Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 5
El sonido la despertó.
No fue el tic-tac del reloj, sino un murmullo, como si alguien pronunciara su nombre desde muy lejos.
Isolda se incorporó lentamente. El departamento estaba en penumbra, apenas iluminado por la luz que entraba desde la calle. Tomás dormía en el sofá, con los planos desordenados sobre el pecho, y el reloj… el reloj marcaba una hora que no existía. Las manecillas giraban hacia atrás.
—No —susurró ella, acercándose—. Aún no.
Pero el tiempo no le pidió permiso.
Por un instante, las paredes del apartamento se desvanecieron. Frente a ella, el salón del trono reapareció, intacto. Las antorchas encendidas, el eco de los pasos de los guardias, y su consejero, Lord Merek, inclinándose ante ella con una copa de vino en la mano.
—Majestad —decía él—, por el bien del reino.
Isolda dio un paso atrás.
El reloj seguía girando.
—Despierta —oyó una voz distinta, más cercana, más real.
Tomás.
La sostenía por los hombros, confundido.
—Isolda, ¿qué pasa?
Ella respiró hondo. El salón desapareció. Estaban de nuevo en el presente, con el sonido de un auto pasando por la avenida.
—El reloj… está intentando abrir el paso —murmuró ella.
—¿Abrirlo hacia dónde? —preguntó él, sin soltarla.
—Hacia el momento en que todo terminó.
El reloj dio una última vuelta y se detuvo.
En su esfera, el vidrio se había agrietado, y en el reflejo, Tomás creyó ver un rostro que no era el suyo: el mismo hombre del retrato, mirándolo con ojos oscuros y un gesto de desprecio antiguo.
—Lo vi —dijo Tomás en voz baja—. Ese hombre… el del cuadro.
Isolda asintió.
—Merek. El consejero que me traicionó.
Por primera vez, su tono no fue de ira, sino de miedo.
Tomás se apartó un paso, intentando asimilarlo todo.
—¿Estás diciendo que… él también puede estar aquí?
—No —respondió ella—. Digo que está intentando venir.
Un silencio tenso los envolvió. Afuera, un perro ladró; en la ventana, las luces de los autos cruzaban como luciérnagas modernas.
Isolda bajó la mirada hacia el reloj, con el ceño fruncido.
Tomás se acercó despacio, con esa mezcla de razón e instinto que lo caracterizaba.
—Bueno —dijo—, si ese tipo viene del pasado, no tendrá ni idea de cómo cruzar una avenida sin semáforo. Eso nos da ventaja.
Isolda lo miró, sin saber si reír o llorar.
—No entiendes el peligro.
—No, y tú tampoco entiendes el siglo veintiuno —replicó él, suavemente—. Aquí los traidores se bloquean en redes sociales.
La reina soltó una risa nerviosa, breve, que se convirtió en un suspiro.
Él sonrió al verla reír; era la primera vez desde que la conocía que su miedo se transformaba en algo humano, cotidiano.
—Tienes frío —dijo Tomás, y fue por una manta.
—No es el frío —susurró ella—. Es la sensación de haber dejado algo inconcluso… algo que insiste en regresar.
Tomás se sentó a su lado. La manta sobre ambos. Ella miró el reloj otra vez, mientras él la observaba de reojo, tratando de entenderla más allá de toda lógica.
—Si ese portal se abre otra vez —dijo ella—, podría llevarme de vuelta.
—¿Y quieres volver?
Isolda tardó en responder.
—Allá era una reina. Aquí… no sé quién soy.
Tomás asintió, sin mirarla.
—Aquí eres la mujer que cambió mi vida en tres semanas. No sé si eso te sirve, pero para mí es suficiente título.
Ella sonrió, apenas.
—Hablas como si no te diera miedo tener a una reina en tu sofá.
—Me da más miedo que decidas irte —admitió él—. Porque si lo haces, no habrá forma de seguirte.
La luz del amanecer empezaba a colarse por la ventana.
Isolda cerró los ojos, sintiendo el calor de su hombro junto al de él, y por primera vez desde que cruzó el portal, no pensó en huir.
Hasta que el reloj, sobre la mesa, volvió a emitir un tic-tac.
Lento. Preciso. Como si el tiempo, en lugar de avanzar, esperara su decisión.