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5: el departamento que no pido
Yougmin despertó con el sol de la tarde ya alto, filtrándose a través de las persianas automáticas que Sauching había dejado entreabiertas antes de irse esa mañana. El penthouse estaba en silencio absoluto, solo el leve zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano de Tokio que parecía llegar desde otro mundo. Se incorporó despacio, todavía con el cuerpo pesado por las noches anteriores, pero el dolor ya era más soportable, casi familiar.
Sobre la mesa de centro había una llave negra mate con el logo plateado de Eclipse Hotels y una tarjeta de crédito negra idéntica a la que ya tenía, pero esta vez con una nota escrita a mano en la letra precisa y afilada de Sauching:
*Dirección: Eclipse Residences, piso 38, apartamento 3801.
La llave abre todo.
La tarjeta no tiene límite. Úsala.
Volveré esta noche. No me esperes despierto.*
Yougmin miró la nota durante largos segundos. El estómago se le revolvió. No era gratitud lo que sentía. Era una mezcla extraña de alivio y peso. Tomó la llave y la tarjeta, las guardó en el bolsillo de los jeans que había recuperado del suelo y salió del penthouse después de ducharse, sin mirar atrás.
El ascensor lo llevó directamente al piso 38 de otro edificio. Eclipse Residences era la torre residencial adjunta al hotel principal: apartamentos de lujo para ejecutivos, inversionistas y, al parecer, ahora para amantes comprados con cincuenta millones de dólares.
Cuando abrió la puerta del 3801, se quedó paralizado en el umbral.
El apartamento era enorme. No tan grande como el penthouse de Sauching, pero mucho más de lo que Yougmin había visto en su vida. Paredes blancas impecables, suelo de madera oscura, ventanales del suelo al techo con vistas a la Torre de Tokio y al horizonte nocturno que empezaba a encenderse. Cocina abierta con encimeras de mármol negro, electrodomésticos que parecían sacados de una revista, un dormitorio principal con cama king size y baño con ducha de lluvia y bañera profunda. Había un armario ya medio lleno con ropa de su talla: camisetas básicas, jeans oscuros, camisas de lino, abrigos ligeros, zapatos. Todo en tonos neutros, elegantes, nada extravagante pero todo caro.
En la mesa del comedor había una carpeta con documentos: título de propiedad a nombre de Yougmin Park (su nombre real, el que nadie usaba desde que llegó a Japón), contrato de residencia indefinida, instrucciones para el conserje y una nota adicional:
*Nadie entra sin tu permiso. Seguridad 24/7. Cámaras solo en áreas comunes. El piso está blindado. Duerme tranquilo.*
Yougmin se sentó en el sofá de cuero gris y sintió que le faltaba el aire. No era un regalo. Era una jaula más bonita. Más segura. Pero jaula.
Sauching llegó pasadas las nueve de la noche. Traje negro, corbata floja, expresión de quien ha pasado el día apagando incendios. Cerró la puerta detrás de sí y miró a Yougmin, que estaba de pie junto al ventanal con las manos en los bolsillos.
—¿Te gusta? —preguntó sin rodeos.
Yougmin tardó en responder.
—Es… demasiado.
Sauching se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla.
—No es demasiado. Es necesario. Aquí nadie te va a buscar. Nadie va a tocar la puerta a las tres de la mañana. Nadie va a esperarte en la calle. —Se acercó un paso—. Y nadie va a saber que vives aquí salvo yo y Taeyong.
Yougmin bajó la mirada a la tarjeta que tenía en la mano.
—Y esto… —la levantó apenas—. No la he usado. No quiero gastar nada. Siento que… que cada yen que gaste va a sumar más deuda.
Sauching lo miró fijamente unos segundos. Luego soltó un suspiro corto, casi impaciente.
—La deuda era con esos idiotas de Osaka. Ya no existe. Yo la pagué. Fin. —Tomó la tarjeta de sus dedos y la puso sobre la mesa—. Esto es diferente. Es mío. Te lo doy porque quiero. Porque necesito que tengas lo que necesites sin pedírmelo cada vez. Caprichos, lujos, comida, ropa, lo que sea. Si no lo quieres usar ahora, guárdalo. Ahorra. Quémalo. No me importa. Pero no lo rechaces por orgullo. Eso me molesta.
Yougmin levantó la vista.
—¿Por qué me das todo esto?
Sauching se acercó hasta quedar a centímetros. No lo tocó. Solo habló con voz baja y clara.
—Porque eres mío. Y lo que es mío, lo cuido. Lo protejo. Lo mantengo cómodo. Pero no te equivoques, Yougmin. —Su mirada se endureció apenas—. Eres mi amante. Nada más. Nadie nos va a ver juntos en público. Nunca. No cenas, no paseos, no fotos. El único que sabe de verdad quién eres para mí es Taeyong. El resto del mundo cree que sigo siendo el prometido frío de Minji. Y así va a seguir siendo.
Yougmin sintió un pinchazo en el pecho que no supo nombrar.
—¿Siempre vas a recordármelo? ¿Que solo soy… eso?
Sauching no apartó la mirada.
—Sí. Porque es la verdad. Y porque no quiero confusiones. No quiero que empieces a soñar con algo que no va a pasar.
Silencio pesado.
Yougmin asintió lentamente.
—Entendido.
Sauching se apartó un paso.
—Esta noche no hay sexo. Tengo trabajo pendiente y… —hizo una pausa, como si le costara decirlo— una cita obligatoria con Minji. Cena familiar. Fotos para las redes de la cadena. Lo de siempre.
Yougmin no dijo nada. Solo miró hacia la ciudad.
Sauching se puso la chaqueta de nuevo.
—Duerme aquí. Come lo que quieras. Si necesitas algo, mándame un mensaje. No importa la hora.
Se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Y Yougmin…
El chico levantó la vista.
—…gracias por no pelear por esto. Hace las cosas más fáciles.
La puerta se cerró con suavidad.
Minji estaba radiante esa noche. Vestido plateado que brillaba bajo las luces del restaurante privado en el piso 52 del Eclipse Grand, sonrisa perfecta, mano apoyada en el brazo de Sauching como si fuera lo más natural del mundo. Las cámaras de los medios invitados capturaban cada gesto: la copa que brindaban, la forma en que ella inclinaba la cabeza hacia él, la foto obligatoria de “pareja ideal” para las revistas de sociedad.
Sauching sonreía lo justo. Respondía lo justo. Tocaba lo mínimo: una mano en la espalda baja al guiarla a la mesa, nada más. Cuando Minji intentó entrelazar sus dedos bajo la mesa, él los retiró con naturalidad, como si hubiera sido un movimiento casual.
—¿Todo bien, amor? —preguntó ella en voz baja, con esa dulzura estudiada que usaba en público.
—Perfecto —respondió él, sin mirarla a los ojos—. Solo cansado.
Minji apretó los labios un segundo, pero recuperó la sonrisa al instante. Sabía jugar el juego.
Mientras tanto, en el apartamento 3801, Yougmin se duchó por tercera vez ese día. El agua caliente le relajó los músculos tensos. Se puso una camiseta nueva del armario —suave, oliendo a tela recién comprada— y se metió en la cama enorme. Las sábanas eran frescas, el colchón perfecto. Por primera vez en meses, nadie iba a golpear la puerta. Nadie iba a esperarlo en la esquina. Nadie iba a reclamarle nada con amenazas.
Apagó la luz.
Se durmió casi de inmediato, profundo, tranquilo.
Sin sueños.
Sin miedo.
Solo el silencio de un lugar que, aunque no era suyo de corazón, al menos era seguro.
Mientras tanto, en la cena, Sauching miró su teléfono bajo la mesa. Un mensaje de Yougmin no había llegado. Ni una queja. Ni una pregunta. Solo silencio.
Y eso, de alguna forma retorcida, le gustó más que cualquier respuesta.