Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La inexistente Cámara del Mar del Este
La mejor mentira era aquella que respondía preguntas sin ofrecer respuestas verificables.
Lin Chen llegó a esa conclusión después de pasar casi toda la noche construyendo una empresa que no existía.
Sobre la mesa había una hoja cubierta de anotaciones.
Nombre.
Lugar de origen.
Rutas.
Mercancías.
Historia.
Contactos.
Excusas.
No podía seguir diciendo que todos sus productos provenían de «su familia».
Tarde o temprano alguien preguntaría quién era esa familia.
Necesitaba algo más grande.
Algo distante.
Algo que explicara por qué nadie en Qinghe conocía a sus proveedores.
Después de varias ideas, eligió un nombre.
Cámara Comercial del Mar del Este.
Sonaba antiguo.
Poderoso.
Y suficientemente lejano.
Según la historia inventada, la Cámara poseía rutas marítimas hacia tierras extranjeras.
Sus comerciantes adquirían productos raros provenientes de islas y reinos remotos.
Lin Chen no sería el dueño.
Eso sería demasiado llamativo.
Sería simplemente un representante.
Un agente encargado de probar mercados interiores.
Aquello explicaba:
sus mercancías extrañas,
su forma de hablar,
su desconocimiento de costumbres locales,
y sus viajes frecuentes.
También creaba algo mucho más importante.
La ilusión de que detrás de él existían personas más poderosas.
Lin Chen sonrió.
En realidad, la Cámara Comercial del Mar del Este tenía exactamente un empleado.
Él.
Y su sede estaba en un apartamento de menos de cincuenta metros cuadrados.
Pero Zhao no necesitaba saberlo.
En Qinghe, Su Wan'er leyó el documento tres veces.
—¿Cámara Comercial del Mar del Este?
—Sí.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Ese es el punto.
Ella levantó la mirada.
—¿Existe?
Lin Chen tomó té tranquilamente.
—¿Qué crees?
Su Wan'er lo observó durante varios segundos.
Luego comprendió.
—No existe.
—Ahora existe.
—Lin Chen...
—¿Qué?
—¿Estás intentando engañar a la familia Zhao?
—No.
Ella arqueó una ceja.
—Solo les daré una explicación que les guste.
Su Wan'er dejó el documento.
—Eso es engañarlos.
—La diferencia está en la intención.
—No existe diferencia.
Lin Chen sonrió.
—Entonces prefiero mi versión.
Ella se llevó una mano a la frente.
—Algún día vas a provocar algo que no podamos solucionar.
—Por eso necesito ayuda.
—No.
—Aún no te dije qué quiero.
—Eso nunca termina bien.
Lin Chen colocó tres taeles sobre la mesa.
Su Wan'er miró la plata.
—Te escucho.
Él sonrió.
—Necesito alquilar un almacén.
Encontraron uno cerca de la zona occidental de Qinghe.
Era viejo.
Pequeño.
Y había permanecido vacío durante meses.
Precisamente por eso era barato.
El propietario pidió veinte taeles por seis meses.
Su Wan'er consiguió rebajarlo a quince.
Lin Chen la observó negociar.
Ella era buena.
No simplemente insistía.
Detectaba debilidades.
Preguntaba.
Esperaba.
Usaba silencios.
Cuando salieron, Lin Chen dijo:
—Deberías trabajar para mí.
Su Wan'er soltó una risa.
—Ya trabajo para mi familia.
—Tu familia tiene una posada endeudada.
Ella dejó de sonreír.
Lin Chen comprendió inmediatamente que había sido demasiado directo.
—No lo dije como insulto.
—Pero es verdad.
Silencio.
Caminaron algunos metros.
Su Wan'er preguntó:
—¿Qué trabajo?
—Ayudarme con clientes. Proveedores. Precios. Costumbres. Cosas que todavía no conozco.
—¿Y cuánto pagarías?
—Cinco taeles al mes.
Ella se detuvo.
—¿Cinco?
Era una cantidad significativa.
—Más comisiones.
Su Wan'er lo miró con sospecha.
—¿Qué clase de comerciante paga cinco taeles a alguien que apenas conoce?
—Uno que ganó cincuenta gracias a ella.
Eso la hizo callar.
—Lo pensaré.
Lin Chen asintió.
No necesitaba presionarla.
El almacén serviría para una cosa.
Crear una ruta falsa.
Lin Chen no llevaría mercancías desde el portal directamente hasta Qinghe.
Primero cruzaría.
Ocultaría los productos en diferentes puntos del bosque.
Después alquilaría una carreta.
Transportaría todo al almacén.
Desde la perspectiva de cualquiera que lo vigilara, parecía simplemente que sus productos llegaban desde fuera de la ciudad.
Más adelante necesitaría algo mejor.
Quizá una finca.
Una casa fuera de los muros.
Incluso un pequeño terreno cerca del bosque.
Pero aquello costaría dinero.
Todo debía crecer paso a paso.
La oportunidad de probar su mentira llegó antes de lo esperado.
Tres días después, un carruaje se detuvo frente a la Posada del Ciruelo.
Su Wan'er apareció en la habitación de Lin Chen.
—Tienes visita.
—¿Han De?
—No.
Su expresión era seria.
—Zhao Guangyuan.
Lin Chen dejó el libro que estaba leyendo.
—¿El señor Zhao?
—En persona.
Interesante.
Bajó.
Zhao Guangyuan estaba sentado en una mesa del comedor.
Era un hombre de unos cincuenta años.
Grande.
Bien vestido.
No necesitaba guardias visibles para transmitir poder.
Dos hombres permanecían cerca de la entrada.
El comerciante levantó la mirada.
—Comerciante Lin.
—Señor Zhao.
Lin Chen se sentó.
Zhao Guangyuan observó su ropa.
—Eres más joven de lo que esperaba.
—Eso suele cambiar con el tiempo.
Una ligera sonrisa apareció en el rostro del hombre.
—También eres más atrevido de lo esperado.
Su Wan'er se alejó discretamente.
Zhao Guangyuan colocó algo sobre la mesa.
Un espejo.
—Bonito objeto.
—Me alegra que le guste.
—Veinte taeles.
Lin Chen lo miró.
—¿Lo compró por veinte?
—Sí.
—Yo recibí doce.
Zhao Guangyuan sonrió.
—El comercio funciona así.
—Precisamente.
—Entonces comprenderás por qué quiero comprar directamente de ti.
—Eso depende del precio.
—Quince taeles cada uno. Todos los que puedas conseguir.
La oferta era buena.
Demasiado buena comparada con la anterior.
—¿Cuántos?
—Cincuenta.
Lin Chen no respondió inmediatamente.
Podía conseguir cincuenta espejos modernos con facilidad.
Pero vender tantos destruiría la escasez.
Además, atraería atención.
—No puedo.
Zhao Guangyuan entrecerró los ojos.
—¿No puedes o no quieres?
—La Cámara limita la cantidad que recibo.
Era la primera vez que usaba el nombre.
El comerciante reaccionó exactamente como esperaba.
—¿Qué Cámara?
—Cámara Comercial del Mar del Este.
Zhao Guangyuan permaneció callado.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Opera principalmente en costas lejanas.
—¿De qué ciudad?
Lin Chen ya tenía respuestas preparadas.
—No poseemos una sola sede.
«Poseemos».
Importante.
No «poseen».
Así reforzaba la idea de pertenecer a la organización.
—Los productos llegan por rutas diferentes.
—¿Extranjeros?
—Algunos.
—¿Y tú eres qué?
—Representante interior.
Zhao Guangyuan lo observó con mayor atención.
Lin Chen sabía qué estaba haciendo.
Buscaba contradicciones.
—¿Cuántos representantes hay?
—No conozco a todos.
Verdad técnicamente perfecta.
Zhao Guangyuan sonrió.
—Interesante.
Tomó el espejo.
—Entonces habla con tus superiores.
—Lo haré.
—Quiero exclusividad en Qinghe.
Lin Chen negó.
—No puedo prometerla.
—Pagaré.
—No es cuestión de dinero.
Eso era parcialmente mentira.
Casi todo era cuestión de dinero.
Pero conceder exclusividad a Zhao significaba colocar su negocio en sus manos.
Nunca.
Zhao Guangyuan dejó el espejo.
—Comerciante Lin, Qinghe no es una ciudad grande.
—Lo sé.
—Para comerciar aquí necesitas amigos.
—Estoy de acuerdo.
—Y también puedes terminar haciendo enemigos.
Silencio.
Lin Chen mantuvo la expresión tranquila.
—También estoy de acuerdo.
Zhao Guangyuan lo miró.
Después soltó una carcajada.
—Me agradas.
Lin Chen no creyó una palabra.
El hombre se levantó.
—Trae más espejos. También quiero ver qué otras mercancías ofrece esa Cámara tuya.
—Pronto.
Zhao salió.
Cuando desapareció, Su Wan'er regresó.
—¿Cámara?
—Funcionó.
—Por ahora.
Lin Chen miró la puerta.
—Eso es suficiente.
Pero afuera de la posada, Zhao Guangyuan entró en su carruaje.
El sirviente de túnica azul se acercó.
—¿Qué piensa, señor?
Zhao Guangyuan respondió sin mirar atrás.
—Está mintiendo.
—¿Sobre la Cámara?
—No lo sé.
—Entonces...
—Eso es lo interesante.
El carruaje comenzó a avanzar.
Zhao Guangyuan cerró los ojos.
—Encuentra el almacén que alquiló.
—Ya lo encontramos.
—Bien.
—¿Entramos?
Los ojos de Zhao se abrieron.
—No.
Su voz era tranquila.
—Todavía no.
Miró el espejo que llevaba consigo.
—Primero quiero ver qué más aparece dentro.