NovelToon NovelToon
Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

—Es la Maldición de la Efímera.

Nadie en el Pico del Bambú Solitario respiró bien después de escuchar esas palabras.

Serena Mora quería preguntar qué significaba. Quería burlarse de lo dramático del nombre, porque si una maldición podía matarla al menos debía tener la decencia de llamarse algo menos poético. Pero el dolor seguía apretándole el pecho y la voz no le obedeció.

Adrián Navarro sí habló.

—Cúrela.

No fue una súplica.

Tampoco fue una amenaza.

Fue algo peor: una orden dicha por alguien que ya estaba listo para romper lo que hiciera falta si la respuesta no le servía.

Gabriel Solís sostuvo el hilo ennegrecido alrededor de la muñeca de Serena.

—No se cura así.

La sombra bajo las rodillas de Adrián se movió.

Tomás Calvo dio un paso a un lado, no para detenerlo, sino para abrir espacio si todo salía mal. León Castellar dejó las piezas de madera junto al brasero. Alicia Nieves apretó el paño tibio entre las manos.

—Entonces díganos cómo se contiene —dijo Alicia.

Gabriel asintió, como si esa pregunta sí pudiera sostenerlo.

—Calor constante. Mantenerla despierta. Nada de Éter directo. Si el hilo se vuelve negro por completo, la crisis entrará al corazón.

—¿Y después? —preguntó Adrián.

Gabriel no respondió.

Esa ausencia de respuesta fue suficiente.

Valentina Rojas mantuvo la llama baja, obediente, pero sus ojos estaban fijos en su padre.

—¿Cómo conoce esa maldición?

Gabriel se quedó quieto.

La pregunta no era solo de una discípula. Era de una hija que llevaba años recibiendo silencios como herencia.

—Valentina —dijo Tomás en voz baja.

—No. —La llama le tembló, pero no creció—. Si sabe qué está matando a Serena, tiene que decirlo.

Gabriel miró a Serena.

Y la habitación desapareció para él.

Quince años antes, el patio de la Orden olía a lluvia y jacarandas. Gabriel Solís todavía no era Gran Maestro. Era un discípulo demasiado serio, con la túnica siempre impecable y las palabras guardadas como si costaran oro.

Elena Solana, en cambio, entraba a los patios como si el mundo le debiera espacio.

—Otra vez estás pensando demasiado —le dijo ella, girando la espada de madera entre los dedos.

Gabriel levantó la suya.

—Eso se llama estrategia.

—Eso se llama miedo con buena postura.

Los discípulos alrededor se rieron. Gabriel quiso molestarse, pero Elena ya estaba atacando. Su espada no era la más fuerte ni la más pesada. Era la más clara. Iba justo donde debía ir, sin adornos, sin prisa, con una confianza que hacía que todos los demás parecieran estar adivinando.

Gabriel bloqueó el primer golpe.

El segundo le rozó el hombro.

El tercero le tiró la espada.

Elena apoyó la punta de madera contra su pecho y sonrió.

—Muerto.

—Herido —corrigió él, respirando rápido.

—Muerto por orgullo.

Él bajó la vista para recoger su espada. Elena se agachó antes y se la puso en la mano.

Sus dedos se tocaron.

Gabriel, que podía recitar tratados enteros de Artes Arcanas sin perder el hilo, olvidó cómo se decía gracias.

Elena lo miró con una paciencia divertida.

—Gabriel.

—Sí.

—Cuando vuelva de la investigación en Monte Florido, me vas a decir lo que siempre te tragas.

El corazón de Gabriel golpeó con una torpeza vergonzosa.

—No sé a qué te refieres.

—Sí sabes.

Elena no se sonrojó. No bajó la voz. Lo dejó sin escondite en medio del patio y después se fue caminando como si acabara de ganar otra ronda.

Gabriel no la siguió.

Esa fue la primera cobardía que recordaría toda su vida.

La vio de nuevo esa noche en la biblioteca mayor, inclinada sobre un mapa de Monte Florido. Elena había rodeado con tinta tres rutas antiguas y tenía los dedos manchados hasta los nudillos. A su lado había registros sobre Los Zhuyan, informes incompletos de patrullas desaparecidas y una lámina partida donde se mencionaba la Joya Primordial.

—Si sigues leyendo a oscuras, te vas a quedar ciega antes de volverte leyenda —dijo Gabriel desde la puerta.

Elena no levantó la vista.

—Entonces acércame otra lámpara, futuro sabio.

Gabriel obedeció. Siempre obedecía cuando ella pedía algo con esa naturalidad peligrosa, como si no supiera que podía hacerlo cruzar medio mundo con una frase.

—Esto es material restringido —dijo él.

—Lo sé.

—El Consejo puede sancionarte.

—El Consejo sanciona todo lo que llega tarde a comprender.

Gabriel miró el mapa. Los nombres de rutas viejas estaban tachados, reescritos, unidos por líneas de tinta. Elena no investigaba por curiosidad. Seguía algo.

—Déjame ir contigo.

La frase salió antes de que pudiera vestirla de prudencia.

Elena alzó los ojos.

Por primera vez en semanas, no sonrió.

—¿Como discípulo responsable enviado a vigilarme o como Gabriel?

Él sostuvo la mirada.

No respondió lo suficientemente rápido.

Elena cerró el registro con cuidado.

—Cuando sepas la diferencia, me alcanzas.

Gabriel quiso tomarle la mano. La tuvo a un palmo. Vio la tinta en sus dedos, la pequeña cicatriz blanca en el pulgar, la respiración tranquila de alguien que no le tenía miedo al mundo porque todavía no sabía lo caro que era enfrentarlo.

No la tomó.

Elena guardó el mapa en su bolso.

—Si descubro algo sobre la Joya, volveré antes de la luna nueva.

—Elena.

Ella se detuvo en la puerta.

—Dilo cuando no te tiemble la voz.

Y se fue.

Esa fue la última noche en que Gabriel pudo haber elegido ir tras ella sin romper ninguna regla.

La segunda llegó tres noches después, en el pasillo norte de la residencia principal.

Camila Noche lo esperaba junto a la ventana. Hija del anterior Gran Maestro, llevaba un vestido oscuro y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos. Sobre la mesa había un expediente con el sello de la Orden y una carta manchada por lluvia.

—Elena salió sin autorización completa —dijo Camila—. Investiga cosas que no debería. Los Zhuyan, la Joya Primordial, viejas rutas de la Corte.

Gabriel sintió frío.

—¿Dónde está?

Camila puso la mano sobre la carta.

—Puedo ayudarte a que esa información no llegue al Consejo.

—¿Qué quieres?

Ella sonrió un poco más.

—Un compromiso.

Gabriel la miró sin entender.

—No.

—Entonces Elena volverá como sospechosa. Si vuelve. Si no vuelve, quedará como traidora.

La palabra traidora le hizo apretar los puños.

—No te atrevas.

—Yo no decido cómo juzga la Orden. Solo decido qué papeles aparecen primero.

Gabriel pudo haber gritado. Pudo haber corrido a buscar a Elena. Pudo haber puesto todo el expediente sobre la mesa del Consejo y pelear.

Pensó que firmar le daría tiempo.

Pensó que podría arreglarlo después.

Firmó.

El compromiso se anunció al amanecer, antes de que Gabriel pudiera arrepentirse en voz alta. Los maestros lo felicitaron. Los discípulos lo miraron con esa mezcla de respeto y chisme que siempre aparece cuando una vida privada se vuelve asunto de pasillos.

Gabriel buscó a Elena entre los rostros.

No estaba.

Camila se colocó a su lado como si el lugar le perteneciera desde antes de nacer.

—Sonríe —susurró—. Si pareces culpable, todos van a preguntar por qué.

Gabriel no sonrió.

Ese mismo día pidió permiso para salir hacia Monte Florido. El Consejo se lo negó por "responsabilidades de sucesión". Camila dejó sobre su escritorio una copia del expediente de Elena, ahora con dos sellos nuevos: investigación irregular y conducta sospechosa.

El mensaje era claro.

Cada paso que diera él podía hundirla más.

Así que esperó.

La espera fue otra forma de traición.

Elena no volvió a entrar por la puerta principal.

Cuando por fin la encontraron, semanas más tarde, ya no llevaba la misma luz en la cara. Tenía una marca pálida sobre el pecho y la respiración rota. Dijo muy poco. Sonrió menos. Nunca le preguntó por el compromiso.

Eso fue lo que terminó de destruirlo.

La memoria se cerró con el sonido de la respiración débil de Serena.

Gabriel volvió al presente con el hilo plateado entre los dedos.

Valentina lo seguía mirando.

—¿Camila Noche sabía de esto? —preguntó.

El nombre de su madre cayó en la sala como una piedra.

Gabriel palideció.

—No es el momento.

—Nunca es el momento con usted.

La llama de Valentina creció un dedo. Serena se estremeció sobre la mesa.

—Valentina —dijo Alicia—. El fuego.

Valentina cerró los ojos y obligó a la llama a bajar. Lo hizo por Serena, no por Gabriel.

Adrián no apartaba la mirada de Gabriel.

—La última persona que tuvo esto fue Elena Solana.

Gabriel tragó saliva.

—Sí.

Lilo se inclinó hacia Serena.

—Serena, mantente despierta. Por favor.

Serena oyó su propio nombre como si alguien lo dijera bajo el agua.

El punto plateado en su pecho volvió a encenderse. El hilo de la muñeca se oscureció otro tramo.

Alicia maldijo por primera vez desde que Serena la conocía.

—Está avanzando.

El paño tibio sobre la frente de Serena se enfrió en segundos, como si la piel estuviera bebiéndose todo el calor de la habitación.

Gabriel se quitó un anillo simple de plata y lo aplastó entre los dedos hasta convertirlo en una lámina torcida. La puso sobre el hilo.

—Esto solo la sostendrá un rato.

—¿Cuánto? —preguntó Tomás.

—Minutos.

Adrián se inclinó sobre Serena.

—Mírame.

Ella intentó hacerlo.

Los ojos de Adrián ya no estaban fríos. Eran dos sombras abiertas.

—Gabriel —dijo él, sin mirar al Gran Maestro—. Si sabe cómo salvarla, dígalo ahora.

Gabriel cerró los ojos.

Cuando los abrió, ya no pudo esconder la verdad que llevaba años pudriéndose detrás de los dientes.

—La última persona que vi con esta maldición fue Elena Solana.

Serena sintió que el nombre la atravesaba incluso desde la fiebre.

Gabriel bajó la voz.

—Y no pude salvarla.

1
Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play