La abogada más brillante de su generación murió a traición... y despertó dentro del cuerpo de Aura Luminar, la hija de un duque a quien su propio prometido, el príncipe Luis, acababa de empujar al fondo de un lago helado para quedarse con su amante.
Craso error.
La joven ingenua que se ahogó por amor ya no existe. Quien sube ahora a la orilla es una mujer de mente fría y lengua afilada, decidida a hacer que todos los que la traicionaron paguen hasta el último centavo. Pero la venganza abierta es un desperdicio: para destruir a un príncipe heredero necesita un arma más letal, alguien que esté por encima de él. Un solo nombre encaja: Zane Caliber, el emperador temido en todo el imperio, un hombre glacial, intocable, que ha mantenido vacío el trono de la emperatriz durante años.
Aura planea usarlo. Lo que no calcula es que ese soberano de hielo, acostumbrado a que el mundo se arrodille ante él, quede fascinado justamente por la única mujer que se atreve a rechazarlo, a desafiarlo y a llamarlo "viejo loco" a la cara.
Entre duelos verbales en la corte, complots que buscan su muerte y enemigos que se niegan a caer, la guerra de Aura por la justicia se irá transformando en algo mucho más peligroso: un amor que ninguno de los dos pidió, pero al que ya no podrán renunciar.
Fue desechada por el príncipe. Reinará en el corazón del emperador.
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Insoportable
—Déjala que lo intente —respondió el emperador Zane sin inmutarse.
—Además, quiero ver hasta dónde es capaz de rechazarme esa jovencita —continuó, con un destello de seguridad en sus ojos negros.
Aura, que sintió un par de ojos siguiéndola sin descanso, giró de pronto el cuerpo.
Y el corazón le dio un vuelco.
Su mirada chocó de lleno con la del emperador Zane, plantado al final de la calle del mercado y agitando la mano en el aire, un saludo de lo más impropio de un frío soberano imperial.
—¡Aish! ¿Todavía me sigue? —soltó Aura, sobresaltada, la respiración cada vez más agitada.
—¡Señorita, el emperador nos saluda con la mano! —susurró Sora, alborotada, dándole un leve codazo en el brazo.
—¡No lo mires! ¡Haz como que no lo conocemos! —la reprendió Aura al instante, y tiró con brusquedad de la mano de Sora.
—¡Vamos, rápido, a casa! ¡Hoy es el día más aciago de toda mi vida! —dijo, alejándose a paso vivo de la zona del mercado hacia el carruaje que los aguardaba al borde de la calle principal.
El emperador Zane se limitó a observar el carruaje de la familia Luminar, que empezaba a moverse para abandonar el mercado.
—¿Qué sorpresa crees que debería enviarle a su casa mañana, Nico? —murmuró el emperador.
Nico se frotó la frente, que de pronto le palpitaba.
—Le recomiendo que no le envíe nada más, Su Majestad... o la señorita Aura se lo estampará directamente en la cara —masculló, resignado.
El emperador Zane sonrió de medio lado y alzó la vista al cielo despejado del mediodía.
Justo eso es lo que espero, pensó, riendo por dentro, impaciente por volver a perturbar la calma de la muchacha de sus sueños.
Dentro del carruaje, que avanzaba a velocidad moderada, Aura seguía con los brazos cruzados sobre el pecho y la respiración agitada, el bello rostro agrio por los restos de la rabia.
—Señorita, beba un poco de agua; seguro que tiene la garganta seca de tanto refunfuñar por el camino —dijo Sora con cautela, tendiéndole un pequeño cántaro con agua fría.
Aura resopló con brusquedad, le arrebató el cántaro y se bebió el contenido de un solo trago.
—¡Es, sin duda, el soberano más chiflado del mundo entero! ¡Cómo se le ocurre disfrazarse y venir al mercado solo para buscar pleito conmigo! —exclamó, exasperada.
Sora no pudo más que sonreír de oreja a oreja mientras se sacudía el polvo de la túnica, temerosa de volver a decir algo inoportuno y desatar la furia de su ama.
El emperador Zane seguía de pie, tan campante, junto a un puesto de té al borde de la calle; pidió una taza de té caliente y saboreó su aroma como si no fuera el soberano del trono más alto del imperio, que debería estar ocupado revisando documentos en su palacio.
Nico se mantenía a su lado con el rostro tenso, echando de cuando en cuando una mirada a los soldados de las sombras apostados sobre los tejados de las casas.
—Su Majestad, ya basta de esta función de disfraces, ¿no cree? Si el primer ministro se entera de que anda por ahí, sin escolta oficial, solo por seguir a una muchacha, le puede dar un desmayo aquí mismo —protestó Nico con voz contenida.
El emperador Zane bebió un sorbo de té sin prisa, disfrutando de aquel dulzor tan a su gusto.
—Déjalo; ese viejo tiene demasiado trabajo, de vez en cuando le conviene un poco de ejercicio para el corazón —respondió el emperador con ligereza, sin el menor remordimiento.
—¿Ejercicio para el corazón, dice? Si la señorita Aura se lo cuenta al duque Luminar, a los dos nos van a echar encima agua hirviendo —refunfuñó Nico, poniendo los ojos en blanco con desgana.
El emperador Zane rió por lo bajo al oír las quejas de su guardia.
Aquel hombre de cabello plateado contempló la taza de té en su mano, recordando la reacción de Aura, que un momento antes se había puesto de lo más azorada.
—¿Qué obsequio dirías tú que es el más eficaz para aplacar la rabia de una gata montés como ella, Nico? —preguntó el emperador de improviso, arqueando una ceja hacia su guardia.
—Mi consejo es que no le envíe nada, Su Majestad. Si le manda joyas, las tira; si le manda flores, las pisotea —respondió Nico, negando con firmeza.
—Mejor le envía una disculpa por escrito... y eso si acaso la acepta —añadió, poco convencido.
El emperador Zane soltó un bufido divertido, despreciando el consejo sensato de su subordinado.
—¿Qué gracia tiene disculparse primero? Lo nuestro es como el juego del gato y el ratón —murmuró el emperador, con una sonrisa cargada de intención en los labios.
El problema, Su Majestad, es que usted es el gato que se empeña en buscarse la ruina, y la señorita Aura es la leona lista para saltarle encima en cualquier momento, pensó Nico, con una mueca de espanto al imaginar la furia de la joven Luminar.
El emperador Zane se levantó de su banco de madera y arrojó unas cuantas monedas de oro sobre la mesa, tantas que el dueño del puesto se quedó boquiabierto de recibir semejante suma por un simple tazón de té.
—Vamos, Nico, volvamos al palacio antes de que esos insoportables ministros se den cuenta de que me escapé —ordenó el emperador, adelantándose a su guardia con paso tranquilo.
Nico soltó un largo suspiro, maldiciendo su suerte de tener por señor a un enamorado incurable de proporciones divinas, y enseguida echó a trotar para alcanzar al emperador, que ya iba muy por delante.
—Y prepara cuanto antes el recibimiento para los jóvenes generales del imperio —añadió el emperador, mirando de reojo a Nico.
—Como ordene, Su Majestad —respondió Nico, firme y cortés.
Entretanto, el carruaje de la familia Luminar por fin llegó al patio de la mansión tras el breve trayecto desde el mercado.
Aura bajó con paso apresurado, alzándose un poco la falda del vestido para no engancharse, mientras Sora la seguía cargando unas cuantas bolsas pequeñas de compras.
—Hoy ha sido de lo más agotador; ¡casi me estalla la cabeza por culpa de ese hombre loco! —refunfuñó Aura, fastidiada.
Sora asentía con la cabeza, todavía con la respiración un poco entrecortada.
—Sí, señorita, con lo que queríamos era distraernos un rato y acabamos topándonos con el emperador —dijo Sora.
Justo cuando Aura se disponía a cruzar la puerta principal, un sirviente veterano de la mansión del duque Luminar apareció de pronto ante ella con paso rápido y el rostro radiante.
—¡Señorita Aura! Ya está de vuelta —dijo el sirviente con una reverencia respetuosa.
Aura detuvo el paso y lo miró con una ceja arqueada.
—¿Qué ocurre? No me digas que ha venido otro emisario del palacio con un cofre o una carta extraña —preguntó, recelosa.
El sirviente de mediana edad negó rápido con la cabeza, sonriendo de oreja a oreja.
—No, señorita. Esta vez no es del palacio —respondió con firmeza para tranquilizarla.
Aura soltó un suspiro de alivio y se acomodó el cabello, algo revuelto por el viento.
—¿Y quién ha venido para que te pongas tan contento? —indagó, curiosa.
—En el salón hay alguien que la espera desde la mañana, señorita —informó el sirviente con cortesía.
Aura frunció el ceño; no recordaba tener ninguna cita con nadie ese día.
—¿Una visita? ¿Quién? —preguntó, escueta.
—Es el joven señor Ethan, su amigo de la infancia, que acaba de regresar de la Academia militar de la frontera —respondió el sirviente con una sonrisa amable.
Al oír el nombre de Ethan, los ojos de Aura se abrieron de par en par, y un destello de los recuerdos de infancia de la verdadera Aura le cruzó la mente al instante.
¿Ethan?, pensó Aura, tratando de asimilar todos aquellos recuerdos nuevos que acababa de rememorar.
Está bien que Aura sea algo gruñona, pero se pasa demasiado
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¿A poco va a anunciar su compromiso con Aura Luminar?. 🫣