Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 6
Hay nombres que no sabías que conocías… hasta que te los gritan los huesos.
Luciano llevaba días entre fuego y sangre.
Las negociaciones en la frontera con el cártel de la Franja habían terminado con dos traiciones y cinco cadáveres. El nuevo embarque de armas rumbo al país C estaba estancado por una falla en los contenedores.
Y uno de sus hombres más antiguos había osado desobedecer una orden directa.
Ahora su cabeza colgaba en la entrada del galpón 9. Como advertencia.
Como costumbre.
Pero aún con todo eso…
no podía dormir.
Desde aquella maldita reunión con Donato, su mente ya no le pertenecía del todo.
Sus noches estaban infestadas de ojos color cielo.
Un azul que le dolía más que cualquier cuchillo.
Un parpadeo lento. Lágrimas suspendidas. Un silencio que gritaba.
Y el rostro.
Su rostro.
Pequeño, delicado… demasiado joven.
Pero no débil.
No.
Había algo enterrado en ella, como fuego dormido.
Luciano odiaba esa sensación.
No poder controlar su propio pensamiento.
No poder arrancarla de sí.
Como si estuviera contaminado de ternura.
Una ternura que no reconocía.
Una ternura que odiaba.
Esa mañana, Dante entró a su estudio con el sobre de cuero oscuro. El sello era de los suyos: la información que había solicitado sobre la chica de los ojos azules.
—¿Seguro que querés leer esto ahora? —preguntó Dante, al ver la tensión en sus hombros.
Luciano no respondió. Solo extendió la mano.
El silencio bastaba.
Abrió el expediente.
Y entonces el mundo cambió.
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Nombre: Isabela Donato
Edad: 20
Diagnóstico clínico: TEPT severo desde los 5 años.
Alergia mortal al maní.
Amor declarado por el té negro y la música clásica.
Autora de las pinturas firmadas como "Perséfone".
Desde los cinco años, su historia se dividía entre “antes” y “después”.
Había sido secuestrada junto a su madre por un grupo enemigo.
No se supo todo lo que ocurrió.
Solo que la única sobreviviente fue ella.
Su madre fue encontrada mutilada, ejecutada en cámara lenta. Y aunque los detalles estaban clasificados, los rastros en el cuerpo de Isabela hablaron por sí solos.
Sobrevivió.
Pero no del todo.
Después vino el encierro. Las sesiones con el psiquiatra Isaías. Los terrores nocturnos. El silencio.
Su padre, Donato, había movido cielo y tierra para protegerla. Para reconstruirla.
La alejó de la mafia.
La envió a estudiar al País Z, a la mejor escuela de arte del mundo.
Allí, floreció como pintora.
Con un pseudónimo. Perséfone.
Luciano se detuvo al ver esa palabra.
Perséfone.
La reina del inframundo. La secuestrada. La amante de la oscuridad.
La misma firma de la pintura que colgaba frente a él.
Desde hace cinco años.
Se volvió lentamente hacia el cuadro.
El demonio saliendo de las llamas.
Una figura carbonizada, de ojos huecos, avanzando desde el infierno.
Lo había comprado en una subasta privada, atraído por la brutalidad de los colores, la desesperación palpable.
Nunca supo por qué esa obra lo había obsesionado tanto.
Solo supo que no podía deshacerse de ella.
Era como un espejo.
Ahora sabía la verdad.
Una niña de quince años había pintado eso.
Isabela.
La hija de Donato.
La criatura de los ojos tristes que lo miró como si ya lo conociera.
Luciano se quedó en silencio largo rato.
Hasta que habló.
—¿Cinco años atrás?
Dante asintió.
—¿Sabés lo que esto significa, Dante?
—Que la nena de Donato tiene un infierno en el pecho. Y vos ya estás metido adentro.
Luciano cerró el expediente y apoyó la mano en la pintura.
Como si pudiera tocarla.
Sentirla.
—Desde antes de conocerla, ella ya me pintaba —murmuró.
Un estremecimiento cruzó su cuerpo.
No era deseo.
No era capricho.
Era hambre de alma.
Y eso lo asustaba.
Porque Luciano Viteli no amaba.
No sentía.
Y sin embargo, esa mujer era un error en su programación.
Una grieta en su oscuridad.
¿Cómo algo tan frágil puede doler tanto?
¿Cómo unos ojos pueden revivir lo que juré haber enterrado con mi madre?
¿Cómo puede una herida… llamarse destino?
Luciano cerró los ojos.
Y en su mente, ella sonrió.
Una sonrisa que aún no había visto.
Pero que soñaba cada noche.