Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 17
Capítulo 17: La cacería
Y Tepoztlán apareció en su cabeza como una palabra imposible y luminosa, esperándolo al final de la carretera.
El camión avanzó hacia el sur con las ventanas medio abiertas y olor a gasolina, polvo y frituras. Santiago se sentó al fondo, con la gorra baja, el cubrebocas puesto y la sudadera blanca escondida bajo la chamarra de trabajo. Cada vez que el vehículo frenaba, el cuerpo se le tensaba esperando ver una camioneta negra atravesada en la carretera.
No apareció.
Eso no lo calmó.
El celular viejo permanecía apagado contra su pecho. Tenía doce por ciento de batería, suficiente para una llamada, quizá dos si tenía suerte. Diego era el primer nombre que le quemaba la lengua, pero Don Braulio tenía razón: si llamaba demasiado pronto y León lo encontraba antes de que alguien le creyera, habría desperdiciado la única cuerda que le quedaba.
Primero debía llegar a un lugar con gente.
Tepoztlán lo recibió con calles empinadas, casas de colores, olor a maíz y humo, turistas caminando con mochilas y vendedores ofreciendo nieves bajo el sol. El ruido era real: risas, motos, campanas y música saliendo de una tienda.
Santiago casi se dobló en la banqueta.
Nadie lo conocía.
Nadie lo vigilaba.
Durante un minuto entero, esa ignorancia ajena se sintió como libertad.
Luego recordó que León no necesitaba conocer un lugar para llenarlo de ojos.
Entró a una tienda pequeña, compró una botella de agua y preguntó por el centro. La mujer lo miró de arriba abajo: gorra sucia, chamarra de trabajo, manos raspadas, cara demasiado pálida.
—¿Está perdido?
Santiago apretó la botella.
—Necesito un lugar donde cargar el celular.
La mujer señaló hacia una calle estrecha.
—Allá hay una estética. Lupita deja cargar si le compras algo o le explicas bonito.
—Gracias.
La estética tenía un letrero pintado a mano: "Lupita — Cortes, tintes y peinados". Dentro olía a shampoo, tinte y café recalentado. Una mujer de unos cuarenta y tantos, cabello teñido de cobrizo y lentes colgando del cuello, levantó la vista cuando él entró.
—¿Corte?
Santiago cerró la puerta detrás de sí.
—Necesito cargar mi celular. Y... ayuda.
Lupita dejó las tijeras sobre la mesa.
—¿Qué tipo de ayuda?
La pregunta fue cautelosa, no fría. Eso bastó para que a Santiago se le quebrara un poco la voz.
—Me están buscando.
—¿Policía?
—No. Mi... —La palabra novio le dio asco en la boca—. Un hombre. Me tenía encerrado en su casa.
Lupita no se rió. No dijo que era un pleito de pareja. Miró sus manos, la marca del tobillo visible cuando el pantalón se levantó apenas, la sudadera blanca manchada de polvo bajo la chamarra.
—Pasa atrás.
Santiago obedeció.
El cuarto trasero era pequeño, con una silla, cajas de tintes y un enchufe junto a una mesa. Lupita conectó el celular viejo.
—¿A quién vas a llamar?
—A mi amigo.
—¿Sabe dónde estás?
—No.
—Entonces habla rápido y dile que vaya a una comandancia, no que venga solo.
Santiago asintió.
La pantalla encendió.
Nueve por ciento.
Marcó a Diego de memoria.
El tono sonó una vez.
Dos.
Tres.
—Contesta —susurró Santiago—. Contesta, por favor.
La llamada cayó al buzón.
Santiago cerró los ojos con fuerza.
—Otra vez —dijo Lupita.
Volvió a marcar.
Esta vez el teléfono vibró antes del primer tono.
Batería baja.
La pantalla se apagó.
Santiago se quedó mirando el reflejo negro como si acabaran de quitarle el suelo.
Lupita soltó una grosería baja.
—Tengo un cargador viejo, espera.
Mientras buscaba en un cajón, Santiago oyó una moto pasar afuera, luego un carro, luego voces. Cada sonido le parecía una alarma. Se quitó la gorra y se pasó las manos por el cabello.
—Respira —dijo Lupita, volviendo con un cable—. Aquí entra mucha gente. Si alguien pregunta, eres mi sobrino de Cuernavaca.
—No quiero meterla en problemas.
—Mijo, los problemas ya entraron cuando cruzaste la puerta.
Lupita conectó el teléfono.
La pantalla tardó demasiado en encender.
En la Ciudad de México, León llegó a Pedregal a las tres y veinte.
El primer golpe fue la habitación vacía.
La cama hecha. La bandeja intacta. La ventana cerrada. El baño con la rejilla de ventilación fuera de lugar.
Durante tres segundos no se movió.
Después la casa entera dejó de respirar.
—¡Don Tomás!
El grito atravesó pasillos.
Don Tomás apareció pálido antes de que León llegara a la escalera. No preguntó qué pasaba. Ya sabía.
León lo supo al verle la cara.
—¿Dónde está?
—Señor...
León bajó los escalones de dos en dos.
—¿Dónde está?
Don Tomás no contestó.
León lo agarró del brazo y lo soltó de inmediato, como si el contacto le quemara.
—¿Quién lo ayudó?
El silencio de Don Tomás fue una confesión incompleta.
León giró hacia los guardias.
—Cierren salidas. Revisen cámaras internas, externas, calles, caseta, todo. Quiero placas de cada vehículo que haya salido desde las dos.
—Sí, señor.
—Y encuentren a Don Braulio.
Don Tomás levantó la cabeza.
León lo miró.
—¿Creyó que no iba a saberlo?
No esperó respuesta.
En menos de veinte minutos, León tenía la imagen de la camioneta de herramientas saliendo por el portón. En treinta, la ruta parcial por cámaras vecinales. En cuarenta, un contacto de tránsito le confirmó una camioneta vieja tomando dirección hacia el sur.
Andrés lo llamó dos veces.
León no contestó.
Su mundo se había reducido a una sola cosa: encontrar a Santiago antes de que desapareciera de verdad.
No pensó en que Santiago había huido porque tenía derecho a huir.
Pensó en carreteras, accidentes, desconocidos, teléfonos sin batería, calles donde cualquiera podía tocarlo, llevárselo, perderlo.
El miedo le devoró cualquier resto de razón.
—Tepoztlán —dijo Don Rafael desde el asiento delantero, revisando el mensaje de uno de los hombres—. Un chofer vio a alguien con la descripción subiendo a un camión hacia allá.
León levantó la vista.
—Vamos.
En la estética, el celular llegó a tres por ciento cuando por fin encendió.
Santiago escribió un mensaje a Diego con dedos temblorosos.
Santiago:
Estoy en Tepoztlán. León me tenía encerrado. Busca policía. No vengas solo. Estoy en estética Lupita cerca del centro.
No alcanzó a enviarlo.
La campanita de la puerta sonó.
Lupita, que estaba en la entrada fingiendo barrer, dijo:
—Buenas tardes. ¿Se le ofrece algo?
Santiago se quedó inmóvil detrás de la cortina del cuarto trasero.
Una voz masculina respondió:
—Busco a un muchacho. Delgado. Sudadera blanca. Puede estar asustado.
No era León.
Pero era de León.
Lupita chasqueó la lengua.
—Aquí viene mucha gente asustada, joven. Tendrá que ser más específico.
—No juegue conmigo, señora.
Santiago miró el teléfono.
Un por ciento.
Presionó enviar.
El círculo apareció junto al mensaje.
Enviando.
La cortina se movió.
Lupita se puso delante antes de que el hombre pudiera pasar.
—No puede entrar ahí.
—Apártese.
—Esta es mi estética.
El hombre no la empujó. No hizo falta. Otro entró detrás. Luego otro.
Santiago agarró unas tijeras de la mesa. Las sostuvo frente a él con la mano temblando.
—No se acerquen.
El primer hombre lo vio y habló por teléfono.
—Lo encontramos.
El mensaje a Diego seguía con un círculo.
No cambió.
El celular se apagó.
Santiago sintió que algo dentro de él caía muy despacio.
Cuando León llegó, no entró gritando.
Eso habría sido más fácil.
Apareció en la puerta de la estética con el rostro sin color, el cabello revuelto por el viaje y los ojos fijos en Santiago como si acabara de regresar de la muerte.
—Santi.
Santiago apretó las tijeras.
—No.
Lupita miró a León y entendió demasiado rápido quién era.
—Si se lo lleva, voy a llamar a la policía.
León ni siquiera la miró.
—Ya hay una patrulla afuera hablando con mis abogados.
La mentira o verdad daba igual. Sonó como poder.
Lupita palideció, pero no se movió.
—Mijo —le dijo a Santiago, bajo—, corre por la puerta trasera cuando yo...
No pudo terminar.
Uno de los hombres ya estaba allí.
Santiago sintió que el cuarto se cerraba.
León dio un paso.
—Deja eso.
—No.
—Puedes hacerte daño.
Santiago soltó una risa rota.
—Siempre dices eso cuando lo único que quieres es que deje de pelear.
León se detuvo.
—Me hiciste pensar que...
—¿Que habías ganado?
—Que estabas muerto.
La frase cayó entre ellos con una fuerza que no pertenecía a ese momento.
Santiago no bajó las tijeras.
—Ojalá lo hubiera estado.
León se quedó sin aire.
Lupita cerró los ojos.
Durante un segundo nadie se movió.
Luego León levantó una mano, lento.
—No voy a tocarte si bajas las tijeras.
Santiago lo miró.
Ya no le creía las frases que empezaban con "no voy a".
—Mentiroso.
León cerró los ojos, como si la palabra le arrancara algo.
Cuando los abrió, hizo una seña.
Los hombres se movieron.
Santiago intentó retroceder. Uno le sujetó la muñeca, otro le quitó las tijeras. No lo golpearon, pero la fuerza fue suficiente para que el mundo se redujera otra vez a manos ajenas y puertas cerradas.
—¡No! —gritó—. ¡Lupita, llame a Diego! ¡Diego Herrera Soto!
Lupita repitió el nombre en voz baja, como si quisiera memorizarlo.
León lo oyó.
—Basta.
Santiago forcejeó hasta que lo sacaron a la calle. Había gente mirando desde las banquetas. Algunos grababan. Otros bajaban el celular cuando uno de los hombres de León los miraba de frente.
—¡Me está secuestrando! —gritó Santiago—. ¡No es mi familia! ¡No estoy enfermo!
León lo cargó para meterlo en la camioneta.
Esta vez Santiago no pensó en el dolor del tobillo. Pateó, golpeó, mordió la mano que intentó cubrirle la boca. Sintió sabor a sangre que no sabía si era suya.
La puerta se cerró.
El ruido de Tepoztlán quedó afuera.
Lupita golpeó el vidrio con la palma.
—¡Voy a recordar tu nombre! —gritó hacia León—. ¡Voy a recordar tu cara!
La camioneta arrancó.
Santiago miró por la ventana hasta que la estética desapareció.
No lloró.
El cuerpo ya no encontraba por dónde.
El regreso a Pedregal fue más largo que la huida.
León no habló. Santiago tampoco. Don Rafael manejó con la mandíbula apretada. Los hombres detrás revisaron llamadas, mensajes, videos borrados. Uno dijo que el celular viejo se había quedado en la estética.
El mensaje a Diego tal vez no había salido.
Tal vez sí.
Esa duda fue lo único que Santiago pudo sostener sin romperse.
Cuando llegaron a la casa, Don Tomás estaba en la entrada.
No parecía sorprendido de verlo de vuelta.
Parecía destruido.
León bajó primero.
—Al sótano —dijo.
Don Tomás cerró los ojos.
—Señor, por favor...
—Al sótano.
Santiago soltó una risa sin sonido.
La palabra ya no era amenaza. Era destino.
Esta vez no pidió que no lo tocaran.
Esta vez no suplicó.
Cuando lo bajaron por las escaleras, solo miró las paredes de cemento y pensó en Lupita repitiendo el nombre de Diego como una promesa que tal vez no alcanzaría a llegar.
La cadena esperaba en el suelo.
Y esta vez, cuando la puerta se cerró arriba, León no encendió la luz.