Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 6: frustración
La opulencia tiene un sonido particular cuando se apaga: el eco de los pasos sobre el mármol vacío y el zumbido eléctrico de las lámparas que se extinguen. La fiesta terminó pasada la medianoche, dejando tras de sí un rastro de copas de cristal a medio llenar y pétalos de flores marchitas.
Los invitados, esos arquitectos de la diplomacia y el cinismo, se marcharon con sonrisas ensayadas y promesas de inversiones futuras. Los músicos guardaron sus instrumentos en estuches de terciopelo, y la mansión Moretti recuperó su silencio solemne, una calma que no presagiaba paz, sino el inicio de una tormenta de muros hacia adentro.
Damián Moretti caminó hacia su despacho privado sin mirar atrás, ignorando a los criados que se inclinaban a su paso. Su traje negro seguía impecable, su rostro una máscara de piedra tallada por siglos de linaje implacable.
Solo cuando la pesada puerta de roble se cerró con un clic definitivo, permitió que su expresión se fracturara. El control que había mantenido durante toda la ceremonia se desmoronó, revelando una vulnerabilidad que solo una persona en el mundo sabía explotar.
Sacó el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. Sus dedos, que nunca temblaban al sostener un arma o firmar una sentencia de quiebra, dudaron un segundo antes de marcar el número que conocía de memoria.
Esta vez, tras tres tonos que sonaron como latidos, Ángel contestó.
—Damián… —la voz al otro lado de la línea llegó como un susurro quebrado, cargado de una fragilidad que atravesó las defensas del Delta como un cuchillo caliente en la nieve.
Damián cerró los ojos con fuerza, apoyando la frente contra el frío cristal de la ventana.
—¿Por qué no respondías a mis llamadas, Ángel? He pasado el día buscándote entre las sombras.
Un sollozo suave, perfectamente afinado, vibró en el auricular.
—Te vi, Damián… —susurró Ángel—. Vi la transmisión en vivo por internet. Te vi allí, en el altar, sosteniendo su mano frente a todo el mundo. Vi cómo le ponías el anillo. No pude soportarlo. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
Cada palabra de Ángel estaba medida con una precisión quirúrgica, cargada de un dolor calculado para maximizar la culpa en el pecho de Damián.
—Sabes perfectamente que esto es un acuerdo comercial —dijo Damián, tensando la mandíbula hasta que le dolió—. Es un contrato entre familias. Para mí, ese hombre no significa nada. Es un mueble más en esta casa.
—Pero para el mundo, él es tu esposo —respondió Ángel entre lágrimas—. Y para mí, verte con él es morir un poco cada segundo. Ver al hombre que amo… entregándose a otro por un apellido…
Damián sintió una mezcla asfixiante de culpa, ira y frustración. El amor obsesivo que sentía por Ángel era su ancla, pero también su cadena.
—Ángel, escúchame…
—No, Damián. Tal vez lo mejor sea que me vaya del país —murmuró Ángel con una voz que sonaba a despedida definitiva—. No puedo quedarme en Milán y ser el secreto sucio, la sombra que espera a que termines de jugar a los casados. Me iré al extranjero mañana mismo. Así no tendrás que elegir.
La palabra elegir ardió en los oídos de Damián. El Delta no estaba acostumbrado a que le pusieran límites, y la idea de perder a Ángel lo aterraba más que cualquier guerra de mafias.
—No hables así. No vas a irte a ninguna parte.
—Te amo demasiado como para ocupar el segundo lugar en tu vida —sentenció Ángel antes de colgar.
El silencio que siguió a la llamada fue devastador. Damián lanzó el teléfono sobre el escritorio de caoba y se quedó inmóvil en la penumbra. Algo oscuro y primitivo comenzó a despertar en su interior.
No era tristeza; era una rabia ciega contra el mundo que lo obligaba a llevar una vida que no quería. Necesitaba culpar a alguien. Necesitaba un objetivo tangible para su odio, alguien cercano que representara todo lo que acababa de "perder". No había nadie más perfecto que " Javier"
Caminó por el pasillo con pasos que hacían retumbar el suelo. Se detuvo frente a la habitación asignada a su esposo. Su esposo. La palabra le quemó la garganta como ácido. Abrió la puerta sin llamar, con la violencia de quien entra en un territorio enemigo.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.