En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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capítulo 6: Caballo de madera.
El eco fantasma de las uvas estrellándose contra el suelo resonaba en la mente de Esperanza, un compás macabro mientras el sabor amargo de la humillación quemaba su boca reseca. Corría, jadeando, hacia la tenue y fantasmal luz que prometían las casillas, su única esperanza en la oscuridad opresiva.
Al llegar, con manos temblorosas y una urgencia desesperada, se arrancó la tela húmeda que se aferraba a su cuerpo, cambiándola por una seca con movimientos rápidos, casi imperceptibles. Cada roce de la nueva tela era una promesa de calor, un alivio frente a la tormenta que aún rugía en su interior.
Se arrastró por el suelo frío, buscando la familiaridad y el consuelo de la cercanía de Águeda. Se acurrucó junto a ella, la respiración de su compañera quien cuidaba de ella es un gran consuelo para la angustia. Sus lágrimas, calientes y traicioneras, fluían en silencio, un llanto mudo que no quería ser escuchado. No quería que Águeda supiera de su rebeldía de ir a aquella casona, la humillación insoportable que había vivido frente al joven amo. El secreto era un peso abrumador, pero el miedo a la decepción de Águeda era aún mayor.
Pero a muchos metros, en la imponente casona, la noche no había silenciado el drama, la escena no había concluido con su huida desesperada.
Leonardo permaneció inmóvil en el ventanal abierto, el frío punzante de la noche acariciando su rostro. Un rostro impasible, sus ojos de diamantes azules no se habían despegado de la figura, ahora ausente de Esperanza, incluso cuando la bruma espesa de la madrugada y la creciente oscuridad la engullen por completo. No había ni el más mínimo remordimiento en su mirada, ni una pizca de arrepentimiento por el acto cruel que acababa de realizar.En cambio, una extraña y perturbadora fascinación había echado raíces en su alma, creciendo como una enredadera venenosa.
Lentamente, se apartó del marco regresando a la silla donde antes, en un tiempo que ahora le parecía lejano, sostenía el caballo de madera. La pequeña figura, ahora abandonada parecía insignificante comparada con el torbellino de pensamientos que lo asaltaban. La imagen de Esperanza, primero con la mirada desafiante, luego doblegándose a su voluntad y comiendo del suelo, se repetía en su mente. No era la obediencia servil lo que lo intrigaba, sino la ferocidad que había vislumbrado en sus ojos cuando él la desafió. Esa chispa de rebeldía, tan inesperada en una esclava, lo había entretenido de una manera que pocas cosas lo habían hecho en su vida.
Se puso de pie con una calma calculada. Sus dedos largos y finos se posaron sobre el caballo de madera, levantándolo de nuevo. Se acercó una vez más a la ventana, observando el vasto vacío nocturno donde Esperanza se había desvanecido. Un brillo particular, una mezcla de curiosidad helada se instaló en su mirada. No era un interés compasivo, ni un sentimiento de preocupación por el destino de aquella niña. Era la mirada de un niño caprichoso que ha encontrado un nuevo juguete. Sin un segundo de duda, lanzó el caballo de madera por la ventana y la pequeña figura de madera cayendo sin ceremonias en la oscuridad. El sonido de su impacto contra el suelo, si es que lo hubo, fue ahogado por el viento. Había encontrado uno nuevo más interesante y entretenido y este, a diferencia del juguete inerte, prometía un juego mucho más complejo y gratificante.