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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:450
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

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Capítulo 27. Quiero que nos divorciemos

Renata sacó una hoja del sobre blanco que Tristán acababa de entregarle. Su mirada se clavó de inmediato en el logotipo de una reconocida clínica de maternidad de la capital, impreso en negrita en la parte superior.

Debajo figuraba un nombre que en los últimos días se había convertido en la espina más afilada de su carne.

Nombre de la paciente: Priscila Amelia.

Renata frunció levemente el ceño. Con calma, pasó a la hoja siguiente. Su dedo índice recorrió la hilera de frases médicas hasta detenerse en una línea, la conclusión del análisis de laboratorio.

Positivo. Embarazada.

No hubo reacción histérica. No hubo un llanto lastimero invocando el nombre de Dios. Renata se limitó a releer esa sola línea una vez más, como para asegurarse de que sus ojos no estaban jugando con su cordura.

—Así que Priscila está embarazada —murmuró en voz baja.

Tristán, de pie y alerta junto a la puerta, observaba el rostro de su jefa con gesto de inquietud. Sabía muy bien que la herida de Renata aún no había cicatrizado.

—Disculpe que haya tenido que traerle esta noticia tan pronto, señorita —dijo con cautela—. Mis hombres, que los seguían, obtuvieron información fidedigna. Esta mañana, el propio señor Adrián fue en persona a recoger a la señorita Priscila y llevarla al hospital.

Renata soltó un largo suspiro y se recostó en el respaldo de la silla.

—Entonces ya llegaron tan lejos a mis espaldas, Tristán. —Volvió a doblar la hoja con enorme pulcritud y la guardó en el sobre.

Curiosamente, la comisura de sus labios pálidos se alzó poco a poco. Una sonrisa tenue que no llegaba a los ojos. Después esa sonrisa se transformó en una mueca gélida que, sin saber por qué, le puso los pelos de punta a Tristán al instante.

—¿De verdad está bien, señorita? —preguntó él para asegurarse.

—¿Por qué habría de estar triste, Tristán? Dime, ¿acaso esto no es más bien una buena noticia?

Tristán frunció el ceño, confundido.

—¿Una buena noticia? ¿A qué se refiere, señorita?

—Cuanto más alto se levanta un edificio sobre cimientos de mentiras, más estruendoso y doloroso será el sonido de su derrumbe cuando yo lo eche abajo.

Renata giró la cabeza y miró a su fiel asistente. Con la mano izquierda estrujaba el sobre hasta arrugarlo y hacerlo crujir.

—Hace un momento, después de escuchar el consejo de mi psicóloga, mi corazón llegó a flaquear. Dudé de si destruirlos por completo, sin dejar nada en pie. Pero ¿y ahora? Adrián mismo acaba de poner en mis manos la excusa más perfecta. Traicionó nuestro matrimonio sagrado. Dejó embarazada a su amante cuando la sangre de mi propio hijo aún no se había secado sobre el asfalto.

Renata evocó el rostro arrogante de su suegra.

—¿Y sabes qué es lo más repugnante? Sara seguro va a recibir esta noticia entre vítores. Esa vieja va a usar a este bebé como excusa absoluta para obligarme a aceptar la presencia de Priscila en nuestro hogar, o incluso para separarme de Adrián.

Renata negó despacio con la cabeza, soltando una risa despectiva.

Al ver el destello de venganza en los ojos de su patrona, Tristán tragó saliva. Sabía que acababa de formarse una gran tormenta.

—¿Cuál es nuestro siguiente paso, señorita?

Renata metió el sobre en su bolso.

—Averígualo todo, Tristán. Descubre hasta el último detalle, sin dejar ni una rendija. Desde la edad gestacional exacta de Priscila, el nombre del obstetra que la atiende, hasta la lista de personas que ya saben del embarazo. Que no se te escape ni un solo dato.

Tristán asintió con firmeza, archivando cada detalle en su cabeza.

—Entendido, señorita. Lo haré.

Renata tomó su bolso de mano y se irguió con elegancia, lista para salir del hospital.

—¿Quieren jugar los tres a la familia feliz? Perfecto. Pero antes de que su escenario quede perfecto, les iré arrebatando su felicidad poco a poco. Voy a destruir a Adrián, a Priscila y a Sara el mismo día y en el mismo segundo. Ya veremos quién será el que me suplique piedad al final.

* * *

—¿¡De dónde vienes!? ¡Ya son las once de la noche y apenas regresas! —bramó Adrián en cuanto Renata cerró la puerta a su espalda.

Ella no se sobresaltó en lo más mínimo. Entró con calma, dejó su costoso bolso sobre el tocador y se quitó los aretes sin apuro.

—De pasear —respondió Renata escuetamente, sin siquiera volverse hacia su esposo.

Al ver la serenidad y la indiferencia de su mujer, la furia de Adrián se encendió aún más. Avanzó con rapidez hacia ella.

—¿De pasear? ¿¡Con ese canalla!? Se ven a escondidas y se besan a mis espaldas, ¿¡verdad!? —le espetó, alzando la voz mientras la señalaba.

Al oír la acusación, Renata detuvo sus movimientos. Se giró despacio, apoyó la cadera en el borde del tocador y miró a Adrián con una ceja enarcada. Una sonrisa burlona se dibujó clara en sus labios rojos.

—Me estuviste espiando. Vaya, qué sorpresa. Así que mi esposo, tan ocupadísimo con el trabajo, en el fondo es un chismoso que quiere saber qué hace su mujer fuera de casa.

El rostro de Adrián palideció de golpe. Se atragantó, atrapado con las manos en la masa.

—¿Q-quién te estuvo espiando? ¡No inventes! ¡Solo pasé por casualidad y los vi en la cafetería! —se defendió a trompicones, tratando de disimular su nerviosismo.

Renata puso los ojos en blanco con desgana. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con unos ojos fríos como el hielo.

—Basta, Adrián. No somos adolescentes montando un drama. Di de una vez lo que en realidad quieres decir esta noche. No hace falta que desvíes la conversación acusándome de cualquier cosa.

Adrián enmudeció de repente. Los labios se le sellaron. La miró con un torbellino de emociones.

¿Cómo puede saber Renata que esta noche traigo otra intención?, pensó, presa del pánico.

—Vamos, Adrián. Habla. No tengo mucho tiempo, estoy agotada y quiero dormir ya —lo apremió Renata, impaciente. Su firmeza hizo que el valor de Adrián se encogiera de golpe.

Adrián tragó saliva con dificultad. Apretó los puños a los costados, intentando reunir los restos de su coraje. Este era el momento que había preparado con su madre desde la mañana. Tenía que zanjarlo ahora mismo.

—Bien. Si eso es lo que quieres. Quiero que nos divorciemos. —Adrián se mantuvo rígido, conteniendo el aliento. En su cabeza ya había imaginado con claridad cuál sería la reacción de Renata.

Adrián esperaba el llanto histérico de aquella mujer. Esperaba que Renata se arrodillara aferrándose a su brazo entre sollozos. Esperaba que le suplicara que no la abandonara.

Pero todas esas expectativas se hicieron añicos.

En lugar de llorar lamentando su suerte, Renata se limitó a mirarlo con una expresión impasible. Sin decir una sola palabra, la mujer se dio la vuelta. Abrió el bolso que acababa de dejar, sacó un sobre blanco con el logo de un hospital, se giró de nuevo y se lo arrojó justo al pecho.

—¿Te divorcias de mí porque ella está embarazada? —preguntó Renata con calma.

Adrián se quedó petrificado. Su corazón pareció detenerse en ese mismo instante. Sus ojos se abrieron con horror ante la hoja de la prueba de embarazo de Priscila, que ahora yacía mansamente a sus pies.

—¿¡De dónde sacaste esto, Renata!? —balbuceó Adrián, señalando el papel con un dedo tembloroso, mirándola como si estuviera viendo un fantasma.

—Felicidades, Adrián. Al fin la amante que de verdad amas logró concebir a tu hijo. Tu madre debe de estar felicísima ahora.

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