Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL JARDÍN PROHÍBIDO.
La obsesión por la "D" ya no era una picazón.
Era más profundo. Como una costra que no deberías rascar, pero tus dedos van solos. Una y otra vez. Hasta que sangra. Hasta que te preguntas por qué sigues, pero ya es demasiado tarde, ya forms parte de la herida.
Azren lo sabía. Sabía que preguntarle más a Leo no servía. Leo ya había dicho todo lo que tenía que decir. Código rojo. Herida abierta. Aléjate.
Pero alejarse requería no querer saber. Y él quería. Con una intensidad que le avergonzaba.
Así que hizo algo. Algo estúpido, probablemente. Pero algo.
Su única pista eran las flores. Lirios de cala, eucalipto plateado, orquídeas verdes. Demasiado específicas para una floristería de barrio. Demasiado cuidadas para ser un encargo cualquiera.
Una tarde, entre corregir ensayos sobre métrica griega y ver cómo el café se le enfriaba por enésima vez, abrió el ordenador. Sin prisa. Sin expectativas. Solo para hacer algo. Para no pensar.
Arreglo floral minimalista lirios cala eucalipto.
Nada. Páginas y páginas de bodas, eventos, centros de mesa para hoteles de lujo.
Añadió Florencia. Más de lo mismo. Floristerías de diseñador, portfolios interminables, fotos de ramos que costaban más que su alquiler.
Probó con eucalipto plateado orquídeas verdes composición. Los mismos resultados. Las mismas flores, los mismos precios, las mismas sonrisas de novias felices.
Pasó una hora. Dos. El café ya estaba frío. Iba a rendirse, a aceptar que había sido una idea ridícula, cuando en la quinta página de resultados un nombre llamó su atención.
Kintsugi & Pétalos.
Estudio de restauración de arte y diseño floral.
La web era minimalista. Casi austera. Fondo blanco, fotos en blanco y negro, tipografía pequeña. Nada de cursivas, nada de adornos. Como si quien hubiera diseñado la página odiara el ruido.
Hizo clic.
El portafolio era un desfile de imágenes elegantes. Jarrones rotos unidos con hilos de oro. Tazones agrietados convertidos en otra cosa, en algo más hermoso que antes de romperse. Ramos que parecían esculturas. Flores que no eran flores, eran ideas con pétalos.
Y allí, en la sección "El Artista", una foto de perfil. Borrosa. Un hombre inclinado sobre una pieza de cerámica, el rostro medio oculto por la luz y el ángulo. Pero se veía suficiente. Cabello rubio ceniza. Nuca delgada. Hombros caídos con la gracia de quien trabaja inclinado sobre cosas frágiles.
El fantasma tenía un taller.
El fantasma tenía nombre, aunque él aún no lo sabía.
Azren marcó el número que aparecía en la web. Los dedos le temblaban un poco. Colgó dos veces antes de que sonara el primer tono. A la tercera, contestaron.
—Kintsugi & Pétalos, buenos días.
Una voz suave. Profesional. Con esa calma que solo tienen las personas que trabajan con sus manos.
—Eh, hola —Azren carraspeó—. Quería… informarme. Para un regalo.
—Claro. ¿Es para una ocasión especial?
—No. Es… un reconocimiento. Al esfuerzo, no al resultado.
La frase salió sola. Un eco de la tarjeta que había visto aquella tarde en la clínica. La había llevado grabada sin saberlo, y ahora salía de su boca como si fuera suya.
Del otro lado, un silencio. Más largo de lo normal.
—Suena a un encargo muy personal —dijo la voz. Ahora había algo en ella. Curiosidad contenida. Como si hubiera reconocido algo en esas palabras—. Trabajamos con cita previa. Podría recibirlo el jueves por la tarde en el estudio. ¿Le parece bien?
—Sí. Sí, perfecto.
Azren apuntó la dirección en un papel. Colgó. El pulso le latía en las sienes, en el cuello, en las yemas de los dedos.
No iría, claro. Era una locura. Presentarse en el taller de un desconocido solo porque sospechaba que era el ex de Caeleen. ¿Con qué excusa? ¿Qué iba a decir? Hola, soy el tipo que te vio recibir unas flores en una clínica y no he podido dejar de pensar en ti desde entonces.
Pero saber dónde estaba le daba algo. Una sensación extraña. Como si ya no fuera completamente invisible. Como si el mundo tuviera un lugar más que podía localizar en un mapa.
...--------♡--------...
Dos días después, Leo entró a su departamento sin llamar. Traía una carpeta bajo el brazo y ojeras hasta la barbilla. Cuidar a su sobrina reciente le sentaba como un tiro, pero se empeñaba en sonreír.
—Toma. Medicina para tu encierro.
Azren abrió la carpeta. Dentro, dos invitaciones. Papel grueso, letras doradas, un logo minimalista.
Inauguración de la Galería Blanc.
—Viene un coleccionista importante, un tipo que me debe un favor —Leo se dejó caer en el sofá como si le hubieran cortado las piernas—. No puedo ir, la cría no duerme. Ni dos horas seguidas. Estoy hecho puré. Ve tú. Llévate a alguien. O ve solo. Pero sal de aquí.
Azren miró las tarjetas. Una gala de arte. El tipo de evento al que un restaurador llamado "D" podría ser invitado.
El corazón le dio un vuelco. Lo disimuló mal.
—No sé, Leo, eso no es lo mío… La gente fina, los canapés de caviar, hablar de arte sin saber de arte…
—Ve.
Esa mirada. La de quirófano. La de "sé que vas a hacer una tontería, pero hazla fuera de mi vista para no tener que sentirme responsable".
Azren suspiró.
—Vale. Iré.
—Bien. Y si ves a alguien interesante, saluda de mi parte.
Leo se levantó con esfuerzo. En la puerta, se volvió.
—Y Azren… —dudó—. Si lo ves a él, no hagas nada raro. Solo… respira. Y recuerda que eres un profesor de literatura, no un detective ni un espía. ¿Bien?
—Bien.
La puerta se cerró. Azren se quedó mirando las invitaciones.
Si ves a él.
No hacía falta especificar quién era "él".
...--------♡--------...
El día de la inauguración, Azren se puso el traje que guardaba para ocasiones especiales. Bodas de conocidos lejanos. Entrevistas de trabajo que nunca llegaban. Funerales de familiares con los que no hablaba.
Quedaba un poco holgado. Había perdido peso desde la última vez que lo usó. Demasiadas noches sin cenar, demasiado café frío, demasiado Caeleen dándole vueltas en la cabeza.
Pero era lo que había. Se miró al espejo. No estaba mal. Un poco pálido, un poco desencajado, pero el traje disimulaba. Paró un taxi en la esquina y dio la dirección.
Durante el trayecto, miró por la ventana sin ver nada. Solo sentía el pulso en las sienes. Tac, tac, tac. Como un metrónomo desafinado.
El edificio de la galería era imponente. Mármol blanco, luces cálidas que lo bañaban todo sin dejar sombras, una alfombra roja que no era roja sino burdeos, para que no pareciera de estreno. Gente elegante entraba y salía, besos en el aire, risas medidas, copas de champán que nadie se bebía del todo.
Azren cruzó el umbral con la sensación de ser un intruso. El aire olía a dinero y a ambición disfrazada de cultura. A perfume caro y a conversaciones que no llevaban a ninguna parte.
Recorrió las salas con una copa de champán que no probó. Escaneaba a cada hombre delgado, a cada rostro pálido, a cada cabello rubio ceniza. Nada. Solo gente guapa hablando de cosas que a él no le importaban.
Hasta que llegó a una sala lateral. Más tranquila. Menos gente. Un cartel en la entrada: "Nuevas Técnicas en Restauración".
Y allí, en un pedestal iluminado como una reliquia, vio un jarrón.
Porcelana blanca. Resquebrajada en una docena de fragmentos. Pero en lugar de estar rota, estaba unida. Venas de oro líquido recorrían las grietas, convirtiendo la herida en parte de la belleza. Como si la rotura no fuera un final, sino un principio.
Azren se acercó. La placa decía:
"Renacimiento II"
Técnica: Kintsugi
Artista restaurador: Darius Sotelo
Cortesía de Kintsugi & Pétalos
El corazón le dio un vuelco. Darius.
Ese era el nombre del fantasma.
Y entonces, como si algo tirara de su mirada, la apartó del jarrón hacia el hombre que estaba de pie a su lado.
Era él.
Más delgado que en la foto de la web. Más pálido. El esmoquin parecía prestado, como si no fuera su ropa, como si se lo hubiera puesto porque no le quedaba otra. El cabello rubio ceniza, recogido de cualquier manera, con mechones sueltos que le caían sobre la frente.
Pero era la calma de su rostro lo que hipnotizaba.
Una belleza serena. De las que no piden permiso para existir. De las que simplemente están. Sin aspavientos. Sin necesidad de demostrar nada. Los ojos fijos en las grietas doradas del jarrón, como si mirara algo que solo él podía ver. Algo que había puesto allí y que nadie más entendía.
Así que este era el fantasma. El de las flores. El que hacía temblar a Caeleen. El que había dejado un hueco con forma de persona en medio del pecho de la estrella.
Azren lo estudió. Devoró cada detalle. La línea de la mandíbula, suave pero definida. La curva del labio, apenas esbozada en algo que podía ser tristeza o paz. La forma en que sostenía su copa, sin beber, solo sujetándola, como si necesitara ocupar las manos en algo.
Esa belleza tranquila y devastadora, que no necesitaba gestos ni palabras para llenar el espacio. Que simplemente estaba, y con eso bastaba.
El fantasma tenía rostro. Y era hermoso de una manera que dolía.
Un movimiento brusco en la periferia lo distrajo.
Al otro lado de la sala, rodeado de gente, estaba Caeleen.
Imposible no mirarlo. Imposible no sentir su presencia aunque estuvieras a cincuenta metros. Algo en él tiraba de la atención como un imán. Los hombros anchos bajo el esmoquin perfectamente cortado. La forma en que se movía, como si el espacio se abriera a su paso. Los ojos ámbar, profundos, que recorrían la multitud con esa mezcla de arrogancia y alerta.
Sonrisa perfecta de estrella. Saludo aquí, apretón de manos allá, una palabra amable para cada persona que se le acercaba.
Pero sus ojos no sonreían.
Recorrían la sala como un radar. Buscando algo. O alguien.
Y se detuvieron.
En Darius.
El aire se espesó.
La máscara de Caeleen se resquebrajó en un instante. La sonrisa se desvaneció como si nunca hubiera existido. En su lugar, algo crudo. Algo desnudo. Reconocimiento instantáneo. Rabia. Anhelo. Una mezcla tan potente que Azren la sintió como una descarga física, aunque no iba dirigida a él.
Esa era la mirada que había estado buscando. Esa intensidad. Esa conexión.
Pero no era para él. Nunca lo fue.
Darius giró la cabeza como si le hubieran golpeado. Sus ojos azules, serenos, se encontraron con los de Caeleen a través de la distancia.
Y por un segundo, todo se detuvo.
Luego, pánico desnudo cruzó su rostro tranquilo. Negó con la cabeza. Un movimiento mínimo, casi imperceptible. Como si dijera no, no, no.
Y se dio la vuelta.
Se escabulló hacia una terraza lateral. Un espacio oscuro que daba a un jardín de invierno, vacío, ajeno al ruido de la gala.
Caeleen no dudó ni un segundo.
Dejó a su grupo a media palabra. Dejó una sonrisa congelada y un "disculpen" que nadie oyó. Cruzó la sala con pasos largos, apartando a quien se interpusiera. Sin mirarlos. Sin verlos.
Sin verme. Como siempre.
Azren, impulsado por algo que después maldeciría, los siguió.
Se escondió en el umbral de la puerta. A oscuras. Invisible. Voyeur de una tragedia ajena.
Afuera, en el frío silencioso, Darius estaba de espaldas. Los hombros rígidos. La nuca delgada, vulnerable. Las manos colgando a los costados, los dedos ligeramente curvados, como si buscaran algo que agarrar.
Caeleen se detuvo a centímetros de él.
—¿Por qué viniste?
Su voz no era la de la estrella. Era áspera. Rota. Era la voz del hombre de las flores. La que Azren había visto asomarse un segundo en la clínica, cuando leyó la tarjeta y el mundo se le vino abajo.
—Debí saber que estarías —respondió Darius, sin volverse. La voz suave, pero tensa. Como un hilo a punto de romperse—. Fue un error.
—Las flores no fueron un error.
Caeleen dio un paso. Invadió su espacio por completo. Azren podía ver la tensión en su espalda, la forma en que sus manos se cerraban y abrían, como si le costara un esfuerzo enorme no tocar.
—¿Por qué, Darius?
El nombre flotó en el aire helado.
Darius. Ahora tenía nombre. Y voz. Y un rostro que ni siquiera en la huida perdía esa belleza tranquila.
El hombre rubio se volvió.
Ojos azules brillando con furia húmeda. Labios temblorosos. Pero incluso así, incluso roto, esa belleza serena seguía ahí. Como un cuadro al que le ha caído una gota de agua. Sigue siendo hermoso. Solo que ahora duele mirarlo.
—¿Qué quieres que te diga? —su voz era un susurro áspero, como si le costara sacar las palabras—. ¿Que todavía duele? ¿Que cada grieta que reparo me recuerda a las nuestras? ¿Eso te hace sentir mejor?
—Nada se siente bien si no estás tú.
La réplica de Caeleen fue un gruñido bajo. Una verdad tan brutal y simple que a Azren le encogió el estómago.
Eso. Eso era lo que quería oír de él. Esa intensidad. Esa necesidad. Ese "no puedo vivir sin ti" dicho sin decirlo.
Y no era para él. Nunca lo sería.
—Pues no puedo.
Darius sacudió la cabeza. La voz quebrada.
—Lo sabes. Él está dentro. Yo hice una promesa.
—Y yo me hice una promesa a mí mismo —Caeleen dio otro paso. Su rostro, a centímetros del de Darius. La voz, un susurro ronco, desesperado—. Que eras mío. Lo sigues siendo.
Darius intentó zafarse. Un movimiento débil.
—Por favor, no.
Pero Caeleen no soltó. Le agarró el brazo. Con fuerza. Con posesión. Y lo jaló hacia sí.
Y lo besó.
No fue un beso. Fue un asalto. Una tentativa feroz de borrar promesas, distancias, realidades. De recuperar algo que se había perdido pero que ninguno de los dos había dejado de buscar.
Darius se puso rígido. Sus manos empujaron contra su pecho. Un segundo. Dos.
Azren, desde las sombras, vio la guerra en su rostro. Pánico. Deber. Lealtad a alguien que estaba dentro, esperando. Y debajo de todo eso, algo más. Un deseo antiguo y devorador.
El deseo ganó.
Con un gemido ahogado, la resistencia de Darius se quebró. Sus manos dejaron de empujar. Se aferraron a los hombros de Caeleen. Y comenzó a corresponder el beso con la misma ferocidad desesperada.
Caótico. Apasionado. Devastador.
Azren lo vio todo.
La mano de Caeleen hundida en ese cabello rubio. Los dedos de Darius aferrados a la tela del esmoquin como si le fuera la vida en ello. La forma en que sus cuerpos se fundieron, como si nunca hubieran dejado de estar juntos. Como si los meses de distancia no hubieran existido.
Algo en Azren se apagó.
No era solo el dolor de ver al hombre que le quitaba el aliento besando a otro. Era comprender la profundidad de ese beso. La historia que había detrás. La pasión que no se inventa, que no se finge. La posesión absoluta de dos personas que se pertenecen aunque estén separadas.
Un amor que lo definía todo. Un amor del que él estaba, irrevocablemente, excluido.
Y lo peor: ese beso era real. Auténtico.
No como el saludo militar que Caeleen le había dedicado a un fan anónimo. No como la indiferencia con la que lo había tratado en la clínica. No como las portadas de las revistas, las sonrisas para las cámaras, los gestos ensayados.
Esto era verdad.
Darius separó sus labios. Temblando. Jadeando. Los ojos desenfocados, perdidos en algún lugar entre el deseo y el terror.
—No podemos… —murmuró. Sin convicción. Como quien dice algo porque debe decirlo, no porque lo crea.
—Ya lo estamos haciendo.
Caeleen dejó las palabras en sus labios. Pasó el pulgar por el labio inferior de Darius, ahora hinchado. Con una ternura que contrastaba con la ferocidad del beso.
—Y va a volver a pasar. Siempre. Porque esto… —su mirada ardía con una certeza feroz— …esto es lo único real que tenemos.
Darius cerró los ojos. Como si las palabras fueran un latigazo. Como si doleran tanto como el beso había sabido a casa.
Luego, sin mirarlo, se liberó con un movimiento brusco. Dio media vuelta.
Y huyó.
Corrió hacia la puerta de la terraza, ciego a todo. Con una mano en la boca, como si intentara retener el sabor de lo que acababa de pasar. O quizás para no gritar.
Y en su huida, sin verlo, chocó contra Azren.
El impacto fue seco. Darius apenas se tambaleó. Pero Azren, sacado de su trance, perdió el equilibrio. Tropezó con sus propios pies. Cayó de espaldas contra el marco de la puerta.
Un ruido sordo. Torpe. Doloroso.
Por un segundo, todo fue confusión. Darius lo miró. Sus ojos azules, vidriosos, pasaron por encima de la figura en el suelo. Sin registrar. Sin entender. Como si Azren fuera parte del mobiliario, un obstáculo más en su huida.
Luego siguió. Desapareció en la multitud de la galería.
Azren quedó sentado en el suelo. Aturdido. La espalda le dolía donde había golpeado contra el marco. El traje, arrugado. Una manga, medio descosida. El suelo, frío.
Y entonces alzó la vista.
Caeleen estaba aún en la terraza. Mirándolo.
Toda la intensidad que un instante antes estaba concentrada en Darius se volcó sobre él.
Pero no era la misma.
No había pasión. No había anhelo. No había nada de lo que hacía temblar a Darius.
Era una furia fría. Instantánea. Como un puñetazo sin mano.
Sus ojos lo atravesaron. Escrutando su presencia allí, en ese lugar, en ese momento. Evaluando. Juzgando.
Reconocimiento. Sí. Era el mismo de la clínica. El mismo de la ventana. El que miraba. El que siempre estaba mirando.
Pero no había sonrisa. No había saludo. No había nada.
Solo desprecio.
No dijo una palabra. No hizo un gesto. Pero ese silencio fue peor que un grito.
En él, Azren leyó el mensaje con claridad:
Tú no deberías estar aquí. No eres parte de esto. Eres nada.
Y lo peor: tenía razón.
Él era nada. Un fan anónimo con una invitación prestada. Un tipo común que se había colado en una historia que no era la suya. Que había visto algo que no debía ver. Que había sido descubierto en su escondite, como un niño castigado.
Caeleen desvió la mirada. Como si Azren hubiera dejado de existir.
Se ajustó la chaqueta del esmoquin. Recuperó su máscara a medias. Enderezó los hombros. Y se marchó por el otro extremo de la terraza, hacia una salida que Azren no había visto.
Sin mirar atrás.
Azren se incorporó con dificultad. Las rodillas le temblaban. El dolor en la espalda era insignificante comparado con la quemadura de esa mirada.
Había sido testigo del beso más íntimo y desesperado de dos personas que se amaban hasta romperse. Había visto la pasión en estado puro. Había visto a Caeleen sin armadura.
Y la recompensa había sido el desdén puro del hombre que lo protagonizaba.
Salió de la galería tambaleándose. El ruido de la gala era un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua. En la calle, levantó la mano. Un taxi se detuvo.
Dio su dirección sin pensar.
Durante el trayecto, miró su reflejo en la ventana. Un rostro común. Manchado de polvo del suelo. Ojos cansados. Labios apretados.
Testigo accidental y no deseado de un amor que era una fuerza de la naturaleza.
Comprendió, con una claridad que lo dejó vacío, que no solo había perdido cualquier esperanza absurda que pudiera haber tenido.
Había sido visto. Y en ese ser visto, había sido anulado.
Caeleen ahora sabía que él existía. Y esa existencia era, para él, una molestia. Nada más. Un insecto en el lugar equivocado. Algo que apartar de la vista y olvidar.
Darius ya no era el fantasma. Era el hombre del beso. El hombre por el que Caeleen se rompía. Esa belleza tranquila y devastadora que había visto en la galería, ese rostro que ni siquiera en la huida perdía su serenidad, era lo que Caeleen perseguía. Lo que siempre perseguiría.
Y Caeleen ahora sabía que él había estado allí. Husmeando en los bordes de su tormenta. Y lo que había visto en sus ojos no era curiosidad, ni interés, ni nada.
Era la fría indiferencia que se tiene por un mueble en el lugar equivocado.
Y sin embargo.
Azren no podía dejar de pensar en ese beso. En esa intensidad. En ese "esto es lo único real que tenemos".
Porque él también quería ser real para alguien. Aunque ese alguien nunca lo mirara. Aunque ese alguien lo hubiera mirado una sola vez y hubiera visto basura.
Quería que alguien lo besara así. Que alguien lo necesitara así. Que alguien dijera su nombre como Caeleen había dicho "Darius". Como si fuera la única palabra que importara.
Esa noche, en su departamento vacío, con el traje arrugado en el suelo y la espalda amoratada, supo que había cruzado una línea.
Ya no era solo un espectador. Era un intruso marcado.
No tenía idea de qué haría Caeleen con ese conocimiento. Si lo olvidaría, si lo buscaría, si haría algo.
Pero el miedo que le provocaba era tan electrizante como la fascinación que sentía.
Porque por primera vez, Caeleen sabía que existía.
Y aunque esa mirada hubiera sido de desprecio, era una mirada.
Y eso, de alguna manera retorcida, era más de lo que había tenido antes.