Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 6
Cuando salió del despacho, soltó el aire que llevaba conteniendo.
Lo había logrado.
Corrió prácticamente hasta encontrar a Clarissa, quien la recibió con preocupación al verla tan agitada.
—¿Qué ocurrió?
—¡Padre aceptó!
La duquesa abrió los ojos y enseguida la abrazó.
—Sabía que lo haría.
Los días siguientes transcurrieron rápidamente. Entre preparativos, recomendaciones y largas conversaciones familiares, la fecha de su partida finalmente llegó.
Aquella mañana, varias maletas descansaban junto al carruaje.
Clarissa intentaba contener las lágrimas.
Vincent mantenía su habitual expresión serena.
Damien parecía preocupado.
—Sé que lograrás grandes cosas, cariño —dijo Clarissa mientras acomodaba un mechón del cabello de su hija.
Damien cruzó los brazos.
—¿Estás segura de que no quieres que me cuele de vez en cuando para ver cómo te encuentras?
Elara negó inmediatamente.
—Preferiría que no.
Su hermano suspiró dramáticamente.
—Qué cruel eres conmigo.
Ella sonrió.
Vincent se acercó.
—Escríbenos con frecuencia.
Elara asintió.
Entonces el duque añadió:
—En el hospital estarás bajo la supervisión del doctor Emilian Hawthorne.
Ella levantó la vista.
—¿Emilian Hawthorne?
—Es un médico bastante reconocido en la capital. Tengo entendido que se graduó siendo muy joven y que posee una excelente reputación.
Damien soltó una pequeña risa.
—También dicen que tiene un carácter terrible.
Clarissa suspiró.
—No asustes a tu hermana.
Pero Vincent no lo contradijo.
Aquello solo consiguió despertar aún más la curiosidad de Elara.
Después de despedirse de todos, el carruaje finalmente partió.
Mientras la mansión Crowe desaparecía poco a poco detrás de ella, Elara sintió una mezcla de nervios y emoción.
Estaba comenzando nuevamente.
Y esta vez lo haría como quería.
Horas después, el carruaje se detuvo frente al Hospital Central del Imperio.
Elara descendió lentamente.
El edificio era grande, construido con piedra gris y amplios ventanales. Varias personas entraban y salían constantemente. Carruajes llegaban con pacientes, médicos caminaban apresurados y algunos ayudantes transportaban cajas y suministros.
No era un lugar elegante.
Tampoco refinado.
Era un sitio de trabajo.
Un lugar donde las personas iban porque estaban enfermas.
Y por alguna razón, aquello hizo que su corazón latiera con fuerza.
Apretó ligeramente la correa de su bolso.
Había esperado tanto este momento.
Respiró profundamente y entró.
El interior estaba lleno de movimiento. Se escuchaban pasos apresurados, conversaciones bajas y el sonido de instrumentos siendo trasladados de un lugar a otro.
Siguiendo las indicaciones que le habían dado, llegó hasta una oficina situada en uno de los pisos superiores.
Tocó la puerta.
No hubo respuesta.
Finalmente decidió abrir.
Dentro, un hombre se encontraba sentado detrás de un escritorio.
Vestía una bata blanca sobre ropa oscura y elegante. Su cabello negro, ligeramente despeinado, caía sobre su frente, dándole un aspecto descuidado que contrastaba con la impecable pulcritud de su ropa. Su rostro era afilado y atractivo, con facciones elegantes y una expresión tan fría que resultaba difícil adivinar qué estaba pensando.
Un reloj descansaba en su muñeca.
Sobre el escritorio se encontraban libros, documentos y frascos médicos.
Parecía alguien que llevaba demasiadas horas trabajando.
El hombre observó brevemente su reloj antes de levantar la vista.
Sus ojos recorrieron a Elara de arriba abajo.
Vestido elegante.
Maleta.
Apariencia delicada.
Para Emilian Hawthorne, aquella muchacha parecía exactamente lo que esperaba.
Una noble jugando a ser médica.
Si no fuera por la carta del duque, probablemente la habría rechazado incluso antes de conocerla.
Suspiró.
Elara avanzó hasta quedar frente al escritorio.
A pesar de los nervios, mantuvo la espalda recta.
—Mi nombre es Elara.
No mencionó a los Crowe.
No mencionó a su padre.
No mencionó ningún título.
Solo Elara.
Sus ojos se encontraron.
—¿Usted debe ser el doctor Emilian Hawthorne?
Emilian terminó de evaluarla.
Aquella joven ni siquiera parecía asustada.
Eso era extraño.
—Así es.
Su voz era profunda y tranquila.
El silencio se instaló entre ambos.
Emilian tomó la carta que descansaba sobre su escritorio y volvió a leerla con tranquilidad. El sonido del papel rompiendo el silencio de la oficina fue prácticamente lo único que se escuchó durante varios segundos. La luz que entraba por las ventanas iluminaba parcialmente su rostro, acentuando aquellas facciones elegantes y severas que hacían que incluso permanecer sentado resultara intimidante. Sus dedos golpearon suavemente la madera antes de que finalmente levantara la vista.
Sus ojos oscuros se posaron sobre Elara.
La observó de arriba abajo sin el menor disimulo.
Su vestido, aunque sencillo para una noble, seguía siendo demasiado refinado para un hospital. Sus manos parecían suaves, sus hombros pequeños y aquella abundante cabellera oscura y ondulada le daban la apariencia de una muñeca aristocrática más que la de alguien capaz de tratar enfermos.
Después de varios segundos de evaluación, Emilian dejó la carta sobre el escritorio.
—Te ves demasiado joven para haberte terminado la academia.
La voz grave del hombre resonó en la habitación. No sonaba grosera, pero tampoco amable.
Elara mantuvo la espalda recta.
—Nunca asistí a una academia.
Una de las cejas del médico se elevó apenas unos milímetros. Aquello parecía haber captado finalmente su atención.
—Entonces, ¿dónde estudiaste?
Ella sostuvo su mirada sin apartar los ojos.
—Aprendí por mi cuenta.
Por primera vez desde que entró en la oficina, el silencio se volvió incómodo.
Emilian se recostó ligeramente en la silla mientras la observaba durante varios segundos. Casi parecía esperar que ella sonriera o admitiera que se trataba de una broma, pero la joven permaneció completamente seria.
—¿Aprendiste medicina tú sola?
—Sí.
Una pequeña sonrisa seca apareció en los labios del médico.
No una sonrisa agradable.
Era la expresión de alguien que acababa de escuchar algo absurdo.
Si no fuera por la recomendación del duque Crowe, probablemente la habría despedido antes incluso de comenzar aquella conversación. A lo largo de los años había conocido a muchos nobles fascinados por la medicina. Algunos querían aprender porque estaba de moda. Otros porque pensaban que resultaba elegante. Ninguno permanecía demasiado tiempo cuando se enfrentaban a la realidad.
Y aquella muchacha parecía exactamente igual.
Se cruzó de brazos.
—Muy bien. Entonces dime algo. ¿Conoces algunas técnicas curativas?
—Sí.
La respuesta llegó tan rápido que consiguió hacerlo suspirar.
Aquella seguridad comenzaba a resultarle irritante.
Sus ojos oscuros se clavaron directamente en ella.
—Si un paciente muriera durante un tratamiento, ¿qué harías?
La pregunta cayó entre ambos con un peso completamente distinto.
No era una prueba de conocimientos.
Era una prueba de carácter.
Elara sintió cómo el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
Por un instante la oficina desapareció.
Volvió a ver las luces blancas del quirófano.
El sonido constante de los monitores.
La desesperación de una familia esperando noticias.
Las manos temblorosas de una enfermera novata.
Y aquella primera vez que un paciente murió bajo su cuidado.
Había llorado.
Había dudado de sí misma.
Había pensado en abandonar.
Regresó al presente y levantó la vista.
—Lloraría.
Emilian frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Elara respiró despacio.
—Lloraría si fuera necesario.
Su voz se mantuvo tranquila.
—Me preguntaría si pude hacer algo mejor. Revisaría cada decisión que tomé y aprendería de ello.
Sus ojos se encontraron con los del médico.
—Pero al día siguiente volvería a atender pacientes.
La habitación quedó en silencio.
Por un breve instante, algo cambió.
Emilian había esperado escuchar respuestas idealistas. Frases vacías sobre salvar vidas o ayudar a las personas. Pero aquella respuesta...
Aquella respuesta pertenecía a alguien que había conocido la muerte.
La mirada de Elara se había vuelto extrañamente distante durante unos segundos.
Como si hubiese estado allí.
Como si realmente hubiera perdido pacientes.
Emilian se puso de pie.
—Sígueme.
Ella parpadeó.
—¿Doctor Hawthorne?
El hombre tomó unos documentos de la mesa.
—¿No preguntaste en qué trabajarías?
Elara asintió y salió tras él.
Caminaron por varios pasillos del hospital mientras médicos, ayudantes y enfermeras iban y venían con rapidez. El sonido de pasos apresurados, conversaciones bajas y puertas abriéndose llenaba el ambiente. Sin embargo, mientras más avanzaban, más cambiaba el aspecto del lugar.
Las paredes comenzaban a mostrar el paso del tiempo.
La iluminación disminuía.
El olor a medicamentos se mezclaba con humedad.
Algunas ventanas estaban desgastadas y el suelo mostraba marcas de años de uso.
Finalmente llegaron a una sección apartada.
Cuando Emilian abrió la puerta, Elara se detuvo.
Varias camillas ocupaban la sala. Algunos pacientes dormían, otros permanecían mirando el techo y unos cuantos tosían débilmente. Una anciana dormía con las manos entrelazadas sobre el pecho. Un hombre mayor respiraba con dificultad. Dos mujeres se movían lentamente entre las camas cambiando vendajes y acomodando mantas.
El lugar parecía olvidado.
No era un pabellón elegante.
No había médicos entrando y saliendo.
Solo silencio.
Y resignación.
Elara frunció ligeramente el ceño.
—¿Y estos pacientes?
Emilian observó la sala.
—Personas sin familia.
Su voz sonó tan tranquila que casi parecía hablar del clima.
—Pacientes con enfermedades avanzadas. Algunos no tienen dinero. Otros fueron abandonados.
Elara volvió a mirar las camas.
Aquellos rostros.
Aquellas miradas.
Aquella espera.
Todo le resultaba demasiado familiar.
—¿Ya no pueden hacer nada por ellos?
El médico permaneció en silencio durante unos segundos.
—En muchos casos, no.
Ella bajó ligeramente la vista.
En su vida anterior había conocido personas así.
Pacientes terminales.
Personas que sabían que iban a morir.
Gente que solo necesitaba que alguien les tomara la mano.
Después volvió a mirarlo.
—¿Cuál será mi trabajo aquí?
Emilian giró la cabeza hacia ella.
Esperaba ver miedo.
Asco.
Incomodidad.
Pero no había nada de eso.
Aquella muchacha simplemente observaba a los pacientes.
—Los atenderás.
—¿Cuidaré de ellos?
—Harás lo que esté en tus manos.
Sus ojos se clavaron nuevamente en ella.
—Pero no hagas nada que no seas capaz de hacer.
Elara asintió.
—Entiendo.
La respuesta fue tan sencilla que consiguió hacerlo fruncir ligeramente el ceño.
Ni siquiera preguntó cuándo terminaría.
No preguntó si podía cambiar de sala.
No mostró disgusto.
Nada.
Por unos segundos, Emilian comenzó a preguntarse si aquella joven realmente entendía dónde se encontraba.
Finalmente se dio la vuelta.
—Regresaré después.
—De acuerdo.
El médico salió de la habitación y cerró la puerta.
El silencio del pasillo lo recibió nuevamente.
Permaneció unos segundos inmóvil mientras observaba la puerta cerrada.
Quizá había sido un poco duro.
Pero era mejor así.
Los hospitales no eran salones de baile.
No eran jardines ni fiestas aristocráticas.
Eran lugares llenos de enfermedad, sufrimiento y muerte.
Y estaba completamente seguro de que aquella joven terminaría comprendiéndolo.
Suspiró.
No le daba más de dos días.
Tres como mucho.
Después regresaría a su hogar, a sus vestidos y a su vida cómoda.
Sin embargo, mientras retomaba el camino hacia su oficina, la imagen de aquella mirada volvió a aparecer en su mente.
Aquellos no eran los ojos de alguien que temiera a la muerte.
Eran los ojos de alguien que ya la había enfrentado antes.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔