Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 5 — Vestidos y dudas
Samantha
La clase había terminado, pero en mi cabeza seguía flotando el mismo detalle inútil que me acompañaba desde la mañana: el perfume del profesor Herrera.
No era fuerte, pero tenía algo imposible de ignorar. Un aroma cálido, con un toque fresco, como madera y lluvia recién caída. No sabía por qué lo recordaba tan claramente, pero cada vez que cerraba los ojos me parecía sentirlo otra vez. Era molesto. Y un poco adictivo.
Clara me sacó de ese pensamiento con un mensaje: “¿Vamos a buscar los vestidos?”
Yo ya estaba camino a casa, pero nos habíamos puesto de acuerdo la semana pasada para ir a una fiesta el viernes por la noche, y como siempre, ella se tomaba en serio la parte de "ir bien vestidas". Le respondí que sí y quedamos en encontrarnos después de las cinco.
A pesar de todo, tenía ganas de salir. Solo que no estaba segura de poder con el espejo de los probadores.
Nos encontramos en el centro comercial a las cinco y media. Clara ya tenía dos vestidos colgados del brazo cuando llegué. Iba vestida con jeans anchos, una camiseta amarilla y el cabello recogido con un pañuelo. Se veía tan segura como siempre.
—Hoy encontramos lo que sea, aunque tengamos que recorrer todo este lugar —dijo en cuanto me vio—. Fiesta es fiesta.
—Con tal de que no terminemos corriendo a último momento, me conformo —contesté.
Entramos a la tienda. Las luces eran intensas y las perchas brillaban con ropa ajustada, corta, llamativa. Clara fue directo a la sección de vestidos como si supiera exactamente qué quería.
Yo fui más despacio. Toqué telas, observé cortes, evité los espejos de reojo. En uno de los extremos vi un vestido negro de tirantes anchos y falda plisada. Simple, pero elegante. No muy corto. No muy llamativo. Tal vez podía intentarlo.
Lo llevé al probador y me encerré con un nudo en la garganta que no había estado ahí al entrar.
Me puse el vestido. Me miré.
No me gustó.
No porque fuera feo. Sino porque en mí no se sentía como debería. Me apretaba en el abdomen, marcaba demasiado los brazos, y cada vez que me movía, la tela se tensaba justo donde no quería. Intenté alisar la falda. Me giré para ver la espalda. Nada ayudaba.
Pensé en salir y pedir un talle más. Pero me dio vergüenza. No por la talla, sino por tener que decirlo en voz alta. Por ver la reacción de la vendedora. Por sentir que, de nuevo, estaba ocupando demasiado espacio.
—¿Sam? ¿Todo bien ahí? —preguntó Clara desde afuera.
—Sí… ahora salgo —mentí.
Me quité el vestido con cuidado, tratando de no pensar mucho, y volví a ponerme mi ropa. Antes de abrir la cortina, respiré profundo.
No lloré. Solo tragué lo que sentía, como tantas veces.
Al salir, Clara estaba frente a un espejo, ajustando el tirante de uno de los vestidos que había elegido. Cuando me vio, me lanzó una sonrisa sincera.
—No encontraste nada todavía, ¿verdad?
Negué con la cabeza, evitando explicaciones.
Clara me miró de arriba abajo y soltó, de la nada:
—¿Te diste cuenta de lo bonitos que están los rizos que te hiciste hoy? Ese rubio claro con la luz te queda espectacular. En serio, pareces sacada de un libro de ilustración romántica.
La miré, sorprendida.
—Gracias —murmuré. Y esta vez, lo dije con una sonrisa real.
—Lo digo en serio. Te ves hermosa. El vestido puede esperar.
—Tal vez solo me ponga algo de casa —dije.
—Perfecto, entonces yo me quedo con este —respondió, levantando un vestido rojo—. Pero tú vas con ese cabello o no voy.
Reí. Clara tenía ese poder de hacerme sentir más liviana sin que pareciera que lo intentaba.
—Vamos a otra tienda, igual. Solo para mirar.
—Vamos.
Mientras caminábamos por el pasillo, ella hablaba de la fiesta, del maquillaje, de si podríamos bailar aunque hiciera calor. Yo no dije mucho. Porque, aunque el vestido no había funcionado… el comentario de Clara sí.
Y sí, el perfume del profesor seguía ahí, en algún rincón de mi memoria. Difuso. Persistente.
Y por alguna razón, no me molestaba.
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