Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capítulo 6
A Geisa se le hizo un nudo de histeria en la garganta.
-Pero... ¿por que? –balbució con voz ahogada.
Antes de que Ali pudiera responderle oyó a Ethan gritar el nombre de Geisa. Ella se volvió, pero Ali la agarró por la muñeca.
-¡Diles que se aparten! –gritó.
-Cállate –le ordenó él con voz de hielo.
Aquel tono la dejó perpleja, pues jamás lo había utilizado antes. Lo miró desconcertada, pero él ni siquiera la miraba. Tenía la vista fija en un punto cerca de las puertas de hierro. Hizo chasquear los dedos y sus hombres se dispersaron como una bandada de murciélagos, llevándose a Ethan con ellos.
-¿Qué van a hacer con él? –preguntó Geisa.
Hassan no respondió. Otro hombre se acercó y ella reconoció un rostro familiar.
-Rafiq –murmuró. Fue todo lo que pudo decir antes de que Ali le pasara un brazo por la cintura y la hiciera volverse hacia él. Los pechos de Geisa chocaron con una pared de músculo, y sus muslos ardieron al sentir el poder que emanaba de aquel cuerpo. Levantó la vista y vio su expresión de furia.
-Sss... –susurró él-. Es absolutamente necesario que hagas todo lo que te digo. No podemos tener testigos.
-¿Testigos de qué?
Hassan esbozó una gélida sonrisa antes de responder.
-De tu secuestro –le dijo con suavidad.
Ella ahogó un grito, al tiempo que los faros de un coche os iluminaban. Rafiq se movió, y lo siguiente que Geisa supo fue que le echaban una especie de saco negro por la cabeza. Por un segundo no pudo creerse lo que estaba pasando, hasta que Hassan la soltó, de modo que la mortaja cayera hasta los tobillos.
-Oh, ¿cómo puedes hacerme esto? –se retorció, intentando liberarse, pero unos fuertes brazos la sujetaron.
-Solo tienes dos opciones, querida –oyó que Hassan le susurraba al oído-. Puedes quedarte quieta por tu propia voluntad, o Rafiq y yo nos encargaremos por ti. ¿Está claro?
Por supuesto que sí, pensó Geisa.
-Jamás te perdonaré esto –le espetó.
Su respuesta fue colocarla entre Rafiq y él y empujarla hacia delante. Acalorada y cegada, Geisa no podía saber adónde la llevaban. Soltó un gemido de terror.
-Tranquila –le dijo Hassan-. Estoy aquí.
Aquello no sirvió para tranquilizarla. Sintió que caminaba por una superficie metálica y rugosa.
-¿Qué es esto? –preguntó con voz temblorosa.
-La pasarela que conduce a mi yate –respondió él.
Su yate...
-¿Un nuevo juguete, Hassan? –había un ligero tono de burla en la pregunta.
-Sabía que te encantaría. ¡Vigila dónde pisas! –exclamó cuando ella metió la punta del pie entre la reja metálica.
Pero Geisa no podía ver nada por culpa del saco,
El pie se le dobló, haciéndola caer hacia delante. El saco también le impidió aferrarse a algo con la mano. Soltó un gritó de pánico al imaginarse la caída a las negras aguas del puerto, envuelta en el sudario de la muerte.
Entonces unas fuertes manos la agarraron por la cintura, la levantaron y la apretaron contra un pecho familiar. Ella se acurrucó como una niña y empezó a temblar, mientras oía las maldiciones de Hassan…