En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Navira
El peso del collar de plata era una presencia constante, una quemadura fría que me recordaba mi nueva realidad cada vez que daba un paso. El sonido de los eslabones chocando contra mi clavícula era la música de mi derrota. Caminaba por los pasillos de la zona privada del Comandante, cargando una bandeja de plata que temblaba levemente en mis manos. No era miedo, me repetía a mí misma, era el hambre de justicia que me hacía vibrar los nervios.
Había pasado la noche en vela, sentada en el borde de una cama demasiado suave para alguien que estaba acostumbrada a dormir sobre paja y tierra. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Declan. No como el monstruo que quemó mi hogar, sino como el hombre que me miró con una intensidad que casi me hizo olvidar mi nombre. Ese era su truco, ¿verdad? Arrebatarte el odio y reemplazarlo con una confusión que te debilita más que cualquier látigo.
Me detuve frente a las puertas de roble negro de su dormitorio. Dos guardias de la Legión de Hierro me miraron con una mezcla de lástima y lujuria. Uno de ellos bajó la vista hacia mi cuello y soltó una risita burlona.
—La mascota del Comandante ha llegado —susurró.
Apreté los agarres de la bandeja. Mi dignidad era lo único que me quedaba, y no permitiría que un soldado de tercera me la quitara. Entré sin llamar, tal como me habían instruido.
La habitación de Declan era un reflejo de su alma: vasta, imponente y desprovista de cualquier calor innecesario. Los grandes ventanales ofrecían una vista aterradora de las murallas de Vaelkoria, y la luz de la mañana, gris y filtrada por las nubes, iluminaba los mapas estratégicos que cubrían las paredes.
Él estaba de pie frente al ventanal, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos marcados por cicatrices de guerra que no pegaban con su aura de aristócrata. No llevaba la chaqueta del uniforme, lo que lo hacía parecer menos un oficial y más un depredador en reposo.
—Déjala en la mesa, Navira —dijo sin girarse.
Dejé la bandeja con un ruido metálico más fuerte de lo necesario. El aroma del café recién hecho inundó el aire, pero no pudo tapar ese olor a tormenta que siempre lo acompañaba.
—¿Algo más, mi señor? —la palabra "señor" supo a hiel en mi lengua.
Declan se giró lentamente. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en el collar que él mismo me había puesto. Dio un paso hacia mí, y luego otro. Mi instinto me gritaba que retrocediera, pero mis pies se clavaron en la alfombra. No le daría la satisfacción de verme huir.
—Te queda bien —murmuró, su voz era un roce de terciopelo sobre piedra—. El contraste de la plata contra tu piel es… aceptable.
—Es una marca de ganado —respondí, clavando mi mirada en la suya—. No trate de adornar la crueldad con palabras bonitas.
Declan soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Se acercó tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que el invierno de Vaelkoria no lograba apagar. Extendió una mano y, con una lentitud que me torturaba, tomó el extremo de la cadena que colgaba de mi cuello.
—Sigues pensando que esto es sobre Sundergard. Sigues pensando que eres una prisionera política esperando su ejecución —dijo, tirando suavemente de la cadena para obligarme a dar un paso hacia él.
—¿Y qué soy entonces? —pregunté, mi voz temblando de rabia—. ¿Un trofeo? ¿Un juguete para que el gran Comandante no se aburra mientras espera la próxima masacre?
Él soltó la cadena y puso su mano en mi cintura, pegándome bruscamente a su cuerpo. Solté un jadeo ahogado. Su mano era una garra de hierro, firme y posesiva. Con la otra mano, me tomó del mentón, obligándome a mirar la tormenta helada de sus ojos.
—Crees que te traje aquí para que limpies mis botas o me sirvas el desayuno, Navira —susurró, y esta vez su voz no era fría, era ardiente, cargada de una posesividad que me dejó sin aliento—. Crees que eres solo una sirvienta más en este palacio de sombras. Pero te equivocas.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo contra su pecho. Sus dedos acariciaron mi mandíbula, un gesto que debería ser tierno pero que se sentía como una invasión.
—No eres solo una sirvienta —continuó él, bajando el rostro hasta que sus labios rozaron mi oreja, enviando un escalofrío eléctrico por toda mi columna—. No te elegí por tu habilidad para pulir plata. Te elegí porque eres la única cosa en este reino que me hace sentir que no estoy muerto por dentro.
Cerré los ojos, tratando de recuperar el control de mis propios sentidos. "Mátalo ahora", me decía una voz en mi cabeza. "Toma el cuchillo de la bandeja y acaba con esto". Pero mis manos no se movían. Estaban atrapadas por el magnetismo de su presencia.
—Serás mi mujer, Navira —declaró él, y no fue una propuesta, fue un decreto imperial—. No en las sombras, no como una concubina escondida. Estarás a mi lado. Comerás en mi mesa, dormirás en mi cama y el mundo entero sabrá que lo que Declan de Vaelkoria desea, lo toma y lo guarda bajo llave.
Me aparté de él con un empujón violento, el corazón saliéndome por la boca. La cadena tintineó salvajemente entre nosotros.
—¡Jamás! —exclamé, jadeando—. Prefiero que me cuelgues de las murallas antes que ser el objeto de tu obsesión. No puedes comprar un alma con una cadena de plata, Declan. No puedes obligarme a amarte.
Él no se inmutó por mi arrebato. Se quedó allí, de pie, con una calma aterradora, como un dios que observa el berrinche de un mortal.
—El amor es una palabra para poetas y débiles, Navira —dijo, dando un paso hacia el sol que empezaba a romper las nubes—. Yo no busco tu amor. Busco tu rendición absoluta. Quiero que cada vez que cierres los ojos, veas mi rostro. Quiero que cuando sientas frío, busques mi calor porque el resto del mundo te parece vacío.
Se acercó de nuevo, pero esta vez no me tocó. Se limitó a rodearme, como un lobo evaluando a su presa.
—Por ahora, limpiarás esta habitación. Servirás mi comida. Llevarás mi marca. Pero llegará el día en que tú misma me pedirás que no te suelte la cadena. Porque para entonces, habrás descubierto que soy el único que puede protegerte del monstruo en el que te has convertido para sobrevivir.
Se dirigió a la puerta, poniéndose la chaqueta del uniforme con una elegancia letal. Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Prepárate. Esta noche hay una recepción para los generales de Vaelkoria. No irás como sirvienta. Irás con un vestido que combine con esa cadena. Que todos vean lo que el Comandante ha reclamado como suyo.
La puerta se cerró tras él, dejándome sola en la inmensidad de su dormitorio. Me dejé caer de rodillas, con las manos apretadas contra el collar de plata. Las lágrimas de frustración finalmente brotaron. Él no quería mi cuerpo, quería mi voluntad. Quería convertirme en parte de su maquinaria de guerra, en una joya en su corona de hierro.
Miré hacia la bandeja de plata. El cuchillo seguía allí. Lo tomé y sentí su peso. Declan creía que me conocía. Creía que podía domar el fuego de Sundergard. Pero se olvidaba de una cosa: el fuego no se posee, solo se contiene. Y cuando el recipiente se rompe, todo lo que queda son cenizas.
"Serás mi mujer", había dicho.
—Seré tu ruina —susurré para las paredes vacías del palacio.
Pero mientras lo decía, un rincón oscuro de mi mente, uno que me negaba a reconocer, recordó la presión de su mano en mi cintura y el calor de su aliento. Y ese rincón, por primera vez en mi vida, tuvo miedo de que Declan tuviera razón. Vaelkoria era fría, y yo estaba tan cansada de tener frío.
Me levanté, sequé mis lágrimas con el dorso de la mano y empecé a limpiar. Si quería que fuera su mujer, le daría la versión de mí que él deseaba. Le daría la belleza, le daría la obediencia superficial. Me convertiría en el espejo donde él vería su propia obsesión reflejada. Y cuando estuviera lo suficientemente cerca, cuando su guardia estuviera bajada por la lujuria o el orgullo… entonces le recordaría que en Sundergard, aprendimos a amar el fuego porque era lo único que podía destruir el hielo de Vaelkoria.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄