Cuando El Reino Colmillo y Sombra Era una de las Poderosas y temidas por su generaciones de Reyes Alfas , con la espera de un nuevo Rey, todo dio un gran giro al tener una Niña Alfa llamada Ema.
Su Poder estaba en juego como su corona, no la creían apta, su vida fue criticada y usada para benéfio de muchos enemigos al ser una niña dulce y vulnerable.
La tomaron de menos, cuando su tortura escalo hasta una noche donde su mejor amiga la mató en un intento de celos por un el amor del Alfa Lucas quien era el más poderosos y deseadas por todas. La manada fue tomada y traicionadan por su tio lleno de odio y envidia hacia el Rey, tomo el control, llevando a su hijo ser el nuevo Rey Alfa, dando una muerte terrorífica a su hermano y su familia
Pero la muerte es algo misteriosa, pues en el cuerpo de Ema recae el alma de una joven totalmente diferente al resto, una máquina mortal llamada Cecilia.
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La manada Colmillo y Sombras es una de las más respetadas del reino, reconocida por su linaje de alfas varones, quienes han logrado un gran estatus precisamente por mantener una estrecha cercanía con el Rey licántropo Adrián Wevilf..
El Rey Adrián Wevilf : era el dueño de todas las manadas; tan respetado y venerado que ser su aliado era un símbolo de honor y prestigio. Ema lo supo en las clases con su institutriz.
La manada Luna Roja estaba a cargo del alfa Lucas Rethif y su hermana, la gamma Silvia Rethif —quien tenía una reputación bastante picante. Lucas era un excelente guerrero y había dirigido varias campañas junto a su hermana, quien era su mano derecha. Su padre no era querido por la manada: siempre derrochaba el dinero y vivía entre mujeres, lo que llevó a Lucas a tomar las riendas a temprana edad. Tenían parentesco con el gamma que ayudaba al Rey Adrián, razón por la cual también eran respetados.
Las manadas Cielo Verde y Prado Dorado eran pacíficas; conocidas por su fértil tierra y extensos cultivos. Sus líderes tenían cuatro hijos, nacidos en dos camadas. Eran amables, bondadosos y generosos: dos ya tenían sus lunas, mientras los otros dos cumplirían 16 años y concurrirían a la academia con Ema.
El Rey Adrián Wevilf era un monarca justo, con una aura poderosa; su cuerpo estaba cubierto de tatuajes que representaban cada batalla ganada. Rara vez aparecía en eventos públicos, pero este año presentaría los Juegos de los Jóvenes —algo que todos esperaban con emoción. Ema se preparó con entusiasmo; el rey quedó más que sorprendido por su empeño, y Verfor no pudo ni opinar, pues Ema lo había puesto en su lugar desde su primera queja.
Samanta también se inscribió, solo para molestarla y aprovechar cualquier oportunidad para hacerle daño.
...
Desde su celebración de cumpleaños, Ema pasó sus días entrenando intensamente y manteniendo sus estudios al día. Su padre la veía decidida y a veces la ayudaba con sus deberes; sus pensamientos y habilidades de negociación eran increíbles.
—¿Sigues estudiando? —apuntó a su reloj.
Ema, que estaba absorta leyendo sobre la vida del Rey Adrián y sus guerras, se había olvidado de la hora del entrenamiento.
—Cierto... Las pruebas —se apuró tomando su mochila y una manzana, dejando un beso en la mejilla de su padre para salir corriendo.
«Estoy tan feliz, ¡podremos luchar por fin, Ema!»
«Sí, espero que nos toque un buen contrincante.»
...
Ema llegó a la academia a solo media hora del ingreso. Fue a los bastidores a cambiarse; su cuerpo estaba marcado y bien formado —su entrenamiento anterior había dado frutos, dejando al descubierto sus resultados.
«Estamos de infarto, solo nos falta estrenarlo» —decía Bell mientras Ema se miraba en el espejo del baño. La remera se ajustaba a sus curvas y la calza resaltaba su trasero firme, con muslos musculosos y una cintura diminuta.
«Yo también no veo la hora de disfrutar de un buen macho» —rió junto a Bell.
Salió hacia el campo donde todos estaban formados. Las miradas de los lobos eran evidentes, y la envidia de las lobas se palpitaba en el aire.
«Parece que llamamos mucho la atención.»
«Seguro conseguimos nuestra revolcada, Ema» —dijo pícara.
Ema solo sonrió ladina; le urgía una buena desestresada desde que había estado entrenando como loca.
El grupo de Paolo la esperaba, mirándola atentamente. Ema pudo oler su excitación.
—Saquen una foto, dura más —dijo haciendo que todos se pusieran rojos.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Paolo volviendo en sí, pues también la miraba con deseo.
—No... Estoy más que lista. ¿Y tú? —se ató el cabello.
—También... —dijo mirando su abdomen—. ¿Y eso? —le bajó la remera tapando su ombligo al ver que otros lobos estaban filosos.
—¿Qué? Mi aro... —preguntó queriendo levantar la tela, pero Paolo la sujetó molesto—. ¿Celoso? —sonrió agarrando su muñeca.
—Ch... Ya quisieras. Debes mirar a tu alrededor: eres un blanco, querida —dijo sonriendo fijamente en ella.
«Ya encontramos a uno, Ema» —rió Bell.
—Sé cuidarme sola, y no me vendría mal... Una pequeña diversión después de todo —dijo mirando a los demás de forma coqueta. Paolo apretó la mandíbula, poniéndose celoso.
—Bien... No digas que no te advertí —se soltó enojado.
Ema rodó los ojos:
—Sí, papá —dijo burlón sentándose junto a los demás, quienes le sonrieron.
Todos estos días, Ema había entrenado con Paolo después de ese encuentro en el bosque. Aunque no le había enseñado sus movimientos, tenían que luchar en pareja. Paolo se había disculpado por las cosas que le había dicho antes, pero a Ema no le importaba. Cuando se dio cuenta de que Paolo quería algo más, solo lo provocaba —sabía que no se animaría, y si lo hacía, sería solo por una noche; no se emocionaba con él.
Samanta vio ese interés latente y decidió meterse en medio, pero le fue imposible: Paolo nunca le mostró ningún tipo de atención, lo que la enfurecía aún más.
El general dio comienzo a los exámenes. Samanta, como siempre, estaba llorando por algún golpe; algunos la ayudaban, pero el que ella quería ni la miraba. Esta vez fue Lucas quien la ignoró por primera vez.
—Veo que viniste —dijo Lucas detrás de Ema, quien solo lo miró esperando su turno.
Paolo lo miró de reojo al ver su mirada en ella.
—Seguro estás emocionada. Después de todo, escuché que diste una gran impresión a los generales.
—¿Qué necesitas, Lucas? —lo miró—. Nunca me hablaste en público... ¿Te golpeaste la cabeza acaso? —levantó una ceja.
Los chicos de atrás rieron al ver cómo lo cortaba de entrada. Paolo sonrió ladino al ver que no lo quería.
—Solo quise ser amable... Pero veo que te molesta mi presencia —dijo de brazos cruzados.
—No me molesta, querido —se acercó—. Me irrita. Solo buscas algo a cambio, y no soy idiota... —sonrió mientras le palmeaba la mejilla, dejándolo desconcertado.
Lucas sonrió ladino por ese gesto; era la primera vez que alguien lo dejaba sin palabras, y eso le fascinaba e irritaba a partes iguales.
—Te guste o no, me quedaré. Solo para molestarte —dijo sentándose a su lado. Ema rodó los ojos y se alejó.
...
Los primeros grupos estaban terminando su pelea, y Ema disfrutaba de la vista de esos jóvenes musculosos, mordiéndose los labios.
No se dio cuenta de que Lucas y Paolo estaban observando sus muecas.
—¿Estás muy concentrada viendo la pelea? —preguntó Paolo.
—Ajá... Está muy interesante —dijo fijándose en un rubio que se secaba la transpiración.
—Sí... Porque ya terminó, Ema —dijo Lucas.
—Lo sé... Pero disfruto el hermoso paisaje —dijo haciendo un marco con sus manos como si le sacara una foto—. Un verdadero paisaje —suspiró mordiéndose los labios.
Lucas se colocó frente a ella de brazos cruzados, con Paolo a su lado; se notaba su enojo.
—¿Qué? ... Muévete, no me dejas ver —dijo estirando el cuello para ver cómo el chico se tiraba agua, pero Lucas gruñó tapándole la vista.
—Deja de mirar, podrías hacer que se malinterprete —gruñó.
—Ay, no me jodas, vete con tus novias —dijo parándose.
—¿Dónde vas? —le tomó del brazo.
—A ver si el paisaje está disponible —dijo burlona, aunque en realidad iba al baño; solo lo dijo para molestarlo.
—Ema... —decía celoso, pero Samanta le agarró del brazo.
—Alfa Lucas, qué bueno verlo... —dijo sonriendo. Ema aprovechó para soltarse.
«Sabrá que le mentimos»
«Claro que no...»
Ema se acercó al rubio preguntándole sobre su arma, para cumplir su mentira y hacer que Lucas dejara de molestarla. Así se darían cuenta de que no estaría detrás de ellos. Paolo, que la observaba fijamente, gruñó —y funcionó: el hermoso rubio le terminó dando su número.
«Después de todo, salió bien»
«Sí, y ese rubio estaba muy intrigante...»
Salió del baño justo cuando Samanta entraba.
—¿Crees que no sé lo que haces? —dijo molesta.
—Perdón... —la miró con la ceja levantada.
Lucas y Paolo la fueron a buscar; ya comenzaba su pelea cuando escucharon su conversación.
—Estás queriendo verte como toda una mosca muerta con el alfa Lucas. Él será mío, Ema. Solo eres una tonta que no debería estar viva, eres una inútil, horrenda y fea —gritó.
—¿Acaso eres idiota? Te lo dejé claro: a mí no me interesa. Y no dije nada sobre que intentaste matarme, niña inútil. No me provoques... —gruñó.
Lucas y Paolo se miraron sorprendidos.
—Nadie te va a creer, todos te odian. Debía cortarte la cabeza ese día después de haberte estrangulado; nadie te hubiera llorado, no le importas a nadie —gritó furiosa queriendo golpearla.
—Ema —dijo Lucas de golpe. Samanta se puso nerviosa, haciendo una sonrisa falsa al verlo. Ema tenía los ojos rojos—. Seguimos nosotros —terminó diciendo. Ema salió furiosa, y Paolo la siguió.
—Alfa... Vamos, lo acompaño —dijo Samanta queriendo agarrarse de su brazo, pero Lucas la miró frío y sacó su agarre.
—Odio que me toquen sin permiso —dijo en su cara, dejándola ahí apretando los dientes.
«Debemos matar a esa bruja, ¿cómo se atreve a amenazarnos?»
«Estamos igual, Bell. Pero tenemos que pensar bien esto; después disfrutaremos su caída.»
Ema fue llamada a pelear; estaba furiosa, así que sacó todo ese enojo en el examen.
Lucas y Paolo notaron su ira y hablaron de lo que escucharon.
—No puedo creer que Samanta la intentó matar —decía Lucas.
—Ch, yo sí. Esa es una psicópata, está loca por ti y ni cuenta te diste —miró cómo Ema mandaba a volar a otro joven—. Solo te dejaré claro: si Ema sale herida, te culparé. No me importa que seas un alfa —lo miró fijamente.
—Yo tampoco quiero eso, así que no me amenaces —dijo filoso apretando la mandíbula.
—Entonces controla a tu zorra —le dio una última mirada y fue a darle agua a Ema para que comenzara su examen.
Lucas sintió eso como un reto. Los dos estaban sintiendo algo por ella, y aquello se convirtió en una lucha de liderazgo entre ellos —y Ema era su objetivo.
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Lucas Rethif
Paolo
Samanta
Ema