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La Épica De Los Antiguos

La Épica De Los Antiguos

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Fantasía épica / Mitos y leyendas / Acción
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: Bastian Silva

El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará

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culpa

—Entonces, dime —dijo Kevin.

—Yo vi cómo asesiné a esas personas, Kevin —dijo Jean luego de lavarse la boca en el lavamanos, escupiendo el agua mientras se miraba al espejo.

—¿A qué te refieres, Jean? —preguntó Kevin, confuso. Él sabía bastante bien el peso emocional que genera este acto cruel, por lo que por primera vez estaba empatizando realmente con su compañero.

—Yo desperté en medio de la nada asustado de algo, preguntando por gente de mi pasado —dijo el pecoso, jalando su cabello con nerviosismo.

—¿Acaso recuerdas quiénes eran o sus rostros? —cuestionó Kevin.

—No, eso está borroso; simplemente, los humanos envueltos en túnicas blancas me rodearon, creo que los maté porque quizás tengan algo que ver con mi gente cercana —dijo Jean—, pero también estaban los Thompson. Ellos me sellaron con magia. Mi «madre» tocó mi cabeza y eso es todo lo que recuerdo.

—Jean, eso nos deja igual que al inicio —añadió Kevin—. Sé que es muy difícil soportar esa carga. El camino es más complejo de lo que uno cree; te dejas llevar por instinto o, en mi caso, por las emociones del momento, sin pensar en las repercusiones del futuro.

—No eran monstruos, Kevin. Susan tampoco lo era —añadió Jean.

—En primer lugar, Susan intentó matarte. Fue en defensa propia, lo de la secta: ellos te utilizaron para sus planes. Yo, como cruzado, sí he llegado a matar humanos, porque según la ley eran terroristas que usaban elementos mágicos para dañar a los demás —contestó Kevin sobando su nuca.

—Esto me va a terminar estancando en la búsqueda de la verdad —dijo Jean en un tono pesimista, soltando un suspiro.

—No, yo nunca me detuve; aun cuando estuve solo, creí que, siendo un hijo de perra que abusa de cualquier situación con tal de ganar, podrías dejar pasar esto —respondió el australiano mirando un punto fijo, recordando lo ocurrido en Gondwana—. Lo vas a superar con la experiencia.

—Tú... recuerdas tu vida pasada entonces —dijo Jean mirando al rubio con un leve brillo en los ojos.

—Solo un par de cosas, Jean —respondió Kevin.

Mientras los hijos de Corban corrían entre los escombros de Kokkinia, miraban con horror cómo su gente caía al suelo ensangrentada, siendo asesinada por los monstruos. Estos seres, no contentos con saquear y asesinar, quemaban las casas por puro placer. El rostro de su hermana mayor estaba rojo por la mezcla de cansancio e ira. La única esperanza que tenía era que su prometido, Ajax, estuviera bien en el frente de batalla.

Muchos conocidos estaban muertos, lo que le provocó mucha más angustia, echando a llorar cuando, después de presionar y empujar a varios antiguos, miró hacia atrás y vio cómo su hogar estaba en ruinas. Las murallas principales habían caído, dejando que el resto del enorme ejército entrara en la ciudad. Esto le dio a entender que Ajax tampoco sobrevivió al ataque, perdiendo la esperanza de volver a verlo. Luego de eso notó que su hermano ya había recobrado la conciencia.

Decidió culparlo de su tragedia, tal vez porque ahora ella se veía reflejada en él, alguien incapaz de hacer algo bueno, y al que ahora solo le quedaba escapar. Todos los sobrevivientes estuvieron caminando dos días seguidos, pensando que sus enemigos les perseguían aún, hasta que un grupo de veinte hombres, envueltos en ropas negras, los acorralaron por el costado en medio del bosque.

—¡Son ellos! —gritó Aenias, que estaba en el medio de la caravana junto a su hermana. Todos los antiguos se rindieron ante el caos y el miedo, a excepción de un pequeño grupo junto a Dysis, que emanaron sus elementos de las manos, dispuestos a pelear a pesar del cansancio y el hambre, pero se detuvieron cuando los veinte hombres se quitaron los sombreros negros revelando sus rostros. Uno de ellos era un hombre bronceado y rubio de 640 años de edad.

—¿Papá? —exclamaron Aenias y su hermana.

Corban tenía una barba de candado rubia, cabello corto, a excepción de una trenza pequeña colgando hasta el cuello, una cicatriz larga desde la frente hasta la mejilla derecha, orejas puntiagudas, nariz recta, cejas gruesas, un grupo de escamas café le cubría el ojo izquierdo, como una mancha. La vestimenta negra consistía en un peto negro de tres partes hacia abajo, una playera negra de mangas largas y, sobre los brazos, muñequeras de metal. No llevaba botas ni sandalias, ya que estas están hechas exclusivamente para los hombres anfibios de tres dedos en sus pies, que son anchos y cortos.

El hombre corrió con los brazos abiertos en dirección a donde estaban sus hijos y los abrazó a ambos a la vez, besándoles la frente. Su escuadrón fue el único que sobrevivió en la guerra de la ciudad del norte llamada Achlys, la cual había pedido apoyo a Kokkinia al ser acechada por los hombres anfibios hace un par de semanas, pero sus poderes no fueron suficientes como para poder defender la ciudad y acabó igual que la tierra roja. La enorme columna de humo negro les había advertido a Corban y a sus hombres acerca de la tragedia ocurrida recientemente. Ellos, al ver las huellas de la caravana, decidieron seguirlas hasta el presente.

—¿Dónde está su madre? —preguntó Corban sin soltar a sus retoños, pero al mirar a los ojos llorosos de ambos y la tristeza que emanaban sus miradas, comprendió. Su rostro perdió el color de la alegría, asintiendo levemente mientras se mordía los labios, intentando aguantar el llanto.

—Ella... murió defendiéndonos —dijo Aenias con la voz quebrada, rompiendo el hielo y evitando mirarle a los ojos. Su baja autoestima ya dejó que él cargara con la culpa de la muerte de su madre; después de todo, no hizo el intento de defender a su familia, y mucho menos podría defenderse de esa acusación. Como escudero, no tiene la habilidad necesaria para usar armas y la desventaja de clase elemental se lo impidió aún más.

—Entiendo... —respondió Corban sintiendo cómo su mundo se derrumbaba. Abrazó aún más a sus hijos. Ahora, un hombre estoico lloraba desconsoladamente con su familia. Pasó media hora y ellos, al estar parados, fueron dejados en la parte de atrás de la caravana, por lo que tuvieron que poner su dolor en segundo plano si no querían quedarse solos.

Aenias volvió en sí tras recordar a su familia. Uno de los anfibios tomó al muchacho y lo lanzó a la fosa que habían cavado para los cuerpos. El muchacho sintió bastante repulsión al empaparse en la sangre oxidada de los muertos y lo peor de todo era ver sus rostros tan de cerca, pero el joven sabía que si la cagaba, moría, así que se dejó llevar por su instinto de supervivencia y decidió hacer lo impensable.

—Un momento —dijo un anfibio mirando la fosa—, ese chamaco aún estaba tibio.

—Es natural, estúpido, murió recientemente —respondió otro.

—Es que creo que aún respiraba.

—Entonces, ¿para qué lo lanzaste allí en primer lugar, estúpido? Revísale ahora mismo, antes de que escape y alerte al resto de ciudades —ordenó el primero.

—Creo que ya no está —dijo el anfibio estúpido, después de mirar por la fosa y notar que el cuerpo del joven no estaba sobre el resto de los cadáveres. En ese momento, un montón de arena envolvió la cabeza del hombre anfibio por detrás, presionando a la izquierda hasta romperle el cuello cuando el pobre monstruo intentaba zafarse de la trampa sin éxito alguno.

—¡Imbécil, ataquen! —gritó el mismo anfibio que había regañado al fallecido, pero más arena emergió del suelo, envolviendo a este ser hasta aplastarlo. Aenias estaba oculto en la arena, transformando su cuerpo entero con este elemento. Como su padre no se dedicó a entrenarlo demasiado como para enfrentar a los once restantes a la vez y el guardia del templo apenas le enseñó un modo defensivo, el joven aprendió a «camuflarse». Esta habilidad requiere bastante energía y está al nivel de Gnarl o Corban y su hermana.

En otras palabras, hay que estar entrenando varios años para poder usar el elemento de manera defensiva y ofensiva a la vez, pero Aenias solamente podía usarlo de manera defensiva, empleando el camuflaje como mejor podía, ya que provoca que el cuerpo se vuelva completamente del elemento con el que se nació. Esto también tiene una desventaja y es que alguien con un elemento que es efectivo contra el suyo podría atacarle, matando al antiguo fácilmente. El camuflaje no ofrece defensa, sino más movilidad, haciendo que el usuario pueda esquivar ataques lentos.

—¡Está en la tierra! —gritó un anfibio de color marrón en el morro y desde la mandíbula inferior de un color anaranjado; toda su piel tenía manchas negras y el color de sus ojos era rojo; su nombre era Bajtiar.

Bajtiar creó una enorme bola de fuego que se elevó tres metros sobre él y posteriormente la dejó caer con fuerza en la tierra. El calor abrumador de las llamas provocó que la arena se cristalizara. Los hombres rana celebraban y reían triunfantes por haber eliminado al hijo de Corban; sin embargo, su ira seguía encendida, ya no sentía miedo y pensaba que estos seres debían morir a cualquier costo por arrebatarle a su familia y, sobre todo, matar cruelmente a los civiles.

Aenias había rodeado a Bajtiar en el mismo instante en el que notó la intención de su enemigo. Él se movía como una serpiente a pesar de no tener una forma física real; aún no podía mover la arena que estaba cristalizada, pero sabía que sí se puede manipular, aunque él no estaba al nivel del anfibio.

Un montón de arena emergió de atrás de Bajtiar para envolverle la cabeza como hizo con el primer enemigo, pero Bajtiar se dio vuelta rápidamente, lanzando una bola de fuego más pequeña que cristalizó a ese pequeño montón de tierra. Aenias creó una muralla de arena que rodeó a los otros diez anfibios y luego de eso la dejó caer con furia, atrapando a seis y envolviéndoles en la arena, de la cual no se pudieron zafar, muriendo por la presión que ejerció en sus costillas. Solo cuatro del grupo consiguieron escapar del largo muro.

—Carajo, este tipo está siendo un verdadero dolor en las bolas, señor —dijo uno de los sobrevivientes, llamado Mahyar. Era tuerto y su único ojo tenía color azul; su cabeza era alargada y delgada, de una tonalidad marrón claro. Con su mano derecha tocó el suelo y este comenzó a congelarse en un radio de cuarenta metros alrededor de todos ellos, incluyendo el sector cristalizado.

—Todos al centro y preparados —ordenó Bajtiar—, vamos a comprobar el rango de este hijo de perra.

Aenias podía ver a través de su elemento, notando la capa de hielo sobre él. Fue cuando comprendió que lo mejor que podía hacer era escapar de ese lugar, ya que la habilidad de Mahyar se incrementaba con el tiempo, extendiéndose cada vez más. Si atacaba, revelaría su ubicación y estaría bastante indefenso; lo matarían entre todos.

El joven se refugió debajo de un grupo de árboles que estaba a cincuenta metros del área de pelea. Esperaría a que los anfibios bajaran la guardia y los seguiría hasta Pelagia, ya que no conocía todo el camino; tal vez pudiera alcanzar a su padre y hermana a mitad del camino, podría salvarlos y ganarse el respeto de su padre.

Pero cuando su ira se apagó, sintió un escalofrío en su «espalda» y un peso en su «estómago»: esto era la culpa. Se sentía sucio como cuando se comete un acto impuro por capricho y, aunque él intentó disipar la culpa autoengañándose con que eran monstruos, esta no le dejó tranquilo. Ese fue el camino que Aenias eligió y ya no volvería atrás.

—No creo que el maricón nos ataque —dijo Bajtiar dejando de emanar el fuego—. Ya ha pasado media hora; tuvo que escapar. Según Gnarl, ese chiquillo era bastante débil y ya debió agotarse.

—Pobre muchacho —dijo Mahyar—, lo mejor para él hubiera sido que muriera aquí y que nosotros lo enterráramos en esa fosa.

—Es un enemigo de nuestro rey, Mahyar —contestó Bajtiar.

—Ya lo sé, pero si tan solo hubieran escuchado a nuestro señor, ese chiquillo hoy en día viviría tranquilamente —añadió Mahyar caminando junto a sus compañeros.

—No simpatices con el enemigo, como si esta raza hubiera venido a ayudarnos en la anterior guerra contra los seres con cuernos; casi sufrimos el mismo destino de su familia y eso que fue un milagro ganar la guerra y ahora el rey se mete en otra —volvió a decir Bajtiar molesto—. Sigamos en camino a Pelagia; Gnarl nos espera con el resto de los esclavos.

—Esa fue la primera vez que tuve que asesinar a alguien —dijo Kevin de forma seria, mirando sus manos. Ambos muchachos estaban en la cocina conversando; los dos estaban tomando un par de cervezas—. Cuando das ese paso, debes cargar con el peso. No soy tu amigo, pero como un compañero de la misma especie, cuenta conmigo cuando necesites apoyo.

—Está bien, viejo —dijo Jean sonriendo levemente—. ¿Al final pudiste recuperar a tu hermana?

—Aún no lo sé —dijo Kevin angustiado, mientras tomaba un sorbo de la botella—. Deberíamos ir a dormir; ya quedan pocos días para tu examen y, créeme, necesitarás energía.

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