En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 5
Narrado por: Aura
El frío de la Fortaleza no era solo una temperatura; era un peso. Se sentía en los pulmones como si estuviera tragando fragmentos de vidrio molido cada vez que respiraba. Me desperté en mi cama de escarcha —que, extrañamente, cedía como el plumón bajo mi cuerpo— con el eco de la advertencia de Caelum vibrando en mi cráneo.
El Ala Norte.
Habían pasado tres días desde la revelación en el Gran Salón. Tres días entregando fragmentos de mi pasado a cambio de sustento. Ya no recordaba el color de la cinta que Elianne usaba en el pelo, ni el nombre del perro que tuvimos cuando éramos niñas. El palacio era un parásito silencioso, y Caelum... Caelum era su carcelero y su víctima a la vez.
Me levanté y me envolví en la pesada capa de piel que había aparecido a los pies de mi cama. Mis pasos no hacían ruido sobre el suelo de cristal. Crucé el Gran Salón, donde las sombras de los sirvientes se tensaron al verme pasar, y me dirigí hacia la escalera que subía, alejándome de las cocinas y los jardines de invierno.
Algo me llamaba. No era una voz, sino un cambio en la presión del aire. Un susurro que olía a flores marchitas y a algo que no debería existir en este reino de hielo: humedad.
Llegué al pasillo que conducía al Ala Norte. Las paredes aquí no eran de cristal transparente, sino de un azul profundo, casi negro, y estaban cubiertas de inscripciones en una lengua que hacía que mis ojos ardieran. En el centro del pasillo, una puerta de hierro forjado, extrañamente fuera de lugar en este palacio de hielo, permanecía cerrada con un candado de escarcha que palpitaba como un corazón.
—Te dije que no vinieras aquí.
La voz de Caelum surgió de la nada, justo detrás de mí. No salté del susto; el frío ya me había robado la capacidad de reaccionar con rapidez. Me giré despacio. Él no llevaba su máscara de cristal, pero su rostro estaba sumergido en sombras densas que ocultaban sus facciones, dejando solo a la vista unos ojos que brillaban con un azul eléctrico y desolado.
—¿Qué es este lugar, Caelum? —pregunté, señalando la puerta—. El palacio tiene hambre de mis recuerdos, pero este pasillo... este pasillo tiene hambre de ti. Siento cómo te drena la energía cuando te acercas.
Él dio un paso adelante, y por un momento, la escarcha del suelo se retiró de mis pies, como si él estuviera intentando protegerme de su propia naturaleza.
—Es el lugar donde guardo la traición —dijo él, y su voz sonó más humana, más rota que nunca—. Detrás de esa puerta está la razón por la que Aethelgard nunca volverá a ver la primavera por voluntad propia.
—Déjame entrar —pedí, dando un paso hacia él—. Si voy a pasar un año aquí, necesito saber contra qué estoy luchando. No es solo el frío, es el odio que emanas.
Caelum soltó una carcajada amarga que hizo que las paredes vibraran.
—No estás luchando contra nada, Aura. Estás esperando a que tu mecha se apague. Pero si tanta curiosidad tienes... —extendió su mano hacia el candado. El hielo se derritió bajo sus dedos—. Mira lo que el "linaje del sol" le hizo al Invierno.
La puerta de hierro forjado chilló al abrirse por completo, revelando el jardín de pesadilla.
—Ella era el Verano —susurró Caelum—. Y ella fue la que me entregó a los hombres para que pudieran encadenar las estaciones.
Me quedé mirando la estatua en el centro del jardín. La mujer estaba hecha íntegramente de un ámbar resplandeciente, con los brazos alzados en una súplica eterna y la boca abierta en un grito mudo. A su alrededor, los árboles de cristal afilado parecían crecer inclinándose hacia ella, como si quisieran despedazarla.
—¿La convertiste en esto? —pregunté, sin apartar la vista de la figura—. ¿La petrificaste?
—Yo no tengo el poder de crear ámbar, Aura. Solo hielo —respondió Caelum. Su voz carecía de eco en este recinto—. Ella misma se consumió. Cuando los Primeros Reyes arrancaron la chispa del Verano Eterno del Núcleo del Mundo, la esencia de ella se solidificó. Perdió su fuego y quedó atrapada en su propia savia. Yo solo... recogí lo que quedó.
Di un paso hacia el interior del jardín. El suelo no estaba cubierto de nieve, sino de ceniza blanca.
—¡No te acerques más! —ordenó Caelum, agarrándome del brazo con una fuerza que amenazó con dislocarme el hombro—. Este lugar no es seguro. La magia que la envuelve es inestable.
—Me trajiste hasta aquí para que entendiera contra qué lucho —le espeté, girándome para encararlo. Su rostro seguía oculto en las sombras de su capucha—. Si no me dejas ver, todo este teatro de abrir la puerta no tiene sentido. Suéltame.
Él dudó. Sus dedos, fríos incluso a través de mi gruesa capa, se aflojaron lentamente.
—Si tocas los árboles de cristal, te cortarán hasta el hueso. Y si la tocas a ella... la chispa del solsticio en tu sangre podría reaccionar. No lo hagas.
—No soy estúpida —dije, avanzando con cautela por el sendero de ceniza.
Me detuve a un metro de la estatua. De cerca, el ámbar parecía latir. Había vetas rojas y doradas en su interior, como lava atrapada en el tiempo. El rostro de la mujer era hermoso, de facciones afiladas, pero distorsionado por el terror.
—Dices que ella te entregó —hablé sin mirarlo, manteniendo los ojos en la estatua—. ¿Por qué lo haría? Si ustedes eran pilares del equilibrio, ¿qué le ofrecieron mis ancestros que valiera la pena destruir el mundo?
Caelum caminó detrás de mí. El crujido de sus botas sobre la ceniza sonaba como huesos rompiéndose.
—Adoración —escupió la palabra como si fuera veneno—. Los humanos siempre prefirieron el calor. Cantaban a la Primavera para que trajera las flores, pero construían templos de oro para el Verano. Sus reyes le prometieron que, si les entregaba la chispa del Núcleo, extenderían su estación eternamente. Ella creyó que gobernaría sobre los demás.
—Pero los reyes la engañaron.
—Por supuesto que la engañaron. Los mortales siempre lo hacen —Caelum se paró a mi lado. Su altura proyectaba una sombra enorme sobre la estatua dorada—. Tomaron el poder y la dejaron marchitarse. Cuando el fuego empezó a devorar el continente, vinieron a suplicarme a mí.
—¿A ti? ¿Al Invierno?
—Yo era el único que podía sofocar las llamas. Pero requería un precio. Tuve que arrancar mi propio corazón y reemplazarlo con el frío absoluto para poder cubrir Aethelgard.
Me giré hacia él.
—¿No tienes corazón?
—No uno que lata —respondió fríamente—. Y ahora, sal de aquí. El palacio se está despertando. El calor de tu presencia en este jardín está alterando el hielo.
Y tenía razón. Un crujido agudo resonó en lo alto. Miré hacia el techo abovedado de la estancia; grandes grietas comenzaban a formarse en el hielo azul oscuro.
—Espera —dije, sintiendo una punzada de calor en la base del cuello—. Hay algo que no encaja. Si ella está solidificada aquí... y tú eres hielo puro... ¿De dónde sacan el fuego los reyes para mantener la ciudadela caliente?
—Del fragmento de Ámbar que robaron. Te lo dije en el salón.
—Sí, pero mírala —señalé el pecho de la estatua—. Le falta un trozo, sí. Pero no es suficiente para calentar a toda una nación durante milenios. He leído sobre el fuego alquímico de la guardia real. No proviene de una sola piedra.
Caelum se tensó. Su postura cambió, volviéndose defensiva.
—Los textos que leíste son mentira.
—Mentira o no, hay algo en esta estatua que me llama —Me acerqué medio paso más. El calor que emanaba del ámbar era palpable, como estar frente a una fogata—. No es solo terror lo que hay en su cara. Es sorpresa. Alguien la apuñaló por la espalda.
—¡Dije que retrocedas!
Pero mi mano fue más rápida. Extendí los dedos y rocé la superficie pulida del ámbar.
El impacto fue brutal. Un destello de luz cegadora estalló en la habitación, lanzándome hacia atrás. No llegué a caer al suelo. Caelum me atrapó en el aire, pero el contacto entre su cuerpo gélido y la energía abrasadora que ahora recorría mis venas provocó un estallido de vapor.
—¡Te lo advertí! —rugió Caelum, apartándome de él una vez que recuperé el equilibrio.
—¡Vi algo! —grité, ignorando el dolor en mis dedos, que estaban enrojecidos como si hubiera tocado hierro al rojo vivo—. ¡Vi a un hombre con una corona de espinas de plata! Él no le robó el fuego. ¡Él la atravesó con una espada negra!
Caelum se quedó rígido. La niebla que flotaba a nuestro alrededor comenzó a girar furiosamente.
—¿Una corona de plata? —su voz era apenas un susurro rasposo—. Los Primeros Reyes usaban oro.
—Era plata. Y la espada... emitía una luz verde.
—¡Suficiente! —Caelum me agarró por la capa y tiró de mí hacia la salida del jardín—. Hemos estado aquí demasiado tiempo. Las protecciones se han roto.
El techo crujió de nuevo y un carámbano del tamaño de un árbol cayó justo donde yo había estado parada un segundo antes, destrozando uno de los árboles de cristal. Los fragmentos volaron como metralla. Caelum se interpuso entre el estallido y yo, usando su capa como escudo. El cristal rebotó contra la tela oscura sin perforarla.
—¡Corre! —ordenó, empujándome hacia el pasillo azul.
Salimos trastabillando del Ala Norte justo cuando la pesada puerta de hierro forjado se cerró de golpe a nuestras espaldas con un estruendo ensordecedor. El candado de escarcha volvió a materializarse, pero esta vez latía con un color rojizo.
Me apoyé contra la pared de hielo, jadeando. La energía del ámbar aún zumbaba bajo mi piel.
—¿Qué fue eso? —exigí entre jadeos—. ¿Quién era el hombre de la espada verde?
—No lo sé —dijo Caelum, respirando con la misma pesadez, aunque él no necesitaba aire—. Pero acabas de cometer un error letal, Aura. El palacio ha probado la esencia pura del Verano a través de ti.
El suelo bajo nuestros pies tembló. Las paredes de cristal del pasillo comenzaron a oscurecerse, perdiendo su brillo.
—¿Qué está pasando? —pregunté, retrocediendo hacia él instintivamente.
—Tiene hambre —la voz de Caelum carecía de burla ahora; sonaba alarmado—. Has despertado un apetito que la escarcha no puede contener. Va a reclamar su peaje por tu intrusión.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba eso, una sombra espesa brotó de las paredes, envolviendo mis tobillos. Sentí un frío repentino y punzante en la cabeza, como si mil agujas me atravesaran el cráneo. Caí de rodillas.
—¡Me duele! —grité, llevándome las manos a las sienes.
—¡Está intentando arrancarte un recuerdo vital por la fuerza! —Caelum se arrodilló a mi lado. Sus manos flotaban cerca de mi rostro, pero no se atrevía a tocarme—. ¡Concéntrate, Aura! ¡Si le dejas tomar lo que quiera, te dejará vacía! ¡Ofrece algo tú!
—¡No puedo! ¡Duele demasiado!
La sombra trepaba por mis piernas. Empezaba a olvidar cómo se sentía el calor del sol en mi piel. Estaba succionando la memoria de mi primer verano.
—¡Elige algo y dáselo! —exigió Caelum, su rostro oculto acercándose al mío—. ¡Un recuerdo de dolor! ¡Un recuerdo de ira! ¡Dáselo ahora!
Cerré los ojos, luchando contra la tormenta en mi mente. Busqué la memoria más dolorosa que tenía: el día que mi madre murió de fiebre blanca. Recordé su mano fría entre las mías, el olor a hierbas quemadas en la habitación, la impotencia, el llanto desconsolado de Elianne. Reuní todo ese sufrimiento, toda esa oscuridad, y la expulsé de mi pecho en un grito ensordecedor.
Una nube de humo negro salió de mi boca y fue devorada instantáneamente por las sombras del suelo.
El dolor cesó de golpe. Las sombras se retiraron hacia las paredes y el palacio volvió a su silencio sepulcral.
Caí hacia adelante, agotada, pero Caelum me sostuvo de los hombros antes de que mi cara golpeara el hielo.
—¿Qué entregaste? —preguntó, su tono indescifrable.
—La muerte de mi madre —susurré, sintiendo unas lágrimas congeladas en mis mejillas—. Sé que murió. Pero... no recuerdo cómo. Ya no recuerdo su último suspiro.
Caelum me soltó lentamente y se puso en pie.
—El palacio aceptó tu dolor porque era profundo. Pero no le gustó. No intentes desafiar las reglas de nuevo, humana.
—No soy una humana cualquiera, Caelum —dije, levantándome con torpeza, limpiándome las lágrimas—. He visto lo que pasó. Y tú también sabes que la historia que te contaron está incompleta. Si hubo un tercer implicado... si el Ámbar no fue robado como crees... entonces este castigo que infliges a mi pueblo es una farsa.
—Mi castigo es lo que los mantiene vivos —replicó él, dándose la vuelta—. Y si sigues husmeando donde no te llaman, no llegarás viva al día cuatro, mucho menos a los 367. Vuelve a tu habitación.
—¡No me des órdenes! ¡Tenemos que hablar de la espada verde!
—¡No hay nada de qué hablar! —su voz resonó como una avalancha, haciendo vibrar los cimientos—. Sobrevive a la noche, Aura. Eso es todo lo que te pido.
Caelum desapareció en un torbellino de nieve y viento, dejándome sola en el gélido pasillo. El palacio crujía a mi alrededor, como un gran monstruo masticando el recuerdo de mi madre muerta. Me abracé a mí misma, pero la determinación ardía más fuerte que el frío.
Alguien había manipulado a los reyes, a la diosa del Verano y al Señor del Invierno. Y yo iba a descubrir quién era.