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La Sustituta Del Don Viudo

La Sustituta Del Don Viudo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Tú no me amas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Edna Garcia

Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.

Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.

Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.

Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.

NovelToon tiene autorización de Edna Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

La mañana nació silenciosa en la mansión.

Ayslan se despertó temprano, como siempre lo había hecho toda su vida, pero tardó algunos segundos en recordar dónde estaba. El techo alto, los muebles sofisticados, el silencio absoluto... todo era demasiado extraño para parecer real.

Se sentó en la cama y respiró hondo.

Ahora esta es tu vida.

Se vistió con sencillez y bajó las escaleras despacio. La casa ya estaba despierta, pero parecía funcionar como un engranaje perfectamente ajustado: los empleados caminaban en silencio, cada uno sabiendo exactamente qué hacer, sin intercambios de palabras innecesarias.

Álvaro estaba en la mesa del desayuno.

Impecable. Distante. Frío.

Ayslan se detuvo a algunos pasos de él, sin saber si debía acercarse más.

—Buenos días —dijo, con educación.

Álvaro levantó los ojos solo por un instante.

—Buenos días.

Hizo un gesto breve con la mano, indicando que se sentara. Ayslan obedeció.

El desayuno era abundante, pero nuevamente el sabor parecía no existir. El silencio se prolongó por algunos minutos, hasta que Álvaro apoyó la taza sobre la mesa y cruzó los dedos.

—Necesitamos establecer algunas cosas —dijo, directo.

El corazón de Ayslan se aceleró.

—Cierto…

—Ahora llevas mi apellido —continuó Álvaro—. Eso significa que representas mi imagen. Todo lo que hagas se refleja en mí.

Ella asintió.

—Hay hábitos en esta casa que no pueden ser alterados —hizo una breve pausa—. Mi esposa tenía rutinas específicas. Preferencias.

Ayslan sintió una opresión en el pecho.

La mirada de Álvaro se oscureció inmediatamente.

Se levantó y caminó lentamente hasta una estantería lateral. Retiró una carpeta fina y la colocó sobre la mesa, empujándola en dirección a Ayslan.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, hesitante.

—Anotaciones —respondió él—. Gustos. Hábitos. Forma de vestir. Manera de hablar.

Ayslan abrió la carpeta con cuidado.

Cada página era un golpe silencioso.

A Bruna no le gustaba el café fuerte.

Bruna se despertaba a las siete en punto.

Bruna usaba perfumes florales.

Bruna prefería vestidos claros.

Bruna sonreía poco en público.

Ayslan sintió que la respiración le fallaba.

—El señor quiere que yo… —la voz salió débil—. ¿Que yo sea ella?

Álvaro sostuvo la mirada de ella sin desviarse.

—Quiero que te comportes como mi esposa.

—Pero yo soy su esposa… —respondió ella, con amargura—. O al menos debería serlo.

El silencio cayó pesado.

—Ocupas el lugar de ella —dijo Álvaro, por fin—. No confundas las cosas.

Ayslan cerró la carpeta lentamente, sintiendo que algo dentro de sí se partía.

—¿Y si no quiero? —preguntó, con coraje trémulo—. ¿Si no lo consigo?

Álvaro se inclinó levemente sobre la mesa.

—Lo consigues —respondió, firme—. Ya has aceptado cosas mucho peores.

Ella tragó saliva.

—Yo no soy Bruna.

—No —él concordó—. Pero te pareces a ella lo suficiente.

La frase fue cruel. No había grito, ni ofensa directa, solo verdad dicha sin cuidado.

Ayslan se levantó despacio.

—Puedo respetar esta casa —dijo, con dignidad—. Puedo seguir reglas. Pero no puedo borrar quién soy.

Álvaro la observó por algunos segundos, evaluando.

—No estoy pidiendo que borres todo —respondió—. Solo lo que no me interesa.

Ayslan sintió los ojos arder.

—¿Entonces solo existo hasta donde el señor permite?

—Existes mientras cumplas el acuerdo —respondió él, sin dudar.

Ella respiró hondo, reuniendo fuerzas.

—¿Y si un día me canso de fingir?

Álvaro desvió la mirada por primera vez.

—Ese día no va a llegar.

Pero el tono no sonó tan seguro como él quisiera.

Ayslan tomó la carpeta nuevamente, sintiendo el peso de aquel papel más pesado que cualquier cadena.

—Voy a intentarlo —dijo, por fin—. Por mi abuela.

Álvaro asintió.

—Es todo lo que espero.

Ella salió de la sala con pasos firmes, pero por dentro se sentía vacía. No era solo un matrimonio forzado. Era una tentativa constante de borramiento.

En el cuarto, Ayslan colocó la carpeta sobre la cama y se sentó al lado de ella. Abrió nuevamente una de las páginas y pasó los dedos por las palabras.

—Bruna… —susurró.

Pero, al mirarse en el espejo, vio a alguien diferente.

Vio a una mujer cansada, sí. Lastimada, sí.

Pero aún viva.

Y, en aquel instante, hizo una promesa silenciosa:

Ella podía ocupar el lugar de otra…

…pero no dejaría de existir.

Incluso si eso le costara caro.

Al inicio, Ayslan creyó que conseguiría soportar.

Se decía a sí misma que era temporario, que bastaba cumplir las reglas, mantener la cabeza baja y recordar el motivo por el cual había aceptado todo aquello. Cada pensamiento terminaba de la misma forma: Daniela está siendo cuidada. Es por ella.

Pero los días en la mansión comenzaron a transformarse en una secuencia de pequeños golpes invisibles.

Nada era suficiente.

El vestido que elegía nunca estaba correcto.

El perfume era siempre “demasiado fuerte” o “demasiado suave”.

El tono de voz no combinaba con el ambiente.

La sonrisa era inadecuada.

El silencio, excesivo.

—Bruna no hablaba así —decía Álvaro, frío, durante el desayuno.

Ayslan bajaba los ojos y asentía.

—Bruna no se sentaba de ese modo —él corregía, al verla cruzar las piernas.

Ella descruzaba inmediatamente.

—Bruna jamás haría esa pregunta.

Y, poco a poco, Ayslan comenzó a tener miedo de hablar.

El ápice vino en una tarde lluviosa.

Ayslan había recibido una llamada del hospital informando que Daniela presentaba mejoría significativa. Por primera vez en semanas, ella sintió algo parecido a alivio, y dejó escapar una sonrisa involuntaria al colgar el teléfono.

Álvaro observó la escena a la distancia.

—¿De qué estás sonriendo? —preguntó, con voz cortante.

Ayslan se giró, sorprendida.

—Mi abuela… ella reaccionó bien al tratamiento hoy.

Por un instante, el silencio se instaló.

Entonces, la mirada de él se oscureció.

—No deberías demostrar ese tipo de emoción.

Ayslan frunció el ceño.

—¿Cómo así?

Álvaro se acercó lentamente.

—Bruna nunca mezclaba asuntos personales con la casa —dijo—. Ella sabía comportarse.

Ayslan sintió el pecho apretar.

—Pero yo no soy…

—Ya te dije que no repitas eso —él interrumpió, la voz baja, peligrosa—. Estás aquí para cumplir un papel. No para destacarte.

Ella tragó saliva.

—Yo solo me puse feliz… —murmuró.

Álvaro la encaró como si aquella felicidad fuera una afrenta.

—Felicidad no combina con luto.

Las palabras cayeron como un golpe.

Aquella noche, él la llamó hasta la sala principal de la mansión. Las luces estaban bajas, y el ambiente parecía aún más frío.

—Hoy es el aniversario de la muerte de mi esposa —dijo, sin rodeos.

Ayslan sintió el corazón acelerar.

—Yo… lo siento mucho.

Álvaro caminó hasta el centro de la sala, donde había un pequeño altar discreto, con una foto de Bruna, flores blancas y velas.

—Arrodíllate —ordenó.

El mundo de Ayslan pareció parar.

—¿Qué…?

—Arrodíllate delante del altar —repitió, con frialdad absoluta—. Bruna merecía respeto. Y tú estás aquí por causa de ella.

Ayslan sintió el cuerpo entero temblar.

—Álvaro, yo…

—Ahora —dijo él, sin elevar la voz.

El silencio de la casa parecía presionarla.

Con las piernas débiles y el corazón destrozado, Ayslan se arrodilló lentamente delante del altar. El piso frío atravesó el tejido del vestido y alcanzó su piel.

Ella mantuvo la cabeza baja.

No por devoción.

Por humillación.

Álvaro observaba en silencio.

—Pide disculpas —dijo.

Ayslan cerró los ojos. Una lágrima escurrió, silenciosa.

—Disculpa… —susurró, sin saber exactamente por qué.

—Más alto.

—Disculpa… —repitió, la voz fallando—. Yo no quise faltar el respeto a su memoria.

El nombre Bruna parecía resonar en la sala como un fantasma.

—Nunca serás ella —dijo Álvaro, por fin—. Pero mientras estés aquí, necesitas recordar quién vino antes de ti.

Ayslan sintió que algo dentro de sí se rompía definitivamente.

Cuando él finalmente mandó que se levantara, sus piernas mal la sostenían. Ella subió al cuarto sin decir una palabra, sintiéndose menor que nunca.

Cerró la puerta con llave.

Se sentó en el suelo, abrazando sus propias rodillas.

—Yo no existo… —murmuró, entre lágrimas—. Yo solo ocupo espacio.

Del otro lado de la casa, Álvaro permaneció delante del altar por algunos minutos. El rostro impasible escondía el caos que se formaba dentro de él.

Él no sentía alivio.

Sentía rabia.

Confusión.

Y una culpa que aún no sabía nombrar.

Pero, aquella noche, ninguno de los dos entendió eso.

Ayslan se durmió en el suelo, exhausta, con el rostro marcado por el llanto.

Y Álvaro, solo delante de la memoria de Bruna, comenzaba a atravesar la línea que transformaría dolor en crueldad.

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