Mi única obsesión es el hombre que no puede olvidar a otro.
Azren es un profesor común que vive una vida tranquila... hasta que una mirada a través de un cristal lo cambia todo.
Caeleen es la estrella del baloncesto que todos desean, pero nadie conoce de verdad.
"D" es el hombre que ya tiene su corazón... aunque esté casado con otro.
Cuando sus mundos chocan, Azren queda atrapado en un triángulo donde no hay buenos ni malos. Solo tres hombres atrapados entre la pasión, el deber y la pregunta más difícil de todas:
¿A quién amas cuando amar duele?
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL JARDÍN PROHÍBIDO.
La obsesión por la 'D' ya no era una picazón. Era un prurito profundo, como el de una costra que no debes rascar pero no puedes ignorar. Azren sabía que preguntarle más a Leo era inútil. Tenía que hacer algo, aunque fuera estúpido.
Su única pista tangible eran las flores. No eran un ramo cualquiera: lirios de cala, eucalipto plateado, orquídeas verdes. Demasiado específico para una floristería de barrio. Una tarde, entre corregir ensayos y preparar café, se puso a buscar en internet. "Arreglo floral minimalista lirios cala eucalipto, Florencia". Páginas y páginas de bodas y eventos corporativos, hasta que, en un rincón de los resultados, apareció: Kintsugi & Pétalos. "Estudio de restauración de arte y diseño floral". Hizo clic.
El portafolio era un desfile de imágenes austeras, elegantes. Jarrones rotos unidos con oro, ramos que parecían esculturas. Y allí, en la sección "El Artista", una única foto de perfil, borrosa, de un hombre inclinado sobre una pieza de cerámica. Cabello rubio ceniza, nuca delgada.
El fantasma tenía un taller. El fantasma tenía nombre, aunque aún no lo sabía.
Azren marcó el número con los dedos húmedos. Contestó una voz suave, profesional.
—Kintsugi & Pétalos, buenos días.
—Eh, hola. Quería… informarme. Para un regalo.
—Claro. ¿Es para una ocasión especial?
—No, es… es más bien un reconocimiento. Al esfuerzo, no al resultado. —La frase salió casi por sí sola, un eco tembloroso de la tarjeta que había leído.
Del otro lado hubo un silencio más largo de lo normal.
—Suena a un encargo muy personal —dijo la voz, con un tono que ahora parecía curiosidad contenida—. Trabajamos con cita. Podría recibirlo en el estudio el jueves por la tarde.
Azren aceptó la cita falsa y colgó, el pulso acelerado. Tenía una dirección. No iría, claro. Era una locura. Pero saber dónde estaba le daba una sensación extraña de poder.
La casualidad, o el universo burlándose de él, llegó dos días después. Leo entró a su departamento con una carpeta bajo el brazo y ojeras hasta la barbilla.
—Toma. Medicina para tu encierro. —Le deslizó por la mesa un sobre grueso.
Dentro había dos invitaciones para la Inauguración de la Galería Blanc.
—Viene un coleccionista importante, un tipo que me debe un favor enorme. No puedo ir, la cría no duerme. Ve tú. Llévate a alguien. O ve solo. Pero sal de aquí.
Azren miró las tarjetas de cartulina pesada y letras doradas. Una gala de arte. El tipo de evento al que un restaurador llamado 'D' quizás, podría ser invitado.
—No sé, Leo, eso no es lo mío…
—Ve —cortó Leo, con esa mirada que decía sé que vas a hacer una tontería, pero hazla fuera de mi vista—. O quédate aquí rumiando. Pero ve.
Fue. Porque ya no podía parar.
Con un traje que le quedaba un poco holgado y la permanente sensación de ser un intruso, Azren cruzó el umbral de mármol de la Galería Blanc. El aire olía a dinero recién impreso y ambición disfrazada de cultura. Recorrió las salas con una copa de champagne que no probó, escaneando a cada hombre delgado, a cada rostro pálido.
Nada. Hasta que llegó a una sala lateral, más tranquila, titulada "Nuevas Técnicas en Restauración". Y allí, en un pedestal iluminado como una reliquia, vio un jarrón. Porcelana blanca, resquebrajado en una docena de fragmentos, unido por venas delicadas de oro líquido. La placa decía: "Renacimiento II". Técnica: Kintsugi. Artista restaurador: Darius Sotelo. Cortesía de Kintsugi & Pétalos.
El corazón le dio un vuelco salvaje. Darius. Ese era el nombre. Darius.
Y entonces, como si una cuerda invisible tirara de su mirada, la apartó del jarrón hacia el hombre que estaba de pie a su lado, contemplando su propia obra.
Era él.
Más delgado y pálido que en la foto borrosa, con un esmoquin que parecía prestado de una figura más grande. Su cabello rubio ceniza estaba recogido de cualquier manera. Tenía los ojos fijos en las grietas doradas del jarrón, con una expresión de… ¿nostalgia? ¿Dolor? Era como ver a alguien mirando su propio esqueleto, bello y roto.
Así que este era el fantasma. El que recibía flores. El que hacía temblar a Caeleen.
Azren lo estudió, devorando cada detalle: la línea de la mandíbula, la curva del labio, la tristeza elegante que lo envolvía. El fantasma tenía rostro. Y era una belleza tranquila y devastadora.
Un movimiento brusco en la periferia lo distrajo. Al otro lado de la sala, rodeado por un gran círculo de admiradores, estaba Caeleen. Esmoquin negro, sonrisa perfecta de estrella. Pero sus ojos, esos ojos ámbar, no sonreían. Escaneaban la multitud con la intensidad de un radar.
Y se detuvieron.
No en Azren. En el hombre rubio.
Todo el aire de la sala pareció espesarse. La máscara de Caeleen se resquebrajó en tiempo real. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por un reconocimiento instantáneo, crudo, cargado de una rabia y un anhelo tan potentes que Azren pudo sentirlos como una descarga física.
Esa era la mirada que Azren había estado buscando. Esa intensidad. Esa conexión. Pero no era para él. Nunca lo fue.
El hombre rubio, como si hubiera recibido un golpe, giró la cabeza. Sus ojos azules se encontraron con los de Caeleen a través de la distancia.
Azren vio el pánico desnudo cruzando su rostro sereno. Una negación mínima, casi imperceptible, con la cabeza. Luego, se dio la vuelta y se escabulló con rapidez hacia una terraza lateral, un espacio oscuro y vacío que daba a un jardín de invierno.
Caeleen no lo dudó ni un segundo. Dejó a su grupo a media palabra y cruzó la sala con pasos largos y decididos, apartando a quien estuviera en su camino sin siquiera mirarlo.
Sin verme. Como siempre.
Azren, impulsado por un instinto que más tarde maldeciría, los siguió. Se escondió en el umbral de la puerta de la terraza, convertido en un voyeur de una tragedia ajena.
Afuera, en el frío silencioso, el hombre rubio estaba de espaldas, los hombros una línea rígida. Caeleen se detuvo a centímetros de él.
—¿Por qué viniste? —La voz de Caeleen no era la de la estrella. Era áspera, rota. Era la voz del hombre de las flores. La que Azren había visto asomarse por un segundo en la clínica.
—Debí saber que estarías —respondió él, sin volverse—. Fue un error.
—Las flores no fueron un error. —Caeleen dio un paso, invadiendo su espacio por completo—. ¿Por qué, Darius?
El nombre flotó en el aire helado. Darius. Ahora tenía nombre y voz.
El hombre rubio se volvió entonces. Su rostro estaba ahora al descubierto: ojos azules brillando con una furia húmeda, labios temblorosos.
—¿Qué quieres que te diga? —Su voz era un susurro áspero—. ¿Que todavía duele? ¿Que cada grieta que reparo me recuerda a las nuestras? ¿Eso te hace sentir mejor?
—Nada se siente bien si no estás tú —la réplica de Caeleen fue un gruñido bajo, una verdad tan brutal y simple que a Azren le encogió el estómago.
Eso. Eso era lo que Azren quería oír de él. Esa intensidad. Esa necesidad. Y no era para él. Nunca lo sería.
—Pues no puedo —Darius sacudió la cabeza, la voz quebrándose—. Lo sabes. Él está dentro. Yo hice una promesa.
Fue entonces cuando Caeleen perdió el último resto de control. Le agarró el brazo con una fuerza que hablaba de posesión, no de petición.
—Y yo me hice una promesa a mí mismo —dijo, acercando su rostro, la voz un susurro ronco y cargado—. Que eras mío. Lo sigues siendo.
Darius intentó zafarse, un "por favor, no" escapando de sus labios. Pero Caeleen no soltó. Lo jaló hacia sí.
Y entonces, lo besó.
No fue un beso. Fue un asalto. Una tentativa feroz de borrar promesas, distancias, realidades. Darius se puso rígido, sus manos empujaron contra el pecho de Caeleen.
Azren, desde las sombras, vio la guerra en su rostro: pánico, deber, lealtad… y debajo, un deseo antiguo y devorador que finalmente ganó.
Con un gemido ahogado que sonó a derrota y abandono, su resistencia se quebró. Sus manos se aferraron a los hombros de Caeleen y comenzó a corresponder el beso con la misma ferocidad desesperada.
Fue caótico. Apasionado. Devastador.
Azren lo vio todo. La mano de Caeleen hundida en ese cabello plateado, los dedos aferrados a la tela como a un salvavidas. Era la fusión de dos heridas abiertas.
Algo en Azren se apagó.
No era solo el dolor de ver al hombre que le quitaba el aliento besando a otro. Era comprender la profundidad abismal de ese beso. La historia, la pasión, la posesión absoluta. Era la prueba de un amor que lo definía todo. Un amor del que él estaba, irrevocablemente, excluido.
Y lo peor: ese beso era real. Eso era auténtico. No como el saludo militar que Caeleen le había dedicado a un fan anónimo. No como la indiferencia con la que lo había tratado en la clínica. Esto era verdad.
Fue Darius quien, temblando, separó sus labios. Jadeaba, los ojos desenfocados.
—No podemos… —murmuró, sin convicción alguna.
—Ya lo estamos haciendo —Caeleen dejó las palabras en sus labios. Pasó el pulgar por el labio inferior de Darius, ahora hinchado—. Y va a volver a pasar. Siempre. Porque esto… —su mirada ardía con una certeza feroz— …esto es lo único real que tengo.
Darius cerró los ojos, como si las palabras fueran un latigazo. Luego, sin atreverse a mirarlo de nuevo, se liberó con un movimiento brusco y huyó. Corrió de vuelta hacia la puerta de la terraza, ciego a todo menos a su necesidad de escapar.
Y en su huida, sin verlo, chocó de lleno contra Azren, que aún permanecía paralizado en el umbral.
El impacto fue seco, inesperado. Darius, más ligero, apenas se tambaleó. Pero Azren, sacado de su trance de horror, no tuvo tiempo de reaccionar. Tropezó y cayó de espaldas contra el marco de la puerta, con un ruido sordo y torpe.
Por un segundo, todo fue confusión. Darius ni siquiera pareció registrar a quién había chocado; sus ojos azules, vidriosos y llenos de pánico, apenas pasaron por encima de la figura en el suelo antes de que continuara su fuga, desapareciendo en la multitud de la galería.
Azren quedó sentado en el suelo, aturdido, la espalda dolorida, el traje arrugado. Y entonces, alzó la vista.
Caeleen estaba aún en la terraza, y ahora lo miraba A él.
Toda la intensidad que un instante antes estaba concentrada en Darius se volcó sobre Azren. Pero no era la misma. No había pasión, ni anhelo. Era una furia fría, instantánea. Sus ojos ámbar lo atravesaron, escrutando su presencia allí, en ese lugar, en ese momento. Era la mirada de un depredador que encuentra un testigo no deseado en el lugar de su caza. Un obstáculo. Un intruso.
Y entonces Azren lo entendió. Caeleen sí lo reconocía. Era el mismo de la clínica. El mismo de la ventana. Pero no había sonrisa. No había saludo. Solo desprecio.
No dijo una palabra. No hizo un gesto. Pero ese silencio, cargado del desprecio más absoluto, fue peor que un grito. En él, Azren leyó el mensaje con claridad: "Tú no deberías estar aquí. No eres parte de esto. Eres nada."
Y lo peor: tenía razón. Azren era nada. Un fan anónimo que había conseguido una invitación. Un tipo común que había visto algo que no era para él.
Luego, Caeleen desvió la mirada, como si Azren hubiera dejado de existir. Se ajustó la chaqueta del esmoquin con un gesto brusco, recuperando su máscara a medias, y se marchó por el otro extremo de la terraza, dejándolo solo en el frío.
Azren se incorporó con dificultad, las rodillas temblorosas. El dolor en la espalda era insignificante comparado con la quemadura de esa mirada. Había sido testigo del beso más íntimo y desesperado, y la recompensa había sido el desdén puro del hombre que lo protagonizaba.
Salió de la galería tambaleándose, el ruido de la gala convertido en un zumbido lejano. En el taxi de regreso, miró su reflejo en la ventana: un rostro común, manchado de polvo del suelo, testigo accidental y no deseado de un amor que era una fuerza de la naturaleza.
Comprendió, con una claridad que lo dejó vacío y a la vez extrañamente lúcido, que no solo había perdido cualquier esperanza absurda.
Había sido visto, y en ese ser visto, había sido anulado. Caeleen ahora sabía que él existía, y esa existencia era, para él, una molestia. Nada más.
Darius ya no era el fantasma. Era el hombre del beso. El hombre por el que Caeleen se rompía.
Y Caeleen… Caeleen ahora sabía que él había estado allí, husmeando en los bordes de su tormenta. Y lo que había visto en sus ojos no era curiosidad, ni interés. Era la fría indiferencia que se tiene por un mueble en el lugar equivocado.
Y sin embargo, Azren no podía dejar de pensar en ese beso. En esa intensidad. En ese "esto es lo único real que tengo".
Porque él también quería ser real para alguien. Aunque ese alguien nunca lo mirara.
Esa noche, Azren supo que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás. Ya no era solo un espectador. Era un intruso marcado. Y no tenía idea de qué haría Caeleen con ese conocimiento, pero el miedo que le provocaba era tan electrizante como la fascinación que sentía.
Porque por primera vez, Caeleen sabía que existía. Y aunque esa mirada hubiera sido de desprecio, era una mirada. Era algo.
Era más de lo que había tenido hasta ahora.