NovelToon NovelToon
Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

La primera vez

—Ven aquí.

Valentina no se movió.

No porque no quisiera. Esa fue la parte que más la asustó.

Héctor estaba de pie en medio del despacho, sin lentes, con la respiración demasiado quieta y los ojos encendidos por algo que no era solo rabia. Nicolás había salido hacía menos de un minuto, pero su veneno seguía en las paredes. "Colecciona", había dicho. Como si ella fuera un objeto más en el penthouse.

Valentina apretó los dedos contra el marco de la puerta.

—No me dé órdenes.

La mandíbula de Héctor se tensó.

Por un segundo creyó que él iba a repetir la orden, más baja, más peligrosa. En cambio, cerró los ojos un instante y abrió la mano, vacía, a un costado.

—No fue una orden.

—Sonó como una.

—Todo me suena así.

La respuesta la tomó desprevenida. No era una disculpa. Héctor no parecía un hombre acostumbrado a pedir perdón por ocupar espacio. Pero en esa frase había algo torpe, casi honesto, que chocaba con la violencia que acababa de ver.

Valentina tragó saliva.

—Entonces dígalo de otra forma.

Él la miró.

La luz de la tarde entraba por el ventanal y le marcaba las cicatrices de las manos. Sin los guantes, sin los lentes, se veía menos perfecto. Más peligroso. Más real.

—Ven aquí —dijo, y esta vez su voz bajó hasta casi romperse—. Por favor.

El "por favor" no debería haber cambiado nada.

Cambiaba todo.

Valentina dio un paso.

Luego otro.

No caminó porque él lo pidiera. Caminó porque llevaba días resistiendo puertas, cámaras, charolas, carpetas y verdades ajenas, y aun así no había podido resistir lo que le pasaba en el cuerpo cuando él la miraba como si el mundo entero pudiera quemarse menos ella. Era injusto. Era absurdo. Era peligroso.

Pero era suyo decidir si daba ese paso.

Se detuvo a medio metro de él.

—Esto no significa que le perdono nada.

—Lo sé.

—Ni que acepto estar encerrada.

—Lo sé.

—Ni que soy suya.

La mirada de Héctor bajó a su boca. No la tocó.

—Entonces dime que no.

El pulso se le fue a los labios.

—¿Y si lo digo?

—Me detengo.

—¿Así de fácil?

—Nada de esto es fácil.

Valentina soltó una risa sin alegría. Quería odiarlo de manera limpia. Habría sido más sencillo si él fuera solo un monstruo, si sus manos no hubieran recogido sus telas, si no hubiera encontrado la foto de sus padres, si no acabara de intentar romperle la garganta a su propio hermano por una mirada.

Quería que el cuerpo obedeciera a la razón.

No obedeció.

Levantó la mano y tocó la marca roja que Nicolás había dejado en el cuello de Héctor con su burla. La piel de él estaba caliente. Héctor respiró hondo, como si ese roce le doliera.

—Usted podría romperme —dijo Valentina.

—Sí.

La honestidad fue brutal.

Ella dejó la mano ahí.

—Pero no lo hizo.

—No.

—¿Por qué?

Héctor tardó tanto en responder que ella sintió la respuesta antes de oírla.

—Porque si te rompo, pierdo lo único que no se ha inclinado frente a mí.

Valentina sintió que algo le cedía por dentro. No confianza. Todavía no. Otra cosa. Un nudo que llevaba días apretado, hecho de miedo, rabia y una atracción que la avergonzaba por llegar en medio del encierro.

—Voy a seguir peleando —susurró.

—Eso espero.

La frase le rozó la piel.

Valentina cerró los dedos en la camisa de Héctor y lo jaló hacia ella.

El primer beso no fue suave.

Fue una colisión.

Héctor se quedó quieto medio segundo, quizá por sorpresa, quizá por darle la última oportunidad de apartarse. Ella no la tomó. Le mordió el labio con más rabia que experiencia y él respondió con un sonido bajo, contenido, que le hizo temblar las rodillas.

Entonces la tocó.

Una mano en la cintura. La otra en la nuca. Firme, no cruel. Como si hubiera estado esperando una señal exacta para no equivocarse por un milímetro. Valentina sintió el escritorio contra su espalda, la camisa de él bajo sus dedos, el olor a jabón limpio, cuero y una nota de café amargo que le quedó en la boca cuando Héctor la besó de nuevo.

—Valentina —dijo contra sus labios.

No sonó a advertencia.

Sonó a límite.

Ella abrió los ojos.

—No pare.

La mano de él se cerró un poco más en su cintura.

—Dilo bien.

Valentina supo lo que pedía.

No sumisión.

Claridad.

El orgullo le ardió, pero la sostuvo.

—Quiero esto —dijo—. Esta parte. Solo esta parte. Lo demás sigo odiándolo.

Algo feroz pasó por los ojos de Héctor.

—Puedo vivir con eso.

Volvió a besarla, y el mundo dejó de tener bordes.

No hubo ternura al principio. Hubo días de tensión acumulada rompiéndose en respiraciones cortadas, en manos que buscaban y se detenían, en la forma en que Héctor parecía pelear contra sí mismo cada vez que ella hacía un sonido junto a su oído. Valentina no se dejó llevar como quien cae. Se sostuvo. Le quitó la camisa con dedos torpes, descubrió cicatrices que no esperaba, sintió cómo él se quedaba inmóvil cuando ella las tocó.

—¿Te dan miedo? —preguntó él.

—Me dan preguntas.

—No esta noche.

—No esta noche —aceptó.

Él la levantó sin esfuerzo, pero antes de avanzar se detuvo.

—¿Sí?

Valentina lo miró a la cara.

Tenía miedo. Claro que tenía miedo. No de él exactamente, sino de lo que esa decisión iba a dejar después. De despertar y descubrir que había cedido una parte de sí misma al hombre que la mantenía encerrada. De que su cuerpo recordara placer donde su cabeza exigía defensa.

Pero también sabía que nadie le estaba arrancando ese sí.

Lo puso ella en la habitación.

—Sí.

Héctor la llevó al cuarto sin encender más luces.

La ciudad brillaba afuera como si nada estuviera cambiando. En la penumbra, él ya no parecía el hombre inalcanzable del traje perfecto. Era respiración contra respiración, piel caliente, manos que se detenían cada vez que ella tensaba los dedos. Valentina descubrió que podía decir más despacio, así no, ahí, espera, y Héctor obedecía esas palabras con una concentración que le cerraba la garganta.

Eso la desarmó más que su fuerza.

Cuando todo terminó, no hubo triunfo en él.

No hubo esa arrogancia que Valentina esperaba odiar.

Héctor la sostuvo contra su pecho con una delicadeza tan feroz que parecía miedo. El brazo alrededor de su cintura no la aprisionaba; la anclaba. Su mano subía y bajaba por su espalda en un ritmo lento, casi torpe, como si estuviera aprendiendo un idioma que nadie le había enseñado.

Valentina escuchaba su corazón.

Iba demasiado rápido.

—Héctor.

Él no respondió, pero su mano se detuvo.

—Está temblando.

El silencio que siguió fue mínimo.

—No.

Valentina levantó la cabeza.

Sí.

No era un temblor grande. Nadie más lo habría notado. Pero su pecho, sus dedos contra la espalda de ella, incluso la respiración que intentaba controlar, todo tenía una vibración contenida, escondida bajo años de disciplina.

Este hombre podría romperla, pensó.

La idea le dio miedo.

Luego él le acomodó el cabello detrás de la oreja con una suavidad absurda, como si temiera que un gesto de más pudiera borrarla.

Y la segunda parte llegó sola.

En cambio, me sostiene como si fuera a desaparecer.

Valentina no dijo nada. No estaba lista para darle palabras a eso. Apoyó la frente en su pecho y dejó que el cansancio le pesara por primera vez sin sentirse vencida.

—¿Te arrepientes? —preguntó él.

La pregunta salió tan baja que casi se perdió contra su cabello.

Valentina abrió los ojos. Afuera, la ciudad seguía encendida, diminuta y ajena. Adentro, el cuarto olía a piel, sábanas limpias y a la lluvia que empezaba otra vez contra los ventanales. Podía mentir. Podía usar el arrepentimiento como arma, ponérselo en las manos para hacerlo sangrar un poco.

No quiso.

—No de esto —respondió.

Héctor dejó de acariciarle la espalda.

—¿De qué sí?

—De haberle dado algo que puede usar en mi contra.

El brazo de él se tensó, pero no la apretó.

—No lo voy a usar.

—Usted usa todo.

El silencio fue largo.

—Contigo estoy aprendiendo a no hacerlo.

Valentina tragó saliva. Esa frase era más peligrosa que cualquier amenaza, porque quería creerla y no podía permitirse ese lujo.

—Mañana voy a seguir pidiendo la puerta abierta.

—Lo sé.

—Y usted va a seguir diciendo que no.

—Sí.

—Entonces esto no arregló nada.

Héctor apoyó la boca en su sien. No fue un beso completo. Fue apenas presión, calor, una pausa.

—No quería arreglarte —dijo—. Quería que dejaras de temblar por un rato.

Valentina cerró los dedos sobre la sábana. No iba a agradecerle. No esa noche.

Pero tampoco se apartó.

Héctor no se durmió enseguida.

Ella lo supo por la forma en que siguió despierto, quieto, cuidando su respiración, como si montar guardia junto a una cama fuera una tarea más urgente que cualquier guerra familiar.

Cuando Valentina abrió los ojos, la luz de la mañana ya llenaba el cuarto.

Estaba sola.

Por un segundo, la ausencia le dolió de una manera ridícula. Después recordó dónde estaba, quién era él, quién era ella, y se obligó a incorporarse. La bata limpia estaba sobre una silla. Su ropa, doblada. No había cámaras visibles. No había rastro de Héctor.

Sobre la almohada, donde él había dormido unas horas antes, había una carpeta color marfil.

Valentina la miró como si pudiera morderla.

La abrió.

Adentro había documentos legales con sellos notariales, copias certificadas, una medida cautelar y una escritura que le hizo olvidar cómo respirar.

Casona Solís.

Oaxaca de Juárez.

Propietaria: Valentina Solís Herrera.

Las letras se movieron. Tuvo que parpadear varias veces para leer la página completa. No era toda la herencia. No era justicia completa. Pero la casa, la casa de la foto, la casa donde su madre había colgado vestidos al sol y su padre había pintado la puerta de azul, volvía a estar a su nombre.

Encima de los papeles había una nota escrita a mano.

"Esto siempre fue tuyo."

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play