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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:15.1k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

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Capítulo 27

Capítulo 27: El primer día

UNAM olía a pasto recién cortado y a futuro.

Valentina cruzó la explanada central del campus a las ocho de la mañana con una mochila nueva, un cuaderno sin estrenar y la sensación de que estaba pisando otro planeta. La Ciudad Universitaria se extendía ante ella como una ciudad dentro de la ciudad: edificios de piedra volcánica con murales de Rivera y O'Gorman, jardines amplios donde estudiantes se sentaban en el pasto a leer o a besarse o a discutir sobre política con la pasión de quienes todavía creen que las palabras pueden cambiar las cosas.

El coche de Sebastian la había dejado en la entrada principal. El chofer le abrió la puerta sin decir nada —profesional, discreto, invisible, como todo lo que Sebastian hacía cuando decidía no ser un obstáculo. Valentina le pidió que no la recogiera hasta las cinco. Quería caminar. Quería respirar aire que no perteneciera a nadie.

Alejandro la esperaba junto a la torre de Rectoría. Llevaba un traje azul claro —más informal que los que usaba en el Senado— y los lentes puestos con ese aire de profesor universitario que probablemente había sido su primera vocación antes de que la política lo reclamara.

—Bienvenida —dijo, con una sonrisa que le iluminó la cara de una forma que Valentina no le había visto desde la noche del baile—. Te voy a mostrar tu facultad.

Caminaron por los pasillos de la Facultad de Trabajo Social. Alejandro le señalaba cada edificio, cada aula, cada rincón con la familiaridad de un hombre que conoce este campus como su propia casa. Le contó que él había estudiado Derecho aquí, en los años noventa, cuando la universidad todavía olía a revolución estudiantil y a café de olla. Le mostró la biblioteca donde había pasado noches enteras estudiando jurisprudencia. Le mostró el café de la esquina donde servían las mejores tlayudas del sur de la ciudad.

Valentina lo escuchaba con los ojos abiertos de par en par. Nunca había estado en un lugar donde nadie la vigilara. Donde la gente caminaba sin guardaespaldas y hablaba sin medir cada palabra. Donde los jóvenes se reían sin que el sonido pareciera una transgresión.

—¿Siempre fue así? —preguntó Valentina—. ¿Así de... libre?

Alejandro se detuvo frente a un mural de Siqueiros que mostraba a un puño rompiendo cadenas.

—La universidad es el único lugar de México donde la libertad no es un discurso —dijo—. Es una práctica. Aquí puedes pensar lo que quieras, decir lo que quieras, ser quien quieras. —La miró—. Ese es el regalo que te estoy dando, Valentina. No un título. Libertad.

Valentina sintió algo cálido en el pecho. No era amor —o no solamente amor. Era gratitud. Gratitud por este hombre que le había horneado un pastel chueco, que le había devuelto el medallón de su madre, que le había abierto las puertas de un mundo que ella creía vedado para siempre. Sebastian le daba jaulas doradas. Santiago le daba secretos envenenados. Alejandro le daba esto: un campus, un cuaderno, una oportunidad.

Lo miró. El sol de la mañana le daba en la cara y le hacía brillar los lentes como dos espejos pequeños. Valentina reunió todo el coraje que tenía —todo el que le quedaba después de Linda y Don Ricardo y las noches sin dormir— y dijo:

—Me gustas.

Dos palabras. Directas. Sin retórica. Sin la diplomacia que había aprendido viviendo con los Montero. Solo la verdad cruda de una chica de dieciocho años diciéndole a un hombre de cincuenta y uno lo que sentía.

Alejandro no se sorprendió. Su expresión no cambió. Ni un parpadeo fuera de ritmo, ni una contracción en la comisura, ni el ritual de quitarse y ponerse los lentes. Nada. Como si hubiera estado esperando esa frase desde hacía tiempo y ya tuviera la respuesta lista en una carpeta etiquetada.

—Eres demasiado joven —dijo. Su voz era suave, calibrada, con la temperatura exacta de la ternura sin la textura de la pasión—. Y yo soy tu padrino. No sería correcto.

Valentina asintió. No lloró. No insistió. No se sintió humillada. La respuesta de Alejandro era perfecta: amable, respetuosa, definitiva. No dejaba espacio para la esperanza pero tampoco para el rencor.

Perfecta. Demasiado perfecta.

La duda le cruzó la mente como un pájaro que pasa rápido por una ventana: ahí y luego no. ¿Un hombre que se sorprende de verdad responde con tanta elegancia? ¿O la elegancia era prueba de que la respuesta estaba ensayada?

Lo dejó pasar. No era el momento.

—Está bien —dijo Valentina—. Pero necesitaba que lo supieras.

Alejandro asintió. Le puso una mano en el hombro —el gesto paternal de siempre, pesado, cálido, terriblemente ambiguo— y la guio hacia el edificio de inscripciones.

A las dos de la tarde, cuando Valentina salía de su primera clase de Introducción al Trabajo Social con la cabeza llena de conceptos nuevos y la mochila llena de lecturas, alguien la esperaba en la escalinata de la facultad.

Mateo Reyes estaba sentado en el tercer escalón con un café en cada mano y una sonrisa que no tenía ninguna de las sombras que Valentina veía en todos los demás hombres de su vida. Vestía de civil —jeans, camiseta blanca, una chamarra de mezclilla que le daba un aire de estudiante de posgrado en lugar de oficial militar.

—¿Cómo te fue? —preguntó, extendiéndole uno de los cafés.

—¿Qué haces aquí?

—Mi padre me pidió que te acompañara el primer día. —Sonrió—. Y yo quería verte.

Valentina tomó el café. Estaba caliente y dulce, exactamente como le gustaba. Mateo se acordaba.

—Tengo algo para ti —dijo Mateo. Se metió la mano en el bolsillo de la chamarra y sacó un estuche de terciopelo azul. Lo abrió.

Dentro había una pluma estilográfica. Negra, con incrustaciones de plata y un clip que tenía la forma de una columna corintia. Era vieja —no antigua, sino gastada por el uso, por las manos que la habían sostenido durante años.

—Era de mi abuela —dijo Mateo—. Elena Reyes de Montero. La usó para firmar su primer caso como fiscal de menores. —Se la extendió—. Quiero que la tengas tú.

Valentina tomó la pluma. Pesaba más de lo que esperaba. En el costado, grabado en letras diminutas, había un monograma: E.R.M.

—Mateo, no puedo...

—Sí puedes. Mi futura reina necesita una buena pluma para sus primeros apuntes.

Valentina lo miró. "Mi futura reina." Lo dijo sin ironía, sin cálculo, sin la capa de significado extra que todo el mundo añadía a todo lo que le decía. Mateo Reyes hablaba como respiraba: sin esfuerzo, sin agenda, sin el peso de las consecuencias.

—No soy tu reina —dijo Valentina.

—Todavía no —respondió Mateo. Y su sonrisa era tan limpia, tan desprovista de oscuridad, que Valentina casi le creyó que el mundo podía ser así de simple.

Volvió a la hacienda a las cinco. Se sentó en su escritorio. Puso la pluma de Doña Elena junto al diario y al medallón de jade. La miró. Las letras E.R.M. brillaban bajo la luz de la lámpara.

E.R.M.

Elena Reyes de Montero.

Valentina frunció el ceño. Abrió el cajón inferior de la cómoda y sacó un papel amarillento que había guardado años atrás, cuando todavía vivía en Casa Hogar Esperanza: el boletín anual del orfanato, con la lista de benefactores y donantes.

Pasó el dedo por la lista. Fundación Montero. Grupo Reyes. Anónimos. Y ahí, en la tercera columna, entre una empresa farmacéutica y una asociación religiosa, tres letras grabadas con la misma tipografía que la pluma:

E.R.M.

Doña Elena había sido donante de Casa Hogar Esperanza. El orfanato donde Valentina creció. El orfanato de donde Alejandro la sacó.

Valentina cerró el boletín. Lo guardó. Se quedó mirando la pluma durante un largo rato, con la sensación de que acababa de encontrar un hilo que, si lo jalaba, podía deshilvanar todo el tapiz que Alejandro había tejido a su alrededor.

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Maria Elena Gomez
Normal
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