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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:939
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El teorema de la paranoia

​El silencio de Adrián durante la semana posterior a la fiesta fue el sonido más dulce que Mateo había escuchado jamás. Sabía que, tras las paredes de la mansión de los De la Vega, el pánico estaba echando raíces. Adrián no era un estratega; era un matón de instinto, acostumbrado a que los problemas desaparecieran con un fajo de billetes de su padre o una sonrisa encantadora. Pero Mateo le había dado algo que el dinero no podía borrar: una prueba física de un crimen que destruiría el legado de su familia.

​Mateo no se detuvo ahí. El suspenso no se alimenta de grandes explosiones, sino de goteos constantes.

​La primera grieta: Javier

​Para llegar al rey, primero hay que despojarlo de sus torres. Javier, el mejor amigo de Adrián y el autor del video del beso, era el eslabón más débil. Su lealtad no se basaba en el afecto, sino en el beneficio de estar cerca del sol que más calienta.

​Mateo se instaló en un café frente a la academia de deportes donde Javier entrenaba. Lo observó salir, sudoroso y con esa expresión de superioridad que pronto le borraría. Sin que Javier se diera cuenta, Mateo ya había hecho su trabajo sucio.

​Esa misma tarde, mientras Javier subía a su auto, recibió un correo electrónico. No tenía asunto. Solo un archivo adjunto: una serie de capturas de pantalla de sus propias conversaciones privadas en las que se burlaba de la madre de Adrián y detallaba cómo le robaba dinero de la billetera cuando este estaba borracho.

​Mateo, oculto tras los cristales tintados de su vehículo a unos metros de distancia, vio cómo el rostro de Javier pasaba del aburrimiento al terror puro.

​“Si yo fuera tú, Javier,” decía un mensaje anónimo que le llegó al celular segundos después, “me preguntaría si Adrián preferirá perdonar a su mejor amigo o usarlo como chivo expiatorio para el pequeño asunto del 'accidente' de coche. El tiempo corre.”

​Mateo arrancó el motor y se alejó. Había plantado la semilla de la traición. Ahora solo tenía que esperar a que el árbol creciera.

​La invitación al abismo

​Dos días después, Mateo decidió que era hora de volver a aparecer en el radar de Adrián, pero esta vez en sus propios términos. Le envió una ubicación por GPS: un muelle abandonado a las afueras de la ciudad, un lugar donde el eco del agua golpeando la madera vieja era el único testigo.

​Eran las 2:00 a.m. cuando los faros de un Porsche deportivo iluminaron la estructura oxidada. Adrián bajó del auto, luciendo ojeroso, con la camisa mal planchada y un cigarrillo temblando entre los dedos. La elegancia descuidada de hace semanas se había convertido en un caos genuino.

​Mateo estaba sentado en el borde del muelle, con las piernas colgando sobre el vacío oscuro. No se giró cuando escuchó los pasos rápidos de Adrián.

​—¡Basta de juegos, Mateo! —gritó Adrián, su voz rebotando en el metal—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? ¿Quieres que publique una disculpa? Dímelo y lo haré, pero deja de enviar esas mierdas a mis amigos. Javier está fuera de sí, cree que voy a matarlo por unas capturas de pantalla estúpidas.

​Mateo se puso de pie con una lentitud exasperante. Se giró y caminó hacia la luz de los faros, dejando que Adrián viera su rostro: una máscara de absoluta indiferencia.

​—¿Crees que esto se trata de una disculpa, Adrián? —Mateo soltó una risa seca, carente de alegría—. Una disculpa es lo que pides cuando derramas café sobre alguien. Lo que tú hiciste fue intentar aniquilar mi espíritu frente a cada persona que conozco. No quiero que me pidas perdón. Quiero que sientas lo que es vivir esperando que el hacha caiga sobre tu cuello.

​Adrián dio un paso hacia él, cerrando los puños. La violencia era su zona de confort.

​—Podría tirarte al agua ahora mismo. Podría hacer que desaparezcas y nadie preguntaría por ti.

​—Pruébalo —desafió Mateo, sin retroceder ni un milímetro. Sus ojos brillaban con una intensidad maníaca—. Si mi pulso no se registra en mi servidor cada seis horas, todos los archivos sobre el accidente, los registros bancarios de tu padre y el video original de aquella noche irán directos a la fiscalía y a la prensa. Yo ya estoy muerto socialmente, Adrián. Tú, en cambio, tienes mucho que perder.

​Adrián se detuvo en seco. El aire entre ellos era eléctrico, una mezcla tóxica de odio y una extraña, retorcida fascinación. A pesar del terror, Adrián no podía dejar de mirar al chico que tenía delante. Ya no era el Mateo sumiso; era alguien nuevo, alguien que irradiaba una peligrosidad magnética.

​El beso del Judas

​En un movimiento desesperado, Adrián agarró a Mateo por las solapas de la chaqueta y lo estampó contra la carrocería del auto. Sus rostros quedaron a milímetros.

​—¿Por qué me haces esto? —susurró Adrián, y por primera vez, hubo una grieta de vulnerabilidad en su voz—. Tú me querías. Sé que lo que sentías era real.

​Mateo sintió el calor del cuerpo de Adrián, el mismo calor que una vez fue su único refugio. El corazón le dio un vuelco traicionero, un remanente del chico que solía ser. Por un segundo, la oscuridad vaciló. Pero entonces, recordó la risa de Adrián en el gimnasio, recordó el clic de la cámara y el asco en sus ojos.

​—Te quería, sí —dijo Mateo, su voz ahora suave, casi cariñosa, mientras acariciaba el cuello de Adrián con una mano fría—. Pero me enseñaste que el amor es solo una herramienta para el suspenso. Y ahora mismo, Adrián, el suspenso es que no sabes si estoy a punto de besarte... o de destruirte la vida para siempre.

​Mateo se inclinó y, por un breve instante, sus labios rozaron la oreja de Adrián.

​—Javier ya me contó quién fue el que realmente dio la orden de grabarlo todo —mintió Mateo con maestría—. Dijo que fue idea tuya desde el principio, para "divertirte" un poco antes de irte a la universidad. Me pregunto qué más me contará cuando empiece a tener miedo de verdad.

​Se separó de Adrián, quien se quedó apoyado contra el auto, respirando con dificultad, como si le faltara el oxígeno. El juego de desconfianza estaba dando frutos: ahora Adrián dudaría de su círculo íntimo, y sus amigos dudarían de él. La paranoia es un virus que se alimenta de sí mismo.

​El tablero se expande

​Mateo subió a su propio auto, pero antes de arrancar, bajó la ventanilla.

​—Por cierto, Adrián. Mañana hay una cena benéfica en la fundación de tu madre, ¿verdad? Ponte tu mejor traje. Voy a ir como invitado de alguien muy especial. No querrás perderte la sorpresa que tengo preparada para el postre.

​Mateo arrancó y dejó atrás a un Adrián derrotado por la incertidumbre. En el asiento del copiloto, el teléfono de Mateo vibró. Era un mensaje de Lucía, la chica que lo había abandonado en el baile.

​“Mateo, tenías razón. He visto las facturas de Adrián. Es un monstruo. Dime qué tengo que hacer.”

​Mateo sonrió. Las piezas estaban en su lugar. Había convertido a la exnovia de su enemigo en su informante más valiosa. El romance se había transformado en un contrato de espionaje, y el suspenso se estaba convirtiendo en una sinfonía perfecta de caos.

​Mientras conducía de regreso a la ciudad, Mateo se miró en el espejo retrovisor. Ya no se reconocía, y eso le encantaba. Estaba convirtiéndose en el villano de la historia de Adrián, y no pensaba detenerse hasta que la última luz de la mansión De la Vega se apagara para siempre.

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