Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 25
Me gustas
El puesto de emergencia empezó a estabilizarse al quinto día.
La ayuda del distrito llegó con más regularidad. Un equipo médico adicional se hizo cargo de parte de las consultas. Protección Civil instaló una carpa grande. Empezaron a registrar a las personas cuyas casas habían quedado dañadas para reubicarlas temporalmente.
Alma terminó obligada a volver al complejo.
No por Damián.
Por cuatro personas a la vez: Renata, Julián, Noelia y la doctora Nanda.
—Doctora, ya parece un zombi —soltó Julián.
—Los zombis todavía pueden caminar derecho —añadió Renata.
Noelia llevaba la bolsa de Alma.
—Si no vuelve a casa a bañarse, voy a acusarla con la señora Natalia.
Alma la contempló.
—¿Me está amenazando con mi suegra?
—Si funciona, sí.
Damián estaba junto al vehículo y se veía demasiado satisfecho.
Alma lo señaló con un dedo.
—¿Usted está detrás de esto?
—Solo apoyo la decisión del equipo médico.
—Traidor.
—Descansar también es parte del tratamiento.
—No use lenguaje médico para llevarme la contraria.
Pero al final, Alma volvió a casa.
Su vivienda de servicio le pareció extraña después de tantos días en el puesto de emergencia. Demasiado silenciosa. Demasiado limpia. Se bañó durante largo rato y dejó que el agua se llevara el barro y el cansancio de su cuerpo. La herida de la pantorrilla empezaba a secarse. El brazo donde la había rozado la bala también mejoraba.
Después se puso ropa cómoda y se sentó en el porche, con el cabello húmedo envuelto en una toalla.
Por primera vez en varios días, nadie gritaba «¡Doctora!» presa del pánico.
Y aquel silencio le oprimió el pecho.
Su teléfono sonó.
Era un mensaje de Damián.
¿Ya comió?
Alma observó la pantalla y soltó una risa débil.
Todavía no. Acabo de bañarme.
La respuesta llegó enseguida.
No se duerma sin cenar.
¿Dónde está usted?
En el puesto de mando.
Duérmase.
Después de que comas.
Alma negó con la cabeza.
Era muy difícil lidiar con un hombre tan terco como ella.
Diez minutos después, una motocicleta se detuvo frente a la casa. Alma pensó que sería el soldado que, como de costumbre, le traía la comida. Se levantó y abrió el portón.
Ahí estaba Damián.
No un soldado.
Damián llevaba un portaviandas.
Alma lo contempló.
—Dijo que estaba en el puesto de mando.
—Lo estaba.
—¿Me mintió?
—Me puse en camino después de responderte.
—Manipulador.
—Eficiente.
Alma tomó el portaviandas.
—Gracias. Ahora vuelva y duerma.
Damián no se fue.
—¿Puedo pasar?
La pregunta hizo que Alma se detuviera.
Antes, Damián había entrado en su vida sin pedirle permiso de verdad. Esa noche esperaba una respuesta ante el portón de su pequeña vivienda de servicio.
Alma abrió más la puerta.
—Pase.
Damián entró a la sala. Ya había estado allí cuando cargó a Alma en brazos, pero ella estaba medio consciente entonces. Esta vez era distinto. Él reparó en el pequeño estante de libros médicos, el tapete de oración en una esquina, los vasos de peltre, la planta de ají en una lata reciclada y el impermeable colgado de un clavo.
—Tu casa es acogedora —comentó.
—¿Esta casa que casi se cae a pedazos?
—La hiciste tuya.
Alma dejó el portaviandas sobre la mesa.
—No tenía alternativa.
—Tú siempre encuentras la manera.
Ella no respondió.
Comieron en la mesa pequeña. Damián había llevado arroz, pescado a la parrilla, una sopa ligera de verduras y salsa picante. Alma comió más de lo que creía poder. Damián parecía complacido, pero no hizo ningún comentario.
Al terminar, Alma preparó té.
—¿De verdad no quiere dormir?
—Luego.
—¿Cuándo?
—Después de hablar.
Sus manos se detuvieron al servir el té.
—¿De qué?
Damián se sentó erguido.
—De nosotros.
Alma dejó la tetera sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—Acabamos de salir de un desastre.
—Precisamente por eso.
—Damián...
—No quiero esperar a que haya otro terremoto, otra bala, otro paciente o alguien más a punto de morir para hablar.
Alma lo observó.
La voz de Damián era serena, pero no así sus ojos.
—Sé que todavía no puedes confiar plenamente en mí. Sé que llegué tarde. Sé que un perdón no basta para dos años.
Alma se sentó frente a él.
Damián continuó:
—Pero necesito decirte esto cuando ambos estamos conscientes, no frente a un quirófano, ni entre escombros, ni por miedo a perderte.
El corazón de Alma empezó a golpearle más rápido.
Damián inhaló.
—Me gustas.
No llovía a cántaros.
No sonaban alarmas.
Ningún paciente gritaba.
Solo aquella frase cayó en la pequeña sala de Alma.
Ella lo contempló sin parpadear.
Damián no apartó la cara.
—No sé cuándo cambió exactamente. Tal vez cuando arreglaste esta casa sin quejarte. Tal vez cuando regañaste a mis soldados porque la compresión de pecho que hacían era demasiado débil. Tal vez cuando recibiste un disparo por empujarme. Quizá incluso antes, pero fui demasiado orgulloso para darme cuenta.
A Alma se le secó la garganta.
—No...
La voz apenas le salió.
—No lo diga si todavía no está seguro.
—Estoy seguro.
—No lo diga porque se acostumbró a que yo esté aquí.
—No es eso.
—No lo diga porque lo salvé.
—No es solo por eso.
—Damián, no puedo aceptarlo para que mañana vuelva a alejarse.
—No lo haré.
—Usted no lo sabe.
—Sé que te hice tener miedo de confiar. Fue culpa mía.
Alma bajó la cabeza.
Aferró la taza de té.
—Yo también tengo miedo —admitió.
—¿De qué?
—De mí misma.
Damián no la interrumpió.
—Tengo miedo de empezar a esperar sus mensajes. De alegrarme solo porque recuerda que no he comido. De sentir que esta casa es más segura cuando usted está frente al portón. Tengo miedo de que todo eso no sea más que una costumbre pasajera para usted.
Damián la contempló; la mirada se le ensombreció.
—Alma.
—Viví dos años recordándome que no debía tener esperanzas. Resulta que la esperanza no murió. Solo estaba dormida. Y ahora...
Soltó una risa pequeña, con los ojos ardiéndole.
—Ahora despertó en el momento más inoportuno.
Damián se puso de pie, rodeó la mesa y se detuvo frente a Alma. No la tocó antes de preguntar.
—¿Puedo?
Alma supo que le preguntaba si podía abrazarla.
Algo tan sencillo estuvo a punto de hacerla llorar.
Asintió.
Damián la atrajo despacio a sus brazos.
No fue como el abrazo breve y desesperado del hospital. Esta vez era tranquilo. Cuidadoso. Como si Damián sostuviera algo que una vez había roto y no se atreviera a apretarlo demasiado.
Alma apoyó la frente contra el pecho de Damián.
Escuchó los latidos de su corazón.
Rápidos.
Así que no era la única.
—No te estoy pidiendo que respondas esta noche —murmuró Damián sobre su cabeza.
—Qué bueno.
—Pero voy a seguir buscándote.
Alma se apartó un poco.
—¿Buscándome?
—De la manera que tú me permitas.
—¿Y si no se lo permito?
—Esperaré.
—Usted es malo para esperar.
—Estoy aprendiendo.
Alma lo contempló.
Damián inclinó un poco la cabeza, pero se detuvo antes de acortar demasiado la distancia.
Esta vez no robó nada.
Esperó.
Alma fue quien se movió al final.
El beso fue breve. Apenas un roce suave en los labios. Pero bastó para que Damián contuviera el aliento como un hombre que acababa de sobrevivir a algo.
Alma fue la primera en apartarse.
—Eso no es una respuesta.
Damián la observó con unos ojos que por primera vez parecían de verdad cálidos.
—Lo sé.
—Solo es...
—¿Un avance?
Alma casi se echó a reír.
—Tal vez.
Afuera, alguien se aclaró la garganta con fuerza.
Alma y Damián voltearon al mismo tiempo.
Verónica estaba frente al portón, con un portaviandas vacío en la mano, los ojos muy abiertos y el rostro iluminado como si acabara de encontrar material para las reuniones de vecinas de todo un mes.
—Ay —soltó Verónica—. Perdón, doctora. Solo venía a preguntar por el portaviandas de ayer...
Alma cerró los ojos.
Damián exhaló.
Verónica sonrió de oreja a oreja.
—No vi nada.
Ninguno de los dos le creyó.
Después de que Verónica se fue con pasos demasiado rápidos para llamarlos tranquilos, la casa volvió a quedar en silencio. Alma seguía de pie cerca de la mesa, con las mejillas calientes. Damián cerró la puerta despacio y luego se volvió como si no supiera dónde poner las manos.
—Puedo explicarlo —dijo.
Alma arqueó una ceja.
—¿A la señora Verónica o a mí?
Damián guardó silencio.
Por primera vez desde que Alma lo conocía, aquel hombre pareció derrotado por una frase sencilla. No por un enemigo, ni por un desastre, ni por las reglas del cuartel. Por la mujer a la que acababa de besar.
Alma bajó la mirada, se rozó los labios con el dorso de los dedos y enseguida dejó caer la mano.
—Todavía no terminamos de hablar —murmuró.
—Lo sé.
—No quiero ser una esposa que solo espera a que cambies y luego agradece que le des un poco de atención.
Damián asintió.
—No tienes que serlo.
—Si algún día me voy, trabajo lejos o tomo una decisión que te incomode...
—Seguiré teniendo miedo —respondió Damián—. Pero aprenderé a no usar ese miedo para atarte.
Alma lo observó durante largo rato.
Afuera, los pasos de Verónica se detuvieron frente a la casa vecina. En cinco minutos, quizá toda la calle se enteraría.
Alma soltó una risita de pronto.