A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 35
Capítulo 35: Cuatro sombras
La ceremonia de apertura del semestre estaba programada para las diez de la mañana en el Auditorio Alfonso Caso. Valentina llegó a las nueve y cuarenta, con un vestido azul marino que Julia le había prestado y los nervios de alguien que sabe que el día va a ser largo y difícil y probablemente doloroso.
Mateo la estaba esperando en el patio central, sentado en el borde de una jardinera con dos vasos de café. Le tendió uno cuando la vio.
—Americano con tres de azúcar —dijo—. Como te gusta.
—Gracias.
Valentina tomó el café. El primer sorbo le calentó la garganta y los nervios. Se sentaron juntos en la jardinera, viendo cómo los estudiantes cruzaban el patio en grupos, con sus togas académicas prestadas y sus invitaciones dobladas en los bolsillos.
—Valentina —dijo Mateo.
Algo en su tono la hizo girar la cabeza. Mateo no estaba mirando el campus. La estaba mirando a ella. Con esa intensidad que solo había mostrado una vez antes —en el Beetle, la noche de la lágrima.
—Quiero decirte algo —dijo—. Y quiero que me escuches antes de responder.
—Mateo...
—Escúchame. —Tragó—. No te estoy pidiendo que me elijas ahora. No te estoy pidiendo que dejes a nadie ni que sientas algo que no sientes. Solo necesito que sepas que estoy aquí. Que no me voy a ir. Que cuando todos los demás te piden cosas —lealtad, obediencia, secretos, sacrificios—, yo solo te pido una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que me elijas a mí.
Las palabras cayeron entre ellos como monedas en un pozo. Valentina lo miró. La cara de Mateo era abierta, vulnerable, sin ninguna de las capas de estrategia y cálculo que los otros hombres de su vida usaban como armadura. Mateo Reyes estaba sentado en una jardinera de la UNAM con un café en la mano y el corazón en la otra, ofreciéndoselo como se ofrece algo frágil que se sabe que puede romperse.
—Mateo, yo...
—No respondas ahora. Solo quería que lo supieras.
Se puso de pie. Le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Valentina la tomó. Y en ese momento exacto —con la mano de Mateo en la suya y el sol de la mañana dibujándoles las sombras en el suelo—, tres cosas sucedieron al mismo tiempo.
Santiago apareció por la izquierda. Caminaba desde la Facultad de Filosofía con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa y la postura de un hombre que ha venido a reclamar algo que considera suyo.
Sebastián apareció por la derecha. Salió de un coche negro estacionado junto a la escalinata, con un traje oscuro y la expresión de piedra pulida que usaba en las juntas de consejo, flanqueado por dos guardaespaldas que se quedaron junto al vehículo.
Alejandro estaba frente a ellos. De pie en la escalinata del auditorio, con una carpeta bajo el brazo y los lentes puestos, observando la escena con la quietud de un biólogo que estudia el comportamiento de especímenes en un laboratorio.
Cuatro hombres. Cuatro direcciones. Un solo centro: Valentina.
La presión fue instantánea y física, como si el aire del patio se hubiera vuelto sólido alrededor de ella. Santiago la miraba con los ojos oscuros y posesivos del hombre que había dormido en su cama tres noches atrás. Sebastián la miraba con la intensidad controlada de quien acaba de revelar que le salvó la vida y espera que eso signifique algo. Alejandro la miraba con la calma analítica de quien evalúa si su inversión sigue dando rendimiento. Y Mateo —Mateo todavía le sostenía la mano, ajeno a lo que los otros tres representaban, o tal vez perfectamente consciente de ello y sin importarle.
Valentina sintió que el pecho se le cerraba. No como un ataque de pánico sino como algo más específico: la sensación de ser mirada por demasiados ojos que querían cosas distintas de ella, ojos que la veían no como una persona sino como un territorio en disputa.
—Val —dijo Julia, apareciendo a su lado como si hubiera brotado del suelo—. Vámonos.
Julia la tomó del brazo y la jaló hacia la entrada lateral del auditorio. Valentina soltó la mano de Mateo. Caminó con Julia entre los estudiantes que se dirigían a la ceremonia, sin mirar atrás, porque mirar atrás significaba elegir a quién mirar y ella no podía elegir porque elegir a uno significaba perder a los otros tres y perder significaba consecuencias que no podía calcular.
Dentro del auditorio, el protocolo organizó lo que afuera era caos. Los estudiantes ocuparon la platea. Los profesores se sentaron en la primera fila del balcón. Los invitados especiales y patrocinadores fueron conducidos al palco lateral.
Valentina se sentó entre Julia y una chica que no conocía. Tres filas adelante, Mateo se sentó con sus compañeros de Trabajo Social. En el palco de la derecha, Sebastián ocupó su lugar como representante de Grupo Montero, uno de los principales patrocinadores de la universidad. En la sección de estudiantes destacados, Santiago se sentó como delegado del programa de becas —la beca que él mismo había creado con dinero de la fundación que usaba como fachada.
Y en el estrado, detrás del podio de madera, Alejandro Reyes se ajustó los lentes y abrió su carpeta para dar el discurso de bienvenida como miembro del Consejo Universitario.
Cuatro hombres en cuatro posiciones del auditorio. Todos mirando la misma fila. El mismo asiento. La misma chica con vestido azul marino que no levantaba la vista del programa impreso que sostenía entre las manos porque sabía —sabía con la certeza de quien ha aprendido a leer las miradas como otros leen los contratos— que cada par de ojos en ese auditorio estaba buscándola.
Alejandro habló durante veinte minutos. Su discurso fue brillante, articulado, lleno de referencias a la justicia social y a la educación como herramienta de transformación. Los estudiantes aplaudieron. Los profesores asintieron. Valentina escuchó cada palabra sabiendo que el hombre que las pronunciaba había elegido a una niña de ocho años en un orfanato y la había cultivado durante diez años para convertirla en un arma contra la familia que la adoptó.
Sebastián no aplaudió. Miró a Alejandro con la quietud de un depredador que reconoce a otro depredador en su territorio.
Santiago aplaudió tres veces. La mínima cantidad aceptable. Su mirada no estaba en Alejandro sino en la nuca de Valentina, cinco filas adelante.
Mateo aplaudió con entusiasmo. Era el único de los cuatro que no estaba pensando en poder ni en control ni en estrategia. Estaba pensando en una chica a la que le había pedido que lo eligiera y que no le había dicho que no.
La ceremonia terminó a las doce. Los estudiantes se levantaron. El auditorio se vació con la lentitud de una sala de cine después de los créditos. Julia se puso de pie y estiró los brazos.
—Necesito un baño —dijo Valentina.
—Te acompaño.
—No. Voy sola. Te veo afuera.
El baño de mujeres del auditorio estaba al fondo del pasillo, detrás de las puertas de servicio. Valentina entró. Se miró en el espejo. Su cara estaba pálida y sus ojos tenían el brillo opaco de alguien que no durmió lo suficiente y que ha pasado dos horas conteniendo la respiración. Se mojó las manos con agua fría. Se las pasó por la nuca.
Respiró.
La puerta del baño se abrió.
Alejandro Reyes entró como quien entra a su propia oficina —sin tocar, sin pedir permiso, sin la menor conciencia de que estaba cruzando una frontera que los hombres de cualquier edad deberían respetar.
—Los baños de mujeres no son lugar para esconderse de mí —dijo.
Valentina se quedó inmóvil. El agua del grifo seguía corriendo. El sonido llenaba el espacio de azulejos blancos como un ruido blanco que no podía amortiguar la tensión que acababa de entrar por la puerta.
—¿Qué haces aquí? —dijo Valentina.
—Vine a recordarte algo —dijo Alejandro—. Nuestra alianza tiene condiciones. Y una de esas condiciones es que Mateo no es parte de la ecuación.
—No mencionaste a Mateo en nuestro acuerdo.
—No hacía falta. —Alejandro se recargó contra la pared de azulejos. Sus lentes reflejaban la luz fluorescente del baño—. Mi hijo no sabe lo que eres, Valentina. No sabe lo que has hecho. Y quiero que siga así.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo de padre.
—No eres mi padre.
—No. Pero soy responsable de él. De lo que sabe y de lo que no sabe. De lo que lo protege y de lo que lo destruiría. —Alejandro se quitó los lentes y los limpió con el pañuelo de su bolsillo, un gesto que Valentina había visto cientos de veces y que ahora reconocía como lo que era: un mecanismo para ganar tiempo mientras organizaba las palabras que venían—. Mateo cree que el mundo funciona con reglas. Que la bondad tiene recompensa. Que las personas que quiere son incapaces de hacer lo que tú y yo sabemos que son capaces de hacer. Si se acerca demasiado a ti, va a descubrir que nada de eso es cierto. Y eso lo va a romper.
—Quizá merece decidir por sí mismo si se rompe o no.
—No. —Alejandro la miró por encima de los lentes—. Soy algo peor que tu padre, Valentina. Soy el hombre que te hizo.
La puerta del baño se abrió otra vez. Una estudiante entró, vio a Alejandro, abrió los ojos como platos y retrocedió al pasillo murmurando una disculpa.
Valentina cerró el grifo.
—¿Terminaste? —dijo.
—Terminé.
—Entonces sal de aquí antes de que alguien saque una conclusión peor de la que ya sacaron.
Alejandro salió sin prisa. La puerta se cerró detrás de él con un susurro de aire. Valentina se apoyó en el lavabo. Sus manos temblaban. No de miedo —de furia. La furia específica de una chica de dieciocho años a la que cuatro hombres diferentes le han dicho en el mismo día lo que debe hacer, con quién debe estar y quién es.
Se secó las manos. Se enderezó. Salió al pasillo.
Julia la esperaba afuera con los brazos cruzados y cara de preocupación.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Mientes fatal, Val.
Valentina casi sonrió.
—Lo sé.