Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 14
Era un viernes común.
La casa estaba silenciosa, la cena ya terminada, y la lluvia caía fina afuera.
Gabriel lavaba los platos distraído, mientras Miguel secaba, apoyado en el fregadero.
Sus dedos se rozaron por casualidad.
Un toque simple.
Pero algo diferente se encendió allí.
Miguel alzó los ojos, y Gabriel ya lo miraba.
No dijeron nada.
No necesitaban.
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Más tarde, mientras doblaban ropa en el cuarto, la tensión silenciosa entre ellos continuaba.
Las miradas demoraban demasiado.
Los gestos, más suaves.
La respiración… más cargada de significado.
Gabriel sujetó una camisa de Miguel entre las manos, sintió su olor.
— ¿Puedo besarte ahora?
Miguel sonrió.
Se aproximó despacio, tocando el rostro de Gabriel con el dorso de los dedos.
— No necesitas pedir. Ya tienes mi sí.
El beso fue diferente a los otros.
Más profundo.
Más urgente.
Más entregado.
Los cuerpos se aproximaron como si ya se conocieran hace mucho tiempo.
Como si estuvieran esperando ese momento desde siempre.
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Poco a poco, la camisa de Gabriel cayó al suelo.
Miguel recorrió con los ojos cada cicatriz, cada línea de dolor que su piel cargaba.
Pero no hubo miedo.
No hubo pena.
Solo deseo.
— Ya odié mi cuerpo tantas veces — susurró Gabriel. — Pero contigo… lo olvido.
Miguel apoyó la frente en la de él.
— No lo olvides, no. Recuerda de él.
Recuerda que él sobrevivió. Que él aún respira. Que él siente.
Y que ahora… él es amado.
Gabriel cerró los ojos.
— Tócame, Miguel. Muéstrame que es seguro.
Y Miguel tocó.
Con calma.
Con reverencia.
Como quien entiende que el cuerpo también es memoria — y que allí, en aquel momento, ellos estaban escribiendo una nueva historia sobre deseo.
Hicieron el amor despacio.
Con manos temblorosas, pero certeras.
Con besos que no pedían permiso, pero daban espacio.
Con ojos abiertos — porque no había más vergüenza en ser visto.
Fue más que sexo.
Fue pertenencia.
Fue cura.
Horas después, acostados en la cama, los cuerpos aún entrelazados y el cuarto sumergido en silencio, Gabriel susurró:
— Fue como si yo existiera por primera vez. Entero.
Miguel acarició su cintura.
— Tú siempre exististe.
Yo solo tuve el privilegio de verte sin defensas.
— ¿Y ahora?
— Ahora nosotros continuamos. Un día a la vez.
Pero sabiendo que, cuando nuestros cuerpos se encuentran, no es solo deseo.
Es amor.
Es casa.
Gabriel sonrió, los ojos aguados.
Y durmió así, envuelto en un abrazo caliente, con el corazón leve — como si, en fin, todo aquello que antes lo lastimaba hubiera dado lugar a algo mayor: el derecho de ser amado por completo.
La semana comenzó tranquila.
Las rutinas se estaban encajando, los silencios no dolían más y el amor entre ellos… florecía.
Tenía toque. Tenía risa. Tenía deseo.
Pero el dolor, mismo adormecido, no olvida donde vive.
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El martes, Gabriel recibió una carta por correo.
El sobre era simple. Blanco. Sin remitente.
Él no reconoció de inmediato.
Abrió por curiosidad. Y entonces… congeló.
Dentro, una única hoja doblada.
La letra era familiar.
Dolorosamente familiar.
> “Nunca deberías haber nacido así.
No destruyas a tu familia de nuevo.
Aún da tiempo de volver a ser el hijo que conocíamos.”
Gabriel sintió el estómago revolver.
Las palabras volvieron como golpes. Como viejas corrientes.
Él dejó la carta caer al suelo.
Y, en un segundo, era como si todos los días de cura hubieran sido borrados.
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Miguel llegó por la noche y encontró a Gabriel sentado en el suelo de la sala, las luces apagadas, los ojos perdidos.
— ¿Amor?
— No me hables ahora — murmuró Gabriel, sin mirar.
Miguel se agachó al lado de él. Vio el papel arrugado. Leyó.
La sangre hirvió.
Pero él no gritó.
No presionó.
— ¿Fue tu madre? — preguntó, bajo.
Gabriel asintió, sin fuerza.
— Yo creí que… que estábamos mejorando.
Pero esta carta… fue como si yo volviera a ser el error de la casa.
El defecto.
El peso.
Miguel se sentó en el suelo al lado de él.
Quedaron en silencio. Hasta que Gabriel dijo:
— Me odio por aún importarme lo que ellos dicen.
Miguel respondió con firmeza:
— Importar no es flaqueza, Gabriel. Es cicatriz abierta.
Pero tú tienes el derecho de doler. Y el derecho de continuar existiendo… a pesar de eso.
— Me siento sucio.
— Entonces déjame lavarte con todo lo que el mundo te negó:
Paciencia.
Cuidado.
Respeto.
Gabriel lloró.
Sin sonido. Sin control.
Lloró como quien finalmente acepta que aún hay dolor.
Pero que no necesita más esconderla.
Miguel lo abrazó con fuerza. Con el pecho desnudo, el alma abierta.
— Te amo — dijo. — Mismo con las partes que aún duelen.
Y si tú olvidas quién eres… yo te recuerdo.
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Aquella noche, no hicieron el amor.
Pero durmieron desnudos, juntos, con los cuerpos pegados.
Como dos sobrevivientes que, en fin, encontraron abrigo uno en el otro.
Y en medio de la madrugada, Gabriel susurró:
— Promete que, cuando yo crea que soy poco,
¿tú me vas a recordar que soy entero?
Miguel besó su frente.
— Prometo.
Todo día.
Hasta que tú te mires y veas lo que yo veo.