Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 26
Capítulo 26
Santiago reconoció a Sergio como su hijo directamente frente a ella. Sin el odio que Sara había temido durante tanto tiempo. Lentamente, Sara levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Santiago, que ahora la observaba con una intensidad profunda.
—Llegué muy tarde, ¿verdad...? —la voz de Santiago se apagó despacio—. Para entender todo.
Sara bajó la cabeza de inmediato, el pecho apretándosele de golpe.
Mientras tanto, Santiago continuó lentamente:
—Durante cinco años... —el hombre soltó una risa pequeña y amarga— estuve enojado contigo. —Su mirada descendió hasta los dedos de Sara, que aún sostenían un algodón pequeño en la mano—. Pensé que me habías dejado porque ya no me querías.
La respiración de Sara se volvió pesada al instante. Intentó mantener la calma, aunque los ojos ya le empezaban a arder. Pero Santiago volvió a hablar con la voz ronca.
—Y resulta que... —el hombre esbozó una sonrisa amarga dirigida a sí mismo— el más cruel de los dos fui yo.
—No digas eso —lo cortó Sara de inmediato.
La mirada de Santiago volvió hacia ella. Sara se mordió el labio inferior suavemente antes de decir en voz baja:
—Tú no tienes la culpa.
—Sí la tengo.
El silencio volvió a llenar la habitación durante unos segundos.
La brisa del mar entró con suavidad por la ventana abierta. Mientras tanto, Santiago seguía mirando a Sara sin apartar la vista un solo instante.
—No recuerdo esa noche... —dijo al fin, en voz baja—. Pero te creo.
Esa frase hizo que las defensas de Sara se derrumbaran poco a poco.
Las lágrimas de Sara cayeron lentamente, sin que pudiera contenerlas más. Santiago levantó la mano para secarlas. Pero detuvo el gesto en el aire. Aún temía no ser digno de tocar a la mujer que tenía enfrente.
Mientras tanto, Sara se apresuró a secarse las lágrimas ella misma y volvió a concentrarse en las heridas del rostro de Santiago.
—Quédate quieto —murmuró en voz baja, conteniendo el llanto—. Todavía no termino con la curación.
Santiago sonrió levemente. Una calma lenta regresaba a su corazón al ver a Sara tan cerca de él otra vez. El ambiente junto a la ventana se volvió mucho más sereno.
La brisa marina sopló con suavidad, meciendo la cortina blanca a un lado de la ventana. La luz del sol matutino iluminaba los rostros de Sara y Santiago, sentados frente a frente a una distancia tan corta.
Sara seguía concentrada aplicando el medicamento en la herida de la comisura de los labios de Santiago. Mientras, él no había dejado de mirar el rostro de la mujer frente a sí. Una mirada que durante cinco años siempre había añorado.
—Listo —murmuró Sara en voz baja, después de terminar de colocar una pequeña curita cerca de la herida de Santiago. Cuando iba a retirar la mano, Santiago le sujetó los dedos por reflejo.
Sara giró la cabeza de inmediato; sus miradas volvieron a encontrarse. Santiago le sostuvo la mano con suavidad, como si temiera que ella desaparecería otra vez si la soltaba.
—Te busqué por todas partes... —dijo el hombre en voz baja. El corazón de Sara volvió a latir desbocado—. Pensé... —la voz de Santiago comenzó a quebrarse— que ya los había perdido.
Ese los hizo que los ojos de Sara volvieran a arder.
Cinco años criando a Sergio sola, guardando la nostalgia y el miedo dentro de sí. Y ahora el hombre que más amaba estaba sentado frente a ella, mirándola como solía hacerlo antes. Sin darse cuenta, Sara fue bajando el rostro lentamente.
Santiago se acercó. Despacio, muy despacio, como dándole la oportunidad de rechazarlo. Pero ella se quedó inmóvil, las miradas de ambos enganchadas. Sus respiraciones se mezclaron, tan cerca. Cuando Santiago apoyó suavemente su frente contra la de Sara...
—¡Mamá!
Los dos se separaron de golpe.
Sara se puso de pie tan rápido que casi tiró el botiquín de la mesa. Mientras, Santiago tosió levemente por reflejo y desvió la cara.
En el umbral de la puerta, Sergio estaba de pie con una toallita pequeña sobre la cabeza. El niño parpadeó varias veces mirándolos con desconcierto.
—¿Pol qué estaban sentados tan celquita?
El rostro de Sara se encendió de inmediato.
—¡Por nada! —La respuesta salió tan rápida que hizo que Sergio sospechara todavía más.
El niño caminó hacia ellos con pasos cortos. Su mirada iba y venía entre su madre y Santiago.
—¿Mamá estaba legañando al doctol?
Santiago casi se echó a reír al ver la expresión inocente de su hijo.
Sara se puso aún más nerviosa.
—No —respondió la mujer rápidamente mientras se acomodaba el pelo revuelto—. Mamá solo estaba curando las heridas del doctor.
—Ahhh... —Sergio asintió como si entendiera. Luego, unos segundos después, el niño volvió a hablar con su voz inocente:
—Pelo parecía una telenovela.
Santiago agachó la cabeza conteniendo la risa. Mientras, Sara de verdad quería que se la tragara la tierra en ese momento.
—¡Sergio! —lo regañó, avergonzada.
El pequeño, en cambio, soltó una risita traviesa y corrió hacia Santiago.
—¿El doctol ya no le duele ahola?
Santiago finalmente sonrió con ternura y levantó a Sergio para sentarlo en su regazo otra vez.
—Ya me curé —respondió el hombre en voz baja, mientras miraba a Sara, que seguía nerviosa frente a ellos.
La pequeña casa volvió a sentirse cálida, como una familia completa. Sergio se sentó cómodamente en el regazo de Santiago mientras jugueteaba con los dedos del hombre usando sus manitas.
Mientras tanto, Santiago le acariciaba el pelo al niño de vez en cuando, todavía sin acostumbrarse a esa cercanía cálida que de pronto había aparecido en su vida.
Del otro lado, Sara estaba de pie junto a la mesa guardando el botiquín para disimular su propio nerviosismo. El silencio se rompió de pronto con la voz inocente de Sergio.
—Doctol Santiago...
—¿Hm? —Santiago bajó la mirada hacia el pequeño en su regazo.
Sergio pareció pensarlo unos segundos antes de preguntar finalmente, en voz baja:
—¿Selgio puede llamal al doctol Santiago papá?
La habitación quedó en silencio absoluto. Las manos de Sara se detuvieron en seco. Mientras, Santiago se quedó paralizado en su lugar. Sergio, en cambio, miraba a Santiago con sus ojos redondos llenos de esperanza.
—Polque... —continuó el niño con inocencia— mamá dice que el papá de Selgio es guapo y bueno. —Sus ojitos brillaron levemente—. El doctol Santiago también es guapo y bueno.
El corazón de Sara se apretó al instante.
—Sergio... —lo llamó suavemente, tratando de desviar el rumbo de la conversación.
El pequeño giró la cabeza rápidamente hacia su madre.
—¿Qué?
Sara se mordió el labio inferior con cuidado antes de decir con cautela:
—No a cualquier persona se le puede llamar papá así como así.
El silencio volvió a reinar durante unos segundos. Sergio bajó la cabecita. Su carita inocente se ensombreció un poco.
—Ah...
Al ver esa expresión, el pecho de Sara dolió todavía más.
Antes de que pudiera explicarse, Sergio volvió a levantar el rostro para mirar a Santiago con cuidado.
—¿El doctol Santiago no quiele sel el papá de Selgio? —La pregunta golpeó el pecho de Santiago con una fuerza brutal. El niño tomó la mano de Santiago con sus deditos y dijo con voz queda—: Selgio quiele tenel un papá como los otlos niños... —Sus ojitos empezaron a llenarse de lágrimas—. Selgio plomete poltalse bien... Selgio también plomete no llolal... —Esa vocecita sonaba tan inocente y sincera—. Si el doctol Santiago es el papá de Selgio...
En ese instante, los ojos de Sara ardieron. La mujer se volteó a toda prisa. Pero las lágrimas cayeron en silencio, sin que pudiera contenerlas. Todo este tiempo se había esforzado por ser suficiente para Sergio.
Se había esforzado por ser madre y padre a la vez. Pero al final, su hijo seguía añorando la figura de un papá. Mientras tanto, Santiago fue absolutamente incapaz de decir nada. El pecho le apretaba tanto que apenas podía respirar. Su mirada no se apartaba del rostro pequeño en su regazo, que ahora esperaba una respuesta.
Santiago sintió con toda claridad cuánto tiempo había perdido en la vida de su hijo.
El silencio llenó la pequeña habitación. Sergio seguía mirando a Santiago con los ojos redondos llenos de esperanza, esperando una respuesta que nunca antes se había atrevido a pedir.
Mientras, Sara permanecía de espaldas a ellos, conteniendo el llanto en silencio.
Santiago levantó la mano lentamente y le acarició el pelo a Sergio con infinita suavidad.
—Puedes —dijo el hombre en voz baja. Lo suficientemente claro como para que Sergio abriera los ojos de par en par de la alegría. Santiago esbozó una sonrisa pequeña, aunque sus ojos ya estaban enrojecidos—. Sergio puede llamar al doctor papá, ¿sí?
Las lágrimas de Sara volvieron a caer. Mientras, Sergio parecía no terminar de creerlo.
—¿De veldad?
Santiago asintió despacio.
—Sí.
El hombre miró al niño en su regazo con una mirada cargada de culpa y, al mismo tiempo, de un cariño inmenso.
—Y Sergio también puede contarle lo que sea a papá. —La respiración de Santiago tembló levemente—. De ahora en adelante... —su voz comenzó a quebrarse— el doctor es el papá de Sergio.
Los ojos de Sergio brillaron con una luz radiante.
—Recuerda, ¿eh? —continuó Santiago con una sonrisa llena de emoción—. El doctor es el papá de Sergio.
—Papá... —Sergio pronunció la palabra despacio, como si estuviera acostumbrándose a ella. Un instante después, el niño se lanzó a abrazar el cuello de Santiago con todas sus fuerzas.
—Papá... —Esa vocecita hizo que las defensas de Santiago se derrumbaran de golpe.
Las lágrimas le cayeron sin que pudiera contenerlas más. El hombre abrazó a su hijo con fuerza, como si tuviera miedo de volver a perderlo.
Santiago inclinó la cabeza y besó las mejillas de Sergio una y otra vez mientras contenía el llanto.
—Papá está aquí... —susurró en voz baja, lleno de arrepentimiento—. Perdona a papá por llegar tarde...
Sergio, en cambio, se rio bajito mientras sujetaba el rostro de Santiago con inocencia.
—No pasa nada. Polque papá ahola ya llegó.
Esa frase casi hizo que Santiago volviera a llorar.
Mientras tanto, junto a la mesa, Sara ya no fue capaz de esconder sus lágrimas. La mujer se tapó la boca con suavidad para que su llanto no se escuchara. Santiago abrazó a Sergio con fuerza. Con la otra mano, intentó alcanzar los dedos de Sara, que estaba de pie no muy lejos de ellos.
Sara giró la cabeza lentamente. Santiago le tomó la mano con firmeza. La mirada del hombre se encontró con la de ella, empañada de lágrimas. Ya no hubo más palabras, pero ese apretón se sintió como una disculpa.