El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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Una petición
Sofía
Trato de mantener sentada a Mía en la isla mientras le doy de comer. Es difícil, pero no pienso ir a buscar su silla, no mientras esa gente siga ahí.
–Muy bien hecho, niña Sofía –me felicita Anna, a quien le acabo de contar lo sucedido–. Ese idiota se merecía un golpe.
–Sí, muy bien hecho –dice Gabriele, quien viene entrando a la cocina, con gotas de sangre manchando su traje–. Déjanos solos, Anna –ordena.
Anna me guiña un ojo y sale de la cocina.
–¿Te sientes bien? –pregunta en cuanto estamos solos.
–¿Bien? –Pienso en el significado de la palabra y niego con mi cabeza–. No, lo que estoy es molesta. ¿Por qué los hombres sienten que tienen el derecho de poder tocar a una mujer sin su consentimiento?
–Ya se fueron.
Suspiro aliviada. –Gracias. No quiero volver a verlo nunca más –pido sin poder evitar que mi voz se quiebre.
–No lo harás, Sofi –susurra cuando se acerca a mi lado–. No voy a permitir que se acerque a ti nunca más.
Rio al recordar lo de su mano. –Supongo que no podrá seguir tocando mujeres con tanta habilidad ahora.
Gabriele sonríe. –Se llevó su mano, quizá la recupere, pero ya no responderá como antes.
–Al menos espero que haya aprendido la lección. Gracias por defenderme.
–Eres mía, Sofi, no voy a dejar que nadie te toque.
Pongo los ojos en blanco. –Seguimos con lo mismo, ¿no? No soy tuya, Gabriele.
Se cruza de brazos. –Lo eres. ¿Hasta cuándo vas a seguir con eso?
–Hasta que te entre en tu dura cabezota –digo a la vez que doy toquecitos con mi dedo a su frente–. Mía, por favor dile a tu papá que no estoy interesada.
–Lo estás.
–No lo estoy –miento.
Soy una mentirosa sin remedio, en este momento lo deseo con urgencia, sobre todo, después de ver lo que hizo por mí.
Acaricia mi mejilla. –Eres una mentirosa.
–No lo soy.
–Lo eres, fierecilla.
–¡Mía! –insisto–. Dile a tu padre que me deje tranquila.
–Pa pa papa –dice Mía mirándolo con severidad.
Gabriele y yo nos congelamos.
–¿Dijo papá? –pregunta después de varios segundos de silencio.
–Eso creo.
–Papa –repite Mía.
–Maldita sea, soy papá –masculla incrédulo.
Lo miro con diversión. –Recién te das cuenta, ¿no? Siempre he sabido que los hombres son más lentos para entender, pero esto me parece una exageración. Incluso para ti.
Sus hermosos ojos se enfocan en los míos y luego vuelven a Mía, de un lado a otro, sin detenerse. –Soy su papá.
Pongo los ojos en blanco. –Lo eres.
–Mierda –masculla–. Siempre voy a ser su papá, siempre va esperar de mí que esté ahí para ella. Incluso ahora empieza a confiar en mí. No voy a estar a la altura de su confianza.
–Probablemente no, pero lo importante es que lo intentarás.
–¿Lo haré?
–Sí, Gabriele, lo harás.
Sus ojos se enfocan y me miran. –Me encanta cómo pronuncias mi nombre.
–Lo digo como lo dicen todos.
Niega con la cabeza, y sonríe. –No, lo haces sonar especial.
–Si tú lo dices –me rindo–. ¿Vas a estar en casa mañana?
–Sí –responde acercándose–. ¿Quieres algo de mí?
–Sí, necesito el día libre y me gustaría que cuides a Mía.
Su sonrisa se pierde de inmediato.
–¿Para qué quieres el día libre? –pregunta en un gruñido.
–Es mi problema.
–Necesito saber dónde vas a estar.
Suspiro cansada. –No iré a ver a Adrián si es eso lo que te preocupa.
–Creo que lo de Adrián ya estaba conversado. Si no me obedeces, lo que pasó en el comedor será un juego de niños en comparación con lo que le haré a ese imbécil. Le corté la mano a uno de los consejeros de mi padre, solo porque te tocó, imagina lo que haría si te viera besando a otro hombre que no sea yo.
Sus ojos me miran febriles y furiosos.
–Ya dije que no lo veré mañana. Aunque volveremos a tener esa conversación, Capo. Tienes que entender que no seré tu amante, lo que pasó entre nosotros no volverá a ocurrir, tienes que entenderlo.
Toma mi rostro en su mano y me besa. Como estoy sosteniendo a Mía, no puedo alejarme ni moverme bruscamente porque no quiero lastimar a la pequeñita. Gabriele se apodera de mi boca y mi cuerpo revive. La picazón se extiende por todo mi cuerpo.
¿Cómo puede someterme con un solo beso?
Su lengua juega con la mía, y antes de darme cuenta estoy gimiendo contra su boca. Su sabor a whiskey, su picor y su dominación transforman mis piernas en goma, tengo que sostenerme contra él y contra la isla para no caer.
–Vas a volver a mi habitación, fierecilla –susurra–. Una vez que te acostumbres a la idea, volverás.
Me quedo callada y me alejo para poder volver a respirar. Sus ojos están nublados y oscuros, como imagino están los míos. Mi cuerpo quiere volver a estar bajo su dominio, quiere volver a disfrutar de su tacto, pero no quiero convertirme en la amante de alguien, menos de él.
–¿Dónde quieres ir? –pregunta.
–Quiero ir a ver a mi papá al cementerio.
Se queda en silencio unos segundos.
–Si quieres te acompaño.
–No, tienes que cuidar a esta pequeñita.
Mira a Mía y luego a mí. –Podemos llevarla.
Pienso en negarme, pero me callo. Si consigo llevar a Mía al cementerio podremos pasar a ver a su madre.
–¿Compraste la silla?
–Lo haré hoy.
Tomo a Mía en brazos y beso su mejilla. Esto lo hago por ti, pequeña.
–Está bien, mañana iremos los tres al cementerio. –Miro su chaqueta manchada con sangre–. Gracias nuevamente por lo que hiciste. Espero que puedas recuperar tu ropa.
Se mira y se encoje de hombros. –La enviaré a la tintorería. Pensé que te habías asustado por lo que hice.
–No.
–¿Ver sangre no te asusta?
–Veía a mi papá llegar todos los días con las manos teñidas en sangre, lo mismo con su ropa. Estoy acostumbrada.
–Comprendo.
Camino al lado de él con Mía en brazos. –Buenas noches, Gabriele.
–Buenas noches, Sofi –dice mirándome con añoranza.
Mis piernas se sienten débiles y quieren caminar hacia él, pero no lo hago.
Cuando voy subiendo las escaleras puedo respirar con tranquilidad.
Eso estuvo cerca.
*****
Dejo las flores sobre la tumba de papá y me arrodillo en el pasto.
–Estoy bien, papi. Te traje las flores favoritas de mamá. Ya pasé a verla a ella también.
Ambas tumbas están muy cerca una de la otra.
Saco una de las toallas húmedas de Mía y limpio la piedra, ya que gracias al polvo acumulado apenas puedo leer el nombre de papá.
–Ahora sí estás limpio. Te extraño mucho, papá, cada día un poco más. Pero sé que estás con mamá y eso me hace sentir feliz por ustedes. Volveré pronto –juro antes de ponerme de pie y caminar hacia Gabriele que está de pie bajo un árbol, a unos diez metros de mí, con Mía en brazos.
La pequeña está feliz succionando el mentón de su padre.
–¿Lista?
–Casi –digo. Hora de la verdad–. Estaba pensando que podíamos pasar a ver a la mamá de Mía.
–¿Qué?
–Su mamá debe estar en este cementerio, ¿no? Es aquí donde entierran a los miembros de La Camorra.
–No.
–¿Por qué no?
–Porque Mía es muy pequeña. Además, no creo que sea sano que tenga una relación con una mujer que está muerta.
Me cruzo de brazos. –Estás equivocado. Será valioso para Mía saber quién fue su mamá… llegar a conocerla, aunque sea en fotos. Lo fue para mí –agrego.
Mira hacia el cielo y maldice en italiano antes de volver a mirarme.
–No quiero que Mía sufra por la pérdida de su madre. Entre menos sepa de ella será mejor.
–¡No lo será! Para mí fue muy importante conocer a mi mamá a través de los relatos de papá, y sé que para Mía lo será también. Cuando sea grande puedes contarle cuándo la conociste, qué sentiste cuándo la estabas esperando en el altar. Puedes enseñarle fotos y vídeos y…
–Está bien –me corta–. Mía puede ir a visitar a su madre, pero nada más. No tengo nada que decirle a mi hija de su madre porque apenas la conocí.
–No entiendo.
–Fue un matrimonio arreglado. Solo me casé para poder ser el Capo de La Camorra. No la quería, ni siquiera la conocía. Solo me acosté con ella para procrear a un heredero y así sacarme a mi papá de encima.
–Gabriele… –susurro sintiendo lástima por él y por la madre de Mía.
–Cuando murió me sentí aliviado, era libre al fin. Así que no creo que mi hija deba conocer a su madre a través de mí –termina y me pasa a Mía.
La cojo en mis brazos y beso su mejilla. Quisiera hacer lo mismo por Gabriele y por la mamá de esta preciosura. Un matrimonio arreglado. Pensé que eso ya no era tan común como hace unos años. Mis padres se casaron por amor y creo que imaginé que todos hacían lo mismo.
Lo sigo y a los pocos segundos se detiene frente a una tumba.
–Kate Saviano –leo en voz alta–. Tomó tu apellido.
–Fue una imposición de mi padre.
–¿No tuya?
–No podría importarme menos qué apellido elegiría.
Me arrodillo con Mía en brazos. –Cielo, aquí está tu mamá. Tenía un hermoso nombre.
–Mama –dice mirándome.
–No, cariño, no soy tu mamá, soy tu niñera. Tu mamá se llamaba Kate.
–Mama –insiste abrazándome.
–Te dije. Mía es muy pequeña. Y si ella quiere creer que eres su mamá, deberíamos dejarla. ¿Para qué hacerla sufrir?
–Porque no soy su mamá, Gabriele. No podemos hacerle eso a Mía. Algún día me iré.
–¡Deja de decir eso! No irás a ningún lado.
Suspiro. –No podrás retenerme toda la vida. Además, aunque lo hicieras, puedo enfermar, puedo tener un accidente, pueden pasar muchas cosas, y Mía sufrirá más.
Se arrodilla frente a mí. –No voy a dejar que nada te pase.
–No eres Dios, Gabriele. Amo a Mía, pero no quiero engañarla, ella tiene que saber la verdad. Tiene que entender que soy su niñera, nada más.
Mira a su hija y asiente. –Pero no ahora. Ahora no necesita saberlo.
Dejo de insistir, ya mucho avancé por un día. Miro la tumba y luego a Gabriele. Enrojezco al darme cuenta que me acosté con el esposo de la mujer que yace a mis pies.
–Lo siento –susurro despacio.
Pero imagino que Kate debe saber lo irresistible que es su marido. Espero que con eso en mente pueda perdonar mi error.
Un error que espero no volver a cometer.