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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:14.7k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 33

Capítulo 33: El secreto de los catorce años

El jardín de Hacienda Montero era un lugar diseñado para parecer natural cuando en realidad cada hoja, cada piedra y cada sombra estaban calculadas por un paisajista que cobraba más por metro cuadrado que lo que Casa Hogar Esperanza gastaba en un año de alimentación. Valentina estaba sentada en el banco de hierro forjado junto a la fuente, leyendo un capítulo de Intervención Social Comunitaria, cuando Sebastián apareció entre los setos de buganvilia como si el jardín le hubiera abierto un pasillo exclusivo.

Se sentó a su lado sin pedir permiso. Olía a café y a aftershave y a la madera de cedro que impregnaba su oficina. Llevaba puesta una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos —un gesto de informalidad tan raro en Sebastián que Valentina lo miró dos veces para asegurarse de que era él y no Santiago.

—Necesito contarte algo —dijo Sebastián.

—¿Ahora?

—Ahora.

Valentina cerró el libro. Lo puso sobre su regazo como un escudo de papel.

—Habla.

Sebastián miró la fuente. El agua caía sobre las piedras con un sonido que imitaba la paz sin serlo —como todo en esa hacienda.

—Cuando tenías catorce años —dijo—, mi padre quiso deshacerse de ti.

Las palabras llegaron a Valentina como balas con silenciador —sin ruido, sin advertencia, pero con todo el impacto. Se quedó inmóvil. El libro resbaló de su regazo y cayó al suelo con un golpe suave que nadie escuchó.

—¿Qué dijiste?

—Don Ricardo descubrió algo. Nunca me dijo exactamente qué —solo que habías cometido una "falta de disciplina" que en su opinión demostraba que la adopción había sido un error. Habló con su abogado. Preparó los papeles para anular la custodia y devolverte al sistema del DIF.

—¿Devolverme?

—A un centro de menores. No a Casa Hogar Esperanza —a otro lugar. Uno del que no salen las niñas que "no funcionan."

Valentina sintió que el suelo del jardín se inclinaba bajo sus pies. Catorce años. Recordaba los catorce años como un periodo borroso de tareas escolares, cenas silenciosas en el comedor de la hacienda y la presencia constante de Don Ricardo en su sillón de cuero, mirándola por encima de los lentes con una expresión que ella nunca supo descifrar. Ahora la descifraba: evaluación. Don Ricardo la había estado evaluando como se evalúa un activo que podría no justificar su costo.

—¿Y qué pasó? —preguntó Valentina.

Sebastián se giró hacia ella. Sus ojos tenían una intensidad que Valentina solo le había visto en momentos muy específicos —cuando cerraba un negocio que le importaba, cuando miraba a Santiago con esa mezcla de desprecio y rivalidad que definía su fraternidad rota.

—Desobedecí a mi padre por primera y última vez en mi vida —dijo—. Y fue por ti.

El silencio que siguió lo llenó el ruido del agua sobre las piedras. Valentina lo miró. Sebastián Montero, el hombre que le había quemado su carta de admisión a la UNAM, que la había atado con su corbata, que la había llamado "la sustituta" como si fuera un objeto de reemplazo, acababa de decirle que le había salvado la vida a los catorce años.

—¿Cómo lo detuviste? —preguntó.

—Le dije a mi padre que si te devolvía al DIF, yo me iría de Grupo Montero. Tenía diecisiete años. Era menor de edad. No tenía ningún poder real. Pero mi padre sabía que yo era el único de sus hijos con la capacidad de manejar la empresa, y que si me perdía, Grupo Montero no sobreviviría una generación más.

—Así que fue un cálculo.

—Todo en esta familia es un cálculo.

—¿Incluso salvarme?

Sebastián la miró. Su mandíbula se tensó como si estuviera conteniendo algo detrás de los dientes.

—No —dijo—. Salvarte no fue un cálculo. Fue lo único que hice en mi vida que no tuvo nada que ver con números ni contratos ni rendimientos. Y mi padre nunca me perdonó por eso.

Valentina recogió el libro del suelo. Lo apretó contra su pecho. Sus manos temblaban y odiaba que temblaran, porque cada temblor era una admisión de que las palabras de Sebastián la estaban tocando en un lugar que ella creía blindado.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

—Porque quiero que entiendas algo. —Sebastián se inclinó hacia ella. No de forma amenazante sino con la urgencia contenida de alguien que tiene miedo de que su mensaje no llegue—. No te controlo porque me divierte ni porque me crea tu dueño. Te controlo porque la última vez que no te protegí, casi te pierdo. Y no pude soportarlo a los diecisiete. No puedo soportarlo ahora.

Valentina se puso de pie. Lo miró desde arriba. La luz del jardín le daba en la espalda y proyectaba su sombra sobre Sebastián —una inversión momentánea de las jerarquías que habían gobernado los últimos ocho años.

—Salvaste mi vida —dijo Valentina—. Y te lo agradezco. Pero eso no te da derecho a vivirla por mí.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida del jardín. Sebastián no la siguió. Se quedó sentado en el banco de hierro forjado, con los codos sobre las rodillas y la cabeza inclinada, como un hombre que acaba de jugar su mejor carta y descubre que no fue suficiente.

---

La casa de Julia Coronado estaba en Coyoacán, en una calle empedrada con árboles de jacaranda y perros callejeros que dormían en las banquetas como si el mundo les debiera una siesta. Era una casa pequeña, de dos pisos, con las paredes pintadas de azul turquesa y una enredadera de flores amarillas que trepaba por la fachada como si intentara llegar al techo para ver el volcán.

La mamá de Julia abrió la puerta antes de que Valentina tocara el timbre.

—¡Valentina! ¡Pásale, pásale! ¡Llegas justo a tiempo para la comida!

Doña Carmen Coronado era una mujer de sesenta años que medía un metro cincuenta y cuya energía podía iluminar tres colonias. Tenía el pelo recogido en un chongo apretado, un delantal con flores bordadas y la convicción inquebrantable de que cualquier problema del mundo se resolvía con suficiente comida.

La mesa del comedor ya estaba puesta. Valentina contó siete sillas para cinco personas —Doña Carmen siempre ponía dos de más "por si acaso." Había sopa de tortilla, arroz rojo, frijoles de olla, pollo en mole verde y un montón de tortillas envueltas en un trapo bordado. El olor llenaba toda la casa como un abrazo con olor a epazote.

—Siéntate, siéntate —dijo Doña Carmen, empujándola suavemente hacia una silla—. Estás flaquita. ¿No comes en esa universidad?

—Sí como, Doña Carmen.

—No parece. Mira esos brazos. Parecen fideos.

Julia apareció en la escalera con una sonrisa de disculpa. "Perdón por mi mamá. No tiene filtro."

—Tu mamá es perfecta —dijo Valentina.

Óscar, el hermano menor de Julia —dieciséis años, flaquísimo, con brackets y una playera de los Pumas—, entró al comedor arrastrando los pies.

—¿Es ella? —le preguntó a Julia en un susurro que se oyó hasta la cocina—. ¿La de los Montero?

—Cállate, Óscar.

Doña Carmen le sirvió a Valentina tres tazones de sopa. Valentina se tomó los tres. No porque tuviera tanta hambre sino porque cada cucharada sabía a algo que no tenía nombre —o sí lo tenía, pero era un nombre que ella no había aprendido en Casa Hogar Esperanza ni en Hacienda Montero: hogar.

Óscar le robó la última tortilla del plato. Julia lo golpeó en el brazo. Óscar le sacó la lengua. Doña Carmen les gritó desde la cocina que se comportaran. El papá de Julia —Don Tomás, un hombre callado con bigote que trabajaba en la delegación Coyoacán— levantó la vista del periódico y dijo "déjenla comer en paz" con la autoridad tranquila de alguien que ha dicho esa frase diez mil veces.

Valentina se rio.

No la risa cortés que usaba en las cenas de Hacienda Montero. No la risa defensiva que usaba cuando Santiago hacía bromas. Una risa real, nacida en algún lugar detrás de las costillas, que le salió por la boca antes de que pudiera detenerla. Julia la miró con sorpresa. Doña Carmen la miró con satisfacción. Óscar la miró con adoración adolescente.

Después de la comida, Julia y Valentina lavaron los platos juntas. Julia lavaba y Valentina secaba, con un trapo de cocina que tenía bordado un gato dormido.

—Se siente bien, ¿no? —dijo Julia—. Esto.

—¿Esto qué?

—Esto. La normalidad. Los platos, las tortillas, mi hermano siendo insoportable. Todo esto que la gente normal tiene y no valora.

Valentina asintió. No confió en su voz para responder sin quebrarse.

Julia la acompañó a la puerta a las seis de la tarde. El sol de Coyoacán les daba en la cara con esa luz dorada que solo existe en las películas mexicanas y en las tardes reales de julio.

—Oye, Val —dijo Julia en el umbral.

—¿Sí?

—¿Sabías que mi mamá conoció a la señora Reyes? A Doña Elena.

Valentina se detuvo. Su mano se quedó a medio camino del picaporte.

—¿Tu mamá conoció a Doña Elena?

—Sí. Dice que eran vecinas cuando Doña Elena era joven. Antes de que se casara con el señor Reyes. Mi mamá dice que era la mujer más inteligente que había conocido en su vida. —Julia se recargó en el marco de la puerta—. Dice que Doña Elena quería ser trabajadora social.

Valentina la miró. Trabajadora social. La misma carrera que ella estaba estudiando. En la misma universidad. En el mismo departamento.

—¿Cómo se apellidaba antes de casarse? —preguntó Valentina.

—No sé. Puedes preguntarle a mi mamá otro día. Le encantaría volver a verte. Dice que le recuerdas a alguien.

—¿A quién?

Julia se encogió de hombros.

—No me dijo.

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Maria Elena Gomez
Normal
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