Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 3 – La primera noche
El sonido de los disparos parecía no tener fin.
Valeria permanecía inmóvil en el centro de la habitación, mientras las alarmas seguían resonando por toda la mansión.
Su corazón latía con fuerza.
Aquello no era normal.
No para una familia de empresarios.
No para una simple noche de bodas.
Adrián se acercó rápidamente a la puerta y la cerró con llave.
Después corrió las pesadas cortinas que cubrían los ventanales.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Valeria, intentando mantener la calma.
—Lo mismo que haría cualquiera para protegerse.
—¿Protegerse de qué?
Él no respondió.
En su lugar, tomó el teléfono que descansaba sobre una mesa.
—Ernesto.
Del otro lado contestaron de inmediato.
—Señor, la situación está bajo control. El perímetro ya fue asegurado.
—¿Hay heridos?
—No dentro de la familia.
Adrián cerró los ojos por un instante.
—Manteneme informado.
Colgó sin agregar una palabra más.
Valeria lo observaba atentamente.
—¿Quiénes eran?
—No lo sé.
—No te creo.
Adrián levantó la vista.
—No necesito que me creas.
Ella cruzó los brazos.
—Entonces tampoco esperes que me quede callada.
Él dejó escapar un suspiro.
—Esta noche no vas a obtener respuestas.
—¿Y cuándo?
—Cuando sea el momento.
Valeria negó con la cabeza.
—Siempre respondés igual.
—Porque es la única respuesta que puedo darte.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Desde el exterior ya no se escuchaban disparos, solo el sonido de pasos apresurados y algunas órdenes a la distancia.
Valeria caminó hasta el balcón.
Antes de abrir la puerta, Adrián la detuvo sujetándola suavemente por la muñeca.
Ella lo miró con frialdad.
—Soltame.
Él obedeció de inmediato.
—Todavía no es seguro.
—¿Siempre vivís así?
Adrián tardó unos segundos en contestar.
—Desde hace muchos años.
Por primera vez, Valeria notó algo diferente en su mirada.
No era miedo.
Era costumbre.
Como si vivir rodeado de peligro fuera parte de su rutina.
Una hora más tarde, la alarma dejó de sonar.
Ernesto llamó a la puerta.
—Señor.
—Pasá.
El mayordomo entró acompañado por una empleada que llevaba una bandeja con café caliente y algunas cosas para comer.
—La situación ya fue controlada.
Valeria aprovechó la oportunidad.
—Ernesto... ¿qué ocurrió exactamente?
El hombre dudó.
Miró a Adrián antes de responder.
—Solo fue un pequeño inconveniente en la entrada, señora.
Valeria sonrió con educación.
—Con todo respeto... para mí un "pequeño inconveniente" no incluye disparos.
Ernesto bajó la mirada.
—Lo siento.
Adrián intervino.
—Podés retirarte.
—Sí, señor.
Cuando quedaron nuevamente solos, Valeria tomó una taza de café.
—Tus empleados te tienen demasiado miedo.
—Me respetan.
—No es lo mismo.
Adrián no respondió.
Ella bebió un sorbo antes de continuar.
—En cambio, Ernesto parece una buena persona.
—Lo es.
—Y la joven que rompió las copas... ¿cómo se llama?
—Lucía.
Valeria sonrió.
—Quiero hablar con ella mañana.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿Para qué?
—Porque estaba muy asustada.
—Ya pasó.
—Tal vez para vos.
Él la observó en silencio.
Cada respuesta de Valeria era distinta a la que esperaba.
No fingía ser amable.
Simplemente... era así.
La madrugada comenzaba a asomarse cuando ambos salieron de la habitación.
El pasillo estaba vacío.
Mientras caminaban, Valeria se detuvo frente a un enorme retrato familiar.
En él aparecían Adrián, Isabella y un hombre de mirada severa.
—¿Es tu padre?
—Sí.
—No estuvo en la boda.
Adrián permaneció unos segundos mirando el cuadro.
—Está de viaje.
La respuesta fue tan breve que Valeria comprendió que no quería seguir hablando del tema.
Continuaron caminando hasta llegar a una galería.
Desde allí podían verse los primeros rayos del sol iluminando los jardines.
Por un instante, todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Entonces Valeria notó algo brillante entre los rosales.
Bajó las escaleras sin pensarlo.
—¡Valeria! —la llamó Adrián.
Ella no se detuvo.
Se agachó y recogió el objeto.
Era un botón metálico dorado, con un extraño símbolo grabado en el centro: un lobo rodeado por una corona de espinas.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Adrián llegó hasta ella.
Al ver el botón, su expresión cambió por completo.
Por primera vez desde que la conocía...
Valeria vio auténtica preocupación en el rostro de su esposo.
Él le quitó el objeto de la mano con rapidez.
—Entrá a la casa.
—¿Por qué?
—Porque esto no debería estar aquí.
—Adrián...
Él la miró fijamente.
—Y porque, desde este momento... ya no estás a salvo.