lágrimas brotando solas—. No sabía que iba a ser así. No volverá a pasar.
—«No volverá a pasar» —repitió, imitando mi voz con crueldad—. Siempre dicen lo mismo. Y luego lo vuelven a hacer porque creen que son especiales. Crees que porque te dejo sentarte en el jardín y leer libros ya somos amigos. Crees que porque no te he lastimado todavía, no soy capaz de hacerlo. Qué ingenua eres. Y qué peligrosa eres para ti misma con esa estupidez tuya de pensar que sabes más que yo.
Me tomó por los hombros con tanta fuerza que supe que dejaría marcas. Me empujó suavemente contra la pared y se inclinó hacia mí, su respiración pesada y caliente sobre mi rostro.
—Ese hombre podría haberte llevado. Podría haberte arrastrado a su coche y nadie habría sabido tu nombre. ¿Entiendes eso? ¿O tu mente tan pequeña no alcanza a ver más allá de tu curiosidad estúpida? Te di una orden simple. Y la rompiste. Así que ahora vas a aprender que mis reglas no son sugerencias. Son leyes. Y quien rompe las leyes, paga el precio.
—Por favor, perdóname —sollocé—. No lo haré más. Te lo prometo.
—El llanto no borra errores. Pero esta vez te lo haré sencillo. Subes a tu habitación. Te quedas allí sin salir hasta que yo te diga. Sin libros, sin ventanas abiertas, sin excusas. Y cuando venga esta noche, no estarás llorando. No estarás quejándote. Estarás esperándome como debiste estar siempre. Y si vuelves a desobedecer… —se acercó más, sus labios rozando mi oreja— entonces cerraré esa puerta con llave desde fuera. Y la llave se quedará en mi bolsillo. Para siempre. ¿Quedó claro? ¿O necesito demostrártelo primero?
—Claro —susurré, con la garganta cerrada por el miedo—. Subiré ahora mismo.
—Corre entonces. Y no mires atrás. No quiero verte en este pasillo hasta que yo te llame. Y piensa bien mientras estés arriba: cada vez que creas que soy injusto, recuerda que hoy te salvé de algo que tú misma buscaste con tu torpeza. Ahora muévete.
Corrí escaleras arriba y me encerré en mi habitación, apoyándome contra la puerta con el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Me miré en el espejo del baño y vi las marcas de sus dedos en mis hombros, oscureciéndose ya contra mi piel. No me las curé. No hice nada. Solo me senté en el borde de la cama y esperé. Porque sabía que tenía razón en una cosa: no importaba cuánto me lastimara con sus palabras o con su mano. Al final, siempre tenía la última palabra. Y yo siempre tenía que esperar a que él decidiera cuándo perdonarme, cuándo olvidar, cuándo dejar de ser mi carcelero para volver a ser el dueño de mi vida. Y esa dependencia absoluta era la peor de todas sus cadenas. Porque yo misma se la había puesto en las manos al aceptar quedarme. Y él no tenía ninguna intención de soltarla jamás.