André es un beta bastante trabajador y soñador, pero que la vida no le ha sonreído jamás, desde muy chico tuvo que empezar a trabajar para cuidar de su madre y hermana menor, arreglárselas con varios trabajos para poder pagar las deudas de vicios que les dejó su difunto padre.
Además de esto por su manera de ser y personalidad complicada se mete en muchos problemas.
Tras salvar a un extraño de unos matones su mundo como lo conoce se viene abajo, no solo es la clase de persona que él más odia, sino se ve obligado a quedarse a su lado por el bien de los que ama, además ¿le empieza a gustar?
La llegada de este desconocido, pondrá más de una cosa de cabeza para este beta.
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No saber ignorar٭
...Narra André...
Estaba algo molesto porque ese par me despertó mucho antes de que sonara mi alarma. Aunque, siendo justos, lo que tenían para decirme eran buenas noticias.
Hice esos retos como una medida desesperada para obtener un pago extra. Nunca pensé que pudieran dar algo más que unos cuantos billetes rápidos. De hecho, no sé qué tan buena idea sea que esos videos estén circulando por ahí, pero el dinero nos vendrá muy bien. Lo demás lo pensaré después.
Obviamente, lo justo sería que Abel se quedara con la mitad. Él fue quien hizo todo el trabajo de subirlos, manejar la cuenta y demás, pero el idiota se niega.
—Ya te dije que no —replicó Abel con firmeza —No tomaré la mitad ni nada de ese dinero.
A veces puede ser increíblemente terco.
—La cuenta es tuya y tú subiste el video —insistí —Es lo justo.
—No seas terco, André —intervino Nay —Abel dice que nos lo da todo. Con eso podemos pagar mi matrícula y ahorrar lo demás para pagarle a esos ladrones.
Y aunque era cierto, Abel bien podría querer hacer algo con ese dinero: ampliar su negocio, comprarse algo… yo qué sé.
—Escúchala —añadió Abel.
—Incluso podrías dejar tu trabajo nocturno y hacer algo que te deje más tiempo libre —continuó Nay.
Por supuesto que quiero más tiempo libre, pero tampoco es como si esto fuera a durar para siempre. Mi titulación virtual ya casi está lista; cuando comience a ejercer, no tendré que hacer dos cosas a la vez, y mamá podrá dejar el trabajo que tiene ahora.
—Oye —dijo Abel con seriedad —sé que siempre te has valido por ti mismo y que haces todo por tu cuenta, pero esta vez no te estoy dando nada. Esto lo lograste tú.
Abel siempre intenta ayudarme. Muchas veces me ha prestado dinero. Su familia vive bien y, pese a su apariencia despreocupada, es bastante trabajador. Además, es un gran amigo… y aunque jamás se lo diré, sé que cuidará bien de Nay.
—Si vuelves a decir que no —amenazó mi hermana —te voy a golpear por tonto.
Suspiré. Era mejor rendirme. A Abel puedo convencerlo cuando estamos solos, pero con Nay… jamás.
—De acuerdo, ustedes ganan —cedí —Gracias. Y creo que ya sé en qué podemos invertir el dinero restante.
—¿En qué? —preguntó Nay de inmediato.
—No me mires así —advertí —Es una gran idea. Les contaré después, primero quiero saber si aún está disponible.
—¿Disponible qué? —insistió.
Nay no sabe esperar. Siempre ha dicho que odia las sorpresas, aunque se supone que a todo el mundo le gustan.
—Me voy. Los veo en la mañana.
—¿No piensas dejar uno de esos trabajos? —preguntó ella.
—Quizás luego, cuando las cosas se den. Todavía no es un hecho. Me llevaré tu motocicleta —añadí —¿Dónde están las llaves esta vez?
Suelo tomar prestada la moto de Abel, sobre todo cuando hago entregas largas. La mayor parte del tiempo uso mi bicicleta.
—En una de las figuras de auto —respondió él.
Tomé la llave y me despedí de mi hermana y de quien ahora era, oficialmente, mi mejor amigo y cuñado. Llamé a mi trabajo para avisar que llegaría un poco más tarde.
Gracias al cielo, mi jefe es un buen tipo y reconoce el trabajo duro, así que me dio permiso.
Ahora tenía claro mi destino. Si todo salía bien, tendría mi propio consultorio. El lugar estaba algo alejado de nuestro barrio, pero era una zona muy comercial. Además, ya tenía algunos clientes que podían darme buenas referencias. Lo había pensado antes, pero se sentía como algo lejano. Ahora… ahora era posible.
Para llegar más rápido tomé un desvío de la carretera principal. A esta hora el tráfico era un infierno.
Hice todo ese viaje para, al final, solo poder llamar a la persona. No había nadie mostrando el lugar con quien pudiera hablar o negociar. Al menos supe que seguía disponible y conseguí una cita para el jueves.
Volví rumbo a mi trabajo. Al final, no iba a necesitar el tiempo extra que pedí, lo cual también era bueno. Tal vez lo necesite después.
Tomé nuevamente el desvío y, mientras cruzaba el puente solitario, miré hacia abajo.
Lo que vi no era una pelea.
Era una masacre.
Un solo tipo estaba rodeado por doce hombres o más.
No era difícil adivinar por qué lo estaban atacando. Solo un idiota se pasearía por esa parte de la ciudad con un auto tan lujoso y ropa tan costosa. La gente con dinero debería buscar mejores lugares para presumir.
Y yo debería seguir mi camino. No era mi asunto.
Pero hay algo que no tolero: las injusticias. Y ese hombre parecía herido. Demasiado herido. Ya no creía que solo quisieran robarlo; esos no eran ladrones conformistas.
No tuve tiempo de pensar en un plan. Bajar del puente ya me tomó bastante, y cuando llegué, el tipo estaba siendo golpeado sin siquiera defenderse o intentar huir. Quizás no podía. Estaba perdiendo mucha sangre.
Ataqué primero al que parecía el líder. Siempre detesto a los tipos como él: no se ensucian las manos, pero disfrutan viendo sufrir a los demás. Están en mi lista personal de las peores basuras.
Ojalá existiera una forma de limpiar las calles de gente así.
No tuve que ir por los otros; ellos vinieron solos. He peleado contra más sujetos que estos antes. Esto era pan comido… o eso pensé, hasta que sentí el ardor en el hombro. Solo fue un roce. El maldito estaba tan aturdido por los golpes que le había dado que no pudo apuntar bien.
Incluso se atrevió a decirme que no era mi asunto.
Eso ya lo sabía. Pero nunca he sido de los que miran e ignoran.
Descargué toda mi rabia en él. Fue el que más resistió. No maté a ninguno, ni siquiera cuando confirmé por sus tatuajes que pertenecían a una de las tantas mafias de esta ciudad.
Hasta ahora solo me había enfrentado a bandas menores.
Malditos impulsos.
Y aunque la mejor forma de salir de algo así es no dejar testigos, yo no mato a nadie. Ni siquiera a tipos como estos. Aun sabiendo que el mundo sería un lugar mejor sin ellos.
—¿Cómo demonios me metí en esto? —murmuré —Demonios… Nay va a matarme cuando lo sepa.
No tenía tiempo para lamentarme. Me acerqué al hombre que habían atacado. No se movía, y con toda la sangre que había perdido, dudé seriamente de haber llegado a tiempo.
—Oye… ¿sigues con vida?
Lo giré. Estaba empapado en sangre. Era un hombre de mi edad o apenas mayor. Aún tenía signos vitales, así que llamé a una ambulancia.
De pronto me sujetó con fuerza y casi me derribó. Me asustó más de lo que admitiré. Debió ser su último esfuerzo, porque cayó inconsciente sobre mí, murmurando algo que no entendí.
Lo aparté y traté de mantenerlo con vida un poco más, pero lo supe de inmediato:
Si esperaba la ambulancia ahí, moriría.
Era un tipo musculoso. ¿Cómo no pudo con esos hombres?
Logré subirlo a su auto, y cuando caminé hacia el lado del conductor me quedé en shock.
Había sangre. Demasiada.
Y cuerpos.
Al otro lado del puente.
¿Habían sido obra suya?
—¿A quién demonios ayudé? —pensé.
Si ese tipo hizo eso, no era una persona común.
Consideré seriamente largarme y dejarlo ahí. Pero ya había hecho demasiado. Quizás no pertenecía a ninguna banda. Tal vez solo sabía defenderse… demasiado bien.
Aun así, los mató a todos.
Mientras conducía hacia la clínica más cercana, una sola pregunta no dejaba de martillarme la cabeza:
¿Qué demonios hice?