Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 5
Capítulo 5
—Si te amara, me iría contigo sin mirar atrás —dijo Ximena—. Pero no te amo. No puedo irme.
Tomo el tazón de avena y se lo acerco.
—Hacer huelga de hambre por una mujer que no te ama, ¿no te parece ridículo?
Santiago golpeó el tazón.
La avena se derramó sobre la mesa.
Luego la sujetó por los hombros y la sacudió con desesperación.
—No es cierto. Nos queremos. Me estás mintiendo, ¿verdad?
—No.
Ximena se puso de pie.
El dolor le cruzó los ojos, pero lo escondió rápido. Cuando hablo, la voz le salió ligera, casi lejana.
—De verdad no te amo. Y si hablamos de hombres que no amo, la familia Alcázar me ofrece mucho más que tú. ¿Por qué dejaría esa casa para irme contigo? Despierta, Santiago.
—No te creo.
Él quiso agarrar algo.
Pero no pudo agarrar nada.
Ximena salió de la habitación antes de que sus ojos la traicionarán. En el pasillo levantó la cabeza, se tragó las lágrimas y se obligó a sonreír.
Había conocido a Santiago cuando ella estudiaba para entrar a la preparatoria. El acababa de entrar a una de las mejores escuelas y ayudaba a Renata con tareas; Ximena se pegaba a escuchar.
La primera vez que él le dijo "Xime" con esa sonrisa limpia, algo se le movió por dentro.
Tal vez ahí empezó todo.
Pero los dos fueron demasiado prudentes.
Demasiado cuidadosos.
Y en el amor, quien pisa con tanto miedo, a veces llega tarde.
Ahora ya era tarde.
El banquete de cumpleaños de Héctor se hizo igual que todos los años.
Grande.
Caro.
Lleno de personas capaces de mover media ciudad con una llamada.
Tomás le contó a Ximena que, en su cumpleaños anterior, Héctor acababa de comprar el mercado de acero más grande del mundo y negociaba varias adquisiciones. Nadie imaginó que un año después el heredero brillante de los Alcázar estaría reducido a un cuerpo que solo respiraba.
Los empleados iban y venían preparando el salón. Doña Mercedes, que casi nunca salía, ocupaba el lugar principal junto a Lourdes.
Ximena quiso subir a ver a Héctor, pero Darío la interceptó al pie de la escalera.
Desde lo ocurrido, ella estaba en guardia.
—Con tanta gente aquí, ¿crees que voy a comerte? —Darío sonrió con ligereza.
Esa cara le revolvió el estómago.
Ximena intentó pasar sin responder.
El volvió a bloquearle el camino.
—Ximena, eso no es forma de tratar a tu tío.
Respeto.
Hablar de respeto con un hombre que quería tocar a la esposa de su sobrino era insultar la palabra.
—Si sabe cuál es su lugar en la familia, compórtese como corresponde, tío.
Marco la palabra con toda intención.
Darío río y se acercó.
—Que un tío cuide a su sobrina política también es natural. Deja que te cuide bien.
La mano de Darío fue hacia ella.
Ximena quiso romperle algo.
Pero Doña Mercedes estaba en el salón y los invitados empezaban a llegar. Si armaba un escándalo ahí, no solo quedaría mal ella.
Trago el coraje.
Esquivó la mano de Darío y subió.
El intento agarrarla. Sus dedos apenas rozaron la tela de su vestido.
Aun así, se llevó la mano a la nariz y aspiró con una expresión repugnante.
En el cuarto, Ximena miro a Héctor.
Tomás le había cambiado la ropa. El traje, de corte impecable y hecho a la medida, se veía extraño en un hombre tan pálido.
Como si lo hubieran vestido para despedirlo.
—Héctor Alcázar, ¿cuándo vas a despertar?
Se sentó frente al tocador para maquillarse.
—Si fueras un hombre sano, si fueras normal, ¿golpearías al tipo que intenta coquetearle a tu esposa?
Hizo una pausa.
—Yo puedo golpearlo. Claro que puedo. Pero no es lo mismo. Una mujer sin un hombre que la respalde es como carne colgada en la puerta: todos creen que pueden acercarse a oler. Se siente horrible que te miren así.
Soltó un suspiro.
—Aunque no me quieras, despierta. Si despiertas, nadie se atrevería a tocarme, ni a hablarme con esa porquería de tono.
En la cama, las pestañas de Héctor temblaron apenas.
Luego todo volvió a quedar quieto.
Ximena terminó de maquillarse y cambiarse.
Cuando bajó, parecía una figura salida de una pintura: luminosa, delicada, demasiado hermosa para pasar desapercibida.
Héctor solo fue presentado un momento en silla de ruedas y Tomás lo regresó pronto al cuarto.
Lourdes tomo a Ximena de la mano y la fue presentando, uno por uno, a los invitados importantes.
Ximena entendió de inmediato.
Ese día ella representaba a Héctor.
Lourdes quería enviar un mensaje: Héctor estaba estable, tenía una esposa que sabía medicina y lo cuidaba, todo seguía en orden, todo podía mejorar.
Era el esfuerzo desesperado de una madre.
La llegada de Ignacio, hermano de Lourdes, lo confirmó aún más. Lourdes preparaba el camino para que, si Héctor despertaba, pudiera recuperar la empresa sin tropiezos.
—Ximena, él es tu tío Ignacio.
—Tío.
Ignacio la observo un momento antes de asentir.
—Héctor seguirá necesitando tus cuidados. Gracias por el esfuerzo.
—Es lo que me corresponde.
Lourdes le apretó la mano.
—Ximena es muy sensata. Ha cuidado bien de Héctor. Estoy segura de que él despertara pronto.
—Despertara —dijo Ignacio con seguridad.
Un ruido empezó a acercarse desde la entrada.
Ximena fue la primera en verla.
El rostro se le endureció.
Mariana.
¿Qué hacía ahí?
Mariana avanzó sin importarle quienes estaban presentes. Fue directo hacia Ximena y levanto la mano para abofetearla.
Ximena le atrapó la muñeca en el aire.
—¿Que locura te dio?
—Ladrona —escupió Mariana—. Te robaste la caja fuerte de papá. Ahí estaban las joyas de mi mamá. Devuélvela.
Ximena si había tomado una caja fuerte pequeña.
Pero era de Elena.
No de Ernesto.
Y mucho menos tenía joyas de la madre de Mariana.
—No tome nada de ustedes. Deja de inventar.
—Yo te vi sacar una caja.
—Solo tome lo que era mío. Hoy es el cumpleaños de mi esposo. Si sigues haciendo este show, la que va a llamar a la policía soy yo.
Mariana, cegada de rabia, soltó lo primero que le vino a la boca.
—¿Tu esposo? Te casaste con un muerto en vida y todavía te sientes importante. ¿Quién le hace fiesta de cumpleaños a un vegetal? Están todos...
La bofetada de Lourdes cortó la frase.
El salón quedó helado.
Lourdes tenía el rostro oscuro y los ojos llenos de una furia capaz de matar.
Mariana se llevó la mano a la mejilla.
—Señora Alcázar, yo...
—En mi casa nadie maldice a mi hijo —dijo Lourdes—. Parece que los Salcedo ya no quieren seguir en esta ciudad. Tomás.
Tomás apareció al instante.
—Saca a esta mujer.
Dos empleados la tomaron de los brazos y la arrastraron hacia la salida. Mariana gritaba, pero nadie la defendió.
Lourdes miró a Ignacio.
—Mañana revisa si la empresa Alcázar tiene pedidos activos con los Salcedo. Cancela todo.
Ignacio asintió.
Ximena sintió un golpe dulce de satisfacción.
Pero el asunto de la caja podría mancharla.
—Mamá, si me lleve una caja fuerte. Pero eran cosas de mi madre. No robe nada de los Salcedo.
Lourdes la abrazo con la mirada.
—Lo sé. No le hagas caso. Yo te creo.
—Gracias, mamá.
Después del escándalo, Lourdes le pidió que descansara.
Cuando Ximena salió, Ignacio miró a su hermana con preocupación.
—¿Esa muchacha es Salcedo?
—Es nieta de Don Mateo por parte de su madre.
—¿Que planeas con ella?
Lourdes tardó en responder.
—Sabe medicina. Puede ayudar a Héctor. Y la chica me gusta. No es retorcida. Estoy pensando llevarla a trabajar a la empresa.
Ignacio frunció el ceño.
—Es hija de Ernesto. Acabas de ordenar cortar negocios con los Salcedo y quieres meterla a la empresa.
—Si tiene malas intenciones, ninguna defensa bastará. Si no las tiene, entonces habré elegido bien.
—Es un riesgo. Darío ya dejó la empresa hecha un desastre. Si ella también...
—Ponerla ahí puede obligar a Darío a contenerse.
Ignacio no estaba convencido.
—Pregúntale primero.
—Lo haré.
En el cuarto, Ximena miro a Héctor por costumbre y llamó a Ernesto.
El respondió con una amabilidad falsa.
—Ximena, hija. ¿Cómo estás en la casa Alcázar? He estado preocupado.
—No te llame para platicar. ¿Tú le dijiste a Mariana y a su madre que me lleve una caja fuerte?
Hubo una pausa.
—Te llevaste una caja fuerte, ¿no?
Ximena sintió que le ardía la sangre.
—Era de mi mamá. Lo sabes. Las joyas de esa mujer no podrían estar ahí. Y tú sabes mejor que nadie donde fueron a parar.
—Entraste a la familia Alcázar y ya te crees mucho. ¿Así le hablas a tu padre?
—No te hagas. Sé que mantienes amantes por todos lados. No me importa. Pero si intentas ponerme encima el nombre de ladrona, no me voy a quedar callada.
—Tú... yo... ¿como...?
Ximena colgó.
No tenía ganas de escuchar mentiras mal armadas.
Elena murió sin saber que Ernesto no solo tenía a la madre de Mariana. También tenía otras mujeres escondidas.
Ximena miro a Héctor.
—Si despiertas, ¿también vas a buscar mujeres afuera? ¿Vas a tener amantes como mi padre?
El silencio del cuarto le respondió.
—Seguro que sí. Si un hombre como Ernesto lo hizo, con más razón tú, que tienes el dinero de media ciudad. Los hombres no saben ser fieles, ¿verdad?
Se cruzó de brazos.
—Si es así, mejor quédate dormido. Al menos no voy a preocuparme porque andes revolcándote con cualquiera.
El entrecejo de Héctor se frunció apenas.
Ximena lo vio.
Se quedó inmóvil.
Luego se frotó los ojos con fuerza.
¿Se había movido?
¿Si?
—Héctor, ¿despertaste?
Se acercó a la cama.
—¿Vas a despertar?
Lo sacudió por los hombros.
—¿Acabas de fruncir el ceño?
Nada.
Héctor volvía a estar quieto.
Pero ella no estaba loca.
Lo había visto.
Ximena salió corriendo al salón, tomó al doctor Julián del brazo y lo arrastró hacia el cuarto.
—¿Qué pasa? —Julián casi tropezó—. ¿Por qué tanta prisa?
—Héctor se movió. Lo vi. De verdad se movió. Revíselo.
Los ojos de Julián brillaron un segundo.
—¿Ah, sí?
Al llevarlo al cuarto, Darío los vio desde un lado y los siguió.
Cuando entraron, Ximena señalo a Héctor.
—Doctor, revise rápido.
Darío se quedó en la puerta entreabierta.
Julián examinó a Héctor y luego fue claro:
—No despertó.
—¿No? Pero se movió.
—Pudo ser un reflejo nervioso.
Ximena quedó confundida. Julián era médico; debía saber.
—¿Y si le pongo electro estimulación para estimularlo?
Una sombra de resignación pasó por la cara de Julián.
—No creo que sirva.
—¿Cómo sabemos si no intentamos?
Ximena tomó su kit.
Los electrodos y cables finos quedaron entre sus dedos.
Los colocó rápido, uno tras otro, con tanta precisión que Julián sintió incomodidad solo de mirar.
Darío, desde afuera, se llenó de escalofríos.
Héctor no reaccionó.
—¿Entonces si me imagine todo? —murmuró Ximena.
—No te desesperes —dijo Julián, girándose.
Vio una sombra apartarse de la puerta.
Sus ojos se afilaron apenas.
Luego volvió a mirar a Ximena.
—Llegará el día en que despierte.
¿Qué día?
Esa era la pregunta.
Ximena quería que Héctor despertara.
Pero también temía que, al despertar, lo primero que hiciera fuera divorciarse de ella.
Y Lourdes aun no terminaba de cumplir lo de Leo.
La vida siguió.
El habitó era peligroso.
En los meses que llevaba casada, Ximena se había acostumbrado a vivir con Héctor dormido. Hablaba con él, lo reganaba, le ajustaba la terapia, lo cuidaba a su manera.
Lourdes le propuso entrar a trabajar a la empresa Alcázar. Ximena aceptó, pero pidió terminar primero sus pendientes de la universidad. Lourdes estuvo de acuerdo.
Ximena pensó que tal vez, para entonces, Héctor ya habría despertado y ella no tendría que ir.
Un día, al salir de clase con Renata, se toparon con Patricia.
Patricia llevaba semanas sin aparecer y regreso más altanera que nunca. Al entrar al salón, chocó el hombro de Ximena a propósito.
Renata se encendió.
—¿Está enferma o qué?
Ximena vio acercarse al profesor y la jalo hacia afuera.
—No le hagas caso.
—Mira esa cara de "ya llegué". Seguro porque ahora se consiguió un junior y ya no tiene que ser amante de un viejo.
Ximena había escuchado el rumor, pero no le importaba.
—¿No quieres saber quién es?
—No.
—Aunque no quieras, te lo voy a decir. Rodrigo Téllez. Dicen que se lo bajó a Mariana y anda insoportable.
Ximena sonrió.
—Tal para cual.
—También dicen que Patricia le destrozó la cara a Mariana. El dinero si aumenta la fuerza de combate.
—Ya no hablemos de ella. ¿Cómo sigue tu hermano?
Renata perdió energía.
—Mejor. Ya está haciendo trámites para irse al extranjero.
—¿Al extranjero?
—Dice que pidió una oportunidad de trabajo fuera.
—¿Y tu mamá? Su salud no está bien. ¿Va a dejarlas solas?
Ximena sabía que la salida de Santiago tenía que ver con ella.
Pero un adulto no podía vivir solo de impulsos.
Renata bajo la mirada.
—Tal vez necesita un lugar tranquilo para curarse.
Ximena noto el reproche escondido.
—¿Me culpas?
—No. Ustedes nunca fueron pareja. Mi hermano simplemente es así. Le cuesta decidir y también le cuesta soltar. Dejemos que haga lo que crea.
Ximena apretó los labios.
—Si es por mí, no vale la pena.
—Eso lo decide él.
Cada persona tenía su propia balanza.
Ximena también había pesado lo suyo antes de casarse con Héctor.
No había elegido por amor.
Había elegido sobrevivir.
Sacudió la tristeza y tomó a Renata de la mano.
—Vamos al partido.
El equipo de basquetbol de la universidad jugaba contra un equipo externo.
Ximena no solía ver partidos, pero Renata sí. Sobre todo, porque el capitán, Mauricio, le gustaba desde hacía tiempo.
Llegaron al gimnasio antes de que empezara y buscaron buenos asientos.
—¿Mauricio va de delantero?
—Sí. No se te olvide gritar por él.
—Claro.
El rival era un equipo de aficionados de fuera. En teoría, el equipo universitario debería ganar sin problema.
El silbato sonó.
El partido empezó.
Ximena reconoció una cara en el equipo rival.
—¿Qué hace él aquí?
Renata se acercó.
—¿Quien?
—El médico de la familia Alcázar.
—Es un partido contra externos. Puede venir gente de cualquier trabajo.
Eso tenía sentido.
Pero había otro jugador, alto, con el rostro cubierto por un paliacate negro.
—Renata, mira a ese. ¿Por qué trae la cara tapada?
—Tal vez tiene alergia, una cicatriz, granos, que se yo. No quiere que le vean la cara.
La explicación podía pasar.
Pero el hombre jugaba demasiado bien.
Él y Julián se entendían como si llevaran años entrenando juntos. Robaron rebotes, abrieron distancia y rompieron el ritmo del equipo universitario.
—¡Mauricio, vamos!
—¡Universidad, vamos!
Renata gritaba con toda el alma.
Ximena la siguió.
El partido se volvió intenso, pero el equipo externo era mejor de lo esperado. En los últimos cinco minutos, la diferencia ya era casi imposible de recuperar.
El hombre del paliacate, salvo sorpresa, sería el jugador más valioso.
Cuando sonó el silbato final, el equipo externo había derrotado al de la universidad.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂