Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 33
Valentina no dejaba de darle vueltas a la pregunta: en un momento así, ¿por qué había sido precisamente su archienemigo quien acudió en su defensa?
Adrián había aparecido de la nada y logró echar abajo la decisión de su padre, como si fuera un ángel guardián enviado para protegerla.
¿Sería posible que Adrián empezara a importarle ella?
Pero ella misma se apresuró a descartar esa idea. Sacudió la cabeza, intentando deshacerse de semejante disparate. Era imposible que Adrián se preocupara por ella de ese modo.
Al fin y al cabo, Adrián era el inversionista principal de su empresa, con una participación accionaria de decenas de billones. El puesto de CFO era un cargo crucial que determinaba la dirección de toda la política financiera de la compañía. Lo único seguro era que Adrián no quería salir perjudicado.
Además, ya sabía por Lola que Adrián siempre se había mostrado frío con todas las mujeres. En toda su vida, solo había sido cercano y cálido con una: Fernanda.
¿Tan inmenso era lo que Adrián sentía por Fernanda?
En ese momento los dos se encontraban en el despacho de Valentina, sentados uno junto al otro en el sofá.
Valentina habló con tono solemne:
—No sé cuáles hayan sido tus motivos, pero yo soy una persona que sabe agradecer. Así que te doy las gracias por lograr que papá revocara su decisión de poner a Jimena como CFO.
Adrián suspiró.
—Parece que odias mucho a tu madrastra y a tu hermanastra. ¿Quieres que les dé un escarmiento para que dejen de molestarte?
Valentina negó de inmediato con la cabeza. Sabía de sobra que nada de lo que Adrián hiciera por ella sería gratis.
—No hace falta. No todo se resuelve con la fuerza.
Adrián asintió.
—Está bien, por ahora puedo ser paciente. Pero si se pasan de la raya, las destruyo. Al final del día tú eres mi esposa. Nadie tiene derecho a meterse contigo. Hacerlo es lo mismo que pisotear mi honor.
Valentina estuvo a punto de conmoverse al escucharlo. Pero comprendía bien lo que Adrián quería decir. No hablaba así porque le importara ella, sino porque su orgullo era sagrado. Y que alguien se atreviera a tocar a la esposa de Adrián Altamira era una afrenta a ese orgullo.
—Mmm... ya se está haciendo tarde. Mejor regresa a tu oficina. Yo también tengo que trabajar —le pidió Valentina.
Adrián la miró fijamente, sin parpadear.
—Parece que se te olvida que hoy me debes un favor.
Valentina suspiró. Ya se lo temía: nada de lo que Adrián hiciera por ella saldría gratis. Y podía adivinar exactamente qué era lo que él quería.
—Ya te dije que lo de anoche fue la primera y la última vez. No voy a...
Se calló de golpe cuando Adrián le dio un coscorrón en la frente con el dedo.
—¡Malpensada! ¿Quién está hablando de eso? Solo quiero que me cocines.
El rostro de Valentina se tiñó de rojo al instante. Se mordió el labio inferior. Había malinterpretado todo. La vergüenza que sintió fue tan descomunal que, de haber sido un caracol, se habría escondido en su concha sin pensarlo dos veces.
...
—¡Maldita sea! ¿Cómo carajo se enteró del nombramiento de Jimena como CFO? —estalló Roberto. Sentía que su yerno le había pisoteado la dignidad.
En ese momento se encontraba con Emiliano en su despacho.
Emiliano habló con seriedad:
—En realidad, ya hablé con Valentina sobre este asunto. Pero ella todavía no ha tomado una decisión, don Roberto.
Roberto frunció el ceño.
—¿A qué te refieres, Emiliano?
—Ya me reuní con el dueño de Grupo Monaco. Está dispuesto a convertirse en inversionista de esta empresa, señor. De esa forma podemos librarnos de Adrián. Y recuperar a Valentina.