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Latidos En La Cumbre

Latidos En La Cumbre

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:8.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.

​La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.

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capitulo 20

El aire en las profundidades de la mina se había vuelto estático, una mezcla de polvo de roca y la respiración contenida de dos personas que acababan de descubrir que su mundo era una mentira. Jason guardó el último documento incriminatorio en su chaqueta, sus ojos fijos en la oscuridad del túnel que descendía hacia el Nivel 4. Estaban a punto de moverse cuando el silencio sepulcral fue profanado por una vibración eléctrica.

​Elara se quedó helada. El sonido no provenía de la radio de Jason, sino del bolsillo de su propio pantalón. Sacó el teléfono, cuya pantalla iluminó las paredes de piedra con un resplandor azulino y violento.

​El pulso de Elara, que ya galopaba por la adrenalina del descubrimiento de la corrupción de Bennett, se detuvo en seco. Jason notó el cambio en su rostro —esa palidez que no era de frío, sino de una desolación absoluta— y puso una mano sobre su hombro, pero ella no pareció sentirlo. Con dedos que se movían como si estuvieran hechos de cristal a punto de romperse, deslizó el dedo por la pantalla.

​—¿Diga? —la voz de Elara fue un susurro, apenas un aliento.

​Al otro lado, no hubo ruido de viento ni interferencia. Solo un silencio pulcro, el silencio de una oficina de lujo en Seattle. Y luego, esa voz. Una voz que Elara conocía mejor que la suya propia; una voz que durante años le había dicho qué comer, qué pensar y cómo fallar.

​—Me ha costado encontrarte, Lobelia. Pero este valle es mucho más pequeño de lo que parece desde arriba.

​El nombre. Nadie en el pueblo, ni siquiera Jason, la llamaba así. Ese era el nombre de su pseudónimo, su identidad de escritora, la única parte de ella que Marcus se había empeñado en poseer y diseccionar hasta dejarla vacía.

​—Marcus... —el nombre salió de sus labios como un sollozo ahogado.

​Jason se tensó al instante. El nombre de Marcus actuó en él como un resorte; sus ojos se afilaron y su mano se cerró con más fuerza en el hombro de Elara, intentando anclarla a la realidad, al túnel, a él.

​—No me digas que estás asustada, querida —continuó la voz al otro lado, con una suavidad que destilaba un control absoluto—. Estoy en el pueblo. El Sheriff Bennett ha sido muy amable, me ha recomendado un alojamiento estupendo. Dice que estás haciendo un trabajo... admirable con los animales. Aunque ambos sabemos que siempre te ha faltado mano firme para los casos difíciles.

​Elara sintió que el túnel se cerraba sobre ella. La mención de Bennett en la misma frase que Marcus cerró el círculo de su pesadilla. El peligro doméstico del que había huido y la red criminal que Jason intentaba destruir no eran dos problemas separados; se habían fusionado en una sola entidad depredadora.

​Marcus no solo la había encontrado; se había aliado con el hombre que controlaba el valle.

​—¿Qué quieres? —preguntó ella, sus ojos fijos en los de Jason, buscando desesperadamente el acero que él le había enseñado a encontrar en el bosque.

​—Quiero que vuelvas a casa, Lobelia. Este lugar no es para ti. Está lleno de gente peligrosa, de... ermitaños con pasados oscuros —hubo una pausa cargada de una intención maligna—. El Sheriff me ha contado que te has vuelto muy cercana a uno de ellos. No querrás que tu nueva amistad sufra un accidente por tu culpa, ¿verdad? Ya sabes lo que pasa cuando intentas operar por tu cuenta: alguien termina herido.

​Marcus colgó. El pitido final de la llamada resonó en la mina como una sentencia de muerte.

​Elara dejó caer el teléfono sobre el barro del túnel. Sus rodillas fallaron y Jason la atrapó antes de que tocara el suelo. La veterinaria de élite, la mujer que había salvado a un lobo en mitad de la noche, se desmoronaba entre sus brazos.

​—Está con Bennett, Jason —sollozó ella, enterrando la cara en la chaqueta de él—. Lo sabe todo. Sabe quién eres, sabe dónde estamos. Marcus no ha venido solo a por mí; ha venido a terminar lo que Bennett empezó contigo en el glaciar.

​Jason la estrechó con una ferocidad que casi le quitó el aliento. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolían los dientes. La ira que sentía por la traición de Bennett se multiplicó por mil al ver el terror que ese hombre, Marcus, le provocaba a Elara.

​—Escúchame bien —dijo Jason, obligándola a levantar la cara. Su voz era un gruñido profundo, una vibración que Elara sintió en sus propios huesos—. Bennett cometió el error de no matarme en aquel glaciar. Y tu marido ha cometido el error de creer que este es su terreno. En el pueblo, Bennett tiene la ley. En Seattle, Marcus tiene el dinero. Pero aquí abajo... aquí abajo no hay ley ni dinero. Solo estamos nosotros.

​Jason se puso en pie, arrastrando a Elara con él. Recogió el teléfono del barro y se lo devolvió. Sus ojos ya no eran grises; eran del color del acero bajo la luna.

​—Han cometido el error de unir sus fuerzas, Elara. Creen que nos tienen acorralados. No saben que acaban de meterse en la cueva del oso. No vamos a rescatar solo a Sombra. Vamos a cazarlos a todos.

​Elara se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. El miedo seguía ahí, pero la mención del lobo, del ser que representaba su libertad, encendió una chispa de rabia fría en sus ojos. Se ajustó el kit médico y miró hacia la profundidad del Nivel 4.

​—Él cree que soy débil —dijo Elara, y su voz ya no temblaba—. Cree que sigo siendo la mujer que no sabía suturar sin su aprobación.

​—Enséñale que en Valle Sombrío —respondió Jason, revisando el seguro de su arma y ajustando su linterna— las cicatrices no son debilidad. Son el mapa de los que sobrevivieron.

​El capítulo, y el arco, terminaron con los dos internándose en la oscuridad final de la mina. Arriba, en el pueblo, el sheriff y el marido esperaban su rendición. Abajo, en el corazón de la montaña, la veterinaria y el rescatista se convertían en la sombra que Miller y Bennett nunca pudieron atrapar. El acecho final había comenzado, y esta vez, los depredadores no llevaban rifles, sino las marcas de una vida que ya no temía al invierno.

​La guerra era total. Y Valle Sombrío estaba a punto de arder bajo la nieve.

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Carmen Malpica
Excelente novela
Felisa Bendisky
excelente novela felicitaciones a la escritora súper recomendado 🥰👏👏👏
Toña Chong Montes
Después de haber leído tantas historias aquí,está novela me fascinó,con una narración limpia,bonita,con toques románticos y de aventura.👏👏👏👍👍👍
Antonia Garcia
muy bonita historia gracias por compartir
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
Celina Espinoza
me gusta🥰/Pray/
Celina Espinoza
excelente historia 🥰😍🙏
Lobelia ❣️
🙏😘😊
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