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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6 — Leo los martes

La marca ardía.

Valeria lo sintió en cuanto abrió la puerta. Ese calor diminuto, justo debajo de la clavícula, que ya no la sorprendía, pero tampoco la dejaba en paz.

Leo estaba en el marco, apoyado con esa pose suya que parecía casual, pero no lo era. Una bolsa de plástico en la mano, una sonrisa en la boca y los ojos recorriéndola de arriba abajo como si la viera por primera vez.

—Martes —dijo.

—Lo sé.

—¿Me dejas pasar o tengo que pedir audiencia?

Valeria se apartó.

Él entró, rozándole el hombro al pasar. No fue accidental. Nada en él era accidental, pero ella había aprendido a quererlo así.

—He traído vino —dijo él, dejando la bolsa en la encimera—. Y comida china. Y la firme determinación de no preguntarte por el bloqueo.

—¿Ni una vez?

—Ni una.

—Eso es nuevo.

—Me adapto.

Ella sonrió. Pequeño. Pero era una sonrisa.

Leo sacó los envases de la bolsa y los alineó en la encimera. Movimientos precisos, como si conociera la cocina mejor de lo que debería. Abrió el vino, sirvió dos copas y le pasó una.

—Salud.

—Salud.

Bebieron. El vino estaba bueno. Siempre traía vino bueno.

—¿Cómo fue tu día? —preguntó él.

—Normal.

—¿Normal cómo?

—Como todos. Intentando escribir. Sin conseguirlo.

—¿Y además de eso?

—Nada.

—¿Nada, nada?

—Nada.

Él asintió. Demasiado rápido. Como si ya lo supiera.

—¿Y tú? —preguntó ella.

—Mi día fue aburrido. Reuniones. Gente que habla sin decir nada. El infierno en la Tierra.

—¿En qué trabajas exactamente?

Él sonrió. Esa sonrisa que esquivaba preguntas.

—Ya sabes… cosas.

—No, no sé.

—Márketing. Lo dije una vez.

—No me acuerdo.

—Por eso lo repito.

Valeria bebió otro sorbo.

La marca latió.

Un aviso.

El olor llegó de repente: ese aroma que no podía nombrar, que no pertenecía a ningún lugar conocido. Estuvo ahí un segundo, nítido, y luego se fue.

—¿Pasa algo? —preguntó Leo.

—No.

—Pusiste esa cara.

—¿Qué cara?

—La de no estar aquí.

Valeria apartó la mirada. Miró la ventana. La calle. El atardecer que empezaba a teñirlo todo de naranja.

—Estoy aquí —dijo.

—No del todo.

Él se acercó. Un paso. Otro. Hasta quedar a menos de un palmo.

No la tocó, pero podría haberlo hecho. El espacio entre ellos vibraba con la familiaridad de dos meses de martes.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

—No.

—¿Quieres que me quede?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ella lo miró.

Leo. El mismo de siempre. La misma sonrisa. El mismo cuerpo. La misma facilidad para estar sin pedir nada.

—No lo sé —dijo.

Él asintió. Como si esa respuesta también la conociera.

—Vale. Comamos.

Comieron en la mesa del comedor, como a veces hacían cuando el sexo no era lo único.

Hablaron de series, de música, de la última estupidez que alguien había dicho en Twitter.

Todo normal.

Todo como siempre.

Pero la marca seguía ardiendo.

Y el olor volvió dos veces.

Después de comer, Leo recogió los envases y los tiró a la basura. Se giró y la miró con esa intensidad que a veces aparecía y a veces no.

—Ven.

Le tendió la mano.

Ella la aceptó.

La mano de Leo era caliente, grande, conocida. La llevó al dormitorio sin prisa, como si todo el tiempo del mundo fuera suyo.

En la cama, Leo la besó y el mundo se redujo a la presión de su boca.

Los labios de él encontraron los de ella con una lentitud que no era indecisión, sino certeza. Sabía que estaba allí, que se quedaría, que podía tomarse lo que quisiera.

La mano de Leo le sujetó la nuca mientras la besaba. Los dedos enredados en su pelo. Ella sintió el calor de esa mano, el peso, la familiaridad.

La otra mano de él le bajó la cremallera del vestido con dos dedos, como si hubiera hecho ese gesto cien veces.

La tela se abrió.

El aire de la habitación le rozó la piel.

Leo apartó la tela despacio, descubriéndole el hombro, y allí depositó un beso húmedo y cálido. La lengua apenas un instante antes de que los dientes mordieran suave.

Ella arqueó la espalda sin decidirlo.

Leo sonrió contra su piel —lo sintió en la vibración de los labios— y siguió bajando. La boca de él recorrió el borde de la clavícula, justo donde empezaba la marca.

Ella contuvo el aliento.

Esperando… no sabía qué.

Pero él pasó de largo.

Siguió hacia el pecho.

Y ella exhaló sin saber si era alivio o decepción.

Las manos de Leo se movían con precisión de cartógrafo. Conocía las coordenadas de su cuerpo después de dos meses de martes: el punto exacto en la cadera que la hacía arquearse, la presión justa en el interior del muslo, el ritmo de los dedos cuando quería oírla gemir.

No preguntaba.

No dudaba.

Simplemente encontraba y acertaba.

Ella cerró los ojos.

Y algo se desplazó.

No fue una imagen.

No fue un pensamiento.

Fue una sensación que no encajaba: una mano que le apartaba el pelo de la frente.

Pero Leo tenía las dos manos ocupadas. Una en su pecho. La otra bajándole las bragas.

No podía ser él.

Abrió los ojos.

Leo estaba ahí, inclinado sobre ella, mirándola con esa intensidad que a veces la desarmaba. No había nadie más.

—¿Estás bien? —susurró.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Lo besó para no responder.

Para no pensar.

La boca de Leo sabía a vino, a él, a los dos meses que llevaban construyendo esto que no tenía nombre.

Respondió al beso con la misma intensidad y ella sintió el peso de él sobre su cuerpo, la piel caliente, la evidencia de su deseo contra su cadera.

Leo se movió para entrar en ella.

Lo hizo despacio, como siempre. Como si el tiempo no importara. Como si lo único que existiera fuera ese momento.

Ella sintió cómo la llenaba.

Cómo su cuerpo se abría para recibirlo.

Fue real.

Fue Leo.

Fue el cuerpo de Leo dentro del suyo.

Pero entonces la marca ardió.

No fue un latido.

Fue fuego.

Justo debajo de la clavícula.

Un calor que se extendió hacia el pecho, hacia el vientre, hacia donde Leo se movía dentro de ella.

Y con el calor llegó otra cosa.

Una presencia.

Una conciencia.

Alguien que no estaba… pero estaba.

Leo la besó en el cuello y ella sintió dos bocas.

La de él, real, húmeda, caliente.

Y otra, en algún lugar que no podía señalar, que le rozaba la sien con una delicadeza que Leo no tenía.

Leo aceleró el ritmo y ella respondió.

Las caderas buscando el encuentro.

Los dedos clavándose en su espalda.

Los gemidos escapándose sin permiso.

Pero en algún lugar, en el borde de lo que podía sentir, había otra cadencia.

Otro ritmo.

Otra respiración que no era la de Leo.

—¿Dónde estás? —murmuró Leo contra su oído.

La voz llegó desde muy lejos y muy cerca al mismo tiempo.

—Aquí —dijo ella.

Pero no sabía si era verdad.

La marca ardió más fuerte.

El calor se concentró en un punto. Justo donde Leo la empujaba. Justo donde él estaba más dentro.

Y ella ya no supo distinguir.

El cuerpo de Leo, real, pesado, conocido.

Y esa otra cosa.

Esa presencia que no pedía permiso.

Que estaba allí como si siempre hubiera estado.

El orgasmo llegó sin avisar.

No fue un pensamiento.

Fue el cuerpo tomando una decisión sin consultarle.

El espasmo la recorrió entera, desde el vientre hasta la garganta.

Y en ese instante —en el instante exacto de máxima entrega— supo que no estaba sola.

No supo quién era.

No supo si era Leo o el otro.

Solo supo que había alguien —algo— recibiéndola en ese lugar donde las fronteras se borraban.

Y entonces volvió.

El cuerpo de Leo sobre ella. Sudoroso. Respirando hondo.

La piel pegajosa.

El olor a sexo en la habitación.

Todo real.

Todo normal.

—¿Dónde estás? —preguntó Leo.

La voz llegó clara ahora.

Él la miraba desde arriba, apoyado en el codo, con una expresión que no supo interpretar.

—Aquí —dijo ella.

—No. ¿Dónde estás de verdad?

Ella no respondió.

Lo besó.

Para callarlo.

Para callarse.

Después, cuando todo terminó, quedaron en silencio.

La respiración de Leo, lenta, recuperándose.

El calor de los cuerpos pegajoso.

La luz de la calle entrando por la ventana.

—Hace calor aquí —dijo Leo.

—¿Sí?

—Sí. Más que en el resto de la casa.

Valeria no respondió.

Sabía por qué.

Pero no podía decirlo.

—¿Dormiste bien esta semana? —preguntó Leo.

La pregunta cayó entre ellos con un peso que él no pareció notar.

—Regular —dijo ella.

—¿Malos sueños?

—Algo así.

—¿Con qué soñaste?

—No me acuerdo.

Él se incorporó un poco, apoyado en el codo. La miró desde arriba.

La expresión era de interés, pero había algo más.

Algo que no terminaba de encajar.

—Yo a veces tengo sueños raros —dijo—. Gente que no conozco. Lugares que no he visto. Y cuando despierto, me acuerdo de todo.

—Qué suerte.

—No es suerte. Es práctica.

Ella sonrió. Pequeño.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Te acuerdas de tus sueños?

—A veces.

—¿De esta semana?

—Algo.

—¿Qué?

Ella dudó.

Un segundo.

Dos.

La marca latió.

—Gente —dijo—. Un tipo. Nada importante.

—¿Cómo era?

—No lo sé. Normal.

Leo asintió.

Demasiado lento.

Como si estuviera procesando la información.

—¿Te habló? —preguntó.

—No.

—Entonces no fue importante.

—No.

El silencio se alargó.

Leo se recostó otra vez.

Miró el techo.

—A veces los sueños dicen cosas —dijo—. Cosas que no queremos oír.

—¿Tú crees?

—No lo sé. Pero la gente paga a otros para que se los interpreten. Por algo será.

Valeria no respondió.

La marca seguía ardiendo.

El olor volvió.

Esta vez más fuerte.

—¿Hueles algo? —preguntó.

Leo giró la cabeza.

—¿Como qué?

—No sé. Algo raro.

Él olfateó el aire y negó.

—Hueles a ti. A mí. A sexo. Nada raro.

—Vale.

—¿Tú hueles algo?

—No. Ya no.

—¿Ya no?

—Nada.

Él la miró un momento.

Luego volvió a mirar el techo.

—Mañana tengo reunión temprano —dijo.

—¿A qué hora?

—Ocho.

—Odias las ocho.

—Odio las ocho. Pero voy a ir.

—Claro.

—Porque soy responsable.

—Claro.

—Y maduro.

—Claro.

Él sonrió.

Esa sonrisa que ella conocía.

La que todo lo podía.

—Debería irme ya —dijo.

—Deberías.

—Pero no quiero.

—Yo tampoco quiero que te vayas.

—Entonces me quedo un rato más.

Se quedaron.

En silencio.

La respiración de Leo, tranquila.

La de ella, menos.

La marca no dejaba de arder.

—Val —dijo Leo.

—Dime.

—¿Estás segura de que estás bien?

—Sí.

—Porque si necesitas algo…

—Ya lo sé. Llámame. Lo sé.

—No iba a decir eso.

—¿Entonces?

—Iba a decir que, si necesitas algo, no tienes que llamarme. Puedo venir igual.

Ella sonrió.

—Eso es muy bonito.

—Lo soy. Muy bonito.

—Y humilde.

—También.

Se rieron.

Pequeño.

Pero era una risa.

Pasó un rato más.

Luego Leo se levantó.

Buscó su ropa.

Se vistió con movimientos lentos, sin prisa.

En la puerta, la besó.

Un beso largo.

El último.

—Hasta el martes que viene —dijo.

—Hasta entonces.

Salió.

La puerta se cerró.

Valeria se quedó quieta.

La marca ardía.

El olor estaba allí.

Fuerte.

Presente.

Como si él estuviera en la habitación, mirándola.

Se levantó.

Fue a la ventana.

Sin pensar.

Como otras veces.

Miró la calle.

Leo estaba allí.

A medio camino de la esquina.

Se había detenido.

Sacó el teléfono del bolsillo.

Lo miró.

No escribió nada.

No llamó a nadie.

Solo miró la pantalla.

Un segundo.

Dos.

Luego guardó el teléfono y siguió caminando.

No miró hacia arriba.

Valeria se quedó en la ventana, mirando el lugar donde había estado.

La calle vacía.

Las farolas encendiéndose.

El atardecer apagándose.

La marca ardió.

El olor no se iba.

—Dorian… —susurró.

Nadie respondió.

Pero ella sintió, en algún lugar del pecho que no era la marca, que no estaba sola.

Como si algo —alguien— siguiera ahí.

Respirando en la misma habitación.

Esperando.

No supo si era real.

No supo si era imaginación.

Solo supo que la piel se le erizó.

Que el corazón se le aceleró.

Y que no tuvo miedo.

Eso fue lo más extraño de todo.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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