Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 34
El salón seguía bullendo de música y carcajadas de los invitados. Pero en medio de aquella algarabía, Santiago comenzaba a inquietarse. Su mirada llevaba varios minutos recorriendo cada rincón del recinto. Valentina no aparecía por ninguna parte.
Al principio pensó que quizá había ido al baño o estaba conversando con algún conocido. Pero conforme pasaban los minutos, el desasosiego en su pecho crecía.
¿Dónde se metió Valentina?, murmuró para sí.
Uno de los abogados con los que había estado conversando se volvió hacia él. —¿A quién buscas, Santiago?
—A Valentina. Llevo un rato sin verla.
—Tal vez fue a buscar algo de comer. A las mujeres les encanta probar los postres en las fiestas. Sobre todo en las bodas, que siempre hay de todo.
Santiago se disculpó un momento y caminó hacia la zona de postres. Pero Valentina no estaba ahí. Después recorrió el salón entero. Tampoco. Valentina no estaba en ningún lado.
Fue entonces cuando una mujer de mediana edad se le acercó. —¿Santiago?
Santiago se volvió de inmediato. —Ah, dígame.
—Valentina se sentía mareada y tenía el cuerpo caliente —explicó la mujer—. Una mesera del hotel la ayudó a subir a una habitación para que descansara.
—¿Una habitación? —Santiago frunció el ceño al instante.
—Sí. Dijo que la familia de los novios había reservado algunas para los invitados.
Un presentimiento oscuro le atenazó el pecho. Algo no le cuadraba.
—¿En qué piso, sabe usted?
—Ay, eso no lo sé.
Santiago se movió con rapidez hacia la salida del salón. Sus pasos se aceleraban con cada segundo. La mente se le empezaba a nublar.
Valentina se sentía mal. Y él había dejado que se marchara con una desconocida.
¿Cómo no me di cuenta antes?, se reprochó, furioso consigo mismo.
Mientras caminaba a toda prisa hacia la recepción del hotel, Santiago se topó por casualidad con Don Alfredo, el padre del novio.
—¡Eh, Santiago! —lo saludó el hombre con cordialidad.
La expresión tensa de Santiago lo desconcertó de inmediato. —¿Qué te pasa, muchacho?
—Don Alfredo, necesito preguntarle algo. Las habitaciones del hotel para los invitados, ¿en qué piso están?
Don Alfredo lo miró confundido. —¿Habitaciones para invitados?
—Sí, me dijeron que su familia dispuso unas habitaciones.
Don Alfredo frunció el ceño. —Mira, yo solo reservé unas cuantas para los parientes que vinieron de fuera de la ciudad.
El corazón de Santiago se disparó. —¿Cómo dice?
—No preparamos ninguna habitación especial para los invitados en general.
El rostro de Santiago palideció al instante. Un presentimiento atroz le golpeó el pecho con toda su fuerza. Alguien se había llevado a Valentina. Y él no sabía dónde estaba.
—Don Alfredo —llamó Santiago con la voz convertida en un hilo de acero—. Creo que algo anda muy mal.
Don Alfredo se puso serio de inmediato al ver la expresión de Santiago. —¿Qué ocurre exactamente?
Sin perder un segundo más, Santiago le explicó la situación de Valentina en pocas palabras.
El rostro de Don Alfredo mudó al pánico. —¡Ven conmigo, rápido!
Los dos se dirigieron a la sala de seguridad del hotel. Santiago ya no podía contenerse. Tenía los puños apretados desde hacía rato.
—¡Pongan la grabación de las cámaras del salón, ya! —ordenó Don Alfredo al personal de seguridad.
Los empleados del hotel, al ver la urgencia de ambos, se pusieron en marcha de inmediato. Las imágenes comenzaron a correr. Los primeros segundos solo mostraban invitados yendo y viniendo.
Hasta que Santiago vio a Valentina. La mujer se veía visiblemente debilitada mientras una mesera la sostenía del brazo camino al ascensor.
—¡Alto! —exclamó Santiago.
La imagen se amplió. Aunque la mesera llevaba lentes, Santiago percibió algo extraño de inmediato.
—Valentina parece inconsciente.
El ascensor en la grabación se detuvo en el quinto piso. Santiago giró sobre sus talones al instante.
—¡Voy para allá!
—¡Llévate a los de seguridad! —gritó Don Alfredo.
Pero Santiago ya había echado a correr hacia el ascensor. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que le costaba respirar. La cabeza se le llenaba de imágenes siniestras. Si algo le pasaba a Valentina, jamás se lo perdonaría.
El ascensor parecía avanzar con una lentitud insoportable. Santiago no dejaba de presionar el botón del quinto piso, con la mandíbula contraída.
Cuando las puertas se abrieron al fin, se le desorbitaron los ojos. Al fondo del pasillo del hotel, Valentina y Lorena forcejeaban, jalándose del cabello la una a la otra.
Valentina se veía al borde del colapso. Lorena, en cambio, parecía una mujer fuera de sí.
—¡Suéltame! —gritó Valentina, desesperada.
—¡Tienes que pagar! —aulló Lorena, histérica.
—¡Lorena! —El bramido de Santiago retumbó por todo el pasillo.
Las dos mujeres se volvieron al mismo tiempo. El rostro de Valentina se transformó al instante en una mezcla de alivio y pánico.
—¡Santiago!
Valentina corrió tambaleándose hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas. El cuerpo le temblaba sin control.
—Quiso tenderme una trampa —dijo Valentina con la voz quebrada—. Iba a entregarme a unos matones. Dijo que tenía que... que tenía que atenderlos.
Aquellas palabras le hicieron hervir la sangre a Santiago. La mirada se le oscureció al posarse sobre Lorena.
—¡¿Desgraciada?! —siseó Santiago, rebosante de furia.
Lorena soltó una risa torcida. —¿Qué pasa? ¿Te da miedo que le arruinen la mercancía?
No había terminado de hablar cuando la mano de Santiago le descargó un golpe seco en la nuca que la hizo desplomarse, inconsciente.
Valentina se sobresaltó al presenciar la ira de Santiago. El hombre arrastró el cuerpo de Lorena al interior de la habitación y la dejó caer sin miramientos sobre la cama.
¡PLAM!
La puerta se cerró de un portazo. Santiago respiraba agitado, conteniendo la rabia a duras penas. Pero unos segundos después, toda su atención volvió a Valentina.
La mujer estaba recargada contra la pared, respirando de forma errática. Tenía el rostro encendido, el cuerpo le temblaba y la mirada se le desenfocaba poco a poco.
—Santiago —susurró Valentina, débilmente.
Santiago se acercó de inmediato, alarmado. —Valentina, ¿qué tienes?
Ella le agarró la manga con fuerza. —El cuerpo me arde, Santi —la voz de Valentina sonaba frágil, temblorosa.
Santiago lo comprendió de golpe. El efecto de la droga estimulante estaba haciendo efecto.
Y la condición de Valentina empeoraba a ojos vista. La mujer no dejaba de removerse con inquietud, apretando los ojos, intentando contener algo que le sacudía el cuerpo por dentro.
—Santiago... —le susurró cada vez más bajo—. Ya no aguanto más.
Santiago se quedó paralizado. Sentía pánico y furia a partes iguales. Y no sabía qué hacer. Porque la mujer que amaba se encontraba en un estado deplorable justo delante de sus ojos.