ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL HOMBRE QUE TODOS TEMIAN
—¡Aléjate de ellos!
La voz de Sebastián resonó por el pasillo.
Alejandro Montenegro permanecía junto a la puerta, impecablemente vestido, como si no llevara seis meses desaparecido ni hubiera provocado que su hijo pasara años creyéndose culpable de una tragedia.
Su mirada se detuvo primero en la mujer que estaba detrás de nosotros.
Después, en mí.
Finalmente, observó a Sebastián.
—Veo que has encontrado a tu madre —dijo con una tranquilidad escalofriante—. Siempre fuiste demasiado curioso, hijo.
Sebastián avanzó hacia él.
—¿Dónde has estado todos estos meses?
—Intentando mantenerte vivo.
—¡No vuelvas a decir que me estabas protegiendo! —gritó Sebastián—. ¡Me dejaste creer que mi madre estaba muerta! ¡Me hiciste pensar que yo había sido responsable de tu desaparición!
Alejandro Montenegro no retrocedió.
—Era necesario.
Sebastián soltó una risa amarga.
—¿Necesario para quién? ¿Para ti?
—Para todos.
—¡Pues mírame a los ojos y dime que no sabías que ella estaba viva!
El silencio del hombre fue su respuesta.
Sebastián apretó los puños. Temí que se lanzara sobre él, pero su madre le tomó suavemente el brazo.
—No, cariño —susurró—. No dejes que vuelva a controlarte.
Aquellas palabras parecieron detenerlo.
Alejandro Montenegro miró a su esposa con una expresión que no conseguí descifrar.
—Mariana…
Era la primera vez que escuchaba el nombre de la madre de Sebastián.
Mariana.
Un nombre sencillo para una mujer cuya vida se había convertido en un misterio.
—No tienes derecho a llamarme así —respondió ella—. No después de lo que hiciste.
—No sabes toda la historia.
—Sé que me mantuviste alejada de mi hijo. Sé que me obligaste a desaparecer y que permitiste que creyera que estaba muerta.
—Lo hice para salvarte.
Mariana negó con la cabeza.
—No. Lo hiciste para salvarte tú.
Sentí que Sebastián temblaba junto a mí.
Le tomé la mano. Él entrelazó sus dedos con los míos, pero no apartó la mirada de su padre.
—¿Qué pasó aquella noche? —preguntó—. Quiero la verdad. Toda.
Alejandro Montenegro respiró profundamente.
—Tu madre descubrió que Mateo estaba utilizando las carreras para transportar documentos y dinero. Esos documentos contenían pruebas de una red de corrupción que involucraba a empresarios, policías y personas de nuestra propia familia.
—¿Y mi padre? —pregunté.
Alejandro me miró.
—Tu padre ayudó a organizar algunas de las operaciones antes de descubrir para qué estaban utilizando realmente el dinero.
—¿Entonces sí estaba involucrado?
—Sí. Pero cuando quiso retirarse, Mateo comenzó a amenazarlo.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
Toda mi vida había imaginado a mi padre como un hombre que jamás habría hecho daño a nadie. Ahora debía aceptar que podía haber cometido errores graves, aunque también hubiera intentado corregirlos.
—¿Y por qué quería matarme? —pregunté.
Alejandro Montenegro guardó silencio.
—Porque tú eras la única persona que tu padre nunca habría permitido que utilizaran contra él.
—¡Yo era una niña!
—Precisamente. Si alguien te hacía daño, él habría hecho cualquier cosa para vengarse.
—Eso no explica por qué desapareció.
Mariana se acercó a mí.
—Porque tu padre encontró algo que podía destruir a Mateo. Algo que estaba relacionado con la muerte de mi madre.
Me quedé paralizada.
—¿Qué tiene que ver mi padre con la muerte de la madre de Sebastián?
Mariana miró a su hijo antes de responder.
—Tu padre fue testigo de lo que ocurrió. Y guardó una copia de las pruebas.
Sebastián se volvió hacia Alejandro Montenegro.
—¿Qué pruebas?
—Una grabación.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
Sebastián soltó la mano de su madre y avanzó hacia su padre.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque tu madre la escondió antes de que desapareciera.
Mariana palideció.
—Yo no escondí ninguna grabación.
Alejandro Montenegro la observó con atención.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
Nadie respondió.
De pronto, comprendí que estábamos atrapados en una historia en la que cada persona sabía una parte de la verdad, pero ninguna parecía conocerla completa.
Y alguien había conseguido mantenernos enfrentados durante años.
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—Tenemos que salir de aquí —dijo Alejandro Ferrer.
Todos nos volvimos hacia él.
Había permanecido junto a la entrada, vigilando el pasillo.
—He escuchado un automóvil afuera. No estamos solos.
Alejandro Montenegro asintió.
—Tiene razón. Mateo sabe que hemos venido.
Sebastián miró a su padre con desprecio.
—¿Y cómo sabes tú que Mateo está aquí?
Por primera vez, Alejandro Montenegro pareció incómodo.
—Porque llevo meses intentando detenerlo.
—¿Y por qué no acudiste a la policía?
—Porque hay personas dentro de la policía que trabajan para él.
—Siempre tienes una excusa —murmuró Sebastián.
—Y tú siempre has creído que gritar más fuerte te convierte en el dueño de la verdad.
Sebastián dio un paso hacia él.
—No vuelvas a hablarme como si todavía tuviera dieciséis años.
—Entonces deja de comportarte como un niño que cree que puede enfrentarse solo a todo el mundo.
—¡Basta! —intervino Mariana.
Su voz fue firme, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—He pasado demasiado tiempo sin mi hijo. No voy a permitir que vuelvas a arrebatármelo con tus mentiras.
Alejandro Montenegro bajó la mirada.
Por un instante, vi algo parecido al arrepentimiento en su rostro.
Pero desapareció tan rápido como había llegado.
—Hay una salida por la parte trasera —dijo—. Tenemos que movernos ahora.
Sebastián no parecía dispuesto a obedecerlo.
Yo le acaricié suavemente el brazo.
—Por favor. Primero salgamos de aquí. Después podrás decirle todo lo que llevas años queriendo decirle.
Me miró.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Solo porque me lo pides tú.
—Lo sé.
—Y no creas que voy a dejarte olvidarlo.
Sonreí débilmente.
—No se me ocurriría.
Durante un segundo, nuestras frentes se tocaron. A pesar de todo, a pesar de las amenazas y los secretos, aquel pequeño gesto me recordó que todavía existía algo nuestro que nadie había conseguido destruir.
Entonces Alejandro Ferrer carraspeó.
—Odio interrumpir este momento, pero sería estupendo que siguiéramos vivos para repetirlo.
Sebastián le lanzó una mirada asesina.
—Un día de estos voy a lanzarte por una ventana.
—Procura que sea una planta baja. Me caes demasiado bien como para morir por tus problemas sentimentales.
No pude evitar reírme.
Y, por primera vez en horas, Sebastián sonrió también.
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Salimos por una puerta lateral que daba a un estacionamiento abandonado. Alejandro Montenegro insistió en que nos separáramos en dos vehículos para evitar que nos siguieran a todos.
Mariana se fue con su marido, aunque antes de subir al automóvil abrazó a Sebastián durante varios segundos.
Él cerró los ojos y apoyó la frente en el hombro de su madre.
—Pensé que nunca volvería a verte —susurró.
—Lo sé, mi amor.
Ella le acarició el cabello.
—Y no hay un solo día en que no me haya arrepentido de haberte dejado creer que estaba muerta.
Sebastián se apartó apenas para mirarla.
—No vuelvas a desaparecer sin decírmelo.
Mariana asintió entre lágrimas.
—Te lo prometo.
Cuando se marcharon, Sebastián permaneció mirando el automóvil hasta que desapareció al final de la calle.
Me acerqué a él.
—¿Estás bien?
Soltó una pequeña risa.
—¿De verdad me estás preguntando eso?
—Es una pregunta de cortesía.
—Entonces mi respuesta de cortesía es que estoy perfectamente.
Le di un golpecito en el brazo.
—Idiota.
Él me rodeó la cintura y me atrajo hacia su pecho.
—Tu idiota.
Sonreí, pero la expresión de Sebastián se volvió seria cuando me apartó un mechón del rostro.
—Tengo miedo, Valentina.
La confesión me sorprendió.
—¿De qué?
—De que todo esto termine haciéndote daño. De que un día descubras algo sobre mí que no puedas perdonar.
Le acaricié la mejilla.
—No puedo prometerte que nunca me enfadaré contigo. De hecho, creo que es bastante probable.
Él soltó una risa breve.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
—Déjame terminar. No quiero que seas perfecto, Sebastián. Quiero que seas sincero conmigo. Aunque la verdad duela.
Su expresión cambió.
—Voy a intentarlo.
—Más te vale.
Lo besé.
Esta vez no hubo urgencia ni miedo. Solo la necesidad de recordarnos que seguíamos allí, que nuestros sentimientos no habían desaparecido entre tantos secretos.
Cuando nos separamos, Sebastián apoyó su frente contra la mía.
—Te quiero, Valentina.
Mi corazón se detuvo por un instante.
Era la primera vez que lo decía.
No sabía si lo había planeado o si simplemente se le había escapado, pero no intentó retirar las palabras.
Lo miré, con una sonrisa que no pude contener.
—Yo también te quiero.
Sebastián me besó otra vez y me abrazó con fuerza.
Por unos segundos, me permití creer que podríamos superar cualquier cosa.
Hasta que mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi madre.
«Valentina, necesito verte. Hay algo que no pude contarte delante de Sebastián. Tu padre me llamó esta mañana. Está vivo, y sabe dónde está la madre de Sebastián».
Debajo había una dirección.
Y una última frase.
«Ven sola. Si Sebastián se entera, su madre volverá a desaparecer».
Leí el mensaje varias veces.
Sebastián notó inmediatamente que algo había cambiado en mi rostro.
—¿Qué pasa?
Apagué la pantalla.
Podía contarle la verdad. Después de todo lo que acabábamos de vivir, eso era lo que le había prometido.
Pero si le decía que su madre corría peligro, ¿qué haría?
Conocía a Sebastián. Saldría corriendo detrás de su padre, enfrentaría a Mateo y pondría su vida en riesgo sin pensarlo dos veces.
Y yo no podía soportar la idea de perderlo.
—Nada —mentí—. Solo es mi madre. Quiere saber si estamos bien.
Sebastián me observó durante unos segundos.
No pareció convencido, pero finalmente me besó la frente.
—Vamos a salir de esto juntos, ¿de acuerdo?
Asentí.
—Juntos.
Pero mientras él me abrazaba, yo ya sabía que estaba a punto de romper la promesa más importante que le había hecho.
Porque aquella noche iría a encontrarme con mi padre.
Y, por primera vez, tendría que decidir si el amor significaba contarle a Sebastián toda la verdad…
o arriesgarme a perderlo para siempre.