Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡Ya no vales nada!
Los días iban pasando, y Maximiliano se había centrado sólo en su empresa, e idas al hospital donde aún se encontraba Alexander, y nada más. No había espacio para distracciones ni para sentimientos. Necesitaba mantener su mente ocupada para no pensar, para no recordar… y sobre todo, para no sentir. Pero en el fondo sabía que esa concentración no duraría para siempre.
Y tal como él pensaba, su rutina fue interrumpida una tarde por la persona que menos deseaba ver.
— ¡Señorita…! ¡No puede pasar! — La secretaria intentó detener a la visitante, pero ella entró con paso firme y una sonrisa que desbordaba seguridad.
El sonido de los tacones resonó sobre el mármol, imponiéndose sobre cualquier intento de cordura. Maximiliano levantó la vista lentamente desde sus documentos. Pero su rostro, como siempre, era una máscara impenetrable.
La secretaria tragó saliva; el aire se le escapó de los pulmones al sentir el peso de su mirada. “Ahora sí estoy despedida”, pensó aterrada.
— Retírate. — Ordenó él con un tono tan sereno como cortante.
Sofia no se inmutó. Al contrario, lo observó con una mezcla de diversión y desafío, sin ese brillo de deseo que veía en tantas otras. En sus ojos había algo distinto; curiosidad y juego, como si disfrutara del riesgo que representaba provocarlo.
— Vaya. — Dijo ella, avanzando con elegancia. — Por lo visto, estás más amargado que nunca. — Se dejó caer sobre el sofá, cruzando una pierna sobre la otra con un movimiento calculado. — Creo que necesitas algo de diversión, Maximiliano.
— ¿Tú me darás esa diversión? — Maximiliano inmediatamente se arrepintió de sus palabras mientras Sofía levantaba una ceja en sorpresa. Por lo que de inmediato cambió su expresión. — ¿Qué es lo que quieres?
— Bueno… — Respondió ella, con voz ligera dejando a un lado lo que acaba de escuchar. — El fin de semana habrá una subasta benéfica a la que debo asistir, pero resulta que no tengo pareja… — Su mirada recorrió el rostro de Maximiliano, deteniéndose en sus labios. — … y pensé que tú podrías acompañarme.
— No tengo tiempo para eso. — Contestó fríamente, volviendo a sus documentos. — Si eso es todo, puedes irte.
Ella sonrió de lado, sin intención alguna de marcharse.
— ¿Sabes algo? — Dijo mientras se incorporaba y caminaba despacio hacia él. — En algunas ocasiones puedo ser muy calmada, respetuosa… incluso educada. Pero en otras…
Su voz se volvió un susurro cuando su mano se posó sobre el pecho de Maximiliano, descendiendo lentamente hasta un punto peligroso. Él se había sorprendido por ese acto que no esperaba, pero aun así no se movió, tampoco apartó la mirada. Sabía perfectamente con qué tipo de mujer trataba; Sofía era caprichosa, impulsiva, acostumbrada a salirse con la suya siempre sin importar las consecuencias. Al menos eso era lo que pensaba.
— No me digas que aún anhelas a la estúpida de tu ex espos…
Sofía no alcanzó a terminar la frase porque en un solo movimiento, Maximiliano la tomó del cuello. La presión fue firme, contenida, sin violencia innecesaria, pero suficiente para silenciarla. Sus ojos se encontraron con los de él, llenos de rabia reprimida; los de ella, encendidos de una mezcla peligrosa entre miedo y placer.
— ¿No me digas que aún te duele? — Susurró con voz quebrada, sin apartar su sonrisa torcida. — Ella no era más que una mujer sin escrúpulos… que siempre se hizo pasar por santa. Vamos, Maximiliano… aprieta más fuerte.
Su provocación lo devolvió bruscamente a la realidad. Maximiliano reaccionó al instante, soltándola con brusquedad. Ella cayó al piso, tosiendo y buscando aire, mientras él retrocedía un paso, respirando con dificultad, tratando de entender cómo había perdido el control hasta ese punto.
El silencio que siguió fue más violento que el propio acto. Ella se reincorporó lentamente, con una sonrisa amarga en sus labios. Sabía que había tocado la herida más profunda que él tenía, y la satisfacción de haberlo logrado se reflejaba en su rostro. Pero también había algo más… Él seguía amándola, por eso le dolía tanto que la mencionara.
Cuando él intentó ofrecerle la mano para ayudarla a levantarse, ella la apartó con un golpe seco. Camino con cuidado, y con paso elegante hacia su bolso, tomó sus cosas, pero antes de retirarse por completo se detuvo junto a la puerta.
Giró apenas el rostro, dejando que su voz resonará como un eco venenoso.
— ¿Sabías que la mujer es la mayor perdición de un hombre? — Dijo con tono sereno, casi melancólico. — Ella llegó a tu vida e hizo con ella lo que quiso. Te destruyó como hombre, como empresario, como hijo. Te nubló el juicio y el entendimiento, te sumergió en una burbuja donde solo podías ver lo que ella te mostraba.
Hizo una pausa, ladeando la cabeza con una sonrisa de triunfo.
— Yo estoy rota, Maximiliano… pero tú… — Sus ojos lo recorrieron con desprecio. — Tú permitiste que ella te destruyera por completo. Ya no vales nada, Maximiliano Ferreira.
Y sin decir más, salió del despacho dejando solo el resonar de sus pasos, y el sonido de la puerta al cerrarse. Pero el eco de sus palabras quedó suspendido en el aire como un veneno invisible. Maximiliano permaneció de pie, mirando el espacio vacío frente a él.
Sus manos temblaban, y por primera vez en mucho tiempo, no supo si lo que sentía era ira, dolor o vergüenza. La herida que tanto había intentado ocultar acababa de abrirse otra vez… y esta vez, no estaba seguro de poder cerrarla.
Al terminar su trabajo, y sin poder concentrarse del todo después de lo sucedido, Maximiliano decidió abandonar la oficina. Necesitaba despejar su mente, escapar de ese silencio que lo estaba consumiendo. Steffan le marcó varias veces, pero él no tenia ganas de contestar, solo quería olvidar.
Conducía sin rumbo fijo hasta que, casi sin pensarlo, se encontró frente al club al que solía ir cuando sus emociones lo sobrepasaban. Este era un lugar donde podía perderse entre luces, ruido y sombras, donde nadie lo conocía realmente.
Al ingresar, el bullicio de la música lo envolvió con fuerza. Las luces de neón danzaban sobre los rostros desconocidos, y el pulso del bajo parecía sincronizarse con el de su corazón. Sin perder tiempo, se dirigió hacia la sala VIP; su refugio habitual, desde donde podía observar con detalle todo lo que ocurría en la pista.
Se dejó caer en el sofá, pidiendo una copa sin siquiera mirar al camarero. Por un momento intentó convencerse de que solo estaba allí para distraerse, pero entonces la vio. Una silueta femenina, delicada y segura, se movía al ritmo de la música como si el mundo entero girara a su alrededor. Y él la reconoció al instante, Sofia.
La misma mujer que había logrado perturbarlo horas atrás. La que había removido todo lo que él llevaba un tiempo tratando de enterrar bajo la rutina y la indiferencia.
Sus movimientos eran tan precisos como hipnóticos, una mezcla entre elegancia y provocación que hacía imposible apartar la mirada. Había algo en su presencia… algo que recordaba a un fuego que no quemaba, pero que consumía lentamente.
Y Maximiliano, pese a todo, no fue inmune a su encanto. Sin darse cuenta, su cuerpo comenzó a moverse. Cada paso lo alejaba del resguardo de su asiento y lo acercaba más a la pista, hasta que el murmullo de la multitud lo absorbió por completo.
Cuando finalmente reaccionó, ya estaba frente a ella. Sus miradas se cruzaron entre las luces titilantes, y durante un segundo, el ruido desapareció, era como si solo existieran ellos dos. Pero Sofía no dijo nada, simplemente giró sobre sí misma y continuó danzando, ignorándolo con una naturalidad que lo desarmó.
Maximiliano frunció el ceño, confundido, herido en su orgullo. Decidido, intentó acercarse, pero cuando lo hizo, ella ya no estaba. Sus ojos recorrieron la pista con desesperación hasta que, entre la multitud, alcanzó a ver cómo se alejaba.
No comprendía por qué la seguía. Tal vez era culpa, por lo sucedido, o tal vez remordimiento. O quizás solo necesitaba entender por qué con ella se sentía tan diferente, tan desconocido, tenía el poder de desestabilizarlo con su sola presencia.. Y lo único que tenía claro, era que debía alcanzarla.