Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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El pacto que selló mi muerte
La lluvia no cesó en toda la noche. Golpeaba los cristales de la ventana con una insistencia salvaje, como si el cielo intentara lavar la podredumbre que impregnaba esta casa o, tal vez, advertirme que yo ya no estaba hecha del mismo material frágil que antes. Me senté en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra la cama, sintiendo la dureza fría del piso contra mi columna. El eco de la mirada de Adrián seguía vibrando en mis huesos como un segundo pulso.
Por primera vez, el traidor me había visto de verdad. Y lo que acechaba en su sombra también me había visto a mí.
—Explícame todo —ordené al vacío de la habitación, con la voz ronca pero firme—. El tiempo de las metáforas y las medias verdades se terminó. Quiero la verdad completa.
La presión en el aire cambió de inmediato. Ya no era solo un susurro; era una presencia física, un peso tangible sobre mis hombros que olía a ozono quemado y a páginas viejas de biblioteca antigua.
—Tu muerte no fue un crimen de ambición común —respondió la Voz. Esta vez percibí un rastro de fatiga profunda en su tono, como si hablar de esto le costara un esfuerzo real—. Fue la cláusula final de un pacto antiguo. Uno que se remonta mucho más atrás de lo que imaginas.
Cerré los ojos, intentando que el mundo dejara de girar a mi alrededor.
—¿Un pacto entre quiénes?
—Entre hombres que vendieron lo que no les pertenecía… y fuerzas que no negocian dos veces.
Un frío glacial nació en el centro de mi pecho y se extendió por todo mi cuerpo como veneno lento.
—¿Y yo? —pregunté, con la voz apenas audible—. ¿Qué papel tenía yo en esa transacción?
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso la lluvia pareció detenerse en el aire, congelada en un instante de gravedad suspendida.
—Tú no eras una jugadora, Eliana —dijo finalmente la Voz—. Eras el pago. Eras la garantía.
La palabra me atravesó como una cuchilla.
—¿Me usaron como moneda?
—Como ancla —corrigió la Voz con una calma cruel—. Tu sangre selló el acuerdo. Tu vida sostuvo el equilibrio durante diez años. Mientras tú vivías en la ignorancia, ellos cosechaban poder, influencia y tiempo extra que nunca debieron tener.
Me levanté de golpe, con las piernas temblando de rabia contenida.
—¡Yo no acepté nada de eso!
—No era necesario que aceptaras —respondió la Voz sin emoción—. Bastaba con que confiaras. Bastaba con que amaras. Bastaba con que te dejaras guiar paso a paso hacia ese despacho.
La habitación parecía encogerse a mi alrededor. Las paredes se cerraban. Todo empezaba a encajar con una claridad aterradora: las decisiones que nunca entendí del todo, las insistencias suaves disfrazadas de protección, las presiones familiares, el miedo constante a que algo “saliera mal”. No había sido paranoia. Había sido preparación. Un lento sacrificio disfrazado de amor y familia.
—¿Qué ganaron ellos? —pregunté, con la voz tensa como una cuerda a punto de romperse.
—Poder. Influencia. Tiempo robado. Puertas que se abrían donde antes solo había muros. Fortunas que crecían sin explicación lógica. Todo a costa de un equilibrio que exigía… un precio vivo.
Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
—¿Y qué perdí yo?
La respuesta fue inmediata y brutal.
—Tu futuro entero. Tu vida. Tu posibilidad de ser algo más que un instrumento.
Me llevé la mano al pecho. No por dolor físico, sino por el peso aplastante de la verdad. Mi vida no se había desmoronado por errores propios ni por mala suerte. Había sido dirigida, empujada y conducida con precisión quirúrgica hacia un punto exacto de sacrificio.
—¿Y por qué volví? —pregunté, casi suplicando una respuesta que no quería oír—. Si el pacto estaba sellado con mi sangre, ¿por qué no me dejaron muerta?
La Voz dudó.
Por primera vez desde que apareció, dudó.
—Porque el pacto se rompió —dijo al fin.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cómo?
—Alguien dudó en el momento final. Una grieta mínima en la determinación de Adrián… pero suficiente para que el tiempo no cerrara del todo el círculo. Esa duda creó una fisura. Y tú caíste por ella.
Recordé el rostro del traidor en la visión. Ese gesto fugaz de vacilación antes de que la navaja descendiera.
—Entonces mi regreso…
—No estaba previsto —confirmó la Voz—. Eres una anomalía en un sistema que no tolera errores. Y las anomalías tienden a atraer atención… de ambos lados.
Una risa amarga y rota escapó de mis labios.
—Siempre lo fui. Solo que ahora es oficial.
El aire vibró con más fuerza, como si algo grande se acercara.
—No estás sola en esto —añadió la Voz—. Otros sienten el quiebre. Otros recuerdan fragmentos. Algunos incluso sueñan con la misma noche que tú viviste.
—¿Aliados? —pregunté, con un hilo de esperanza peligrosa.
—O amenazas disfrazadas de aliados. No confíes fácilmente.
Me acerqué a la ventana. La ciudad seguía latiendo abajo, ignorante del horror que respiraba bajo su rutina diaria. Pensé en Adrián, en su mirada de terror puro bajo la lluvia. En lo que había despertado esa noche.
—Él sabe —dije en voz baja—. No todo, pero sabe lo suficiente.
—Y tiene miedo —confirmó la Voz.
—Bien. El miedo vuelve torpes a los culpables.
Mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Un número desconocido.
Si recuerdas… estás en peligro.
Nosotros también.
El mensaje me heló la sangre.
—¿Quiénes son “nosotros”? —pregunté al aire.
—Los que sobrevivieron al pacto —respondió la Voz—. Los que no ganaron nada… pero pagaron igual. Los otros precios que se cobraron antes que tú.
Tragué saliva con dificultad.
—Entonces esto es mucho más grande de lo que pensé.
—Siempre lo fue —dijo la Voz—. Solo que antes no mirabas hacia arriba.
La luz del techo parpadeó una vez, pero esta vez resistió. Como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración.
—Escucha con atención —añadió la Voz, más grave que nunca—. Desde ahora hay reglas nuevas.
—Dímelas.
—Primera: no puedes morir de la misma forma dos veces. El tiempo no permite repeticiones exactas.
—Segunda: el amor es un catalizador. Te fortalecerá… o te delatará ante ellos.
—Tercera: si revelas la verdad completa antes de tiempo, el pacto te reclamará con intereses.
Asentí lentamente, grabando cada palabra en mi memoria.
—¿Y la cuarta?
Un silencio largo. Grave. Casi reverente.
—Si recuerdas demasiado… dejarás de ser completamente humana.
La lluvia comenzó a amainar afuera, convirtiéndose en un goteo constante.
Miré mi reflejo en el cristal oscuro de la ventana. No vi un monstruo. Tampoco vi a la mujer ingenua y confiada que fui una vez. Vi a alguien atrapado en medio de un cambio irreversible.
—Entonces tendré que aprender a caminar exactamente en ese límite —dije con determinación—. Sin caer de ningún lado.
El aire se calmó un poco.
—Eso —respondió la Voz con algo parecido a respeto— es exactamente lo que nadie espera que hagas.
Tomé mi abrigo del respaldo de la silla y me lo puse con movimientos precisos.
El pacto había sido sellado con mi muerte.
Pero ahora se estaba reescribiendo con mi vida.
Y esta vez no pensaba firmar nada sin leer cada cláusula, cada letra pequeña y cada consecuencia.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez no era un mensaje. Era una llamada.
Contesté sin pensarlo dos veces.
—No digas tu nombre —ordenó una voz masculina al otro lado de la línea. Sonaba urgente, jadeante—. Ellos escuchan. Siempre escuchan.
Mi pulso se disparó.
—¿Quién eres?
—Alguien que también murió… solo que no del todo.
El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.
—Eso es imposible.
—Lo era —respondió el hombre con una risa seca y amarga—. Hasta que tú regresaste y rompiste el equilibrio. Ahora todo es posible.
Un ruido seco sonó en la línea. Pasos apresurados. Una respiración contenida.
—Tienes que irte de esa casa —dijo de pronto, con voz más baja—. Ahora. Sal de ahí inmediatamente.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo cómo el miedo intentaba trepar por mi garganta.
Hubo un silencio breve, cargado de tensión.
—Porque el pacto acaba de activarse otra vez. Y esta vez viene a comprobar si la anomalía sigue siendo útil… o si hay que eliminarla.
La luz del techo se apagó.
No parpadeó. Se apagó por completo, de golpe.
La casa entera quedó sumida en una oscuridad antinatural, espesa y viva, como si la noche hubiera sido vertida dentro de las paredes. Sentí el aire comprimirse alrededor de mi pecho, volviéndose pesado y frío.
—No te muevas —susurró la Voz dentro de mi mente, urgente—. Ya están aquí.
Un golpe resonó en el piso inferior. Luego otro.
Pasos.
No humanos.
Mi respiración se volvió lenta y forzada. Avancé un paso hacia atrás cuando la temperatura descendió bruscamente, helándome la piel hasta los huesos.
—Escucha con atención —dijo la voz del teléfono, cada vez más urgente—. Si cruzan esa puerta, ya no podrán fingir que no existes. Tendrán que actuar.
—¿Qué quieren? —susurré, pegándome a la pared.
—Confirmar algo.
Un crujido largo y lento resonó al final del pasillo.
La sombra se movió contra la pared… sin que nadie pasara frente a una luz que ya no existía.
—¿Confirmar qué? —pregunté, temblando a pesar de mi determinación.
La respuesta llegó en un murmullo que no provenía solo del teléfono, sino de todas partes al mismo tiempo, como si las paredes mismas hablaran:
—Si eres digna de reemplazar lo que se perdió con tu muerte.
La puerta de mi habitación comenzó a abrirse sola.
Lentamente.
Con una paciencia cruel y deliberada.
—Corre —gritó la Voz en mi mente—. O acepta el llamado.
Me quedé inmóvil, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en mi pecho.
El aire vibraba con una energía antigua. Algo me reconocía. Algo que sabía mi nombre incluso antes de que yo lo pronunciara.
La puerta se abrió por completo.
Y desde la oscuridad absoluta,
una figura dio un paso adelante.
No tenía rostro visible.
Pero sonreía.
—El pacto te reclama —dijo una voz que no era voz, sino un eco que reverberaba en mis huesos—. Viva… o rota.
Mi corazón latía con fuerza desbocada.
Apreté los puños hasta que dolieron.
—No pertenezco a nadie —respondí, con la voz firme a pesar del terror.
La sombra inclinó la cabeza en un gesto casi curioso.
—Eso… —susurró— está por verse.
El mundo se detuvo.
Y supe, con una certeza aterradora y liberadora al mismo tiempo, que a partir de ese instante…
ya no había retorno posible.