FIRMÉ MI LIBERTAD
Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.
Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.
Una noche, Aymara decide desaparecer.
Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.
Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.
Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.
Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza
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Lo que no debía querer
Cuatro días se convirtieron en siete.
Bella dejó de contar las veces que bajaba por café y empezó a reconocer qué tabla del corredor crujía antes de llegar a las escaleras.
También descubrió que Rodrigo vivía en una casa pequeña al otro lado del lago, que detestaba el café dulce y que podía reparar casi cualquier cosa menos la máquina de café del hotel.
—La odio —admitió una mañana.
—La cafetera no tiene la culpa.
—Usted no la conoce.
Bella Río.
El sonido la sorprendió.
Rodrigo también lo notó, pero tuvo la delicadeza de no decir nada.
Al regresar al hotel encontró a Rodrigo sentado en los escalones del muelle con dos vasos.
—Amy dijo que iba a secuestrarla durante una hora.
—Amy exagera.
—Eso también lo dijo Amy.
Bella aceptó el vaso.
Se sentó dejando una distancia prudente.
— ¿Siempre se queda aquí? —preguntó.
—Nací aquí.
—Eso no responde.
Rodrigo miró el lago.
—Me fui unos años.
—¿Y volvió?
-Si.
—¿Por qué?
—Porque no todo lugar que me gusta está hecho para mí.
Bella giró hacia él.
—Eso suena triste.
—No lo es.
—¿Entonces?
Rodrigo pensó.
—Hay cosas que uno quiere y aun así no le pertenecen.
Bella bajó la mirada al café.
Sam habría odiado aquella frase.
Para él, querer algo siempre había sido suficiente para convertirlo en suyo.
Una empresa.
Una casa.
Una esposa.
—Y Brumaluna sí le pertenece? —preguntó.
Rodrigo negó.
—Yo pertenezco un poco a Brumaluna. Es distinto.
El silencio entre ambos no era incómodo.
Bella estaba empezando a descubrir que con Rodrigo podía haber silencios que no eran castigos.
Al caer la tarde, regresó a la habitación y encontró un correo en la cuenta nueva que había creado exclusivamente para comunicarse con su padre.
Asunto: SOLO LEÉ.
Lo abrió.
«Sam está moviendo personas dentro de la empresa. No firmes nada que te llegue. No respondas correos. Tengo copias de lo importante.
Tu mamá cree que esto se arregla si volvés. Yo no.
Quedate donde estés hasta que quieras regresar, no hasta que alguien te obligue.»
Bella leyó dos veces.
Después una tercera.
Había un archivo adjunto.
No lo abrió.
Cerró la computadora y llamó.
Su padre contestó con voz cansada.
—Te dije que no llamaras por esto.
—¿Qué está haciendo Sam?
—Lo que hace alguien que creyó que nunca ibas a irte.
—Diezmo.
—Está intentando convertir tu ausencia en una ventaja.
Bella se puso de pie.
—Voy a volver.
-No.
—Es mi empresa.
—Y va a seguir siendo tuya mañana.
—No podés pelear solo.
—No estoy solo.
-Papá…
-Aymara.
Hacía días que nadie pronunciaba su verdadero nombre.
Le dolió.
—Escúchame bien. Tu abuelo levantó esa empresa. Yo la cocina. Vos la hiciste crecerá. Sam no va a convertir unas semanas de miedo en una escritura de propiedad sobre tu vida.
Bella apretó los labios.
—Pero tampoco quiero que la empresa sea la cadena que te haga regresar a esa casa.
Ella cerró los ojos.
—No voy a regresar con él.
—Entonces ya ganamos algo.
Después de colgar, Bella salió al balcón.
Rodrigo estaba abajo hablando con un empleado.
Ella pensó en contarle algo.
Una sola cosa.
No lo hizo.
Todavía no.
Pero por primera vez quise hacerlo.
La cercanía con Rodrigo empezó a incomodarla precisamente porque no tenía nada de extraordinario. Él no la perseguía por los pasillos ni buscaba fabricar coincidencias. A veces pasaban un día entero sin hablar y al siguiente podían quedarse veinte minutos discutiendo sobre cuál panadería era mejor. Esa normalidad era nueva para Bella.
Una tarde lo vio ayudando a una pareja mayor con unas maletas. El hombre quiso darle dinero y Rodrigo lo rechazó con una sonrisa. Bella se descubrió observándolo más de la cuenta. No porque estuviera haciendo algo heroico, sino porque nadie parecía estar mirando y aun así era el mismo hombre.
—Te quedaste ida —dijo Amy cuando la encontró después en el supermercado. Bella tomó una caja cualquiera del estante. —Estoy comparando precios. —Claro. Y yo soy la alcaldesa. Bella soltó una risa y siguió caminando antes de que Amy pudiera insistir. Lo que no quería admitir era sencillo: empezaba a gustarle alguien justo cuando se había prometido no necesitar a nadie.
Y aquello la asustó más que Sam.
Durante los días siguientes intenté convencerse de que aquella atracción era apenas gratitud. Rodrigo había sido amable cuando ella llegó agotada; Eso era todo. Pero la explicación dejó de servir cuando empezó a reconocer su voz antes de verlo o cuando, al escuchar una puerta en recepción, levantaba la mirada esperando que fuera él. No le gustaba sentirse pendiente de nadie. Había pasado demasiado tiempo adaptando horarios, palabras y hasta estados de ánimo a los de Sam. Se prometió que con Rodrigo no haría lo mismo.
Una tarde coincidieron en la plaza. Rodrigo llevaba una bolsa de tornillos y ella dos libros usados que había encontrado en una tienda pequeña. Caminaron juntos sin haberlo planeado. Él le contó que, cuando era adolescente, había querido irse de Brumaluna para siempre y que durante años se negó a admitir cuánto extrañaba el lago. Bella escuchó sin buscar una moraleja. Le gustó que pudiera hablar de haberse equivocado sin convertirlo en una tragedia ni culpar a otra persona.
Al despedirse, Rodrigo señaló los libros. —Si uno es bueno, me lo prestas. —Y si no devolvés las cosas? —preguntó Bella. —Podés venir a cobrármelo. La respuesta fue sencilla, pero ella caminó de regreso al hotel con una sonrisa que tardó varias cuadras en desaparecer. Esa noche comprendió que el problema no era que Rodrigo pudiera gustarle. El problema era que, por primera vez en mucho tiempo, querer acercarse a alguien no venía acompañado de la sensación de estar entregándole una parte de sí misma. Y eso, precisamente por ser distinto, le daba miedo.