André es un beta bastante trabajador y soñador, pero que la vida no le ha sonreído jamás, desde muy chico tuvo que empezar a trabajar para cuidar de su madre y hermana menor, arreglárselas con varios trabajos para poder pagar las deudas de vicios que les dejó su difunto padre.
Además de esto por su manera de ser y personalidad complicada se mete en muchos problemas.
Tras salvar a un extraño de unos matones su mundo como lo conoce se viene abajo, no solo es la clase de persona que él más odia, sino se ve obligado a quedarse a su lado por el bien de los que ama, además ¿le empieza a gustar?
La llegada de este desconocido, pondrá más de una cosa de cabeza para este beta.
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Insuficiente٭
Dos años habían pasado desde que los mellizos descubrieron su género secundario.
Ahora, después de un largo día laboral, André regresaba a casa. Había comida preparada desde la mañana, así que se sirvió y comió sin prisas. Luego fue a darse un baño y, cuando terminaba de vestirse, oyó la voz de su hermana.
Ese día Nay recibiría los resultados de su aceptación en la universidad. André había estado trabajando el doble de lo habitual para reunir el dinero necesario cuando hiciera falta. Por eso, apenas dormía dos horas al día… precisamente las dos que estaba usando en ese momento.
Bajó las escaleras con rapidez.
—Hermana, cuenta si pasas… —empezó a decir, pero se quedó de piedra.
Su semblante relajado y sonriente desapareció por completo.
—¿Qué demonios te hiciste en el cuerpo, Nay? —exclamó, horrorizado.
Ella, en cambio, sonrió tan fresca y natural como siempre, mostrando los tatuajes que ahora cubrían parte de su brazo y se extendían hasta el cuello.
—¿Te gustan? —preguntó con orgullo —¿Verdad que se me ven increíbles? Me los hizo Abel.
—¿En qué demonios estabas pensando? —replicó André, alterado —Estás por entrar a la universidad. ¿Sabes cuánta gente critica los tatuajes? ¡Serás doctora, por Dios!
—Esos son prejuicios tontos —respondió Nay con tranquilidad —Además, tú no puedes decirme nada. Tienes el doble que yo.
—Sabes por qué los tengo, y no es lo mismo —gruñó él —Los míos no se ven.
—Pues ya no puedes hacer nada, hermanito.
—Claro que hay algo que puedo hacer —dijo André con voz peligrosa.
Salió disparado, pasando junto a su hermana y la amiga de esta como alma que lleva el diablo.
—¿A dónde crees que vas, André? —le gritó Nay, siguiéndolo.
—Voy a matar al infeliz de Abel.
—¿¡Qué!? Espera. Ya soy mayor de edad. Yo le dije que lo quería.
—Si de verdad fuera un amigo y le importaras, habría dicho que no —sentenció André.
Saltó desde el balcón como si nada. Nay bajó las escaleras corriendo para alcanzarlo.
Estaban muy cerca del local de Abel. Allí se realizaban todo tipo de tatuajes y piercings; además, había un taller en el primer piso y lo que parecía un bar justo al lado.
Abel los vio a lo lejos y se acercó con una sonrisa.
—Creí que estarías durmiendo. ¿No acabas de salir del traba…? —se interrumpió al esquivar el golpe furioso de André por pura suerte.
—¿Qué demonios te pasa? —reclamó —Esto no fue un saludo habitual.
—¡Maldito infeliz! —rugió André —¿Cómo te atreviste a tatuar a Nay?
—Oye, oye, cálmate —respondió Abel levantando las manos —Ella lo quería. Además, solo es tinta.
—Vete al diablo. Puedes tatuar a quien quieras, pero no a mi hermana, desgraciado…
—¡Quítate, Nay! —advirtió, listo para atacar.
—¿Por qué siempre eres así? —intervino ella —Solo era una broma. No es permanente.
André se detuvo en seco.
—¿Entonces se borrará?
—Por supuesto —confirmó Abel —No iba a hacerle un tatuaje permanente sabiendo cómo eres. Todavía quiero vivir.
—Debieron empezar por ahí.
—Si hubiera sabido que te pondrías así, te lo decía de inmediato —bufó Nay —Eres el colmo, André.
—¿Tan poca confianza me tienes? —preguntó Abel, rascándose la cabeza —Creí que éramos amigos.
—Estás loco por Nay —replicó André —y haces lo que sea para complacerla. Y ella no es precisamente la más sensata.
—Para que lo sepas —dijo Nay con firmeza —le pedí esto para celebrar que fui aprobada en la universidad.
Por un breve instante, la felicidad brilló en el rostro del beta.
—Y también anoche le pedí a Nay que fuera mi novia —añadió Abel —y aceptó.
—Eso nunca —gruñó André —Tú y mi hermana jamás.
—¿Por qué no? —replicó ella —Me gusta Abel y yo a él. Además, mamá dijo que podía.
—Soy tu mejor amigo, André —insistió Abel —¿Quién podría ser mejor cuñado que yo?
—Cualquiera que no se vaya tras la primera falda después de la primera copa.
—¡Cállate! ¡Ya no soy así!
—¿Y tú, Nay? —continuó André —¿No decías que odiabas a los perros? Este es el más grande de todos. Te va a lastimar.
—Eso no es verdad —respondió Abel con seriedad —He cambiado. La gente cambia por amor, y yo amo a Nay.
André miró a su amigo con incredulidad y luego a su hermana.
—¿De verdad elegiste a este?
—De verdad lo amo.
—Bien —aceptó él finalmente —Pero si te atreves a hacerla llorar, te vas a arrepentir, Abel.
—Lo sé —respondió el alfa —Y gracias por confiar en mí.
—Ahora me iré a dormir —dijo André —Tu sala está vacía, ¿verdad?
—¿Y por qué no vas a tu casa?
—Estoy demasiado cansado y perdería minutos valiosos de sueño.
—Ahora que soy el novio de Nay, ayudaré a completar su colegiatura —propuso Abel —Así podrás descansar más.
—Ni lo sueñes —cortó André —Si quieres, llévala a comer o cómprale obsequios. Lo demás es mi responsabilidad. Todavía no se han casado.
—Es muy pronto para hablar de matrimonio —murmuró Nay.
—No, no lo es —replicó André —Este idiota tiene que respetarte hasta que se casen, o el día que te deje, yo se las corto.
—¿Y si mejor te vas a dormir? —sugirió Abel.
André subió las escaleras y se acostó en la sala, donde su amigo solía hacer esperar a los clientes. Había un sofá muy cómodo y buena ventilación.
Nay y Abel subieron un rato después. Él aún estaba agendando clientes.
—¿Ya vas a terminar? —preguntó Nay —Tengo hambre.
—Sí, ya casi —respondió Abel —Por esperarme, te llevaré a comer algo delicioso… ¿Y esto?
Ella se acercó a mirar la pantalla. El alfa revisaba algunos correos.
—Hay demasiados —observó Nay —¿Hace cuánto no revisas esto?
—Tenía las notificaciones desactivadas. Esta no es mi cuenta personal, es para otras cosas.
—¿“sr.imposible”? —leyó ella —¿Qué nombre es ese?
—Uso esta cuenta para subir los videos de los retos de André y compartirlos entre nosotros.
—No me recuerdes eso —dijo Nay, tensa —Casi me muero cuando lo supe. ¿Cómo pudiste apoyarlo en algo tan peligroso?
—André siempre lo hacía, incluso cuando no ganaba nada —se defendió Abel —Es su pasatiempo. Además, ese dinero los ayudaba mucho.
—Aun así, no es la solución —replicó ella —¿Sabes cómo me sentí cuando creí que había muerto?
—André no morirá tan fácil, es como un…
—Mejor no digas nada —lo interrumpió —Y elimina esa cuenta. No quiero videos peligrosos de mi hermano circulando por ahí.
—Tranquila —aseguró Abel —Solo nuestros amigos los vieron. Eran publicaciones privadas. Además, hace meses André los borró todos.
—Menos mal… —se detuvo —Espera, aquí dice diez millones. ¿Cómo puede tener diez millones de vistas un video privado que ya no existe?
Abel tuvo que explicarlo. El último reto de André lo había subido de forma privada, pero no era difícil adivinar que alguno de sus amigos lo compartió más de una vez. Uno incluso tenía acceso a la cuenta.
Habían pasado dos meses desde entonces, y el video se había vuelto extremadamente popular. No solo eso: había miles de personas pidiendo más contenido y una suma considerable esperando ser reclamada.
—¿Estás diciendo que les están pagando por esto? —preguntó Nay, incrédula.
—Así es —respondió Abel —Y alcanza para pagar dos o hasta tres veces tu matrícula.
—No lo puedo creer…
—Creo que podríamos…
—Si dices que pondrás a mi hermano a hacer esos retos otra vez, terminamos —advirtió ella con firmeza.
—Tranquila —respondió Abel —Tengo respaldos de los otros videos.
—Si André los eliminó es porque no quería que los subieras.
—Cuando lo sepa ya será tarde —dijo él —Además, en ninguno se ve su rostro. Si los aceptan como este, podrían pagarles a esos tipos todo lo que les deben muy pronto.
—¿En verdad?
—Confía en mí —insistió —A la gente le gustan estos retos. Ese dinero los ayuda, y André no se expone más.
Nay dudó unos segundos.
—Está bien.