A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 26
Capítulo 26: La tregua
Sebastian la invitó a cenar.
No fue una orden ni una citación ni una instrucción transmitida por Ana Lucía con su tableta y su voz de secretaria perfecta. Fue un mensaje de texto. Tres palabras: "¿Cenas conmigo?" Sin mayúsculas innecesarias. Sin signos de exclamación. Sin la autoridad del CEO ni la frialdad del hermano mayor. Solo una pregunta que parecía hecha por un hombre que no estaba seguro de la respuesta.
Valentina miró el mensaje durante diez minutos antes de responder. Luego escribió: "Sí."
La cena fue en el comedor de la hacienda —el comedor grande, el de las cenas de gala, con la mesa de caoba para dieciséis personas y los candelabros de plata que Doña Elena había comprado en una subasta en Guadalajara. Pero solo había dos platos servidos, uno frente al otro, en los extremos de la mesa. Tres metros de caoba vacía los separaban.
Sebastian ya estaba sentado cuando ella llegó. No llevaba traje. Era la primera vez que Valentina lo veía sin traje fuera de su habitación: camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, sin corbata, el pelo ligeramente desordenado como si se lo hubiera pasado la mano demasiadas veces. Parecía más joven. Parecía casi humano.
—Siéntate —dijo. No como una orden. Como una invitación.
La cena fue preparada por el chef de la hacienda: crema de elote, un corte de res con salsa de chile pasilla, flan de cajeta. Comida que costaba lo que una familia de Iztapalapa gasta en una semana, servida en platos de porcelana que Doña Elena había traído de España y que nadie usaba excepto en Navidad.
Valentina comió en silencio. Sebastian también. El único sonido era el tintineo de los cubiertos y el tic-tac del reloj de pared que Don Ricardo había instalado treinta años atrás y que nadie se había atrevido a quitar. Valentina notó que Sebastian cortaba la carne con movimientos lentos, casi meditativos, como si estuviera pensando en cada corte antes de hacerlo. En las cenas anteriores —las pocas que habían compartido— Sebastian comía con la eficiencia de un hombre que considera la comida un trámite. Esta noche comía como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Sé lo que hiciste —dijo Sebastian, cuando los platos estuvieron vacíos.
Valentina dejó la servilleta sobre la mesa. Su corazón se aceleró pero su cara no se movió.
—¿Qué hice?
—La conferencia de prensa. Santiago haciéndose pasar por mí. La firma del aplazamiento. —Pausa—. El vaso de agua.
El silencio que siguió fue tan denso que Valentina pudo escuchar su propia respiración. Sebastian la miraba desde el otro extremo de la mesa con una expresión que no era furia ni humillación ni deseo de venganza. Era curiosidad. Como un hombre que ha pasado años clasificando a una persona en la categoría de "débil" y que de repente se da cuenta de que la clasificación era incorrecta.
—¿Vas a castigarme? —preguntó Valentina.
Sebastian tomó su copa de vino. La giró entre los dedos. La puso sobre la mesa sin beber.
—No —dijo—. No voy a castigarte.
Valentina esperó el "pero". Siempre había un "pero" con Sebastian. "No voy a castigarte, pero te quitaré el departamento." "No voy a castigarte, pero duplicaré la vigilancia." "No voy a castigarte, pero la próxima vez no seré tan generoso."
El "pero" no llegó.
—Me drogaste —dijo Sebastian. Su voz era factual, sin inflamación, como si estuviera leyendo un informe financiero—. Me hiciste firmar un documento legal mientras estaba bajo los efectos de un sedante. Falsificaste mi identidad en televisión nacional usando a mi hermano gemelo. Y me dijiste que siempre me confundías con él.
Hizo una pausa.
—¿Algo de eso fue verdad?
—¿Lo del sedante? —preguntó Valentina.
—Lo de confundirme con él.
Valentina lo miró a través de los tres metros de mesa vacía. La luz de los candelabros le daba al rostro de Sebastian una suavidad que la electricidad nunca le daba: sombras cálidas en los pómulos, un brillo dorado en los ojos que normalmente eran hielo puro.
—No —dijo Valentina—. Nunca te he confundido con él. No se parecen en nada.
Sebastian asintió. Un movimiento lento, como el de un hombre que recibe una respuesta que necesitaba pero que no sabe qué hacer con ella.
—La universidad empieza el lunes —dijo, cambiando de tema con la brusquedad de alguien que no quiere seguir hablando de lo que siente—. Mandé un coche para que te lleve y te recoja.
—No necesito un coche.
—No es negociable.
—Sebastian.
—No es negociable, Valentina. —Y ahí estaba, por un instante, el viejo Sebastian: la mandíbula trabada, la voz de acero, el hombre que confunde el amor con el control. Pero el instante pasó. Sebastian respiró, aflojó la mandíbula y agregó—: Es un coche. No es una jaula. Puedes decirle al chofer que se vaya cuando quieras. Pero va a estar ahí por si lo necesitas.
Valentina lo estudió. Buscó la trampa. Buscó el ángulo. Buscó el precio escondido detrás de la concesión. No lo encontró —o no lo vio, que no es lo mismo.
—Está bien —dijo.
Sebastian se levantó de la mesa. Caminó hasta la puerta. Se detuvo con la mano en el marco, de espaldas a ella.
—Una cosa más —dijo—. No confío en Alejandro Reyes. No confío en sus motivos ni en su generosidad ni en su programa de talentos ni en nada de lo que ha hecho por ti. Y cuando entiendas por qué, vas a desear haberme escuchado.
Se fue.
Valentina se quedó sola en el comedor de dieciséis sillas vacías. Los candelabros se reflejaban en la superficie de caoba como estrellas en un lago oscuro. El reloj de Don Ricardo marcaba las diez de la noche con la puntualidad de un muerto que sigue dando órdenes desde la tumba.
Sebastian le había dicho dos cosas importantes esta noche. La primera: que sabía lo que ella había hecho y que no iba a castigarla. La segunda: que no confiaba en Alejandro.
La primera la confundía. La segunda la asustaba. Porque Sebastian Montero era muchas cosas —controlador, posesivo, frío, capaz de atar muñecas con corbatas de seda— pero no era un mentiroso. Cuando decía que no confiaba en alguien, tenía razones. Y las razones de Sebastian solían ser peores que cualquier cosa que uno pudiera imaginar.
Valentina recogió los candelabros de la mesa —un gesto automático que venía de sus años en Casa Hogar Esperanza, donde las huérfanas levantaban la mesa después de cada comida— y los dejó en el aparador. Ana Lucía apareció en la puerta del comedor como si hubiera estado esperando detrás de la pared.
—Yo me encargo, señorita —dijo, recogiendo los platos con manos precisas.
Valentina la miró. Ana Lucía tenía ojeras que su maquillaje no alcanzaba a cubrir. Desde la muerte de Don Ricardo, la asistente de Sebastian trabajaba dieciocho horas al día: gestionando la prensa, coordinando abogados, manteniendo la maquinaria de Grupo Montero en movimiento mientras su jefe navegaba algo que se parecía peligrosamente a una transformación interna.
—Ana Lucía —dijo Valentina—. ¿Él está bien?
Ana Lucía la miró. Por un segundo —solo uno— su expresión profesional se quebró y dejó ver algo debajo: la preocupación genuina de una mujer que lleva años observando a un hombre destruirse a sí mismo de formas que solo ella puede ver.
—Está intentándolo —dijo Ana Lucía. Luego recogió la expresión neutral como quien recoge un objeto caído y salió del comedor.
Valentina subió a su habitación. Sacó el diario. Escribió:
"Sebastian sabe todo y no hizo nada. ¿Por qué? ¿Qué gana dejándome libre? ¿O es que finalmente entiende que atarme no funciona?"
"No confía en Alejandro. ¿Es manipulación o advertencia?"
Cerró el diario. Puso la alarma a las seis. El lunes empezaba UNAM.
Un mundo nuevo. Pero con los mismos fantasmas.