Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El peso de un secreto
La universidad era el único lugar donde Aeryn sentía que las paredes no tenían oídos. En el campus, entre el bullicio de los estudiantes y el aroma a café barato, no era la heredera de un linaje que unió a dos especies milenarias; era simplemente una estudiante de Historia sumergida en manuscritos.
Adrian se había convertido en una constante en sus tardes. Compartían una mesa cerca de los ventanales del segundo piso de la biblioteca, un rincón donde la luz de la tarde caía sesgada, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire como pequeñas estrellas cautivas.
—Te falta esto —dijo Adrian, rompiendo el silencio.
Deslizó un pequeño papel sobre el libro de Aeryn. Ella levantó la vista y se encontró con su mirada gris, esa que seguía siendo un punto ciego para sus sentidos, pero que cada vez resultaba más magnética.
—Llevas quince minutos releyendo la misma página sobre las migraciones del siglo XIX —continuó él con una sonrisa leve—. O el autor es muy denso, o estás buscando algo que no está ahí. Esa es la referencia que necesitas.
Aeryn miró el papel. Era exactamente la fuente que le faltaba para completar su ensayo sobre los asentamientos europeos en el valle.
—A veces me pregunto si realmente eres un estudiante o si eres un algoritmo diseñado para hacerme la vida más fácil —bromeó ella, aunque una chispa de la advertencia de Kaelen cruzó su mente por un segundo.
—Solo presto atención, Aeryn. A los detalles. A ti.
Esa honestidad directa desarmaba a Aeryn. Los hombres de su mundo, los lobos y los vampiros, solían ser intensos, territoriales o crípticos. Adrian era… sereno. Una calma que ella necesitaba desesperadamente.
—Aeryn —dijo él, bajando la voz y cerrando su portátil—, el centro cultural va a cerrar por reformas, pero mañana hay un evento privado en el antiguo observatorio del monte. Dicen que es el mejor lugar para ver la alineación de las estrellas esta semana. Me preguntaba si… bueno, si querrías ir conmigo. No como una coincidencia en la biblioteca, sino como algo planeado.
El corazón de la muchacha dio un vuelco. Una invitación formal. Un paso más allá de los cafés y las caminatas bajo la lluvia.
—Me encantaría —respondió ella, y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en las consecuencias políticas de sus actos.
Esa noche, Aeryn no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de su habitación en la casa de la manada, escuchando el viento silbar entre los pinos. El peso de su herencia se sentía más físico que nunca. Recordó las enseñanzas de su madre, Lyra, una mujer que había gobernado con una mezcla de hierro y seda.
Recordó una tarde, años atrás, mientras caminaban por el linde del bosque. Aeryn acababa de cumplir dieciséis años y empezaba a sentir la curiosidad por el mundo humano que su linaje le permitía transitar.
> —Mamá, ¿qué sucede si un humano me cae bien? —había preguntado—. ¿Si siento que hay una conexión que no puedo explicar con leyes de manada?
> Lyra se había detenido, mirando hacia el horizonte donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse.
> —Nuestra naturaleza es un secreto por supervivencia, no por vergüenza, Aeryn —le había dicho con voz firme—. Pero el amor y la confianza no entienden de fronteras. Si algún día sientes que debes decirle a alguien quién eres realmente, simplemente hazlo. El corazón sabe reconocer la verdad mucho antes que los ojos. Si es la persona adecuada, tu verdad no será una carga para él, sino un puente.
"Simplemente hazlo", se repitió Aeryn en la oscuridad.
El observatorio era una estructura antigua de piedra y cúpula de cobre, situada en el punto más alto de la colina que dominaba la ciudad y el valle. Adrian la esperaba en la entrada, vistiendo un abrigo oscuro que lo hacía parecer parte de las sombras.
—Llegas a tiempo —dijo él, extendiéndole la mano para ayudarla a subir el último tramo de escalones de piedra.
Al tocarlo, Aeryn volvió a sentir ese pulso interno. Esa vibración que parecía reconocer algo antiguo en él. Caminaron hacia el balcón exterior, donde el mundo parecía quedar a sus pies. La ciudad era un mar de luces artificiales a un lado, y al otro, el bosque era un abismo de oscuridad absoluta y misterio.
—Es irreal, ¿verdad? —comentó Adrian, mirando hacia el bosque—. Tanta belleza escondida en lo que la mayoría de la gente teme.
—A veces lo que más tememos es lo que mejor nos define —respondió Aeryn.
Se quedaron en silencio, observando el cielo. Ella sentía que la barrera entre sus dos mundos estaba a punto de romperse. Adrian la miraba con una intensidad que la hacía sentir vulnerable, pero de una forma que le gustaba. Le gustaba cómo él la trataba: como si fuera un enigma que deseaba resolver, no una pieza en un tablero.
—Adrian… hay algo que necesito decirte —comenzó ella. Su voz tembló apenas—. No soy quien crees que soy. Mi familia, mi historia… no es solo académica.
Adrian se giró hacia ella, manteniendo esa expresión de curiosidad atenta.
—Aeryn, sé que hay algo diferente en ti. Lo supe desde el primer día en el aula. Pero no importa lo que sea eso no cambiará lo que pienso.
Ella respiró hondo, las palabras de Lyra dándole el valor final.
—No soy humana, Adrian. Mi linaje es el que mantiene el equilibrio en este valle. Soy… soy lo que llaman híbrido. Soy parte de ese mundo que la gente cuenta en leyendas para asustar a los niños.
Ella esperó. Esperó el miedo, la huida, el rechazo. Pero Adrian no se movió. Su rostro permaneció impasible, casi como si estuviera procesando la información en una base de datos interna.
—¿Qué eres exactamente? —preguntó él en un susurro.
—Mitad lobo, mitad ancestral.
—Muéstramelo.
Aeryn cerró los ojos. Dejó que el calor de su sangre fluyera. Lentamente, sus ojos cambiaron, el iris se expandió y un brillo dorado, salvaje y antiguo, iluminó sus pupilas bajo la luz de la luna. Sus sentidos se agudizaron, permitiéndole oír el mecanismo del reloj de Adrian, su respiración… y ese vacío extraño que seguía allí.
—Esto es lo que soy —dijo ella, con su voz ahora cargada de una vibración sobrenatural, aunque su cuerpo no cambió.
Adrian extendió una mano y, con una audacia que la sorprendió, rozó la mejilla de Aeryn. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto fue firme.
—Es… fascinante —murmuró él.
Aeryn sonrió, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros. Por fin, alguien la veía de verdad. Lo que ella no podía ver era el pequeño dispositivo en la muñeca de Adrian, oculto bajo su manga, que acababa de registrar la fluctuación de energía y enviado una señal directa a los servidores de HELIX.
Fase de confianza completada. Objetivo revelado.
—Gracias por confiar en mí, Aeryn —dijo Adrian, y por un segundo, solo un segundo, hubo una grieta real en su propia máscara de cazador. Una duda que no estaba en el manual de la Orden.
Pero en la oscuridad, los engranajes de la Purga Solar ya habían comenzado a girar.